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Historia corta • Lectura de 22 minutos

Donde Alguna Vez Estuvo Icathia

Por Graham McNeill

Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.

Lore

Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.

Axamuk era el nombre de mi abuelo. El nombre de un guerrero, significa guardián de las fronteras, y es un título de buen augurio. Axamuk fue el último de los Magos Reyes, el último gobernador en caer ante la Emperatriz del Sol Shurimano, cuando ella lideró a sus hombres y dioses dorados al reino de Icathia.

Var es mi madre y Choi mi padre. Icath'or es el nombre del clan en el que nací, con una historia honorable de servicio a los Magos Reyes.

He llevado estos nombres desde que nací.

Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.

Solo Kohari es de reciente adquisición. La adecuación es nueva, pero ya se siente natural. El nombre ya es parte de mí y lo porto con un gran orgullo que arde ferozmente en mi corazón. Los Kohari fueron alguna vez los protectores de vida de los Magos Reyes; eran guerreros letales que dedicaron sus vidas al servicio de su señor. Cuando el Rey Axamuk cayó ante los dioses guerreros de la Emperatriz del Sol e Icathia se convirtió en un estado vasallo de Shurima, cada uno de ellos se extinguió bajo el filo de sus espadas.

Pero los Kohari renacieron, levantándose para servir al nuevo Mago Rey y reivindicar su honor. Yo llevo su emblema grabado en mi brazo: la espada envuelta en un pergamino.

Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or. Lo repito una y otra vez, aferrándome a lo que representa.

No quiero olvidarlo. Es lo único que me queda.

¿Acaso fue apenas esta mañana que yo y el resto de los Kohari reformados marchamos por las calles de Icathia? Siento que fue hace muchísimo tiempo.

Las amplias avenidas estaban atestadas con cientos de hombres, mujeres y niños vitoreando. Vestidos con sus atuendos más brillantes y usando sus joyas más finas para honrar nuestra marcha, habían ido para presenciar el renacimiento de su reino.

Porque también Icathia renacía este mismo día, no solo los Kohari. Todos teníamos las cabezas en alto y mi pecho estaba hinchado de orgullo.

Marchábamos codo con codo, sujetando las correas de cuero de los escudos de mimbre, y las empuñaduras enrolladas con alambre de nuestros arqueados sables nimcha. Portar armamento icathiano había estado prohibido por la ley shurimana, pero se había fabricado suficiente en forjas clandestinas y se había ocultado en escondites por toda la ciudad en preparación para el día del levantamiento.

Recuerdo con claridad ese día.

La ciudad resonaba con gritos, conforme multitudes aullantes perseguían y asesinaban a todos los oficiales shurimanos que pudieron encontrar. El resentimiento por siglos de leyes degradantes para erradicar nuestra cultura, y las correspondientes ejecuciones despiadadas como consecuencia de la ruptura de esas leyes, alcanzó su punto crítico en un día de violencia y sangre. No tuvo importancia que la mayoría de las personas fueran tan solo escribanos, comerciantes y cobradores del diezmo. Eran sirvientes del odiado Emperador del Sol, y merecían morir.

¡De la noche a la mañana, Icathia volvía a pertenecernos!

Las efigies del Disco Solar fueron arrancadas de los tejados y destrozadas en medio de los vítores de las multitudes. Las escrituras shurimanas fueron quemadas y sus tesoros saqueados. Las estatuas de emperadores muertos fueron profanadas, incluso yo vandalicé uno de los frescos más valiosos con obscenidades de tal grado que habrían hecho que mi madre se sonrojara.

Recuerdo el aroma a humo y fuego. Era el aroma de la libertad.

Me aferré a ese sentimiento mientras marchábamos.

Mi memoria evocó rostros felices y exclamaciones de alegría, pero no puedo recordar palabras específicas. La luz del sol era muy brillante, los sonidos eran demasiado intensos y el palpitar en mi cabeza era incesante.

No había conseguido dormir la noche anterior, estaba demasiado nervioso ante la posibilidad de una batalla. Mi habilidad con el sable nimcha era promedio, pero realmente era letal con el arco recurvo que colgaba de mi hombro. Su madera estaba curada, protegida contra la humedad por una capa de laca color rojo. Mis flechas tenían plumas de aves rapaces celestes y había tallado las puntas afiladas con obsidiana proveniente de la taumaturgia, la magia de la piedra y de la tierra. Los viajes largos por la vegetación de Icathia, los bosques costeros y los recorridos por los senderos de las altas montañas habían ayudado a conseguir una buena condición y fuerza en las extremidades para manejar bien el arco, y la resistencia para pelear todo el día.

Una chica joven con el cabello recogido con un alambre de plata y con los ojos verdes más profundos que yo había visto, colocó una guirnalda de flores sobre mi cabeza. El aroma de los capullos era intoxicante, pero todo pareció quedar atrás cuando me acercó hacia ella para besar mis labios. Usaba un collar, un ópalo en un lazo arremolinado de oro, y sonreí cuando reconocí la artesanía hecha por mi padre.

Intenté quedarme con ella, pero nuestra marcha me alejó. Sin embargo, fijé su rostro en mi mente.

Ya no puedo recordarlo, solo recuerdo sus ojos, eran de color verde profundo como los bosques de mi juventud...

Pronto, incluso eso se desvanecerá.

—Tranquilo, Axa—, dijo Saijax Cail-Rynx Kohari Icath'un mientras colocaba un huevo ya sin cáscara en su boca. —Estará esperándote cuando el día llegue a su fin—.

