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Historia corta

El Arco y el Kunai

Por Joey Yu

El aire del sur de Shon-Xan estaba lleno de magia pura.

Lore

El aire del sur de Shon-Xan estaba lleno de magia pura. El poder místico inundaba todo el territorio, brotaba a través de árboles iridiscentes cuyas hojas magenta, índigo, celeste y ámbar crecían hacia el cielo y se abrían como abanicos en manos de danzantes.

Escondida entre las coloridas copas de los árboles, apenas era perceptible un atisbo de piel pálida, la cual se camuflaba en medio del entretejido de las ramas.

—Llegará en cualquier momento—, susurró Faey, una niña de doce veranos. Después, emitió un sonido muy agudo, similar al gorjeo de un gorrión. De inmediato, el canto de ave fue respondido por los otros, reverberando a través del follaje: era una imitación perfecta realizada por cuerdas vocales humanas que aún no alcanzaban la adultez.

Faey supo que todos estaban en sus puestos. Los adultos no habían aprobado esta cacería, pero era importante. Si los neófitos lograban atrapar al jabalí plateado, no solo saciarían su hambre durante días, sino que también los acólitos Kinkou les encomendarían misiones verdaderas.

No más recoger ciruelas ni llevar agua, pensó Faey. La orden necesita de nuestra fuerza también, porque los neófitos son el futuro.

Y el pasado era oscuro. Los invasores extranjeros llevaban varias temporadas arrasando con Jonia y eso solo era el comienzo de los problemas de los Kinkou. Hace unas cuantas lunas, el gran maestro Kusho pereció: fue brutalmente asesinado por Zed Zed, un antiguo miembro de la orden. Después de ello, los súbditos de Zed expulsaron a los Kinkou de su base principal: el templo de Thanjuul. Muchos de los que sobrevivieron a ese ataque perdieron la fe en la orden y abandonaron a los Kinkou.

Los adultos necesitaban esperanza. Faey se las devolvería.

Hizo a un lado sus fantasías. Escuchó un crujido entre los árboles. Las hojas comenzaron a caer y, en cuestión de segundos, un jabalí gigantesco saltó chillando de entre los troncos, con los ojos bien abiertos. Su pelaje ondeaba con un brillo resplandeciente, una señal de que acababa de emerger del reino espiritual.

Confiada en que su plan funcionaría (siempre y cuando todos siguieran sus instrucciones), Faey alistó arco y flecha al ver que el jabalí estaba a su alcance.

Una neófita saltó de la copa de un árbol y quedó suspendida de una enredadera atada alrededor de uno de sus pies. Bloqueó el camino del jabalí mientras sacudía una larga lanza de madera y conjuraba un modesto viento mágico. Sorprendido, el jabalí corrió hacia la dirección contraria, pero su camino fue interrumpido por un chico que colgaba también de otra enredadera, quien conjuró una pequeña nube de cenizas y humo que cegó al animal. Su lanza rasguñó el cuero del jabalí y lo hizo gruñir.

Uno por uno, los neófitos descendieron de las copas de los árboles. Su agilidad, precisión y su intenso propósito para cazar daban cuenta de un verdadero espíritu guerrero. A pesar de ello, el mayor del grupo no pasaba de los trece veranos.

Somos los neófitos de los Kinkou, pensó Faey, orgullosa.

Los chicos que colgaban de las enredaderas bloquearon la ruta de escape del jabalí, excepto por una pequeña abertura que apuntaba hacia la parte más estrecha de un minúsculo desfiladero, en línea recta hacia el sitio en el que estaba Faey. Ella estaba a cargo de matarlo.

Hicieron un buen trabajo. Y ahora me toca a mí. Faey tragó saliva con fuerza. Mientras colgaba al revés, extrajo su arco y colocó la flecha en su lugar.

Concéntrate. La flecha no busca cortar ni rasguñar, sino matar en un solo intento. Alineó la brillante punta de flecha con el ojo del jabalí que corría hacia ella. Como si pudiera percibir el propósito de Faey, la enredadera que la sujetaba por la cintura se movió suavemente, permitiendo que su puntería permaneciera firme.

Faey vació su mente y dejó que su instinto tomara el control. Cuando tuviera la certeza de que el jabalí era suyo, dispararía la...

—¡Yiiii!—. Una pequeña sombra emergió del lado del desfiladero, chillando mientras aterrizaba sobre la espalda del jabalí. Aterrorizado, el animal se balanceó de un lado a otro y se precipitó hacia la dirección contraria.

El jinete era una niña pequeña: con una mano sujetaba el pelaje plateado del jabalí y con la otra le daba vueltas a una cuerda sobre su cabeza.

Pasmada, Faey observó cómo el jabalí enloquecía con la chica rebotando en su lomo.

—¡No! ¡Akali!—, gritó Faey al ver cómo su plan se desmoronaba.

Al no poder tirar a la chica, el jabalí comenzó a estrellarse contra los troncos mientras corría. De alguna forma, Akali esquivó los golpes y se aferró tercamente al animal frenético. Su risa resonaba sobre los chillidos furiosos. Trató de atar por el hocico al jabalí plateado con una cuerda con nudo corredizo, pero no tuvo éxito.

Unos cuantos neófitos trataron de cerrarle el paso valientemente al animal, pero este los derribó. La bestia se escabulló por una abertura lateral del desfiladero y llegó a una parcela de tierra más llana, sombreada por árboles.

Finalmente, el jabalí lanzó una coz con sus patas traseras en un salto violento y Akali salió disparada. Rodó por el suelo, unas cuantas hojas volaron, hasta que por fin se detuvo, boca abajo, con las extremidades extendidas.

Faey corrió hacia ella. —¡¿Estás demente?!—.

Akali se sentó y sacudió algunas hojas de su ropa. Ella tenía nueve, tres veranos menos que Faey. —Yo solo quería ayudar—, dijo Akali.

—¡Te dije que no nos siguieras!—, gritó Faey. —¡Ya lo teníamos! ¡Lo teníamos!—.

Akali se encogió de hombros e hizo una mueca al escuchar cómo tronaban. —Te daré mi ciruela de cena—, dijo, arrepentida.

Tras el ataque de Zed, los Kinkou restantes se retiraron a un templo hacía mucho tiempo abandonado al este de Thanjuul, en lo alto de las montañas, en donde fluía el agua de los glaciares. Se encontraba junto a una laguna de agua turquesa, atiborrada de flores moradas con forma de farol. A pesar de que se encontraban cerca de la aldea de Xuanain, su refugio era difícil de acceder, debido a su gran elevación y a las colinas que lo rodeaban.

En su tierra asolada por la guerra, tuvieron que pelear contra bandos hostiles, tanto extranjeros como jonios, quienes vieron en el caos una oportunidad para abusar de aquellos a quienes consideraban débiles. Los Kinkou se aseguraron de que ninguno de sus perseguidores descubriera su ubicación antes de que pudieran asentar una base sólida. Debido a que el templo se encontraba en malas condiciones y era demasiado pequeño para todos sus miembros, los acólitos tuvieron que construir viviendas adicionales: chozas edificadas con madera caída cuyo proceso de ensamblaje distaba de los tejidos mágicos hechos a partir de árboles vivos (como se acostumbraba en Jonia), esto en caso de que tuvieran que reubicarse nuevamente.

Con el agua verde de la laguna lamiendo sus sandalias, los neófitos ahora se encontraban formados en una fila rígida frente a Mayym Jhomen Tethi, el Puño de la Sombra de los Kinkou.

Faey era quien se encontraba más cerca de Mayym; ella mantenía su mirada baja. Akali, quien era más baja que Faey por una cabeza, estaba de pie junto a ella.

—Eso fue una estupidez—, dijo severamente Mayym. —Salieron del perímetro y arriesgaron la seguridad de este refugio. Puede que haya grupos de guerra merodeando y podrían haberlos seguido hasta acá. Ya conocen las instrucciones—.

Yajiro, uno de los chicos más grandes, dijo: —pero no estuvimos mucho tiempo afuera y permanecimos ocultos—.

—Nuestro plan era perfecto—, intervino Hisso —¡hasta que Akali lo arruinó! Si ella no hubiera...—.

—No—, dijo Faey, interrumpiendo a la chica. Hizo un esfuerzo por mirar a Mayym a los ojos. —Esto fue mi culpa. Yo les dije a todos que vinieran conmigo tan pronto me di cuenta de que un jabalí plateado vivía en este bosque—.

Akali miró a Faey, sus ojos café brillaban detrás de su cabello enmarañado.

Akali siempre la había admirado y, en ocasiones, Faey sentía la necesidad de proteger a la pequeña. Pero había otra razón por la cual decidió aceptar la culpa: Mayym era su mentora y Faey no tenía ningún derecho a cuestionarla. Era poco habitual que un líder Kinkou aceptara a un neófito no iniciado como uno de sus discípulos. Por ello, Faey estaba muy agradecida.

