Wiki League of Legends
Advertisement
Wiki League of Legends

Graves Destiny and Fate.jpg
EditarImagenReferencia

Aguasturbias Crest icon.png

Historia corta

Destino y Suerte

Por Anthony Reynolds Lenné

Ah, Aguasturbias.

Lore

Ah, Bilgewater Crest icon.png Aguasturbias.

Una apestosa y aborrecible cloaca de asesinatos y traiciones, en el mejor de los casos... pero vaya que se siente bien volver a casa.

Le doy la espalda al mar abierto mientras navego a través de la Bahía de Aguasturbias, de frente a las luces de la ciudad portuaria que brillan a la distancia como el oro.

Estuvimos ocupándonos de unos encargos en Valoran, en la Piltover Crest icon.png Ciudad del Progreso y su Zaun Crest icon.png hermana horrible y oprimida, pero las cosas se empezaron a poner feas. Además, fue el príncipe quien nos ofreció este trato; la paga era demasiado buena como para rechazarla.

Excesivamente buena, en realidad, para algo que para mí era una misión sin sentido. Debe haber un truco, siempre lo hay, pero, como dije, no iba a despreciar esas monedas.

Aún no puedo creer que volvimos. La última vez que estuvimos aquí las cosas se pusieron algo explosivas.

Sarah Fortune Sarah Fortune jugueteó con nosotros a su antojo: conmigo conmigo, con T. F. T. F., con Gangplank Gangplank. Nadie se había enfrentado a ese maldito psicópata como ella lo hizo. Tanto él como su barco volaron en pedacitos, mientras toda Aguasturbias observaba. T. F. y yo vimos el espectáculo de cerca. Sobrevivimos de pura casualidad. Por supuesto que le guardo rencor, pero debo admitir que fue muy impresionante lo que logró. Ahora ella está al mando, por lo que pude escuchar. Solo falta que unos cuantos capitanes más arreglen sus diferencias; si no, conocerán las profundidades de la Bahía de Aguasturbias. Son pocos quienes aún creen que pueden reclamar el trono extraoficial para ellos mismos. Como nuestro viejo amigo, el príncipe...

—¿Puedes, por lo menos, tratar de concentrarte en el trabajo? Nos estamos alejando de la ruta—.

Miro con ojos de pistola a T. F. mientras remo como loco. El desgraciado está sentado en la parte trasera, distraído, jugueteando con las cartas entre sus dedos. De cualquier forma, es demasiado escuálido como para ser útil y remar, pero que él me critique mientras se relaja como si fuera un gran y elegante señor demaciano me enfurece.

Y el hecho de que tenga razón (es gracias a que la corriente nos empujó algunos cientos de metros hacia el sur que tendré que remar aún más duro para acercarnos a nuestro destino) me enerva aún más.

—Siéntase libre de relevarme cuando guste, mi señor—, gruño.

—No puedo—, contesta, mientras coloca tres cartas boca abajo sobre el barril volteado frente a él. —Estoy ocupado—.

Mientras frunzo el ceño, miro sobre mi hombro para tratar de orientarme. Estamos atravesando un bosque de piedras afiladas que sobresalen del océano como cuchillas. Por supuesto, las más peligrosas no son las que se observan desde la superficie. Como siempre, las verdaderas asesinas son las cuchillas que no alcanzas a ver.

Se conocen como quiebraquillas, puesto que han destrozado numerosas embarcaciones a lo largo de los años. Se pueden ver los restos de los barcos que se han estrellado contra ellas: mástiles rotos atracados entre las rocas, tablones astillados que se arremolinan, redes podridas atadas a puntas muy filosas.

La mayoría de los naufragios fueron causados por capitanes ineptos que no quisieron pagarle a un encantador de olas de los Buhru que los guiara a buen puerto. Esa elección no fue nada inteligente.