—Así será—, dijo Colgrim Avel-Essa Kohari Icath'un, clavando su codo en mi costado. —A él y a otros veinte jóvenes fornidos—.

Me sonrojé al escuchar las palabras de Colgrim, y él soltó una carcajada.

—Hazle un buen collar de oro shurimano—, continuó. —Así, será tuya por siempre. ¡O al menos hasta el amanecer!—

Debí decir algo para reprender a Colgrim por ofender el honor de la chica, pero yo era joven y estaba ansioso por demostrar mi valor ante estos guerreros veteranos. Saijax era el corazón palpitante de los Kohari, un gigante de cabeza rapada con la piel llena de marcas por los estragos de una enfermedad de infancia, y una barba bifurcada y rigidizada en puntas con cera y tiza blanca. Colgrim era su mano derecha, un salvaje con mirada fría y un tatuaje como promesa de matrimonio, aunque nunca lo había escuchado mencionar a su esposa. Estos hombres habían crecido juntos y habían aprendido los misterios de los guerreros desde que tenían la edad suficiente para empuñar una espada.

Pero, para mí, esta vida era algo nuevo. Mi padre me había entrenado como un lapidario, un artesano de las piedras y un fabricante de joyas. Era un hombre minucioso y fastidioso, el lenguaje soez era anatema para él y desconocido para mí. Yo, por supuesto, lo disfrutaba, ansioso de encajar con estos hombres resistentes como el cuero.

—No seas duro con el chico, Colgrim—, dijo Saijax, golpeando mi espalda con una de sus enormes manos. Pretendiendo ser una palmada fraternal, llegó a sacudir los dientes de mi cráneo, pero aún así lo agradecí. —Será un héroe para el anochecer—.

Él traslado su larga arma de asta con cabeza de hacha a su hombro. El arma era inmensa, la empuñadura de ébano estaba grabada con los nombres de sus antepasados y la hoja estaba forjada con bronce afilado. Pocos de nuestro grupo podían cargarla, sin mencionar siquiera blandirla, pero Saijax era un maestro de las armas.

Volteé para intentar entrever a mi chica de ojos verdes, pero no pude verla entre las apretadas filas de soldados y los brazos de las multitudes moviéndose.

—Es momento de concentrarse, Axa—, dijo Saijax. —Los adivinos dicen que los shurimanos están a menos de medio día de marcha de Icathia—.

—¿Y... están los dioses guerreros con ellos?—, pregunté.

—Eso dicen, chico. Eso dicen—.

—¿Es malo que no pueda esperar a verlos?—

Saijax negó con la cabeza. —No, porque son poderosos. Pero, en cuanto los veas, desearás no haberlo hecho—.

No comprendí a qué se refería Saijax, y pregunté: —¿Por qué?—

Me miró de reojo. —Porque son monstruos—.

—¿Tú ya has visto uno?—

Sentía un intenso entusiasmo juvenil, pero aún recuerdo la mirada entre Saijax y Colgrim.

—Así es, Axa—, me contestó Saijax. —Peleamos contra uno en Bai-Zhek—.

—Tuvimos que derribar la mitad de una montaña para acabar con el bastardo—, añadió Colgrim. —E incluso así, solo Saijax tenía un arma lo suficientemente grande para degollarlo—.

Recuerdo la historia con una sensación de emoción. —¿Fuiste tú?—

Saijax asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Supe que no debía preguntar nada más. El cadáver desfiló por la ciudad recién liberada para que todos pudieran verlo, como prueba de que los dioses guerreros de Shurima eran mortales. Mi padre no quiso que yo lo viera, temiendo que eso solo enardecería el deseo de rebelarse que había permanecido latente en cada corazón icathiano durante siglos.

El recuerdo de cómo se veía exactamente se ha desvanecido, pero recuerdo que era más grande de lo que cualquiera podría imaginar, inhumano y terrible...

Vería a los dioses guerreros más tarde ese mismo día.

Solo entonces comprendí a lo que se refería Saijax.

Nos formamos en las suaves pendientes ante las ruinas de los muros de la ciudad. Desde la llegada de la Emperatriz del Sol, hace más de mil años, nos habían prohibido recoger las piedras y reconstruir el muro, forzándonos a dejar los restos como recordatorio de la derrota de nuestros ancestros.

Y ahora, un ejército de pedreros, trabajadores y taumaturgos estaban moviendo bloques gigantescos de granito recién labrado al lugar, con tornos como mecanismos que crepitaban con magia.

Sentí orgullo al avistar el levantamiento de los muros. Icathia estaba renaciendo gloriosa ante mis propios ojos.

Algo también impresionante era el ejército tomando posición transversalmente al compacto camino de tierra que conducía a la ciudad. Diez mil hombres y mujeres cubiertos en armaduras de cuero y armados con hachas, picos y lanzas. Las forjas habían trabajado día y noche para producir espadas, escudos y cabezas de flechas en los días previos al levantamiento, pero no había posibilidad de producir lo suficiente antes de que el Emperador del Sol dirigiera su mirada a la sátrapa rebelión y marchara hacia el este.