—Hoy es el último día del festival del Espíritu Floreciente—, murmuró Faey. —Pensé que si lográbamos cazar al jabalí, todos podríamos comer un poco de carne—.

Mayym la analizó por un largo momento. Después, su mirada recorrió al resto de los chicos, cuyas delgadas complexiones debían ser frágiles debajo de su harapienta ropa de cáñamo. Un dejo de emoción se manifestó en su ceja, pero velozmente alzó el mentón y dijo: —Como castigo, ninguno de ustedes recibirá comida esta noche. Pueden irse—.

Los neófitos se alejaron con la espalda caída y arrastrando los pies, algunos de ellos conteniendo el llanto. Faey se mordió el labio y estaba por irse cuando Mayym la detuvo.

—Faey, ven conmigo—.

Bajo el crepúsculo que se avecinaba, Mayym caminó a lo largo del borde de la laguna con pasos agraciados, lejos del cúmulo de casas destartaladas. Faey estaba por seguirla cuando vio que Akali no se había movido. La pequeña las miraba.

De algún modo, cuando Faey estaba presente, la madre de Akali siempre trataba a su propia hija como si no estuviera ahí.

Faey se sintió ligeramente culpable, pero se dio la vuelta y corrió hacia Mayym.

Mientras ambas caminaban en silencio, Faey vio cómo las flores con forma de farol flotaban en la laguna. Las flores moradas tenían cinco pétalos que formaban una boca a través de la cual exhalaban vapores de diferentes tonalidades. Sus largas hojas les permitían flotar sobre la superficie del agua y sus raíces estaban palmeadas, con lo cual podían ir a la deriva en la laguna, reunirse y después dispersarse. Algunos afirmaban que las flores con forma de farol eran plantas. Otros aseveraban que eran animales. Faey pensaba que eran ambos.

—Entiendo lo que quisiste hacer—, dijo Mayym en un tono que solo utilizaba cuando estaba a solas con Faey: cargado de paciencia y abrumado debido a la expectativa. —Pero no tienes nada que demostrar—.

—Estábamos ansiosos por demostrar nuestra valía... y también tenemos hambre—. Faey intentó sonar respetuosa. —Los demás actuaron disciplinadamente, acorde a nuestro entrenamiento. Trabajamos muy bien como equipo—. Excepto Akali, pensó Faey. Pero ella es la menor.

—No me refiero a eso—, dijo Mayym. —El jabalí plateado no es un animal cuya carne debamos consumir. Su muerte hubiera provocado más daño que bienestar—.

—Pero pensé que teníamos permitido cazarlo—, dijo Faey.

—Ya no más—. Mayym condujo a Faey al costado más alejado de la laguna, en donde el nivel del agua era poco profundo y dejaba ver algunas piedritas perladas. Ataviada con un vestido ondeante y sedoso, Mayym se movía con elegancia. Alrededor de sus brazos y piernas tenía capas de vendajes, con algunos kunai colgando de su cintura.

Ante los ojos de Faey, Mayym era un verdadero ejemplo a seguir. Grácil, mas letal. Shen, el hijo del maestro Kusho, ahora era el líder de la orden, pero él no se le comparaba.

—Un jabalí plateado tiene vínculos con el reino espiritual—, continuó Mayym. —Eso quiere decir que su existencia nace de una conexión entre los dos mundos. Es una criatura mágica—.

—Muchas criaturas de Jonia lo son—, respondió Faey.

—Sí, pero el ciclo del depredador y su presa se ha roto. Estamos descendiendo al caos—.

—Por culpa de Noxus—. Ella pronunció el nombre de los invasores extranjeros como si fuera una maldición.

—Esta guerra está acabando con Jonia. Los ejércitos están cazando animales hasta casi extinguirlos y talando los árboles en los bosques místicos, y el reino espiritual está tambaleándose—, dijo Mayym mientras ambas se acercaban a una pendiente rocosa. —Las energías mágicas se tornaron infames y las Tierras Originarias están cambiando de tonalidad. Todos están tratando de encontrar su lugar en este mundo que gira fuera de control; eso lo consiguen a través del asesinato. La mayoría de las veces, a ciegas. La violencia de la guerra ya está causando un daño involuntario, lo cual da como resultado una gran perturbación en el equilibrio que existe entre el reino material y el reino espiritual—.

Faey estaba conmocionada. Si hubiera matado a aquel jabalí, habría herido el equilibrio, ¡aquel que los Kinkou estamos destinados a proteger! —Maestra Mayym, ¿cómo podemos restaurar el equilibrio con el reino espiritual? ¿Podremos regresar al estado anterior si todos los invasores noxianos mueren?—.

—Ya no es tan simple como eso—.

Atravesaron una zona de niebla a la deriva, obra de las flores farol. El aire era húmedo y fresco. La laja de piedra bajo sus pies era resbalosa y ligeramente curva, como si estuvieran caminando entre un par de labios enormes. Faey pudo distinguir una roca protuberante a un lado, la cual se asemejaba a una nariz, y, más allá, pliegues resquebrajados que podían ser párpados semiabiertos de cuyas fisuras chorreaban pequeñas cascadas. Estamos caminando sobre un rostro, pensó Faey. Parecían ser los restos de una estatua gigante de una era antigua, perdida en el tiempo, aunque nadie podía saberlo con certeza, puesto que el agua había erosionado todos sus ángulos y el musgo rojo recubría sus costados iluminados por el sol.

Estaba oscureciendo. Llegaron a una pendiente y comenzaron el ascenso. —La magia y la vida son parte de la misma corriente que conecta ambos reinos—, dijo Mayym.

Faey declamó la enseñanza Kinkou: —El reino material y el reino espiritual son dos lados de una misma hoja, la cual creció en la misma rama y con la que comparte las mismas raíces—.

—Sí. Uno no florece sin el otro y, si uno de ellos se ensombrece, el otro comienza a languidecer—, dijo Mayym. —Cuando las vidas son arrebatadas de una manera antinatural, como en la guerra, algunos espíritus se desvanecen en el olvido. Pero otros permanecen, con un propósito nocivo. Mientras más ocurre esto, más se contamina el reino espiritual. Por ende, esto genera una reacción violenta que afecta a todas las formas de vida del reino material. Un círculo vicioso—.

La mención de la contaminación espiritual le recordó a Faey algo extraño. —Maestra Mayym, cuando vimos por primera vez al jabalí plateado, justo cuando acababa de abandonar el reino espiritual, se veía perturbado—.

Mayym se detuvo en seco y la volteó a ver.

—Como si estuviera huyendo de algo—, añadió Faey.

—¿Y esto ocurrió cerca del perímetro?—.

—Sí, precisamente al otro lado de las colinas occidentales—.

Mayym permaneció pensativa por un momento; después, continuó caminando. —Puede ser que la fétida corriente de la guerra ha envuelto a Jonia por completo y llegó hasta aquí, a pesar de que las batallas están ocurriendo en otro lado—.

—Nosotros podemos ayudar—, suplicó Faey. —Entrénenos. Denos misiones de verdad—.

—Todo a su tiempo—, respondió Mayym suavemente. —Faey, los otros neófitos te siguen. Incluso los mayores que tú. Te ven como un buen ejemplo a seguir—.

El corazón de Faey latió fuertemente ante el elogio de Mayym.

—Tú no tendrás ningún problema para iniciarte como acólita, pero no todos tienen tus dones—, dijo Mayym en voz baja. —Tu presencia entre los otros neófitos es una buena influencia para ellos. Así es que, por el momento, sigue así—.

Los ánimos de Faey decayeron al tiempo que se mordía el interior de su mejilla. Debe ser Akali. Ella es quien me está frenando.

Atravesaron unos matorrales sueltos para llegar a un terreno más alto. —La paciencia es una virtud, pero también una habilidad que requiere afilarse tanto como la punta de una flecha, especialmente para alguien que supera a los demás—, le dijo Mayym. —Ustedes los neófitos son el futuro de los Kinkou. Debemos asegurarnos de que todos estén listos antes de que cualquiera de ustedes sea iniciado—.

Faey no estaba de acuerdo, pero tampoco se atrevió a decir algo.

Se alejaron del resguardo de los árboles hasta llegar a la cima de la última colina que no había sido tocada por la nieve. Alrededor de la luna, un anillo brillante de plata zafirina adornaba la noche. Faey lo miró, sabiendo que estaba presenciando la inminente convergencia de la luna física con su reflejo en el mundo espiritual. Se preguntó cómo lucía a los ojos de Mayym.

Durante la noche final del festival del Espíritu Floreciente en Xuanain, Mayym y los demás superiores Kinkou verían algo completamente diferente en el lienzo negro que representaba el cielo: el círculo de una iluminación pálida parcialmente cubierto por una sombra más oscura, como si alguien le hubiera arrojado un velo grueso encima, mientras la luna mística en el reino espiritual nadaba enfrente de la luna plateada en el reino material.