Por fortuna, nosotros navegamos a través de las quiebraquillas en un embarcación de no más de tres metros de proa a popa. El bote de remos agujereado se llama Intrépida; debo admitir que con cada minuto que pasa me gusta más, desde que nos conocimos hace una hora. No es una belleza: está un poco oxidado en los bordes y no le caería mal una capa de pintura, pero hasta ahora no nos ha defraudado, lo cual ya es mucho. Y tampoco se ha quejado de mi manera de remar.

T. F. voltea las tres cartas, una por una. Frunce el ceño y las vuelve a barajar. Desde que desaparecimos del Muelle Blanco ha estado repitiendo esta acción. Algo en las cartas lo atemoriza, pero no quiero seguir pensando en ello. Con la remada de esta noche hacia el puerto no lograremos nada, pero tenemos que pretender que de verdad lo intentamos. Yo estoy muy satisfecho de que conseguimos la mitad de los krakens de oro por adelantado.

En lo que a mí concierne, eso será lo único que sacaremos de esto y no me molesta. El dinero más fácil que hemos obtenido.

Un salpicón de agua de mar proveniente de mis remos le cae en la cara a T. F. Deja de barajar sus cartas y alza la mirada, furioso. —¿Te importaría?—, dice.

No, no me importa ni un poco.

—Lo siento—. Me encojo de hombros y sigo remando.

Se quita el sombrero y seca su mejilla. Cuando termina de hacerlo, me mira de nuevo con recelo y se lo vuelve a poner. Baja el ala delantera, con afán de parecer misterioso. Para mí, se ve como un estúpido.

Trato de que no se me escape una risita mientras sumerjo de nuevo uno de los remos. Esta vez, le da con todo en el costado derecho de la cabeza. Plop.

—¡Ah, maldita sea!—, me grita mientras me mira amenazante. Trata de sacar el agua de su oído con el dedo. —Lo haces a propósito—.

—No puedo evitarlo—, le respondo. —Es tu culpa por aparentar ser alguien elegante, con tu abrigo fino y tu baño semanal. Tal vez despierta algo de maldad dentro de mí—.

Lo mojo de nuevo, tal vez un poco más de lo planeado. Lo empapo hasta los huesos. Furioso, comienza a ponerse de pie y me señala con el dedo, pero eso hace que Intrépida se sacuda salvajemente. Se sienta de inmediato y se aferra a los extremos del pequeño bote; su rostro revela una expresión graciosamente aterrada. A pesar de toda su puesta en escena para parecer elegante, en ese momento la templanza de T. F. cae por la borda.

Niego con la cabeza y me río. Me causa mucha gracia pensar que él es gente del río, alguien que vivió la mitad de su vida en Aguasturbias y, a pesar de ello, todavía no sabe nadar.

Me fulmina con la mirada, su cabello perfumado y cuidadosamente embadurnado ahora cuelga empapado como si fuera un alga. Trato de contener la risa, pero esta vez me gana.

—Eres un imbécil—, me dice.

Yo sigo remando. Después de un rato, escuchamos el tañido de la Tercera campana, desplazándose a través del puerto de Aguasturbias.

—Hemos llegado—, anuncia por fin T. F., consultando sus cartas una vez más.

Miro sobre mi hombro. Una roca lo suficientemente grande como para ser una isla pequeña se cierne sobre nosotros, pero no se ve distinta al resto.

—¿Estás seguro?—.

—Sí, seguro—, me responde con firmeza. Sigue molesto por el agua. —Revisé una y otra vez. Las cartas insisten en que es aquí—.

Hay un truco o dos que T.F. puede hacer con esas cartas. Las usa para entrar y salir de algunos lugares a los que, de otra forma, no podríamos acceder, lo cual es muy útil cuando estamos trabajando. Incluso lo he visto lanzar una carta para hacer que un vagón explote, como si hubiese estado cargado de pólvora. Pero lo que ha estado haciendo esta noche es propio de la gente del río de sangre antigua. Debo decir que suele ser muy atinado.