Había visto imágenes de los antiguos ejércitos icathianos en los textos prohibidos; valientes guerreros desplegados en filas apretadas de oro y plata y, a pesar de que éramos una sombra de esas fuerzas, no sentíamos menos orgullo. Dos mil jinetes fueron enviados en los flancos, sus enormes y emplumadas bestias resoplaban, y sus pezuñas con garras pateaban de impaciencia. Mil arqueros se arrodillaron en dos largas líneas, a quince metros por delante de nosotros, con astas construidas con plumas de color azul colocadas en la arcilla suave frente a ellos.

Tres bloques de una compleja infantería formaban la mayor parte de nuestra línea, un bastión de valentía para repeler a nuestros opresores de antaño.

A lo largo de nuestra fila, las energías crepitantes del vehículo de tierra de nuestros magos hacían que la atmósfera se tornara nublada. Con seguridad, los shurimanos tendrían magos en sus filas, pero enfrentaríamos sus poderes con nuestra propia magia.

—Nunca había visto a tantos guerreros—, dije.

Colgrim se encogió de hombros. —Ninguno de nosotros, no en lo que llevamos de vida—.

—No te impresiones demasiado—, dijo Saijax. —El Emperador del Sol tiene cinco ejércitos, e incluso el menor de ellos nos supera en número, tres a uno—.

Intenté imaginar tal fuerza, pero no lo conseguí. —¿Cómo derrotaremos a esa multitud?—, pregunté.

Saijax no me contestó, pero llevó a los Kohari hacia nuestra posición, en la línea delante de una estructura de bloques de granito. Había cadáveres shurimanos empalados en estacas de madera, clavadas en la tierra en su base, y bandadas de aves carroñeras sobrevolaban en círculos la zona. Un pabellón de seda de color carmesí y azul índigo había sido levantado en la cima, pero no podía ver qué había dentro. Clérigos en túnicas lo rodeaban, cada uno dibujando patrones complejos en el aire con sus báculos metálicos en forma de estrella.

Desconocía lo que estaban haciendo, pero escuchaba un zumbido constante, como una colmena de insectos intentando abrirse paso hacia mi cráneo.

El contorno del pabellón se agitó como un espejismo en el desierto. Tuve que retirar la vista conforme mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Mis dientes se sentían flojos en las encías y mi boca se llenó con el sabor de leche agria. Me dieron nauseas y limpié mis labios con el dorso de mi mano, sorprendido y muy alarmado de ver una mancha de sangre.

—¿Qué es eso?—, pregunté. —¿Qué hay ahí dentro?—

Saijax se encogió de hombros. —Escuché que es una nueva arma. Algo que encontraron los taumaturgos en las profundidades del suelo, tras el terremoto de Saabera—.

—¿Qué clase de arma?—

—¿Acaso importa?—, preguntó Colgrim. —Dicen que va a acabar con todos los comedores de excremento con armaduras de oro del mundo. Incluso con esos dioses guerreros malnacidos—.

El sol estaba por alcanzar su cénit, pero un escalofrío recorrió mi espalda. Mi boca se secó repentinamente. Sentía un cosquilleo en la punta de mis dedos.

¿Era una sensación de miedo? Tal vez.

O tal vez, solo tal vez, era una premonición de lo que estaba por suceder.

Una hora después, el ejército shurimano llegó.

Nunca antes había visto una multitud de esa magnitud, nunca imaginé a tantos hombres reunidos en un solo lugar. Columnas de polvo originaron nubes que ascendieron como una tormenta inminente, dispuestas a terminar con el reino mortal.

Fue ahí, a través del polvo, que vi en todas direcciones las lanzas de bronce de los guerreros shurimanos. Marchaban hacia delante, una línea extensa de luchadores con estandartes dorados y con tótems de disco solar brillando bajo el sol de mediodía.

Desde nuestra posición, divisamos oleadas tras oleadas de decenas de miles de hombres que no conocían la derrota y cuyos ancestros habían conquistado nuestras tierras. Jinetes sobre monturas doradas cubrían los flancos mientras que cientos de carrozas flotantes avanzaban por delante del ejército. Grandes caravanas del tamaño de barcas soportaban máquinas de guerra similares a astrolabios náuticos; globos giratorios orbitaban a esferas ardientes y relámpagos chispeantes. Clérigos en túnicas las custodiaban, cada uno con un báculo recubierto de llamas y un séquito de esclavos cegados.

En el corazón del ejército se encontraban los dioses guerreros.

Muchas otras cosas abandonaron mi mente; la sangre, el horror y el miedo. Pero el avistamiento de los dioses guerreros me seguirá a lo que sea que se encuentre más allá de este momento...

Vi a nueve de ellos, sobresaliendo entre los hombres a los que lideraban. Sus rasgos y cuerpos eran una terrible mezcla de seres humanos y animales, además de cosas que jamás han habitado este mundo, y jamás deberían. Eran titanes: monstruos inhumanos que desafiaban cualquier creencia, cubiertos por armaduras de jade y bronce.

Su líder, con la piel tan pálida y suave como el marfil, dirigió su monstruosa cabeza hacia nosotros. Delimitado por un casco dorado labrado para asemejarse a un león rugiente, su rostro estaba oculto, afortunadamente, pero podía sentir su poder mientras ella observaba con desprecio nuestra línea.

Una oleada de terror palpable se produjo casi al instante.

Nuestro ejército se vio aun más pequeño en comparación con las fuerzas enemigas, y más de uno estuvo al borde de huir incluso antes de que la batalla comenzara. Nuestros valientes líderes elevaron la voz, transmitiendo un mensaje de tranquilidad, por lo que una derrota inminente fue interrumpida. Pero el miedo en sus voces era evidente.