Faey anhelaba el día en el que ella pudiera presenciar dicho espectáculo; ese día le parecía tan lejano. Pero ella sabía que era mucho más que solo una exhibición hermosa. También asentaba la fecha en la que el triunvirato de los Kinkou habría de reunirse y decidir cuál era el siguiente paso de la orden.

—Faey, si continúas cultivando tu talento—, dijo Mayym, con el brillo de la luna contorneando el borde de su silueta en un tono de plata glacial —estarás destinada a sucederme como el Puño de la Sombra—.

Cuando llegue ese día, Faey pensó con inquietud, ¿aún existirá la orden Kinkou?

El arte de la caligrafía requería paciencia y diligencia, la inmovilidad del cuerpo y una concentración afilada de la mente, todo aquello que Akali detestaba.

Sentada en el antiguo templo, estaba escribiendo caracteres en un pedazo de papel con un pincel ancho, la barra de la tinta y su mortero cerca de su codo. El techo estaba hecho de ramas viejas; algunas de ellas se habían caído, como la barba de un anciano. Las lumiflores, pequeñas plantas luminosas que los acólitos cultivaron, colgaban de algunas sogas amarradas a los muros del templo, proporcionándole a Akali la luz necesaria para su clase nocturna. El instructor de los acólitos estaba sentado de manera distraída a un costado con un pergamino en su regazo, conteniendo un bostezo.

Esto es tan fácil como comer pudín de arroz, pensó Akali. Mi madre estará contenta si lo hago bien.

Sin embargo, mientras más miraba uno de los caracteres que terminaba con una pincelada curva, más pensaba que parecía un bigote. Hipnotizada, Akali no pudo evitar añadir unos cuantos trazos más con la punta afilada de su pincel. El carácter se convirtió en un rostro sonriente y bigotudo.

Akali estaba por explotar de la risa, pero rápidamente tapó su boca con sus manos, manchándose en la mejilla. El instructor frunció el ceño y estaba por incorporarse, cuando una voz llamó desde la puerta.

—Hola, pequeña—. Una figura diminuta la saludó con una mano con garras.

Kennen Kennen, ¡volviste!—, Akali se puso de pie. Dejó caer su pincel, manchando con la tinta negra fresca su papel, y salió corriendo.

El instructor le gritó para que regresara, pero se detuvo al ver que la persona que estaba en la puerta era, efectivamente, Kennen, el Corazón de la Tempestad de los Kinkou.

Kennen se dio la vuelta para que Akali tratara de alcanzarlo, a pesar de que fuera imposible. Corrieron entre las chozas, a través del borde del bosque y de vuelta, salpicando agua junto a la orilla de la laguna. Akali terminó jadeando junto al yordle sobre un gran tronco caído.

—Supe que frustraste el intento de los neófitos para capturar al jabalí plateado—, dijo Kennen burlonamente, sentándose a horcajadas sobre el tronco.

—No fue mi intención. Faey debió haberme pedido que los acompañara. ¡Yo puedo ayudar!—.

—No te sientas mal por ello. Así son los chicos. Probablemente pensaron que eres demasiado joven—. La voz de Kennen era la de un niño humano; sin embargo, su tono denotaba sabiduría.

—¡Pero yo soy más alta que tú!—.

—Sin duda—. Kennen se acercó y alborotó su cabello.

—¿Dónde está Shen Shen?—, preguntó Akali mientras tocaba distraídamente el pequeño kunai que usaba como colgante.

—Está meditando—.

—¿Sigue triste? Lo extraño...—. Akali siempre había admirado a Shen.

Kennen sonrió con melancolía. —La traición de su mejor amigo y la... pérdida de su padre son una gran carga para él—.

Akali recordó la muerte de su propio padre durante el ataque de Zed. Ella también lo extrañaba.

Kennen cambió de tema. —¿Cómo has estado? ¿Mayym te ha estado enseñando a blandir el kunai?—.

Akali negó con la cabeza y cubrió el kunai colgante con su mano. —Mi madre nunca piensa que soy lo suficientemente buena—, murmuró. —Solo quiere pasar el tiempo con Faey—.

—Bueno, supongo que Mayym solo puede enseñarle a una protegida a la vez—.

—¿Por qué no puedo ser yo su protegida?—. Un sentimiento doloroso estrujó el corazón de Akali.

Kennen la miró por un momento y luego se deslizó más cerca de ella sobre el tronco del árbol. —Antes de que Mayym se convirtiera en el Puño de la Sombra, fue a varias misiones con la madre de Faey. Trabajaban de cerca, como equipo—.

—Lo sé—.

—No es que Mayym te esté ignorando. Cuando eras una bebé, ella prometió que cuidaría de Faey—.

Akali no tenía ningún recuerdo de los padres de Faey. Ambos eran acólitos superiores que murieron hacía ya mucho tiempo. Ahora, ella pensaba en lo que eso significaba mientras Kennen esperaba con paciencia a su lado.

Si perder a su padre la había entristecido, Faey debió haber soportado un dolor doble a lo largo de muchas más temporadas. La ira de Akali se sosegó y sintió una emoción que no pudo comprender. Sintió un nudo en el pecho.

Todos habían perdido demasiado. Este refugio junto al templo de la laguna era lo único que tenían.

El yordle saltó enfrente de Akali, sorprendiéndola. —Oye, todo va a estar bien—. Kennen tomó el rostro de Akali entre sus manos. —Estás creciendo rápido y puedes correr más rápido que todos los demás neófitos. Tu madre se dará cuenta algún día—.

Él frotó su nariz contra la de ella y la hizo reír. Después, Kennen dio una ágil voltereta y se apartó de ella.

—Tengo que ir a una reunión—, dijo. —Regresa y termina con tu lección de caligrafía, ¿de acuerdo?—.

Unas nubes bajas se desplazaban más allá de la cima de la montaña, en donde las cumbres de basalto cobijaban a un glaciar. La superficie del glaciar estaba hundida en un cráter colosal; Faey imaginaba que lo había provocado el puñetazo de un gigante.

Ahí, ella vio cómo Mayym y Kennen se encontraban frente a frente, en una fisura que cortaba el cráter en dos.

—Dada la victoria jonia en el Placidium de Navori—, mencionó Mayym —comienza a vislumbrarse el momento crítico en esta guerra contra Noxus—. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho, su guadaña fantasmal atada a su espalda. —Las acciones de muchos están perturbando el equilibrio sagrado, noxianos y jonios. Los Kinkou deben estar ahí para refrenarlos, mientras Jonia tenga la ventaja—. Como el Puño de la Sombra, Mayym representaba podar el árbol, la eliminación del desequilibrio entre el reino material y el reino espiritual.

—Apenas estamos recobrando nuestra posición, ¿y quieres que ya nos volquemos de lleno a la batalla?—, dijo el diminuto yordle.

—Pelear para defender nuestro deber como guardianes del equilibrio es el camino a seguir para volver a ponernos de pie—, respondió Mayym. —El momento está a nuestro alcance—.

Kennen la miró con incredulidad. Él era el Corazón de la Tempestad y su tarea consistía en dar la vuelta al sol: cualquier acuerdo al que llegaran aquí, él tendría que comunicárselo a todos los miembros Kinkou que se encontraban a lo largo de Jonia.

Faey estaba a una distancia considerable de ellos, los observaba con respeto y trataba de no estremecerse en la cima helada. Mayym la llevaba a las reuniones importantes como parte de su entrenamiento. Los labios de Faey no dejaban de temblar; imaginaba que se habían tornado morados. No comprendía cómo todos los demás ignoraban el frío penetrante.

Tampoco lograba entender la diferencia que existía en el comportamiento de Mayym. Cuando se trataba de su protegida, Mayym solía instar al recato, pero cuando se trataba de sus iguales, los presionaba para que actuaran.

—Será mejor que no participemos aún—, dijo Kennen. —La situación es complicada: hay soldados noxianos bajo amenaza, defensores jonios que tan solo ayer eran enemigos acérrimos, vastayas con alianzas inciertas y espías por todos lados. Lo vi con mis propios ojos—.

—¿Fuiste al Placidium? ¿Sin ser visto?—.

—¿Acaso pensaste que perdí mi talento?—, Kennen sonrió y un relámpago crepitó en sus ojos y garras. Después, su tono de voz se tornó sombrío. —Mientras recorría el camino de regreso, me enteré de que algunos miembros de una facción de la Hermandad Navori se dirigían hacia acá, sin propósitos pacíficos. Se marcaron a sí mismos con tatuajes de tigre—.

Mayym frunció el ceño. —¿Qué están haciendo?—.

—Van de una aldea a otra, secuestrando a los jóvenes y aptos—, respondió Kennen. —Hacen uso de la violencia contra cualquiera que se rehúse—.

—De esa forma pueden reabastecer sus filas contra los invasores noxianos...—.

