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Historia corta • Lectura de 8 minutos

Diario de Campo de Eduard Santangelo

Por Anthony Burch

¿Quimeras con sangre humana? ¿Magia espiritual de una raza antigua? La trascendencia de las preguntas que me han asaltado en mis humildes incursiones es aún mayor... Encontrarán que la siguiente crónica es espectacular. De hecho, tengo la seguridad de que se contará entre las de los grandes autores. Eduard Santangelo, caballero de Piltóver y explorador joniano, quien descubrió a los fascinantes vastaya en las tierras indómitas de Jonia. Ya los escucho clamando por la primera edición.

¡Un nuevo descubrimiento!
Los Vastaya

¡Simplemente extraordinario! Sin el conocimiento del mundo civilizado, criaturas extrañas y exóticas que se parecen tanto al hombre como a la bestia, un encuentro histórico, sin duda. ¿Qué más revelará esta expedición de la tierra más mágica y fantástica, Jonia? Uno solo puede preguntarse... y deambular más profundo. [1]

Un diario de campo de orillas lejanas
Viaje al continente misterioso
DIARIO DE CAMPO DE EDUARD SANTANGELO

¿Quimeras con sangre humana? ¿Magia espiritual de una raza antigua? La trascendencia de las preguntas que me han asaltado en mis humildes incursiones es aún mayor... Encontrarán que la siguiente crónica es espectacular. De hecho, tengo la seguridad de que se contará entre las de los grandes autores.

Eduard Santangelo, caballero de Piltóver y explorador joniano, quien descubrió a los fascinantes vastaya en las tierras indómitas de Jonia. Ya los escucho clamando por la primera edición. [2]

Los Vastaya

(Un diario de observaciones, teorías y reflexiones sobre las criaturas quiméricas del norte de Jonia tal como las describe el prestigioso

EDUARD SANTANGELO: caballero, explorador, cronista)

Conocí por primera vez a las criaturas quiméricas conocidas como los vastaya tras desembarcar en las fértiles costas de Jonia. Ahí, yo esperaba encontrar la cura para un peculiar padecimiento piltoviano conocido como melancolía, un leve aburrimiento de los pormenores de la vida diaria en la fiable y brillante Ciudad del Progreso, donde me gano la vida como autor con cierto renombre.

Dentro del suave y mágico interior de Jonia, un territorio que rara vez exploran los cartógrafos no nacidos en sus inmensas costas, emprendí la tarea de encontrar algo completamente fuera del marco de mi especialización. Algo maravilloso, mágico, hermoso y aterrador.

En cuanto descubrí a los vastaya, supe que había encontrado lo que tanto había estado buscando.

Conocí a la primera criatura vastaya en plena noche, mientras esta hurgaba en mi campamento en busca de algo que pudiera engullir. Aunque casi huyó por el terror que le había causado mi aparición, un puñado de panecillos dulces y la melodiosa interpretación de una tranquilizante canción de cuna que me enseñó mi madre (mi rango vocal es soprano, por tanto, poseo los recursos adecuados para deleitar a los demás con la ocasional serenata de canciones de relajación) la convencieron para quedarse por un momento en mi campamento.

Aunque caminaba en dos piernas como humano, sus características se combinaban en una amalgama quimérica de muchas otras criaturas que yo había visto en libros o en mis innumerables viajes: tenía los largos bigotes y la nariz puntiaguda de un gato, escamas de serpiente en todo el cuerpo y la fuerza física de una bestia salitre de Aguasturbias (que descubrí cuando, al terminar sus panecillos dulces, la criatura me levantó sobre su cabeza con el mismo esfuerzo que uno emplearía para rascarse la nariz y me sostuvo en los aires hasta convencerse de que ya no escondía más suculencias en mi saco de dormir).

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Poco después, la criatura voló adentrándose en la oscuridad y supe lo que tenía que hacer: decidí que debía aprender más acerca de los vastaya (como los locales los llaman).

Lo que sigue son mis apuntes sobre las variedades de vastaya que encontré en mis viajes a través del misterioso continente.

¿Qué son los Vastaya?