Acerco a Intrépida hacia la dirección a la que apunta T. F., rodeando para llegar a la cara de la roca a sotavento. El oleaje sube y baja, amenaza con estrellarnos contra la piedra, pero yo mantengo el bote firme y suelto el ancla cuando T. F. me confirma que estamos en el lugar correcto.

La roca se alza por encima de nosotros.

—Bueno, ¿cómo vamos a llegar allá arriba?—, pregunto.

—No lo haremos—, dice. —Las cartas me dicen que el santuario está adentro—.

—No veo ninguna cueva de entrada—.

Veo la amplia sonrisa de T. F. y mi corazón se sobresalta. Señala hacia la borda, bajo el agua.

—No estás hablando en serio—, me quejo.

La última vez que estuvimos en Aguasturbias pensé que moriría ahogado, encadenado a un cañón que lanzaron por la borda. T. F. me salvó, pero estuve cerca de morir y no tengo ningún deseo de revivir esa experiencia.

—Me temo que sí, compañero—, me dice. —A menos que quieras que vaya yo por mi cuenta—.

—¿Para que te largues con el botín y con el resto de los krakens de oro sin mí? Jamás—.

No he olvidado que este desgraciado me ha dejado varado en el pasado, huyendo con el dinero y abandonándome a mi suerte frente a las consecuencias. Esos años en los que estuve encarcelado no volverán.

—Pensé que no creías que el santuario existía—, dice T. F. —Si mal no recuerdo, lo describiste como una 'misión sin sentido', ¿cierto?—.

—Sí, bueno, aún pienso que son puras supersticiones, pero en caso de que no lo sean, quiero mi parte de la recompensa—.

Ahora es él quien sonríe, mientras comienzo a quitarme el abrigo y las botas. Me cercioro de que mis proyectiles y mis cigarros estén en un sitio seguro y hermético. Después, compruebo que mi gran escopeta de dos cañones, Destino, recién forjada en Piltóver de acuerdo con mis especificaciones, esté bien envuelta en unos impermeables y la ato con fuerza a mi espalda. Me arremango.

—Entonces, ¿dónde está el túnel?—.

Me sumerjo. Espero no caer directo en la guarida de unos peces cuchillo frenéticos.

El frío y la oscuridad son infernales, pero sigo pataleando para sumergirme aún más. Peces y quién sabe qué más criaturas se apresuran frente a mí, titilando en el borde de mi visión.

Allí. Si bien está oscuro aquí abajo, hay una zona que, bueno, es aún más oscura, en las profundidades. La entrada de un túnel. Las cartas de T. F. estaban en lo correcto. Nado hacia adentro y me doy cuenta de que el agua de afuera no era tan oscura en comparación con esto. Ni siquiera puedo ver mis propias manos frente a mí. El túnel tampoco es demasiado ancho: con cada tirón, las puntas de mis dedos tocan la roca suave que hay a los costados.

Al mirar hacia atrás, veo un pequeño círculo que marca la entrada. Soy consciente de que el aire con el que cuento me alcanza apenas para volver a la superficie. Si sigo un poco más, no podré salir por ahí.

Más vale que T. F. tenga razón. Juro que si me ahogo aquí, regresaré a acechar a ese infeliz en el próximo Harrowing.

Hay luz más adelante. Me impulso contra el suelo del túnel hacia ella, con la idea de que he encontrado una manera de salir... pero no. Solo es una maldita medusa brillante, sus tentáculos se mueven sin rumbo como cables mortíferos. No me voy a acercar a esa cosa.

Sigo nadando, completamente ciego. El pánico se apodera de mí lentamente, como la marea de la Luna de Sangre. Choco contra una pared frente a mí y, por un horrible momento, pienso que estoy en un callejón sin salida. Mi instinto se activa y pataleo para ir hacia arriba, en busca de aire, pero lo único que consigo es golpearme la cabeza contra la roca sobre mí. Me golpeo muy fuerte. El frío atenúa el dolor, pero me doy cuenta de que hay sangre en el agua. No es el mejor momento para sangrar. Los tiburones frenéticos pueden olfatearla a kilómetros de distancia.