—Exactamente. La oscuridad de la guerra se ha expandido por toda Jonia de maneras nunca antes vistas—, dijo Kennen. —Antes de que nos demos cuenta, llamará a nuestra puerta. Debemos elegir nuestras batallas con cuidado—.

Mayym negó con la cabeza. —La invasión noxiana en Jonia es la raíz del desequilibrio. Las muertes en aumento. El motivo por el cual el reino espiritual está perturbado. Si vamos a sostener nuestro papel como guardianes de la misión de los Kinkou, debemos ir a Navori—.

—No debemos actuar apresuradamente—.

—Lo dice quien acaba de escabullirse al terreno del enemigo—.

—¡Lo hice para que ninguno de ustedes tuviera que hacerlo!—, increpó Kennen.

Por un momento, el aire que había entre ambos pareció congelarse; Faey contuvo la respiración, imperturbable.

Una vez que el momento pasó, Mayym miró hacia un costado. —¿El Ojo del Crepúsculo tendrá algo que decir al respecto?—.

Y ahí, a unas cuantas zancadas cuesta arriba, sentada sobre un pilar de piedra, estaba una figura silenciosa. Vestía una prenda de mangas cortas, fajada en unos pantalones curtidos. Amarrados a su torso y extremidades, llevaba vendajes de seda, placas de cuero y bandas metálicas. Portaba en su espalda dos espadas cruzadas, una de acero y otra arcana. No llevaba puesta su máscara habitual, pero sus facciones permanecían escondidas a la sombra de su capucha, protegidas de la luz de luna.

Shen, pensó Faey con tristeza. Nuestro líder, siempre indeciso.

—Es cierto que el equilibrio está siendo lastimado por la violencia de la guerra, la cual también es alimentada por los jonios—, dijo Shen con voz ronca —sin obviar a Zed y a su orden—.

—Precisamente. Debemos combatirlos—, insistió Mayym.

—No obstante...—, Shen alzó ligeramente su cabeza encapuchada. —A pesar de que todo mi instinto me indica que debemos encauzar toda nuestra fuerza en contra de Zed y los suyos, me doy cuenta de que no puedo ser imparcial. Temo que...—. Dudó por un momento. —Aquellos que se congregan alrededor de Zed cooperan con el equilibrio en sus propios términos, combatiendo a los invasores que están devastando Jonia. Debemos pensar este asunto mejor—.

Kennen se encogió de hombros. —Como dije, son tiempos complicados—.

—Necesito distanciarme de mis emociones para que pueda tomar una decisión libre de prejuicios—, concluyó Shen.

Faey vio cómo Mayym largaba una exhalación blanquecina y neblinosa mientras suspiraba.

—Nuestra orden necesita un Ojo del Crepúsculo que lidere—, dijo Mayym con remordimiento.

Si es que Shen se ofendió, no mostró emoción alguna. Después de todo, él llevaba muy poco tiempo fungiendo como el líder de los Kinkou, mientras que Mayym había sido parte del triunvirato desde incontables temporadas.

Si el maestro Kusho estuviera vivo, estaría muy avergonzado de nosotros. Faey miró hacia arriba, tratando de distraerse del frío. Además de unas cuantas volutas de nubes, el cielo brillaba con estrellas.

En ese momento, Faey se percató de algo: la labor de Shen como Ojo del Crepúsculo, observar las estrellas, significaba una postura neutral, una práctica que lo informaría exhaustivamente antes de tomar cualquier decisión.

Todos los acólitos Kinkou debían estudiar tres disciplinas antes de elegir una de ellas como su camino. Observar las estrellas, dar la vuelta al sol y podar el árbol: las tres tenían áreas que se sobreponían; su existencia individual carecía de sentido sin un vínculo con las otras dos. Para Faey estaba claro que al debatir el futuro de los Kinkou, cada miembro del triunvirato seguía su papel correspondiente: Kennen se mostraba preocupado por transmitir las decisiones equivocadas, Mayym insistía en actuar para hacerle frente al desequilibrio y Shen...

El trabajo más sencillo, ¿no es así? Solo observarlo todo y no hacer nada. Observar las estrellas.

En efecto, pasó el tiempo y Shen no volvió a pronunciar palabra alguna. Solo estaba sentado ahí, con la cabeza baja, como si su mente no estuviera presente.

Por la manera en la que discutían los asuntos del día, Faey sintió que esta reunión de la triada había perdido todo su propósito.

Después de que Shen se marchó, el resto comenzó a caminar colina abajo.

—Comprendo a Shen. Ambos perdimos a nuestros seres queridos durante el ataque de Zed—, dijo Mayym. —Pero estos momentos exigen un liderazgo mucho más firme. Tal vez no debamos esperar que sea tan buen líder como su padre—. Hablaba sin emoción, pero Faey podía distinguir la frustración acumulándose bajo el tono de sus palabras. —No deberíamos confiar en el parentesco en lo que concierne a la sucesión—.

—Yo no diría eso—, respondió Kennen con suavidad. Al ser tan rápido, debía moverse en círculos para poder caminar a un costado de Mayym. —En ocasiones, el potencial sí se hereda a través de la sangre. Tan solo mírate—.

—¿A qué te refieres?—, preguntó Mayym, frunciendo el ceño.

Kennen miró de reojo a Faey, quien caminaba detrás de ellos y se encogió de hombros. —Nada—.

Cuando Faey volvió de la laguna, todos dormían en el refugio, excepto los acólitos que estaban de guardia.

Ella se acercó con cautela a la choza que compartía con otros neófitos. Ahí vio a Akali, sentada sola en uno de los bloques de piedra enfrente de la vivienda. La pequeña traía puesta su ropa de dormir. Le encantaba llamarla su shiipo, que era una capa florida que usaban los niños en las festividades. A decir verdad, era solo una bata rugosa tejida con hilo de color beige, un obsequio que su padre, Tahno, le había dado; él era otra de las víctimas de la rebelión de Zed.

—¿Qué haces aquí?—, le preguntó Faey en voz baja.

Akali se enderezó, feliz de ver regresar a Faey. La pequeña sacó de su bolsillo un trozo de fruta seca. —Te quiero dar esto—.

—¿Una ciruela?—, Faey la tomó entre sus manos, sorprendida. —¿Cómo? Pensé que hoy no íbamos a recibir nuestra cena—.

—Es de hace unos días—.

Los ojos de Faey se ensancharon. —¿Has estado almacenando comida?—.

Akali se encogió de hombros en expresión culpable, pero no dijo nada. Sus hombros temblaban.

Tiene miedo, se dio cuenta Faey, mientras miraba la fruta seca. ¿Por qué?

—Quiero guardar un poco de comida—, respondió Akali. —Tal vez la necesitemos algún día. Ya sabes, en caso de que regrese la gente mala—.

Tiene miedo de que los enemigos aparezcan en cualquier momento y tengamos que huir sin llevar comida...

—No quiero que nada separe a nuestra familia—, dijo Akali. —No quiero que perdamos a nadie más—.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de Faey, pero se mantuvo firme para no derramarlas. Ella perdió a sus padres en las misiones de la orden hace mucho tiempo y juró que no lloraría nunca más después de incontables noches de llanto. Pero sentía lástima por Akali. De alguna manera, era como si fueran hermanas, puesto que la madre de Akali pasaba mucho más tiempo con Faey que con su propia hija.

Faey mordió la mitad de la ciruela y le devolvió el resto. —Come esto—.

Una rabia desconocida para Faey comenzó a hervir dentro de ella. No comprendía por qué había pasado todo esto. Si la orden Kinkou desempeñaba un papel tan importante para Jonia, tal y como afirmaban las enseñanzas, ¿por qué tenían que sufrir de esta forma?

—Vete a dormir—. Alborotó el cabello de Akali y le dio un gran abrazo, sin dejar que se le escapara ninguna lágrima.

Mientras los días pasaban, Faey practicaba con empeño su arquería. Se sentía frustrada: por Shen, por la negativa de Mayym de convertirla en una acólita, por su incapacidad para ayudar, por todo.

Practicar con su arco era lo único que tenía sentido para ella. Cuando estaba entrenando para moverse con sigilo, estudiando u ocupándose de diferentes quehaceres, Faey pasaba casi todo su tiempo en el pequeño campo de tiro con arco construido por los acólitos.

Mayym había partido en una de sus misiones. Kennen presidía la defensa y el mantenimiento del refugio de la laguna, pero Faey solía descubrirlo jugando con Akali: hacía carreras, saltaba y arrojaba shuriken desafilados alegremente junto con la pequeña.

Un día, Hisso se acercó a Faey durante su meditativa práctica de arquería. —Vamos a ir a jugar 'fantasma en el bosque' en el valle del sur. Ven con nosotros—, le dijo ella.

—¿Al valle del sur?—. Faey dejó de mirar el blanco de su práctica y bajó su arco. —A Mayym no le gustaría eso—.