Si yo fuera a plantear una hipótesis acerca del origen de estos seres (y siendo un caballero conocedor de las ciencias físicas, me considero más que calificado para hacerlo), mi teoría sería que los vastaya no son una especie individual, sino una clasificación taxonómica del tipo de un orden o una estirpe.

En pocas palabras, si bien muchos vastaya se parecen entre ellos (como lo descubrí al seguir al joven gato-serpiente-simio hasta su aldea y ser perseguido de manera descortés por sus idénticos compañeros híbridos. Probablemente me confundieron con algún tipo de infame espía o un depredador superior, lo que explicaría la razón por la que me siguieron hasta mi campamento para luego tomar todos mis alimentos), las diferentes tribus y agrupaciones familiares lucen y actúan en formas drásticamente disímiles.

Días después de mi encuentro con los vastaya, seguí el curso del Río Susurrante (así lo nombré porque era exasperantemente ruidoso y, como hombre sofisticado, ostento cierta inclinación hacia la ironía) cerca de su aldea y, sabiendo que otros se sentirían atraídos a esa fuente de agua, descubrí una tribu completamente diferente. Estos vastaya tenían los rostros adorables y peludos de las nutrias, pero con la cintura de focas.

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Tras el fallido intento de darles mis anteojos como una ofrenda de paz (muchas de las criaturas cargaban sacos llenos de cachivaches, objetos brillantes y cosillas, probablemente eran una sociedad mercantil), comencé una improvisada danza interpretativa de vengo en paz y no les haré daño (este particular bailoteo consistía en mover las rodillas; sepa el lector, por cierto, que mis rótulas son impecables), que inspiró a mis acompañantes a acogerme y a darme una cena que solo puedo describir como una especie de pescado ligeramente cocido.

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Aunque no pronunciaron una sola palabra mientras yo ejecutaba mis giros ritualistas, después revelaron, con una educada petición para que les diera una copa de polvo amarillento que olía a sal y a fuego, que hablaban mi idioma con sorprendente fluidez. No conocía ninguno de sus diversos dialectos y coloquialismos, pero, con un poco de esfuerzo, pude comprender exactamente lo que decían. Ahora tan hambriento de conocimiento como lo había estado antes por la comida, les pregunté apresuradamente acerca de la historia de su especie.

Aprendí que los orígenes vastayanos podían remontarse mucho tiempo atrás, en un rincón oculto de Jonia, donde un grupo de humanos se fugó para huir de la infinidad de horrores de la Gran Guerra del Vacío (un asunto sobre el que he escrito numerosos tomos, que pueden encontrarse en las mejores tiendas piltovianas de libros a precios más que razonables). Estos refugiados tuvieron contacto con una tribu de metamorfos inteligentes que estaban en enorme sintonía con las magias naturales de Jonia. Los dos grupos se juntaron y así nacieron las criaturas a las que con el tiempo aprendí a llamar vastaya. Después de un tiempo, la descendencia de estas criaturas se asentó en una variedad de regiones y, por lo tanto, adoptó diversas formas, desde los humanoides alados de Jonia o los arrastradores de arena con extremidades esporádicas de Shurima, hasta los manatí escamosos del Fréljord y su mirada de malestar perpetuo en el rostro.

Hubiera deseado quedarme y hablar más con la gente nutria, pero una de mis preguntas les causó una enorme ofensa, fui bruscamente expulsado de la aldea y en un santiamén perdí la buena voluntad de las criaturas. Mi pregunta, para aquellos que quieran evitar el mismo error, era si el apareamiento de las dos especies era completamente mágico o más (digámoslo así) físico en naturaleza.

Más pensamientos sobre los vastaya, muchos de los cuales podrían ofender al lector más conservador

Tras haber perdido mis suministros y mi tranquilidad, pero nunca mi sed por la aventura, me dirigí en una dirección diferente sin ningún tipo de protección, si exceptuamos mi iniciativa y mi vocabulario multisilábico. Los meses transcurrieron mientras me alimentaba de los abundantes frutos y vegetales de Jonia, recogiéndolos del suelo y de los árboles con la misma sencillez con que se obtendrían en un puesto de los Mercados Linderos.