Me siento atrapado, como una rata en un barril lleno de agua. Tal vez en esta ocasión sí me ahogue.

Tiene que haber una salida. Araño a mi alrededor con desesperación, palpo a ciegas las paredes. Parece que hay espirales curvos tallados en la piedra, pero eso no me interesa para nada en estos momentos. El aire en mis pulmones se siente como veneno y mi fuerza comienza a menguar cuando por fin encuentro una abertura.

Pateo y logro ver un rayo de luz de luna más adelante. Nado hacia arriba. Llego a la superficie. Inhalo en bocanadas profundas y entrecortadas. ¡Estoy vivo!

Mientras floto, registro mis alrededores. Estoy adentro de una cueva con una abertura hacia el cielo, la luna brilla hacia donde estoy.

Nado hacia una saliente rocosa y la escalo para salir. Unos cangrejos del tamaño de mi cabeza salen despavoridos a mi paso. Todos tienen una tenaza azul más grande que la otra y la agitan hacia mí como si maldijeran mi presencia en este lugar. Bueno, no me importa. Nunca me gustaron los cangrejos. Me dan escalofríos. Demasiadas patas.

De acuerdo, primero lo primero. Desato a Destino y retiro los impermeables que la cubren. Bajo la luz de la luna, la reviso rápidamente, en especial el mecanismo de carga y el gatillo. Se ve bien. Cargo unos cuantos proyectiles más y las cosas se sienten mucho mejor. Mientras tenga a la noble señorita Destino cargada en mis manos, nada puede asustarme.

—Te tardaste—, dice una voz.

Casi disparo los cañones del arma antes de darme cuenta de que es T. F. Está recargado contra una roca, tratando de aparentar un aspecto relajado y cortés, ya que él tomó el camino fácil gracias a las cartas.

—¡Casi me matas del susto, desgraciado!—, gruño.

—Estás sangrando—, me dice.

Toco mi cuero cabelludo. Mi mano queda toda roja. —Sobreviviré—. Espero tener razón al respecto.

Tal vez esté tratando de hacerse el relajado, pero T. F. no deja de mirarme y sé que está preocupado. No lo voy a admitir, pero aprecio el gesto.

—No te preocupes. ¡Estoy bien!—. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que cada centímetro de los muros está cubierto por inscripciones curvas. Tallados Buhru. Demoro un momento en percatarme de lo que son.

—Son muchas serpientes—, digo, enunciando lo obvio.

Ajá. Después de todo, tal vez sí haya algo detrás de esta misión sin sentido.

—¿Sigues pensando que esto es un mito?—, me pregunta T. F.

Le respondo con un bufido. Si bien comienzo a estar de acuerdo, no quiero darle aún esa satisfacción.

La historia es esta: nos contrataron para encontrar una leyenda de Aguasturbias, algo a lo que ningún individuo cuerdo le daría más importancia que al Bromista de las Mareas Bromista de las Mareas o a las leyendas de los Invocadores.

La Corona Abismal.

Se dice que quien porte la corona controlará a las bestias de lo profundo. Y quien controle a las bestias de lo profundo controlará las aguas circundantes de las Islas Serpiente. Si las controlas, toda Aguasturbias será tuya.

Por eso es que el príncipe está tan desesperado por poner sus manos doradas sobre la corona. La pequeña Miss Fortune no podría hacer mucho por disputar ese poder si él portara la Corona Abismal.

—Entonces, ¿dónde está el santuario?—, digo.

—Hay un pasaje que guía hacia su interior, por allá—, me dice T. F., gesticulando hacia las profundidades de la cueva. —Tal vez es a través de este lugar—.

—Espero no tener que volver a nadar—, mascullo.

El "pasaje" que T. F. encontró no es más que una grieta entre las rocas. Él es demasiado flacucho y puede deslizarse por ahí como un pez platija. Mi físico es mucho más robusto (y más admirable, me atrevo a decir), por lo que pierdo un par de botones al tratar de apretarme para pasar por ahí.