El valle era amplio y estaba lleno de flora, demarcado por peñascos sueltos y muros de piedra abandonados. Era un terreno peligroso y los aldeanos de Xuanain les advirtieron a los Kinkou que, a lo largo de las décadas, habían ocurrido ahí grandes deslaves.

—Bueno, por eso lo hacemos cuando Mayym no está presente—, le respondió Hisso. —Tú sabes que ese es el lugar más emocionante para ese juego. Vamos, el resto ya está allá—.

Faey dudó, pero le contestó: —De acuerdo. Necesito terminar una ronda más. Te veré allá más tarde—.

Cuando la neófita se marchó, Faey inhaló profundo y estabilizó su torso. Reacomodó sus pies y sostuvo su arco asimétrico a solo unos cuantos palmos de la parte inferior para garantizar la mayor cantidad de fuerza posible.

Para una futura guerrera Kinkou, el dominio de un tipo de arma requería de dos vías de experiencia: la meditativa y la combativa práctica, el neio y el neiyar. Entrenada para convertirse en arquera, Faey llevaba practicando el neio y el neiyar con su arco desde que tenía cinco veranos.

Por supuesto, debido a que nunca se había enfrentado a un verdadero enemigo empeñado en quitarle la vida, su neiyar se centraba en la caza de animales y en los duelos con sus entrenadores. La mayoría de las veces, debía permanecer en el campo de tiro con arco para practicar su neio meditativo, una actividad que le molestaba, porque el aburrimiento siempre se manifestaba después de unos cuantos disparos.

Pero estos días eran distintos. Necesitaba practicar su neio para sentirse tranquila.

—Cuando sostienes un arma letal entre tus manos, lo primero que se afila es tu mente—, le había enseñado Mayym. —Acalla tus pensamientos y concéntrate en cada uno de tus movimientos—.

Sin embargo, mientras Faey alzaba ambos brazos sobre su cabeza de una manera refinada, la confusión la asolaba como una vorágine.

¿Por qué no podemos derrotar a Zed? Estiró el brazo con el que sostenía el arco.

¿Por qué tiene que ser Shen quien nos guíe? Contrajo los músculos de su espalda y tensó la cuerda.

¿Qué es lo que realmente sucedió en el templo aquel día en el que murió el maestro Kusho? Los adultos nunca hablaban de ello. ¿Acaso lo sabían? Hizo una pausa cuando la cuerda presentaba su mayor amplitud, ese era un momento de gran concentración en el que un arquero debía percibir el verdadero espíritu del arte marcial. Pero lo único que sentía era una furia sofocante.

La pausa no duró más de la mitad de una respiración antes de que soltara la cuerda. La flecha le dio al borde del blanco con un débil golpe.

Faey suspiró, sus hombros languidecieron.

Somos los guardianes de dos reinos y, aun así, no hacemos nada cuando los reinos nos necesitan. Solo observamos las estrellas.

Cerró los ojos y acarició su arco y una flecha con dos de sus dedos en un intento para despejar su mente .

—Cada vez que sostienes estas armas—, le había dicho Mayym —está en tus manos una tradición de arqueros guerreros, transmitida de generación en generación en un linaje ininterrumpido de práctica sagrada—.

Faey inhaló lentamente y se forzó a sí misma a pensar en el diseño de su arco. Era asimétrico porque, hace mucho tiempo, los arqueros Kinkou habían aprendido que una sección superior más larga ayudaba a que el arco fuera más resistente, mientras que una parte inferior más corta permitía un movimiento sigiloso en regiones con un crecimiento desmedido de la flora. Faey era parte de la generación más reciente en beneficiarse de esta sabiduría.

Generaciones de arqueros guerreros. Un linaje ininterrumpido de práctica sagrada.

Honrada, Faey abrió sus ojos y caminó hacia el blanco. Se detuvo a tan solo tres pasos y medio de él, lo suficientemente cerca como para que fuera imposible fallar. De esta manera, ella podía dirigir toda su atención a su movimiento, garantizando el refinamiento y la elegancia.

El combate es comunicación, una voz sonaba en su mente. Siempre se trata del diálogo.

Era la voz del maestro Kusho, de aquella época en la que le hablaba a Faey y a los otros chicos con amabilidad. Un tiempo que parecía tan lejano ya.

El arte del combate práctico prepararía a un guerrero contra los enemigos foráneos, la caligrafía del diálogo del combate sería encarnada por la sangre derramada. Sin embargo, solo a través del desempeño contemplativo podría un guerrero entrenar su mente contra el enemigo interno.

Un diálogo con cientos tú.

Faey alzó sus brazos y los dejó caer con calma; luego, tensó de nueva cuenta la cuerda del arco. Hizo una pausa mientras un vórtice atemporal reclamó su conciencia.

Cuando sus pensamientos guardaron silencio, comenzó el diálogo con su alma.

En su siguiente parpadeo, la flecha quedó incrustada en el centro del blanco.

Tomó una flecha tras otra de su carcaj, cada tiro era más grácil que el anterior, su forma destilaba pureza.

Mientras lo hacía, nuevos pensamientos cruzaban su mente.

Tal vez los adultos no lo sabían todo.

Tal vez están tan confundidos como yo.

Tal vez no sea tan importante quién sea nuestro líder, mientras sigamos unidos como una familia.

Tal vez... no hay nada que yo pueda hacer para restaurar el equilibrio en este momento. Faey soltó su última flecha. Y tal vez eso esté bien...

Mantuvo su postura por un momento más. Sus emociones revueltas se disiparon y dieron paso a una mente iluminada, tan tranquila como la laguna durante el amanecer. Esta sensación de paz era algo que rara vez había sentido.

El sol se encontraba en su cénit mientras ella se dirigía al valle del sur. Algunos acólitos estaban llevando a cabo su propia práctica marcial meditativa al borde del bosque. Cuando Faey pasó junto a ellos, de repente entendió un poco más lo que estaban haciendo.

Después, siguió el serpenteante camino hacia el patio de juegos de los neófitos. No era un recorrido corto. Faey se dio cuenta de que no tenía ganas de participar en el juego; sin embargo, necesitaba avisarles a los demás para que no la esperaran hasta el anochecer.

Extrañamente, cuando Faey llegó al linde del valle, los neófitos no estaban ahí.

Concentró su oído, pero no escuchó ningún clamor ni crujidos entre los arbustos. Los únicos sonidos perceptibles eran el zumbido de las cigarras y la brisa ocasional.

Algo no estaba bien.

Faey desató su arco y tomó una flecha mientras se aventuraba por el valle. El salvaje crecimiento de la vegetación había absorbido este lado de la montaña; probablemente llevaba siglos despoblado. Podían avistarse trozos de muros de piedra derruidos entre los espacios aún no reclamados por las enredaderas y las hojas.

Mientras proseguía con su búsqueda, una parte del follaje cedía ante su nervioso caminar y se abría ante ella.

Un silbido la sorprendió; luego, pudo ver que provenía desde atrás de una de las ruinas de piedra. Un neófito sacó su cabeza le hizo señas y le pidió que guardara silencio.

Faey se agachó y comenzó a moverse lentamente, sorprendida al ver que varios de los neófitos estaban apiñados ahí, todos ellos con una expresión sombría. También encontró a Akali, de pie bajo un gran árbol frondoso, atípicamente silenciosa.

Uno de los chicos mayores apuntó con solemnidad cuesta abajo.

Después, Faey también pudo verlos. A pesar de encontrarse a una distancia considerable, un grupo de al menos veinte guerreros había arribado al valle. Tenían tatuajes de tigre en sus pechos y brazos; Faey entendió de inmediato lo que esto significaba.

Era la Hermandad Navori.

—¿Qué hacemos ahora?—.

Los neófitos rodearon a Faey. —Tenemos que avisar a los adultos—, dijo Xenn, un niño pequeño.

Omi sugirió combatir a los intrusos, pero su propuesta fue rechazada por las miradas dubitativas de los demás. Salvo Faey, nadie tenía sus armas a la mano, y si enfrentas a diez neófitos contra veinte matones sanguinarios, está claro hacia dónde se inclina la balanza.

Alertar a los acólitos parecía ser su única alternativa, pero Faey dudaba de ello.

—¿Qué estamos esperando?—, preguntó Xenn. —Volvamos ahora—.

—Esperen...—, dijo Faey. —No podemos hacer eso—. Todos la voltearon a ver, sin entender muy bien a qué se refería. Faey miró a los guerreros, quienes avanzaban lentamente. Si los acólitos vienen, se derramará sangre. Eso dañará aún más el equilibrio.

Sin mencionar que le resultaba insoportable el solo pensar en perder a un miembro más de su familia Kinkou.

Faey escudriñó el área y tomó una decisión. —Tenemos que detenerlos, aquí y ahora—.

—¿Qué? ¿Cómo?—, preguntó Akali, con sus ojos marrones bien abiertos.