Yo también sentí una urgencia casi incontrolable por vaciar mi vejiga, pero reprimí la sensación. Yo era un Kohari. No me orinaría encima en mi primera batalla.

Aún así, mis manos estaban sudando y sentía un nudo en el estómago.

Yo quería huir. Yo necesitaba huir.

No había manera de enfrentarnos a una fuerza de tal magnitud.

—Grandes bastardos, ¿no es así?—, dijo Colgrim, provocando risas nerviosas en nuestras filas. Mi miedo disminuyó.

—Tal vez luzcan como dioses—, dijo Saijax, alzando la voz. —Pero son mortales. Pueden sangrar y pueden morir—.

Recuperé la fuerza gracias a sus palabras, pero ahora me pregunto si él sabía en ese momento lo equivocado que estaba.

—¡Somos icathianos!—, rugió. —¡Somos los herederos de los reyes y reinas que se establecieron en estas tierras en primer lugar! Son nuestras por derecho y desde nuestro nacimiento. Sí, nos superan en número, pero los guerreros que han enviado nuestros enemigos son esclavos y hombres cuya lealtad está dirigida hacia el dinero—.

Levantó su arma en lo alto y la luz del sol resplandeció en su hoja pulida. Él era glorioso en ese instante. Yo lo hubiera seguido hasta el fin del mundo si me lo hubiera pedido.

—¡Peleamos para vivir en libertad, no en esclavitud! ¡Este es nuestro hogar, es tierra de gente orgullosa, de gente libre! ¡No hay nada más fuerte que eso, así que venceremos!—

Vítores comenzaron en las filas de los Kohari y se extendieron rápidamente a los otros regimientos de nuestro ejército.

—¡I-ca-thi-a! ¡I-ca-thi-a! ¡I-ca-thi-a!—

Las voces resonaban en los muros que ahora se levantaban en nuestra ciudad, llegando a los oídos de las multitudes shurimanas. Los dioses guerreros hablaron con celeridad a sus acompañantes, quienes dieron la vuelta y corrieron para llevar sus órdenes a las alas del ejército. Casi de inmediato, nuestro enemigo comenzó a movilizarse cuesta arriba.

Se movían despacio, a un ritmo pausado. Cada tercer paso, los guerreros golpeaban las empuñaduras de sus lanzas contra sus escudos. El sonido que producían era extremadamente inquietante, un lento redoble que consumía la voluntad de los que estábamos por sentir las puntas de esas armas.

Mi boca estaba seca, mi corazón palpitaba bruscamente dentro de mi pecho. Observé a Saijax para recobrar valentía, para obtener coraje de su indómita presencia. Su quijada estaba endurecida y su mirada decidida. Esta era un alma que no conocía el miedo, que rechazaba las dudas y que permanecía firme ante el rostro del destino.

Percibiendo mi mirada, volteó a verme. —¿Un huevo?—, preguntó.

Tenía un par de huevos sin cáscara en la palma de su mano.

Negué con la cabeza. No podía comer. Al menos, no por ahora.

—Yo tomaré un huevo—, dijo Colgrim, tomando uno y mordiéndolo por la mitad. Saijax tomó el otro, y ambos los masticaron con un semblante reflexivo.

Los shurimanos se acercaron aún más.

—Buen huevo—, señaló Colgrim.

—Les añado un poco de vinagre cuando los pongo a hervir—, contestó Saijax. —Hace que sea más sencillo pelarlos—.

—Muy astuto—.

—Gracias—.

Dirigí la mirada hacia los dos, de un lado a otro, sin ser capaz de conciliar la naturaleza mundana de sus palabras, especialmente cuando un ejército conquistador marchaba directamente hacia nosotros. No obstante, me sentí aliviado al escucharlos.

Me reí, y esa risa se extendió rápidamente.

Los Kohari estaban riendo y muy pronto, sin saber por qué, el ejército completo estaba riéndose. El miedo que había amenazado con destruirnos nos abandonó. Una determinación renovada llenó nuestros corazones y recubrió con hierro nuestras espadas.

Los shurimanos se detuvieron a menos de doscientos metros de nosotros. Noté una extraña textura en el aire, como si mordiera un pedazo de metal. Levanté la mirada justo a tiempo para ver los globos giratorios de las máquinas de guerra ardiendo con luz abrasadora. Los clérigos custodios bajaron sus báculos.

Una de las esferas ardientes se separó del globo y formó un arco en el aire, dirigiéndose hacia nosotros.

Aterrizó en el medio de nuestra infantería y estalló, el fuego era de color verde cristalino, se escucharon gritos de pavor. Otra esfera le siguió, y después otra.

Sentí nauseas ante el olor de la carne quemándose, proveniente de las filas, horrorizado por la masacre que estaba aconteciendo, pero nuestros guerreros se mantuvieron firmes.

Más esferas se aproximaron a nosotros pero, en lugar de colisionar con nuestras filas, se tambalearon en el aire y regresaron sobre su propia trayectoria, haciendo añicos el corazón de los lanceros shurimanos.

Asombrado, vi a nuestros taumaturgos sosteniendo sus báculos en lo alto, expidiendo destellos mágicos. Los vellos de mis brazos y piernas se erizaron en el aire centellante, como si un velo se dibujara sobre nosotros.