Me quejo y maldigo en voz baja; sobre todo me arrepiento de la doble porción de sopa de pescado que devoré unas cuantas horas antes esa misma noche. De pronto, T. F. me calla y pone su dedo índice sobre sus labios.

Con un último gruñido, por fin logro pasar. Casi me caigo de bruces. Después, el olor me golpea como un puñetazo. Es un hedor similar a la pestilencia de las nauseabundas vísceras de pescado de los Muelles del Matadero. Mis ojos comienzan a lagrimear. También me trae malos recuerdos.

La luz de luna se filtra hacia abajo a través de una abertura en el techo de la caverna, pero todo sigue oscuro. Tardo un momento en registrar la enorme cantidad de restos de naufragios y escombros apilados por todo el lugar. Es el paraíso de los acumuladores, con toda esa basura y chatarra ocupando cada resquicio y cada grieta.

Esta cueva es mucho más grande que la anterior, y cada una de sus partes (bueno, cada parte que no está repleta de basura inservible) también se encuentra recubierta de tallados Buhru. Más serpientes. Hay un patrón aquí...

Hay un estanque grande y antiguo de agua negra en uno de los costados, tal vez esté conectado al mismo túnel en el que casi me ahogo, pero no hay forma alguna de que todos estos cachivaches hayan llegado aquí arrastrados por la corriente. No, no, esto lo trajo alguien hasta aquí. De hecho, tienen un orden extraño, como si una mente tan retorcida como un nudo marinero los hubiese ordenado.

Hay barriles, cajas, cofres y redes. Equipos de pesca y arpones oxidados, así como varios metros de cuerda podrida. Los cientos de caparazones y piedras están acomodados en pilas extrañas, mientras que los frascos de líquidos fétidos y quién sabe qué más están alineados sobre estantes rudimentarios hechos con la madera que arrastró la corriente.

Un ancla oxidada está apoyada contra la pared y un mascarón de proa cubierto con percebes, el cual porta la figura de una muchacha regordeta con cola de pescado, está sujeto entre un par de rocas. Su pintura descarapelada hace parecer que su piel se está desprendiendo.

Los mástiles rotos se entrecruzan por encima como si fueran vigas torcidas. Algas marinas cuelgan de ellos en hebras largas, junto con pequeños manojos de espinas de pescado y ramas que giran lentamente, atados con cordeles y cabellos, así como listones desgarrados de velas podridas.

Y ahí, en medio de las sombras hacia la pared del fondo, medio escondido entre todas las chucherías, hay algo que se parece demasiado a...

—¿Crees que eso es?—, susurro.

Es una especie de altar, tallado directamente sobre el muro de piedra. Pareciera que quiere emular una masa espesa de serpientes de mar, con sus aletas rojas, bocas escupebilis, gargantas con vértebras negras como el ébano, todo junto. Está rodeado por cientos de velas apagadas, cera derretida por todos lados, así como decenas de cráneos de todo tipo de bestiecillas. También lo acompañan unos cuantos cráneos humanos.

—El Santuario Abismal—. Hay asombro en la voz de T. F. Él siempre ha sido una persona supersticiosa, al ser gente del río y demás. —Sí, es esto, efectivamente—.

T. F. empieza a caminar hacia el santuario. Lo sigo un poco más lento, mirando de reojo las sombras. Este sería el momento en el que habitualmente ocurriría algo malo. Así suelen salirnos las cosas. Por supuesto, también estoy observando a T. F.

—Más te vale no tratar de embolsarte esa corona a mis espaldas—, gruño. Me mira con desprecio, pero ni se molesta en responder.

Algo llama mi atención y siento cómo mi corazón se detiene por un segundo.

Hay una anciana tirada sobre un peldaño de roca cercano, no demasiado alto. Casi la paso por alto; la miro con detenimiento hasta que caigo en la cuenta de lo que estoy viendo.