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Marcaba la hora del día solo con la salida y la puesta del sol, y felizmente olvidé todos los engorrosos hábitos piltovianos a los que estaba acostumbrado. Es decir, después de pasar varios días caminando en Jonia, había desarrollado algo de mal olor.

Me detuve, me desvestí (después de corroborar que estaba solo, un caballero nunca impone su desnudez a los demás) y me metí en un lago cercano que olía a bayas y pasto.

Fue ahí donde vi la cosa más maravillosa que jamás hubiese visto y que seguramente jamás veré, aunque viviera mil años.

Mucho más humana que cualquiera de los vastaya que hasta entonces había encontrado, esta criatura, quien tomaba un baño en la orilla opuesta del lago, tenía las orejas y cola(s) de un zorro, pero estaba desvestida (debo mantener ambiguas mis descripciones para no ofender a los jóvenes o a los lectores más sensibles) y, en lo demás, lucía muy similar a una mujer humana.

Demasiado similar.

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Solo pude vislumbrarla vislumbrarla mientras me sumergía en el estanque. Estaba boquiabierto, riachuelos de agua fluían de mi demacrado semblante mientras intentaba pensar en las palabras perfectas que pudiera expeler para saludarla. Tal vez podría presentarme como un escritor de renombre, citando algunas de mis reseñas más efusivas. O podría cantarle una de las tantas baladas románticas que había compuesto y memorizado para situaciones como esta.

Sin embargo, instantes después, un murmullo en los arbustos detrás de mí me sobresaltó. Por instinto, me giré para enfrentar al origen de aquel ruidajo; pero, al no ver ninguna amenaza lo suficientemente valiente para mostrarse, me di la vuelta otra vez solo para descubrir que la gloriosa mujer zorro había desaparecido, dejándome con millones de preguntas y las primeras estrofas de "Oh, mi amor, mi sueño, mi futura consorte" rebotando en mi cabeza, además de un innegable gesto de bochorno en el rostro.

El ruidajo aquel, al que estaba determinado a golpear hasta dejarlo inconsciente por ahuyentar al amor de mi vida, resultó ser un humano comerciante de una aldea lejana que se especializaba en vender jengifruta, aparentemente un manjar que preferí no probar ya que no tenía la certeza de resistirme a la tentación de estrellar uno en el sonriente rostro del intruso.

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Shai (tal era su nombre) me reprendió por haberme bañado en el estanque, y me informó que este y la mujer zorro que era conocida por bañarse ahí serían dañinos para mi salud. Yo le informé que espiar a hombres desnudos y enamorados sería mucho más dañino para la suya, pero solo rio.

Después de vestirme, el comerciante accedió a guiarme de vuelta hacia la civilización humana y contestar algunas de mis preguntas a cambio de mi sombrero (Mercería de Jeanreaux, precio al por menor de cincuenta y tres engranes).

Me informó que su familia conocía a la extraña mujer desde hacía generaciones, que ella, al igual que los otros vastaya, tienen vidas mucho más largas que nosotros los humanos. Algunos han vivido durante cientos de años, y otros, según rumores y leyendas, podrían ser inmortales. Fue Shai quien me hizo saber el nombre que los jonianos tenían para estas criaturas. Hasta este punto yo me había referido a ellas como "fantasma", pero el comerciante se mofó de mi nomenclatura. Cambié retroactivamente todas las menciones de "fantasma a "vastaya" meramente por empatía cultural, ya que mi vocabulario está solo a la altura de mi humildad.

Caminamos juntos durante varios días. A veces, él se detenía a olfatear el aire como un sabueso hambriento. Cuando le pedí que explicara su comportamiento, apenas sonreía y me explicaba que estaba buscando tesoros. Aunque me pareció que su confusa conducta tenía un dejo exasperante, el olfateo me llevó a un pensamiento que compartí de inmediato con él: si los vastaya eran la fusión de humanos y los ancestrales metamorfos, entonces, ¿qué ocurriría si esa sangre se diluyera extremadamente a través de la reproducción de la diáspora? ¿Qué ocurriría, digamos, si uno tuviera sangre vastaya, pero no la suficiente para adquirir una forma quimérica de animal? ¿Qué ocurriría entonces?