Más esferas ardientes salieron de las máquinas de guerra de los shurimanos, pero explotaron en pleno vuelo al colisionar con la barrera invisible tejida alrededor de nuestras fuerzas.

El júbilo superó los llantos de dolor en nuestras filas. Exhalé, aliviado por no haber estado entre los objetivos de las máquinas de guerra. Observé a esos pobres hombres heridos que estaban siendo arrastrados a la retaguardia por sus camaradas. La tentación por permanecer ahí debió ser extraordinaria, pero los icathianos descendemos de reyes exploradores, y todos los guerreros regresaron a su posición en la línea de batalla.

El agotamiento en nuestros magos era evidente, pero su poder estaba reteniendo el ataque shurimano. Miré sobre mi hombro al pabellón que estaba encima de la pirámide. Allí, los clérigos también estaban luchando con todo su poder. No podía yo imaginar con qué fin. ¿Qué clase de arma yacía ahí dentro y cuándo la desencadenaríamos?

—Resistan—, dijo Saijax, y mi atención volvió a enfocarse en el ejército ante nosotros. —Vendrán hacia nosotros ahora. Una gran oleada para ponernos a prueba—.

Observé a los shurimanos viniendo a toda velocidad. Flechas destellaron desde las líneas de arqueros que estaban ante nosotros, y decenas de guerreros enemigos murieron. Las placas de bronce y los escudos salvaron a algunos, pero estaban tan cerca que muchos cayeron con flechas que atravesaron su armadura.

Otra ráfaga atacó a los shurimanos, rápidamente seguida por otra.

Cientos perecieron. Su línea se encontraba desgarrada y desorganizada.

—¡Ahora!—, rugió Saijax. —¡A ellos!—

Nuestra infantería avanzó formando una brecha, bajando las lanzas conforme embestían. Fui arrastrado por la oleada de hombres detrás de mí, pero logré sacar mi espada de su vaina mientras corría. Grité para mantener mi miedo bajo control, preocupado de tropezarme y aterrizar sobre mi propio sable.

Vi el rostro de los shurimanos, las trenzas de sus rostros, sus emblemas dorados y la sangre ensuciando sus túnicas. Estábamos tan cerca que yo podría haber susurrado y ellos podrían haberme escuchado.

Impactamos sus débiles líneas como un relámpago. Las lanzas se propulsaban y se estremecían, las empuñaduras se fragmentaban por el impacto. Conducidos por absoluta voluntad y por mil años de enojo reprimido, el ímpetu de nuestra carga perforó sus filas, separándolas y rompiendo su formación por completo.

El enojo me llenó de fuerza y blandí mi espada. Atravesó carne y la sangre me salpicó.

Escuché gritos. Tal vez fui yo. No estoy seguro.

Intenté mantenerme cerca de Saijax y Colgrim, sabiendo que en su zona de batalla habría shurimanos muriendo. Vi a Saijax destrozando a decenas de hombres con su gigantesca arma, pero no encontré a Colgrim. Pronto perdí de vista a Saijax entre los empujones y el vaivén de la oleada de guerreros.

Lo llamé por su nombre, pero mi grito se ahogó en el rugido de la batalla.

Los cuerpos chocaban contra mí, jalándome, arañando mi rostro... manos icathianas o shurimanas, no lo sé.

Una lanza se clavó hacia mi corazón, pero la punta resbaló en mi pechera y desgarró mi brazo. Recuerdo haber sentido dolor, pero poco más. Clavé mi espada en el rostro de un hombre que gritaba. Él cayó, y yo presioné con más fuerza, impávido por el miedo y el gozo salvaje. Rugí y blandí mi espada como un demente.

Ser hábil no era de ninguna utilidad. Era un carnicero en búsqueda de carne.

Vi a hombres morir a pesar de que sus habilidades eran muy superiores a las mías. Seguí avanzando, perdido en la corriente de carne y huesos. Donde viera un cuello o espalda expuestos, yo atacaba. Sentía un placer macabro en mi matanza. Sin importar el resultado de este día, podría tener la frente en alto en compañía de guerreros. Más flechas atravesaron los cielos, y los vítores, cada vez mayores, eran canciones de libertad.

Fue entonces que los shurimanos se quebraron.

Todo comenzó con un solo guerrero esclavo dando la espalda y huyendo, pero su pánico se extendió como fuego en una planicie y, dentro de muy poco tiempo, la formación completa estaba volviendo cuesta abajo.

En los días que procedieron a este momento, Saijax me había dicho que el momento más peligroso para cualquier guerrero es cuando un regimiento se quiebra. Es ahí cuando la matanza verdaderamente comienza.

Despedazamos a los shurimanos derrotados, las lanzas atravesaban espaldas expuestas y las hachas partían cráneos. Ya no se defendían, simplemente se pisaban entre ellos para intentar escapar. La masacre era atroz, aún así, me deleité con los cientos de cuerpos que estaban siendo destrozados.

Vi a Saijax nuevamente, manteniéndose firme, con su arma a un lado. —¡Alto!—, gritó. —¡Alto!—

Quise maldecir su apocamiento. Nuestra sangre hervía y los shurimanos huían, presas del pánico.

No lo supe en ese momento, pero Saijax había visto lo peligrosa que realmente era nuestra posición.

—¡Retrocedan!—, gritó, y otros guerreros emitieron el mismo grito al descubrir lo que él había visto.