—Diablos—, exhalo. Mi corazón vuelve a palpitar a toda carga, como un tambor de guerra noxiano.

Está de espaldas, sus manos entrelazadas sobre su pecho, como una estatua de la muerte. De hecho, por su aspecto, bien podría estar muerta o a punto de morir. Sus ropas están semipodridas y ella tiene el color de un pescado muerto hace una semana. Tal vez sea la luz, o su falta, pero también se ve grandiosa; a través de su piel transparente pueden verse sus venas negras.

—Hay una anciana por allá—, susurro.

T. F. está inspeccionando el santuario. —¿Qué?—, me dice, distraído.

—Dije que hay una anciana aquí—, repito, un poco más fuerte; la observo para ver si se despierta. No lo hace.

T. F. la mira. —¿Qué está haciendo?—.

—Durmiendo—, susurro. —O está muerta. No sabría decirte—. La olfateo y siento arcadas. —Pero apesta a podrido. Así que posiblemente esté muerta—.

Preocupado, T. F. frunce el ceño; sus cejas se juntan. Suele reservar esa expresión para cuando tiene una mala mano de cartas o cuando descubre una mancha nueva en el ridículamente costoso atuendo hecho a la medida que compró en Piltóver.

—Supongo que entonces lo mejor será que la dejes ahí, ¿no?—, dice.

Genial. Cambio de tema. —¿Ves la corona?—.

—No—. Le da la espalda al santuario. —Debería estar aquí...—.

Me acerco hacia él para ayudarlo con la búsqueda, cuando, de repente, la mujer resopla ásperamente detrás de mí. Giro de inmediato, con la escopeta en alto, pero ella no se mueve. Está viva, entonces.

Caigo en la cuenta de lo que estoy haciendo y apunto hacia el cielo. ¿Qué iba a hacer, dispararle a una abuela durmiente? Sin importar qué tan mal huela, esa acción nos condenaría a una gran carga de mala suerte.

Al volver a girar, no pierdo de vista al vejestorio, por si acaso. Después, piso algo. Algo que se mueve. Algo que lanza un aullido ahogado.

Aquí hay otra persona, enterrada por completo bajo una pila de tela de vela podrida.

Lucha por alejarse de mí como un perro acorralado, con el pánico tatuado en la mirada. Por el tipo de ropa que viste y por su arete dorado intuyo que es un marinero, pero uno que no ha comido bien en un buen rato. Me doy cuenta de que lleva un grillete oxidado alrededor de su pierna, conectado a una cadena que está atornillada a una pared cercana.

Al ver que no representa ninguna amenaza, bajo a Destino. Asiento con la cabeza hacia T. F., quien se había dado la vuelta, con las cartas brillantes preparadas.

—Tranquilo—, le digo al prisionero mientras alzo una mano. —No estamos aquí para lastimarte—.

—Sáquenme de aquí—, susurra, su mirada se mueve entre mi posición y la de la anciana que duerme. —No quiero ser sacrificado. ¡Me enviaron para conseguir la corona! Sáquenme de aquí, sáquenme de aquí, sáquenme...—.

Su tono de voz se hace más fuerte, en consonancia con su pánico. Quién sabe cuánto tiempo llevaba el pobre tipo encadenado allí. O el porqué.

—Vamos, muchacho, no alces la voz—, le digo, tratando de mantener la calma.

—Sáquenme de aquí, sáquenme...—.

—Haz que se calle—, masculla T. F.

—¿Por qué siempre me das órdenes?—, contesto malhumorado y le monto una escena a mi cómplice al apuntarlo con el dedo. —Yo me encargo, ¿de acuerdo? Es como cuando...—.

Es una técnica simple para desviar la atención que, de hecho, me enseñó T. F. Captura la atención de tu presa con un movimiento repentino. Dirígela al lugar que quieres que vea y así no mirará aquello que no quieres mostrarle.

