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Historia corta • Lectura de 3 minutos

Doble o Nada

Por Graham McNeill

Toda la clientela del Gloriosa Fortuna tenía los ojos puestos en Twisted Fate. Sintió cómo todos los clientes del salón de apuestas lo observaban con una mezcla de envidia, emoción y anticipación maliciosa para que perdiera todo en su última jugada.

Lore

Toda la clientela del Gloriosa Fortuna tenía los ojos puestos en Twisted Fate Twisted Fate. Sintió cómo todos los clientes del salón de apuestas lo observaban con una mezcla de envidia, emoción y anticipación maliciosa para que perdiera todo en su última jugada.

Más allá de la avaricia propia de ese tipo de lugares, Twisted Fate sintió un propósito particular en ese sitio, como una soga atada al cuello. Las cartas se retorcían nerviosas, advirtiéndolo del peligro. Sabía que debía retirarse y salir de ahí antes de caer en las manos de quien fuera que estuviera tras él, pero la oportunidad de arruinar al hombre que tenía al otro lado de la mesa era demasiado atractiva como para dejarla pasar.

Le sonrío a su oponente, un avaro mercante que amasó su fortuna con el sudor y la sangre de las azotadas espaldas de los mineros esclavos. Las vestimentas del hombre aquel eran costosas: pieles del Freljord Crest icon.png Fréljord, cuero artesanal y amuletos marinos de Bilgewater Crest icon.png Aguasturbias. En cada dedo tenía un anillo de oro que costaba más de lo que cualquier hombre pudiera ganar en toda una vida. Un humo aromático salía de las pipas, que cubría la fortuna compuesta de dinero, joyas y escrituras que yacía entre ellos, como el acopio de tesoros de un pirata.

Twisted Fate asintió en señal al mercante.

—Creo que es su turno—, maestro Henmar.

—Conozco las reglas, rata de riachuelo—, dijo Henmar, mientras Twisted Fate pasaba sus dedos tatuados en repetitiva espiral por encima de las cartas. —Y no creas que tu sucio juego de manos me va a distraer para que cometa un error—.

—¿Distraerlo?—, dijo Twisted Fate, demostrando una escueta seguridad con cada gesto. —Declaro que nunca me rebajaría a tan deshonrosas argucias—.

—¿No? Entonces, ¿por qué cada tanto miras hacia otro lado?—, dijo Henmar. —Escucha con atención, negocio con los mejores y conozco la expresión de un hombre desesperado cuando la veo—.

Twisted Fate mostró una pícara sonrisa, cambió las cartas en sus manos y se quitó el sombrero de forma exagerada.

—Es usted astuto, señor. Sin duda—, dijo antes de pasear la mirada por la multitud. Era la gente de siempre; hombres y mujeres que esperaban que quien ganara fuera generoso con los que lo rodeaban. Las cartas temblaron cuando los ojos de Twisted Fate se posaron sobre ciertos individuos. Entonces sintió un sabor a leche rancia en la boca. Hacía tiempo que había aprendido a confiar en esa reacción como señal de un inminente alboroto.

Ahí, un hombre con un parche en el ojo y una mujer mujer con cabellos de fuego. Estaban definitivamente armados y conscientes de su naturaleza escurridiza. ¿Los conocía? Probablemente no. ¿Trabajaban para Henmar? ¿Protegían sus riquezas? Poco probable. Alguien como Henmar haría notar que traía acompañantes. Eran cazarrecompensas. Las cartas se agitaban aún más en las manos de Twisted Fate. Las juntó todas y las puso sobre la mesa.

—Tienes el tipo de mirada que me dice que ya sabes que vas a perder—, dijo Henmar con el tono de un hombre que cree que todos los que lo rodean son inferiores a él.

—Entonces, ¿qué tal si hacemos esto aún más interesante, señor?—, contestó Twisted Fate, antes de deslizar las cartas como un abanico, al tiempo que observaba cómo los cazarrecompensas se acercaban aún más. —¿Quiere duplicar la apuesta?—

—¿Puedes pagar tanto?—, preguntó Henmar con sospecha.

—Definitivamente—, dijo Twisted Fate, clavando la mirada en el mercante y sacando un pesado morral de monedas del gran bolsillo de su larga chaqueta. —¿Y usted?—

Henmar se lamió los labios y chasqueó los dedos. Un lacayo detrás del mercante le pasó un morral de monedas similar. El público del Gloriosa Fortuna murmuró en conjunto cuando posó el oro junto al resto que se encontraba en medio de la mesa. Se habían peleado guerras por menos dinero de lo que estaba ahí en juego.

—Tú primero—, dijo Henmar.

—Con gusto—, dijo Twisted Fate y volteó las cartas al tiempo que los cazarrecompensas se lanzaban al ataque.

El hombre con el parche en el ojo se lazó sobre él con un collar de captura. La mujer gritó su nombre y desenfundó un par de pistolas idénticas pistolas idénticas.

Twisted Fate pateó la mesa por debajo, lo que lanzó las monedas, cartas y pergaminos por todos lados. Estruendosos balazos dejaron agujeros del tamaño de un puño en la mesa. El collar de captura se cerró, pero cuando se disipó el humo y la gente dejó de gritar, Twisted Fate no estaba en ninguna parte ninguna parte.

Henmar se puso de pie, con el rostro lleno de rabia mientras buscaba a su oponente en vano. Miró los trozos de la mesa dispersos por el suelo y su rostro se puso pálido.

—¿Dónde está el dinero?—, gritó. —¿Dónde está mi dinero?—

Había cinco cartas volteadas en el suelo del Gloriosa Fortuna.

Era una mano ganadora.

Referencias

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