Al principio, parecía que nuestro ejército haría caso omiso de sus palabras, embriagados de victoria y ansiosos por seguir adelante. Teníamos el propósito de asesinar a cada uno de los enemigos, cobrando venganza en los soldados que habían mantenido secuestradas nuestras tierras durante siglos.

No había vislumbrado el peligro, pero pronto lo comprendí.

Gritos y fuentes de sangre se derramaban desde los bordes de la vanguardia de nuestra línea de batalla. Cabezas cercenadas caían hacia atrás, girando como rocas sobre un charco. Después siguieron cuerpos, apartados sin esfuerzo alguno.

Se desataron gritos y llantos de terror, y los cánticos de libertad se extinguieron.

Los dioses guerreros habían entrado al combate.

Tres de ellos se abalanzaron hacia nuestras filas; algunos moviéndose como hombres, otros como bestias rapaces. Cada uno tenía un arma más grande de lo que cualquier hombre podría cargar, imparables e invencibles. Arremetieron nuestras filas con estallidos arrasadores que degollaron a decenas de hombres con cada giro. Los icathianos volaron en pedazos por sus espadas crepitantes, fueron destrozados a su paso o fueron partidos en dos como paños ensangrentados.

—¡Atrás!—, gritó Saijax. —¡Vuelvan a los muros!—

Nadie podía perforar las armaduras de los dioses guerreros, y su ferocidad era tan primitiva y tan inhumana que me paralicé por completo. Las lanzas se quebraron contra sus pieles, tan duras como el hierro, y sus bramidos me helaron la sangre, convirtiéndome en presa del terror. Uno de ellos, una bestia que graznaba con alas emplumadas desiguales y un pico similar al de un buitre, saltó en el aire; un fuego abrasador color azul se encendió en sus extendidas garras. Solté un alarido de dolor al ver cómo mis compatriotas se convertían en cenizas.

El júbilo que habíamos sentido tan solo hacía unos momentos y que nos llenaba con pensamientos de victoria y gloria, ahora estaba hecho añicos, como un vidrio roto en mil pedazos. En su lugar, podía sentir que aún nos aguardaban momentos tortuosos y agonizantes. La represalia de un déspota inconcebiblemente cruel que no conoce la misericordia.

Sentí una mano sobre mi hombro, y levanté mi espada ensangrentada.

—Muévete, Axa—, me dijo Saijax, forzándome a retroceder. —¡Aún queda mucho por luchar!—

Fui llevado por la fuerza de su mano sobre mi hombro, siendo apenas capaz de mantener el ritmo. Lloré mientras retrocedimos hasta llegar al lugar de nuestra formación inicial. Nuestra línea se había quebrantado e indudablemente habíamos perdido la batalla.

Pero los dioses guerreros se quedaron de pie entre los muertos, ni siquiera se tomaron la molestia de perseguirnos.

—Dijiste que teníamos un arma—, dije entre llantos. —¿Por qué no están haciendo nada?—

—Sí lo hacen—, me contestó Saijax. —¡Mira!—

Lo que ocurrió después desafía completamente mi entendimiento. Mis ojos mortales jamás habían visto algo similar.

El pabellón explotó con bifurcaciones en las tracerías de luz. Una sobrecarga de destellos de energía color morado desgarró el cielo y se azotó contra el suelo como olas que rompen. La fuerza de la explosión provocó que todos cayeran al suelo. Cubrí mis oídos al escuchar un grito ensordecedor que invadió el ambiente.

El grito tenía tal potencia que perforó con intensidad mi mente mientras me aferraba al suelo, como si el mundo mismo gritara de horror. Giré sobre mi costado, dando arcadas por la puñalada de nausea que atravesó mi estómago. El cielo, que alguna vez había sido brillante y azul, tenía el color de un moretón que lleva una semana. Un ocaso antinatural predominó, y vi destellos de imágenes que se consumían en las profundidades de mi mente.

Garras afiladas... Fauces enormes... Ojos que todo lo ven...

Sollocé aterrado ante la visión de tales horrores.

De todas las cosas de las que me habían despojado, esto sería algo que cedería encantado.

Una luz catastrófica de color azul enfermizo y un morado desagradable, sofocó al mundo, apremiante de arriba hacia abajo y proliferando desde las profundidades de la tierra. Me obligué a mantenerme erguido, girando lentamente mientras el mundo a mi alrededor llegaba a su fin.

Los shurimanos estaban retrocediendo de la ciudad, aterrados por la fuerza que habían desatado nuestros clérigos. Mis enemigos estaban siendo destruidos y sabía que debía alegrarme por el triunfo, pero esto... Esta no era una victoria de la que ninguna persona en su sano juicio podría deleitarse.

Esto era la extinción.

Un abismo que emanaba luz morada se abrió entre los shurimanos, y vi cómo su general de piel de marfil era derrotada por cintas de materia dando latigazos. Luchó para liberarse de forma salvaje con su espada, pero el poder que habíamos liberado, la superaba. La brillante y pulsante luz cubrió su cuerpo como un desagradable capullo.

Adonde mirara, veía a los escurridizos espirales surgiendo de la tierra, o del aire mismo, para apoderarse de la carne de los mortales. Hombres y mujeres eran arrastrados y engullidos. Vi a un shurimano arañando la tierra mientras se desplazaba, su cuerpo parecía disolverse mientras los tentáculos de inmunda energía lo abrumaban.

Comencé a esperar, y a rezar, esperando que esta destrucción hubiera estado planificada desde el comienzo.