Fue ahí cuando dejó de olfatear el aire y sus ojos se abrieron de par en par. Me miró, sonrió y dijo: —Bueno, serían capaces de cambiar de forma, ¿no?—, justo antes de que el bastardo se convirtiera en un cerdo y sacara de la tierra una trufa de seda.

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Me quedé por completo sorprendido al conocer al tercer metamorfo, pues haberme encontrado a tres variedades diferentes de vastaya en tan solo unos pocos meses va más allá de la suerte, incluso para un merecido erudito como su servidor. De cualquier manera, no pude evitar notar que "el hombre cerdo" era muy inferior a la "voluptuosa mujer zorro".

A este paso, la próxima criatura vastayana que viera podría parecerse a una cucaracha erguida.

Una conclusión, donde dejo espacio para próximas crónicas ante la inevitable demanda del público

Pasé los últimos meses recorriendo Jonia en busca de cualquier información que pudiera recopilar acerca de las varias especies de vastaya, en un intento de crear una guía taxonómica integral de Runaterra y su fauna.

Aunque he acumulado una increíble cantidad de información sobre los vastaya, aún queda mucho por descubrir. Sospecho que, al limitar mi investigación a Jonia, he cubierto solo una fracción de la diversidad total que puede encontrarse dentro de esta clasificación.

Aun así, por ahora, es momento de dar vuelta a la página. Apenas he abierto la puerta de los vastaya y será el trabajo de otro cronista entrar por ella. Hoy, concentro mi atención en las otras criaturas de Runaterra de las que aún faltan historias por contar: Las horribles armas vivas conocidas como Darkin. Las nocivas criaturas del Vacío. Esas ilusorias criaturas de leyenda, los yordles. Estas historias deben de ser contadas y, les doy mi palabra, seré yo el explorador que lo haga. Por supuesto, tal vez yo sea el único que pueda hacerlo.

NOTA DEL EDITOR

Tan solo dos semanas después de presentar este manuscrito, el Sr. Santangelo se embarcó en un viaje extraoficial de regreso a Jonia para, cito: Hacer más preguntas a la mujer zorro, solo con el propósito de crear una segunda edición.

Semanas después, recibimos una carta del Sr. Santangelo que decía lo siguiente:

He experimentado el enorme infortunio de ser secuestrado. Mis captores, un grupo hosco que se hace llamar la Hermandad Navori, sospechan que soy un espía piltoviano. Naturalmente, siendo un hombre del mundo con varias habilidades intelectuales, atléticas y románticas como [editado para brevedad], me sentí ofendido por la acusación.

Aun así, los convencí de que demandaran un rescate, en lugar de que me ejecutaran en el acto. Si usted pudiera entonces, enviar minerales preciosos, comida o armas en una cantidad apropiada a lo que consideren mi valor abstracto como su escritor, sería muy bien recibido. Es, por supuesto, SU decisión el cuánto gastar para que yo regrese, pero imagino que tendrán que mandar a la quiebra a la casa editorial y a todos sus inversionistas, como mínimo. De cualquier forma, el precio obviamente habrá valido la pena.

Tras recibir esta nota de rescate, subsecuentemente enviamos al Sr. Santangelo las ganancias previstas de su nuevo libro: un puñado de monedas y un pastelillo podrido.

Desde entonces, no supimos más de él.

Evolución de los Vastaya
Los marineros Marai, los tribales Kiilash, ¡increíble! ¿Cuántas variedades más se pueden descubrir aún?

La expedición continúa
Sin duda hay más por descubrir sobre los enigmáticos y quiméricos vastaya. ¿Podrías seguir sus secretos en mi lugar?

Trivia

Para una mirada detallada, vea Diario de campo
  • El diario de campo sirve como el primer evento principal para la introducción de la raza Vastaya en el nuevo canon.
  • La Gran Guerra del Vacío mencionada antes de que los orígenes de los Vastaya no es canon. Sin embargo, la revisión de la historia aún no se ha hecho para reflejar el cambio, ya que el siario de campo puede estar lleno de errores y conceptos erróneos y aún ser canónico, porque es el trabajo de Santangelo, sus opiniones, sus coloridas exploraciones de los vastaya.[3]

Referencias

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