Por ejemplo: la mirada frenética del prisionero se concentra en T. F. y no se da cuenta de cómo me acerco a él, hasta que ya es demasiado tarde. Lo golpeo con la culata de Destino en la cara. No quiero matarlo, solo que se duerma por un buen rato.

Miro sobre mi hombro, pero parece que la anciana no escuchó nada. Tal vez sea sorda. Aun así, el marinero parecía estar demasiado histérico. Comienzo a sentir que hay algo que está muy mal con respecto a ella...

—Bien hecho—, dice T. F.

Asiento y me arrodillo a un lado del prisionero inconsciente. Me parece alguien familiar. —Creo que lo conozco—, digo. Tiro del cuello de la camisa y arranco unos cuantos botones. Sí, ahí está, un pequeño tatuaje de un par de cañones de mano cruzados. —Sí, este es uno de los chicos de Miss Fortune. Alto rango. Estimo que pagaría una buena cantidad para tenerlo de vuelta—.

Divertido, T. F. gruñe. —Parece que el príncipe no es el único detrás de la corona—.

—Eso parece. Me pregunto si ella pagará mejor...—.

—Primero hay que encontrarla—, me responde.

—¿Qué dijo el marinero sobre ser sacrificado?—.

En mi opinión, si esa anciana fue lo suficientemente fuerte como para dominar a un hombre de Miss Fortune... o tuvo ayuda (que podría estar cerca de aquí) o ella es mucho más de lo que podemos ver. De cualquier forma, no me entusiasma quedarme para averiguarlo.

—Solo vámonos de aquí—, musito. —Esto me da mala espina—.

—¡Pero ya estamos muy cerca!—, dice T. F. —¡Está aquí, lo sé! Dame un poco más de tiempo—.

Es una extraña sensación el que yo quiera irme de allí y él quiera quedarse. Así no suelen ser las cosas.

Miro con sospecha a la anciana una vez más, pero asiento a regañadientes. —De acuerdo. Pero hazlo rápido—.

T. F. se sienta sobre el suelo y comienza a sacar cartas frente a él, boca abajo, siguiendo un patrón simétrico. Dejo que se concentre y comienzo a rondar por el espacio, apunto hacia los espacios oscuros con los cañones de Destino y tengo más cuidado de dónde piso. Encuentro unas monedas viejas y deslucidas, pero me sorprende más la presencia de unos krakens de oro entre ellas. Me los embolso mientras miro de reojo a T. F., con la intención de asegurarme de que no se dé cuenta.

—¿Estás seguro de que está aquí?—, le pregunto.

T. F. levanta una carta para que yo pueda verla. La imagen parece... bueno, es como una corona dorada con la forma de una serpiente.

—Creo que nunca antes había visto esa carta—, digo.

—Ni yo—, responde T. F. —No existía, hasta ahora. La corona está aquí. En algún sitio—.

Nunca entenderé sus cartas.

Sigo buscando, pero después de un rato siento como si nos estuvieran observando. No me gusta esa sensación. Giro sobre mi eje, escrudiño la oscuridad. Hay destellos de movimiento en el rabillo de mis ojos, pero cuando los enfoco, todo se queda quieto. Trato de restarle importancia. Tal vez solo sean más cangrejos. Aun así, parece que salir de aquí lo antes posible es una buena idea.

T. F. murmura para sí mismo y después alza sus cartas. Mira a su alrededor, con el ceño fruncido. —¿Sientes que nos están observando?—.

No soy solo yo, entonces. No estoy seguro de si eso mejora o empeora la situación. Miro otro destello de movimiento y una cubeta volteada sobre el suelo capta mi atención.

¿Acaso eso acaba de moverse?

Fijo mi mirada en ello y, después de un momento, la cubeta se mueve unos cuantos centímetros sobre el suelo, solo un poquito, antes de detenerse de nuevo. Creo que he visto algunas cosas extrañas a lo largo de mi vida, pero no puedo afirmar que había presenciado a una cubeta actuar furtivamente.