Vi formas en la luz titilante, demasiado fugaces e ininteligibles para distinguirlas con claridad. Extremidades hinchadas de una extraña materia similar al alquitrán, estirándose. Los hombres estaban siendo desgarrados y despedazados. Escuché el borboteo de los bramidos y aullidos de cosas que jamás deberían pisar la superficie de este mundo.

Por horrible que se hubiera tornado el día, me pregunté si este era el precio de la grandiosa arma cuyo poder habían desatado nuestros clérigos. Endurecí mi corazón ante el sufrimiento de los shurimanos, recordando los siglos de miseria que nos habían hecho vivir.

Una vez más, había perdido de vista a Saijax y a Colgrim. Pero ya no necesitaba su presencia para tranquilizarme. Había demostrado que era digno del nombre de mi abuelo, y digno de la marca en mi brazo.

¡Yo era un Kohari!

El cielo crujió y se retorció, con el sonido de una enorme lona desgarrándose en una tormenta. Me di la vuelta y corrí hacia la ciudad, uniéndome a otros soldados. Pude observar sus expresiones de desesperación y horror, y pensé que muy probablemente yo tendría el mismo semblante.

¿Habíamos ganado? Ninguno de nosotros conocía la respuesta a esa incógnita. Los shurimanos habían desaparecido, los había ingerido el terror que habíamos desatado en el mundo. No sentí arrepentimientos. Ni remordimiento. Mi horror había sido sustituido por justificación.

Perdí mi sable nimcha en algún lugar bajo el frenesí de la batalla, así que tomé el arco de mi hombro y lo levanté hacia el cielo. —¡Icathia!—, grité. —¡Icathia!—

El cántico fue retomado por los soldados que me rodeaban, y nos detuvimos para observar cómo el enemigo había sido finalmente vencido. La incandescente materia que los había derrotado, yacía como un manto sobre la carne que había consumido. Su superficie era ondulante, y ampollas de materia resplandeciente se abrieron con placentas que echaban espuma, se retorcían y se desplegaban como animales recién nacidos.

Me di la vuelta cuando escuché un ensordecedor sonido del rechinar de rocas.

Grietas en auge resonaron conforme más y más abismos desgarraron el paisaje. Caí sobre mis rodillas por el estremecimiento de la tierra, y los muros de Icathia, que alguna vez habían sido derribados y que ahora estaban otra vez en pie, fueron destrozados por un rugido de frecuencias graves que partió la tierra.

Géiseres de polvo y humo surgieron dentro de la ciudad. Observé a hombres gritando, pero no podía escucharlos por el impacto de las rocas cayendo y de la tierra dividiéndose. Torres y palacios que habían existido desde que el primer Mago Rey había colocado su báculo metálico con forma de estrella, estaban siendo ingeridos por las cada vez más amplias brechas. Solo quedaron escombros y fragmentos, mi amada ciudad reducida a un armazón carbonizado.

El fuego salió despedido hacia el cielo, y los gemidos de mi gente fueron magnificados por los barrancos de la ciudad, mientras caían en la horrible fatalidad.

—¡Icathia!—, grité por última vez.

Vi un destello de movimiento y me sobresalté cuando algo voló por los aires sobre mí. Reconocí al dios guerrero con cabeza de buitre que había visto en la batalla. Su vuelo era inestable, sus extremidades estaban parcialmente arruinadas y deshechas por la extraña materia que surgía entre las brechas en la tierra.

Voló hacia el pabellón con aleteos desesperados, y supe que debía detenerlo. Corrí hacia la gigantesca criatura y coloqué una flecha de punta de obsidiana en mi arco.

La cosa se tambaleó al aterrizar. Sus patas estaban torcidas y su espalda estaba cubierta de tentáculos devoradores. Plumas y piel se desprendieron de su cabeza mientras cojeaba entre los cuerpos de los clérigos muertos cuya carne burbujeaba y se enturbiaba aún con movimientos internos.

Surgió fuego alrededor de las manos del dios guerrero, preparado para quemar el pabellón con lo último que le quedaba de poder.

Saijax había dicho que el Emperador del Sol tenía más ejércitos y que necesitaríamos que nuestra arma permaneciera intacta si pretendíamos vencerlos. Apunté la flecha de obsidiana hacia el dios guerrero.

Solté la flecha, la cual perforó con gran velocidad la materia disolvente de su cráneo.

El dios guerrero cayó y el fuego se desvaneció de sus manos. Se dio la vuelta sobre su costado, su carne se separaba de los huesos... observé hebras de músculos y materia pálida formándose debajo.

El dios guerrero se percató de mi presencia y giró su cabeza de buitre hacia mí. Uno de sus ojos estaba blancuzco y dilatado por una extraña sustancia similar al moho, que se extendía por todo su cráneo. El otro tenía mi flecha sobresaliendo.

—¿Acaso... sabes... lo que... has hecho... icathiano... estúpido?—, logró decir el ahora ciego dios guerrero, su voz era un gruñido de cuerdas vocales disolviéndose.

Intenté pensar en palabras poderosas, algo que marcara el momento en que maté a un dios guerrero.

Lo único que pude pensar fue en la verdad. —Nos liberamos—, dije.

—Ustedes... abrieron la puerta... a... un lugar... que jamás... debería abrirse...—, murmuró. —Nos han... condenado a todos...—

—Llegó tu hora de morir—, le dije.