—Convenciéndolos de que no deben ir más lejos—, dijo Faey. —Sé por qué están aquí: para capturar gente y forzarla a pelear contra los invasores extranjeros. Así que, si piensan que no hay nadie aquí, se marcharán—.

—¿Cómo lo haremos? ¿Caminamos hacia ellos y se lo decimos?—, preguntó Yajiro.

—No, por supuesto que no—. Faey frunció el ceño. —¿Recuerdan la estrategia de cacería que ejecutamos para emboscar al jabalí plateado?—. Todos asintieron. —La volveremos a hacer. Solo que, esta vez, seremos invisibles. Haremos el sonido de los búhos grises—.

—Es un mal presagio—, dijo Omi.

—Sí—, respondió Faey. —Ellos son jonios. Sabrán que ese sonido significa que esta región está maldita con magia infame y que, por lo tanto, ninguna aldea prosperaría aquí—.

—Pero ellos son jonios—, dijo con resquemor una niña llamada Isa. —Tal vez puedan ver a través de ello—.

—Bueno, me parece que tendremos que averiguarlo—. Faey los miró uno por uno. —Si capturan a uno de ustedes, no señalen hacia la laguna. Solo digan que están perdidos. Nos dejarán en paz, porque no son niños lo que buscan—. Esto era casi una mentira.

Todos asintieron con nerviosismo.

—De acuerdo, dispersémonos. Tomen las enredaderas y escóndanse arriba, en los árboles—.

Akali estaba por moverse, cuando Faey la tomó del hombro.

—Akali, quédate abajo. Tengo un trabajo muy importante para ti. Sé que puedes hacerlo mejor que cualquiera—. La pequeña se detuvo, sorprendida. Faey prosiguió: —Pero primero, necesito que me prometas que no correrás por todos lados y estropearás nuestro plan esta vez—.

Akali asintió con entusiasmo. —Te lo prometo—.

—Si nuestro plan falla, si ves que la Hermandad continúa adelante después de que hayamos interpretado el llamado de los búhos, como si no les importara, deberás correr lo más rápido posible y avisar a los adultos—. Faey apretó su arco con fuerza. Y si eso sucede, yo te cubriré. —Ahora, escóndete allá al fondo y observa con atención lo que sucede. Guarda tu fuerza, en caso de que la necesites—.

—De acuerdo—. Akali temblaba, pero sus ojos también brillaban de emoción.

Faey vio cómo todos los demás formaron de manera distendida una gran cuenca que flanqueaba el camino por el que pasarían los intrusos. Después, se encaminó para tomar su posición.

En el lado este del valle, una loma con grandes peñascos le brindaría una vista sin obstrucciones del área. Ese sería su punto de observación.

Si algo salía mal, ella sería la encargada de matar.

Uno por uno, los neófitos Kinkou amarraron enredaderas largas y fuertes alrededor de sus cuerpos. Como respuesta, las enredaderas los levantaron hasta unos nudos en los troncos de los árboles. Su ascenso fue veloz y seguro.

Faey se colocó en la parte sombreada de la loma, en donde los grandes peñascos la ocultaban de la vista de los intrusos. Escaló la pendiente, ansiosa y enérgica, hasta que por fin alcanzó el punto más alto: un bloque de gran tamaño, perfecto para monitorear el valle.

Buscó a Akali, pero no pudo encontrarla.

Bien, pensó. Recostada boca abajo sobre el bloque, dirigió su atención a los intrusos. Casi estaban donde ella los quería; hacían tanto ruido mientras cortaban arbustos, zarzas, hierba alta y todo aquello que se cruzara en su camino, que Faey estaba segura de que no se darían cuenta si ella pateaba una piedra cuesta abajo. La guerra debió haberlos cambiado. Al igual que los invasores extranjeros, no respetaban la naturaleza. Olvidaron el significado de ser jonio.

Por el rabillo del ojo, vio como Omi seguía en el suelo.

¿Qué está haciendo? Lo miró y le hizo señas para que se apresurara.

Estaba en pánico, batallaba para atar una enredadera flácida alrededor de su cintura cuando el primero de los guerreros subió con esfuerzos a un tronco caído a tan solo diez pasos de distancia. Extrañamente, ninguna de las enredaderas de ese árbol fue de ayuda, así es que Omi decidió que escalaría a mano limpia.

Faey estaba consternada, pero recordaba su plan de contingencia. En un rápido movimiento, colocó una de las flechas en su arco.

Los intrusos continuaron cercenando con violencia los arbustos y matorrales con sus armas de asta para abrirse paso. El resto del valle permanecía en un silencio amenazante, por lo que sus maldiciones eran perfectamente audibles para Faey.

Por fin, Omi subió al árbol y desapareció. Faey soltó un suspiro que no sabía que tenía reprimido. Después, inhaló profundo.

Con una sola exhalación poderosa, largó un chillido agudo que perforó el aire inmaculado.

Algunos guerreros se detuvieron en seco.

Faey chilló nuevamente y el valle cobró vida con ecos provenientes de todos lados.

Ahora, todos los intrusos se detuvieron para escudriñar con inquietud sus alrededores. Comenzaron a discutir.

—Este es un lugar embrujado. Puedo escuchar a los búhos grises—.

—¡Te dije que aquí no encontraríamos nada!—.

Aquellos que iban al frente, con un semblante amenazador, siguieron avanzando, decididos. No obstante, parte de la cuadrilla aún dudaba. Los neófitos Kinkou trataron de ayudarles a cambiar de opinión con una segunda ronda de chillidos de mal agüero.

Incluso los árboles dejaron escapar unos cuantos suspiros audibles, sacudieron sus hojas y contorsionaron sus ramas: ensamblaron junto con los neófitos una cacofonía tenebrosa. Algunos de los guerreros comenzaron a retroceder.

¡Está funcionando!, Faey no podía creerlo.

El líder de la pandilla ordenó la retirada. —Este lugar está embrujado. Vámonos de aquí—. Mientras se alejaban, algunos de ellos blandieron con enojo sus espadas curvas y cercenaron varias ramas que se acercaban siniestramente.

Una gran rama quebrada cayó y golpeó a uno de los matones en la cara. Todos dieron media vuelta y corrieron.

Faey permaneció en su posición en la roca, sin dejar que la alegría se apoderara de sus sentidos. El resto de los neófitos también se quedó en silencio, a la espera del momento adecuado para emerger de manera segura.

Cuando pasó suficiente tiempo, Faey se irguió con rapidez. —¡Lo logramos!—.

Nadie respondió a su llamado. Por un momento largo, se impuso el silencio, acompañado por el sonido de unos cuantos chasquidos.

—¿Hola?—. El valle se veía más sombrío, a pesar de que el sol seguía en su punto máximo.

Algo cayó de la copa de los árboles y se sacudió con fuerza para quedar suspendido en el aire. Era Isa: sus ojos estaban muy abiertos y llenos de terror, sus brazos encinchados a la altura de su cintura por enredaderas retorcidas. La punta de una de las enredaderas la amordazaba.

Unos cuantos niños más cayeron de las copas y quedaron suspendidos de la misma manera. Dos neófitos se azotaron directo contra el suelo; los arbustos amortiguaron la caída. También estaban atados por las enredaderas. Luchaban por liberarse, pero sus esfuerzos eran en vano.

Antes de que Faey pudiera entender qué sucedía, el valle cobró vida: grandes troncos se contorsionaron con furia y se enredaron formando una entidad gigantesca. Matorrales y arbustos se desenterraron y se arrastraron hacia ella como si fueran una piel manchada; llevaban consigo tierra y escombros con los que formaron músculos. Las enredaderas oscuras se deslizaron para tejer una celosía sobre la criatura, como una red de venas palpitantes.

El monstruo tenía cuatro brazos y en el centro de su —pecho— tenía un tronco roto, hueco y podrido, como una cuenca ocular vacía o una boca muy abierta. Por lo menos tres chicos estaban semienterrados en su torso grotesco, inmovilizados por unas extrañas ramas retorcidas.

Un espíritu corrupto. Faey estaba paralizada en el bloque de piedra.

Los Kinkou habían escuchado que sucesos semejantes ocurrían en otras partes de Jonia, como daño colateral de la guerra brutal contra Noxus. Nadie jamás pensó que pasaría aquí.

La Hermandad Navori debe haber contaminado el equilibrio, motivo por el cual las fuerzas oscuras del reino espiritual se filtraron a través de la barrera y mancillaron el valle del sur.

Faey abrió la bolsa que llevaba en la cintura, en busca de polvo mágico para repeler a los espíritus del mal. Esta sería la primera vez que los usaría en un combate real. Las vidas de sus amigos estaban en peligro. Tranquilizó su mente y aplicó polvo en la punta de sus flechas.

El neio la había fortificado con fuerza mental y ahora tenía que confiar en que su memoria muscular pudiera evocar el entrenamiento neiyar que había soportado minuciosamente.

Omi logró escapar de las enredaderas y comenzó a correr a tropezones a través del terreno irregular. Mientras avanzaba, uno de los brazos del monstruo se extendió hacia él, sus tentáculos de flora se abrieron como una red que se retorcía de dolor. Faey disparó una flecha que le dio a ese brazo tan solo un momento antes de que pudiera sujetar a Omi. De la herida emergieron rayos dorados y el monstruo retrocedió. Su extremidad se desintegró y quedó reducida a hojas muertas, ramitas y polvo.

—¡Ve! ¡Trae a los acólitos!—, le gritó Faey a Omi. El chico corrió hacia el valle sin mirar atrás.

Faey pudo escuchar cómo los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos. Sabía que no importaba qué tan rápido corriera Omi, lo más pronto que llegaría cualquier acólito sería dentro de un cuarto de hora. En su carcaj solo le quedaban trece flechas.

¿Cómo contengo a esta cosa?

El miembro cercenado del monstruo se regeneró; su cuerpo crecía conforme oleadas de vegetación se apresuraban a llegar a su encuentro, atraídas por una fuerza invisible.

Faey disparó otra flecha y, antes de que impactara, sacó otra y también la disparó. Las dos flechas se clavaron en el monstruo y una cegadora luz dorada se derramó desde su torso, el cual se abrió mientras varias capas de tejido formado por ramas podridas se dividían. Los chicos atrapados cayeron al suelo, libres de su prisión.

Los neófitos trataron de ayudarse para escapar: desgarraban las enredaderas y las zarzas pegajosas, plagadas de una resina oscura. Con un rugido sorprendente, las entrañas del monstruo explotaron y salpicaron un sinnúmero de extremidades que crecían velozmente por todos lados, como una fuente de madera animada.

La mayor parte de los neófitos pudo esquivar las garras de madera, excepto dos de ellos (Isa y Taij), quienes quedaron atrapados. Lloraban mientras eran arrastrados hacia las remendadas fauces del monstruo.

Los siguientes tiros de Faey la podían ayudar a debilitar al monstruo y, con ello, conseguir que cinco neófitos sin ataduras pudieran huir, o podía tratar de salvar a Isa y a Taij.

¿Qué hago? Tras dudar un momento, Xenn fue atrapado. Los demás neófitos se dispersaron y gritaron aterrorizados.

—¡Váyanse! Corran al refugio, ¡todos!—. Faey salvó a Xenn con un disparo de flecha. Después, comenzó a disparar directamente a los tentáculos de flora que perseguían a los neófitos. Cayó en la cuenta de que perdería a Isa y a Taij, quienes estaban a punto de ser devorados por la boca hueca y dentada del monstruo. Rechinó sus dientes y miró hacia otro lado.

Después, vio a Akali.

Entre la marabunta de los chicos que corrían, la madera que salía disparada, las hojas que caían y el florecimiento de plantas de tonos sombríos, la pequeña niña se abalanzaba hacia el monstruo.

Faey la miró incrédula, sin certeza alguna de hacia dónde debía disparar.

—¡Haheyyyy!—. La voz de Akali retumbó en el valle. Corrió bajo un látigo hecho de enredaderas vivas y después saltó sobre troncos movedizos.

Faey cayó en cuenta de que habían transcurrido momentos peligrosos y no habían capturado a Akali. De alguna manera, ella esquivaba todos los intentos de ser atrapada, ya fuera agachándose o rodando para escapar de las garras deformes. El espíritu malvado centró su atención en Akali, olvidándose de que Isa y Taij colgaban justo sobre su boca.

—Akali, ¡estás loca! ¡Huye!—, gritó Faey. Mientras condenaba el disparate de Akali, Faey se movió del bloque de piedra y colocó otra flecha en su arco.

Sabía lo que tenía que hacer.

Akali estaba aterrada. Del cielo cayeron unas ramas arqueadas inmensas y aterrizaron a su alrededor. Sin embargo, no dejó de correr.

Le había prometido a Faey que no interferiría en su intento por espantar a los guerreros grandes y malos. No frustró ese plan. Pero Faey no dijo nada respecto a un gigantesco y horrendo árbol espiritual completamente loco. Ahora, Akali seguía su instinto: debía liberar a los otros chicos.

Encontró a Hisso enredada en medio de una maraña de zarzas. Mientras trataba de sacarla de ahí, el cielo se oscureció de repente y Akali se quedó sin aliento. Una inmensa palma hecha de ramas retorcidas se avecinaba hacia ellas, con la intención de aplastarlas. Pero, en ese momento, una flecha perforó la mano y la hizo arder en chispas doradas.

En medio de la caída de las hojas marchitas, Akali arrastró a Hisso hasta un lugar seguro. Vio cómo Faey descendía de la colina rocosa, a la distancia, con otra flecha lista. Después, Akali vio a Yajiro, un neófito mayor, sentado sobre una pila de leños rotos, llorando desconsoladamente.

Corrió hacia él, al tiempo que esquivaba los furiosos golpes del monstruo, y lo pateó en el trasero. —¡Oye, tú! ¡Vete de aquí!—. Le dio un empujón hacia delante.

Sabía que algo había cambiado. El monstruo estaba redirigiendo los movimientos de sus extremidades contorsionadas para atraparla a ella. Así es que, mientras no dejara de correr, los otros chicos estarían a salvo.

Conforme Akali saltaba, rodaba y se agachaba, sentía que por fin había comprendido este juego. Una parte de ella (la que no estaba aterrada) quería reírse. El monstruo era lento. Si Kennen estuviera ahí, estaría esquivando los ataques y comiendo un plato de fideos, todo al mismo tiempo.

Unas cuantas flechas más de Faey volaron hacia el monstruo y desintegraron sus extremidades momentáneamente al impactarlo. Isa y Taij cayeron al suelo; eran dos bultos envueltos en enredaderas que no paraban de sollozar.

Akali se dirigió hacia ellos, emocionada porque Faey y ella estaban haciendo un gran trabajo en equipo. Podía hacer esto todo el día.

Ahora Faey me incluirá en sus misiones. ¡Mi madre estará feliz!

Después, el valle comenzó a temblar de una forma mucho más salvaje que antes. Unas raíces largas y maliciosas revolvieron la tierra; se latigueaban como serpientes repulsivas y liberaban vapores que le provocaban escozor a Akali en la nariz. Un muro de madera que se sacudía con intenciones de darle una paliza la encerró en un círculo sin salida.

Oh, oh.

Faey saltó de un peñasco a otro para ajustar su línea de visión y mantener una mirada nítida de Akali. Mientras el espíritu maligno perseguía a la pequeña, las flechas de Faey se encargaban de despejar cualquier peligro que se avecinara hacia ella.

Su compañerismo fortuito había representado una oportunidad para los otros neófitos, así como para aquellos que pudieron escapar del valle.

Pero, las cosas podían salir mal en cualquier momento. A Faey solo le quedaban tres flechas.

—¡Akali, debes irte ahora!—, gritó Faey tan fuerte como pudo.

Las rocas debajo de los pies de Faey se sacudieron, como si la tierra se contrajera en espasmos. Segundos después, vio a Akali acorralada en un domo de raíces malévolas.

La loma rocosa se desgajó alrededor de Faey, lo cual provocó que el gran peñasco que estaba en la cima se precipitara cuesta abajo. Faey saltó entre los peñascos para evitarlo. Mientras lo hacía, disparó una flecha que perforó un hoyo en uno de los costados de la prisión de Akali. Después, lanzó otra que inmovilizó al puño gigante que iba tras la pequeña.

Pero antes de que Faey pudiera lanzar su última flecha o realizar algún otro movimiento, la loma entera cayó sobre ella como una avalancha.

El sonido fue ensordecedor. El estallido del desprendimiento de las rocas. Gritaba conforme los escombros la golpeaban como si fueran puños, seguido de un dolor devastador que le ardió hasta la médula.

Cuando la avalancha se detuvo, Faey quedó temblando entre peñascos ensangrentados, con un denso gusto a hierro en la boca. La sensación del ardor se intensificó. Apenas podía abrir los ojos, pero lo que pudo ver no tenía ningún sentido.

Su arco estaba roto. Y en donde debía estar su pierna derecha, solo quedaba una pulpa rojo carmesí que dejaba rastros de humedad sobre las rocas y el pasto.

Enterró su rostro en la tierra y su conciencia se apagó.

Akali arrastró a Isa y a Taij tomándolos de los pies a través del ondulado suelo del valle: no había tenido tiempo para desatarlos. El monstruo se volvió aún más atroz, pero Akali no se iba a rendir.

—No quiero perder a nadie nunca más, ¿me oyeron?—, gritó, dirigiéndose a Isa y Taij, así como a sí misma. —¡Quiero que permanezcamos juntos por siempre!—.