El dios guerrero intentó reír, pero en lugar de una risa, surgió un gorgoteo inquietante y agonizante. —¿Morir...? No... Lo que está por venir... será mucho peor... Será... como si ninguno de nosotros... hubiera existido...—

Dejé la flecha incrustada en el cráneo del dios guerrero. Había hombres cojeando por la batalla, ensangrentados y desgastados, con la misma mirada de horror incrédulo. Ninguno de nosotros comprendía en realidad lo que había ocurrido, pero los shurimanos estaban muertos, y eso nos bastaba.

¿O no?

Estábamos completamente confundidos, nadie sabía qué decir o qué hacer. El entorno de la ciudad giraba con movimientos forzados, la carne del ejército shurimano estaba completamente cubierta por pálidos tentáculos de materia repugnante. Podía observar que su superficie se oscurecía, fragmentándose donde se endurecía, como una especie de caparazón. Un fluido viscoso se derramaba, y la sensación de que esto apenas era el comienzo de algo mucho peor se apoderaba de mí.

La luz seguía irradiando desde las brechas del suelo. Sonidos irreconocibles, una mezcla de chillidos, murmullos y aullidos de locura, resonaban desde las profundidades. Podía sentir las vibraciones ascendentes desde las entrañas de la tierra, como el lento rechinar del cimiento que antecede a un terremoto.

—¿Qué hay ahí abajo?—, preguntó un hombre al que no conocía. Su brazo estaba encapsulado en una membrana translúcida que lentamente se arrastraba hasta su cuello. Me pregunté si él se había percatado de ello. —Parece ser un nido. O una madriguera, o... algo así.—

Yo no sabía qué cosas repugnantes vivían ahí abajo. Y no quería saberlo.

Escuché una voz llamando mi nombre, y levanté la vista para encontrarme con Saijax cojeando hacia mí. Su rostro era una máscara de sangre provocada por una herida profunda que iba desde su ojo derecho hasta su mandíbula.

Nunca pensé que Saijax fuera capaz de sangrar.

—Estás herido—, dije.

—Es peor de lo que parece—.

—¿Es este el fin?—, le pregunté.

—Me temo que para Icathia lo es—, contestó, alejándose para tomar las riendas de la bestia de un soldado. Esta se encontraba asustada, pero Saijax la tomó y saltó sobre la silla de montar.

—Hubiera dado lo que fuera para ver a los shurimanos derrotados—, murmuré.

—Me temo que lo hicimos—, dijo Saijax.

—Pero... ganamos—.

—Los shurimanos están muertos, pero no estoy seguro de que sea lo mismo—, explicó Saijax. —Ahora, busca una bestia, debemos irnos—.

—¿Irnos? ¿De qué estás hablando?—

—Icathia está condenada—, contestó. —Lo ves, ¿cierto? No solo la ciudad, sino nuestras tierras. Mira a tu alrededor. Ese también será nuestro destino—.

Sabía que él tenía razón, pero la idea de simplemente huir de ahí... No sabía si podría hacerlo.

—Icathia es mi hogar—, le dije.

—No queda nada de Icathia. O, al menos, no quedará nada dentro de poco tiempo—.

Extendió la mano para tomar la mía, y la estrechó.

—Axa...—, dijo, dando un vistazo hacia el creciente horror. —No queda más esperanza aquí—.

Negué con la cabeza y dije: —Nací aquí y moriré aquí—.

—Entonces, aférrate a quien eres mientras puedas, chico—, dijo, y sentí el peso de su tristeza y culpa. —Es lo único que te queda—.

Saijax giró a la bestia y se alejó cabalgando. Nunca volví a verlo.

Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.

Creo... Creo que Axamuk era el nombre de mi abuelo. Tiene un significado, pero ya no recuerdo cuál.

Deambulé por las ruinas donde alguna vez existió una gran ciudad. Lo único que queda es un cráter extremadamente amplio, escombros y una ruptura en el tejido del mundo.

Siento un vacío abrumador ante mí.

Axamuk fue un rey, eso creo. No recuerdo dónde. ¿Fue aquí? ¿En esta ciudad hundida y arruinada?

No sé qué significan Var o Choi. Icath'or debería tener algún significado para mí, pero sea lo que sea, no puedo recordarlo. Hay un terrible vacío donde alguna vez mi mente y mis recuerdos habitaban.

Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari.

¿Kohari? ¿Qué es eso?

Hay una marca en mi brazo, una espada cubierta en un pergamino. ¿Es una marca de esclavitud? ¿Acaso fui propiedad de un conquistador? Recuerdo a una chica de ojos color verde y un collar de ópalo. ¿Quién era ella? ¿Era mi esposa o mi hermana? ¿Una hija? No lo sé, pero recuerdo el aroma de sus flores.

Mi nombre es Axamuk Var-Choi.

Lo repito una y otra vez, aferrándome a él como si pudiera evitar esta lenta desintegración.

No quiero olvidarlo. Es lo único que me queda.

Mi nombre es Axamuk.

Estoy desapareciendo. Lo sé, pero no sé por qué o cómo.

Algo terrible se retuerce en mi interior.

Todo lo que soy se desmorona.

Me estoy deshaciendo.

Mi nombre es

Mi nombre

Mi

Trivia

Para una mirada detallada, vea Donde Alguna Vez Estuvo Icathia.
  • Donde Alguna Vez Estuvo Icathia sirve como el primer evento principal para reintroducir a Icathia y El Vacío en el nuevo canon.

Referencias

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