El espíritu del bosque corrupto, una gigantesca pila deforme de cosas horrendas, la persiguió, sin importarle la destrucción del valle.

—¡Faey!—. Akali vio a la niña inconsciente tirada entre peñascos desperdigados un poco más adelante. Oh, no, ahora tendré que arrastrar a tres personas. Rechinó sus dientes y comenzó a escarbar la tierra revuelta, hasta que llegó adonde yacía su amiga.

—¡Faey, ponte de pie! Tenemos que...—.

A Akali se le hizo un nudo en la garganta cuando sus ojos se posaron en la parte inferior del cuerpo de Faey. Soltó a los dos neófitos, quienes le gritaban salvajemente a algo.

—Faey...—, Akali quedó paralizada, con la mente en blanco.

Después, giró para ver por qué gritaban Isa y Taij. Era el furioso espíritu del árbol, quien se avecinaba sobre ellos.

No contaban con armas a la mano. Tres amigos indefensos. Akali observó al monstruo con la mirada perdida. Su mano estrechaba el pequeño kunai colgante.

Una extremidad torcida se balanceó hacia ella. Antes de que ella pudiera moverse, una lluvia de kunai cayó sobre el puño del gigante. Las luces destellaron. Los trozos de madera volaron. Akali nunca pensó que un monstruo pudiera aullar, pero ahora lo corroboraba: rugía con furia desde su pecho hueco.

Una sombra aterrizó en su brazo quebrado.

¡Madre! Los ojos de Akali se abrieron de par en par.

Mayym corrió a toda velocidad en medio del puente de astillas que estallaba. El espíritu corrupto trató de aplastarla con dos de sus otros brazos, pero ella dio un salto en el aire y formó un arco elegante y letal. Simultáneamente, lanzó más kunai con un giro rápido de sus manos. Las extremidades del gigante explotaron bajo los dardos encantados. Sus restos desalmados salpicaron el aire mientras Mayym aterrizaba con agilidad en la cresta del espíritu.

El aire chisporroteaba con truenos alrededor de Akali. Aparecieron arcos de relámpagos morados que formaron una cadena de ondas invertidas alrededor del monstruo. En un parpadeo, cercenaron al gigante por la cintura.

El espíritu maligno reformó su cuerpo, pero Kennen estaba ahí, atacándolo con una descarga de rayos. Sobre él, Mayym elevaba por los aires su guadaña fantasmal y, con un solo movimiento, mutiló al monstruo, desde arriba hasta sus entrañas.

El valle del sur quedó en silencio.

Akali estaba anonadada. Como si nada, el monstruo había desaparecido, dejando a su paso pilas de plantas purulentas y podridas. Sin embargo, algunas de las ramitas cercanas comenzaron a sacudirse débilmente...

—Esto no ha terminado todavía—.

Akali miró sobre su hombro y vio a quien había dicho eso. La figura enmascarada caminó con calma hacia delante mientras desenvainaba de su espalda una espada que brillaba con un aura hipnotizante de energía arcana. Mayym y Kennen abrieron paso para permitirle que avanzara.

—¡Shen!—, Akali se alegró de verlo.

Antes del ataque de Zed, Shen le leía historias sobre los antiguos héroes de Jonia. No obstante, para Akali, Shen era un héroe de verdad, y soñaba con convertirse en su asistente, tal y como su madre había ayudado al maestro Kusho.

El nuevo líder de la orden Kinkou ascendió por los restos del monstruo, los cuales habían quedado reducidos a un montículo. Una fisura brillante apareció en la cima, la cual contorsionó la realidad por un segundo, antes de que Shen desapareciera a través de ella.

—¿Adónde fue?—, preguntó Akali.

—Al reino espiritual—. Kennen aterrizó junto a ella con un salto hacia atrás. —Esa cosa retorcida seguirá reconstruyendo su cuerpo en el mundo material mientras el espíritu corrupto resida en el otro reino. Shen se encargará de la fuente—.

Mientras Mayym caminaba hacia los neófitos, el corazón de Akali se apesadumbró al recordar lo que le había sucedido a Faey.

Inexpresiva, Mayym se arrodilló junto a la niña inconsciente.

Duele... mucho...

Cuando Faey despertó, se encontraba sobre una camilla en una choza. Akali dormía junto a ella, acurrucada. Era de día, la hora era incierta y podía escuchar murmullos de una conversación afuera.

Faey trató de sentarse y después vio que su pierna derecha estaba vendada, amputada bajo la rodilla. Por un largo momento, pensó que era una pesadilla. Sintió cómo una angustia devastadora se arrastraba dentro suyo, contenida tan solo por su incredulidad.

Un sollozo silencioso se escapó de su garganta.

—¡Maestra Mayym, nosotros lo vimos!—. Era la voz de un niño, débil y distante, parecía ser Taij. —Ella nos arrastró hasta un lugar seguro. Sin ninguna ayuda—.

Faey miró por la ventana. Vio a Mayym de pie, frente al antiguo templo, mientras escuchaba a los otros neófitos, con los brazos cruzados.

—Y ella era veloz—, dijo Isa. —¡Ni siquiera el espíritu la podía atrapar!—.

Faey batalló para poderse sentar. Sintió en el muslo una ráfaga de dolor que casi le hizo perder el sentido.

—Faey—. Akali se sentó mientras se frotaba los ojos.

Faey se detuvo y después susurró: —¿Por qué entraste al combate?—. Se aferró al borde de su manta, con la cabeza baja y la voz apagada, tratando locamente de respirar lentamente para que no se le escaparan más sollozos. —¿Por qué no te marchaste cuando te lo dije?—.

—Faey...—, Akali trató de acariciar su brazo.

—¡No me toques!—, gritó Faey. —¡Todo esto es tu culpa!—.

Akali se apartó, con los ojos muy abiertos.

—Déjame sola—, dijo Faey entre dientes. Todo el veneno que llevaba en su interior comenzó a fluir libremente. Después, vio el rostro de Akali. La niña estaba genuinamente confundida y herida.

Faey dudó por un momento, pero antes de que pudiera decir algo más, la pequeña se dirigió a la entrada de la choza, en donde ahora estaba de pie Mayym, observándolas.

Una vez que Akali se marchó, Mayym entró y se arrodilló junto a la camilla. Una emoción sombría se deslizaba por sus ojos. —Shen nos avisó en cuanto sintió una perturbación en el reino espiritual. Nos apresuramos al valle del sur, pero ya era demasiado tarde... No puedo imaginar lo que hubiera sucedido si él no nos hubiese alertado—.

Duele mucho.... Faey trató de enderezar su espalda como una muestra de respeto, pero su valentía comenzó a fallarle.

—Los otros neófitos me dijeron qué fue lo que ocurrió—, dijo Mayym con un tono de voz calmado, alzando el mentón. —Ahuyentaste a los bandidos de la Hermandad. Ayudaste a que el conflicto no escalara—.

Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Faey. Mantuvo su postura, tal y como una aprendiz debía hacerlo frente a su maestra.

—Eres valiente—, dijo Mayym —y has entendido las costumbres de los Kinkou—.

¿Qué importa ahora? Los labios de Faey temblaban. Sabía que todo había terminado. Mayym asentó su diagnóstico. Esta protegida estaba arruinada. Todo el entrenamiento desperdiciado. Todas sus aspiraciones destruidas. Nunca se convertiría en una acólita, ni nada provechoso para la orden; siempre sería un lastre.

—Lo siento. Lo siento mucho. Yo...—, Mayym tartamudeó. —Yo he sido una mala influencia para ti. Sobre Shen. Sobre todo—.

Faey no entendía por qué ella decía esto. Era la mejor mentora que cualquiera pudiera pedir. —Maestra Mayym, yo le fallé a usted—.

—No—, dijo Mayym, con la voz quebrada. —No, no lo hiciste—. Sostuvo a Faey de los hombros y la miró a los ojos con una intensidad feroz. —Debe haber una manera para que puedas caminar de nuevo. Si debemos buscar por todos los rincones de Jonia y más allá para encontrarla, eso es lo que haremos. Bajo el mando de Shen, Kennen y yo, y el resto de los Kinkou, encontraremos una manera. Seguiré entrenándote y me aseguraré de que te conviertas en la mejor arquera nunca antes vista en los dos reinos—.

Las lágrimas nublaron la visión de Faey y, por un momento, se olvidó del dolor.

Con cuidado, Mayym acunó a Faey en sus brazos, un abrazo que la niña no había sentido en mucho tiempo.

En ese momento, los sollozos de Faey se transformaron en llanto, desinhibido y libre.

Akali estaba de pie junto a la puerta, mirando hacia el interior sombrío de la choza, así como a la maestra y a su protegida abrazándose.

No recordaba cuándo había sido la última vez que su madre la había abrazado así. Se dio la vuelta y caminó hacia el bosque, con el kunai colgante sujeto en su mano y lágrimas corriendo por sus mejillas.

Referencias

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