Doy un paso hacia delante y me inclino hacia donde está. Tiene un hoyo en el costado y pareciera que... sí, hay un ojo que me mira fijamente. Un gran ojo amarillo que me mira fijo.

—Te tengo, maldito...—, digo, mientras le apunto con Destino.

Al ver que su treta había sido desenmascarada, la cosa que estaba adentro de la cubeta la voltea y trata de escapar. Estuve a punto de disparar, pero vi que solo era un maldito pulpo. Escucho las carcajadas de T. F. mientras la cosa gomosa chapotea a lo largo del suelo de la caverna, arrastrándose con una velocidad sorprendente.

Tiene un solo ojo que no deja de verme mientras se desplaza hacia atrás.

—Eso... no se ve todos los días—, dice T. F.

La cosa verdosa y escuálida se lanza hacia la base del peldaño de roca sobre el que duerme la anciana. Se adhiere al peldaño con un par de tentáculos y comienza a escalar.

—¡No dejes que la despierte!—, masculla T. F.

—¿Qué quieres que haga, que le dispare? ¿No crees que eso podría despertarla?—.

T. F. tiene una carta lista, pero no la lanza, tal vez porque no quiere arriesgarse y golpear por accidente a la anciana. —No lo sé. ¡Agárralo o algo!—.

—No voy a tocar a un pulpo cíclope, Tobias—.

Me mira con furia al escucharme pronunciar su nombre verdadero. —Te dije que no me llamaras así—, dice. —Ahora soy Twisted Fate Twisted Fate, ¿de acuerdo?—.

Pongo los ojos en blanco. —No te voy a llamar así. Es tonto y pretencioso y...—.

La mujer emite un ronquido estremecedor y en ese instante paramos con nuestro parloteo. Miramos cómo la bestiecilla pegajosa envuelve sus tentáculos alrededor de su rostro. Hace un desagradable ruido de chapoteo mientras se aferra a su cabeza, como si fuera un tocado grotesco. Su gran ojo amarillo parpadea.

—Esto no me gusta—, murmuro.

La anciana se incorpora como un rayo.

Ahora, admito que el sonido que hice cuando la anciana se sentó fue tal vez un poco más agudo de lo que me hubiera gustado. Pero, en mi defensa, el grito de T. F. fue mucho menos digno que el mío.

Los ojos de la anciana se abren. Son tan blancos como la leche de serpiente. A pesar de su ceguera, gira hacia nosotros.

—¿Más ratas entrometidas y ladronas?—, dice. Su voz suena tal y como imaginarías la de una vieja bruja de mar con un pulpo en la cabeza. —Ratas malcriadas, aquí no hay nada para ustedes, oh, no...—.

—Espere un momento, señora—, le digo, mientras balancea sus piernas y posa sus pies descalzos sobre el suelo de la cueva. Le estoy apuntando con Destino, pero a ella parece no importarle. —No somos ratas ni ladrones. Bueno, sí somos ladrones, pero, bueno...—.

Miro a T. F.

—¿Me ayudas?—, le digo entre dientes.

—Estamos buscando la Corona Abismal—, dice T. F. —Si fuera tan amable de entregárnosla, no tiene por qué haber ningún problema—.

La vieja bruja se pone de pie con la ayuda de un báculo con cabeza de serpiente. No me había fijado en él antes. Nos mira con sus ojos blancos y nublados y nos regala una sonrisa sin dientes. —Qué ratas tan tontas—, dice mientras babea. —Ya se ahogaron. Ya les pertenecen a las bestias de lo profundo y aún no lo saben—.

Golpea el suelo con su báculo. Las reverberaciones retumban por la cueva y las ondas se propagan a lo largo del agua negra. Se escucha un chasquido, como si muchos palos y ramas se rompieran, y los muros cobran vida y se mueven.

Las cosas se desprenden de la oscuridad circundante.

Cosas grandes.

—Cangrejos—, mascullo. —Claro que tenían que ser cangrejos—.

Aunque estos no son cangrejos normales. Nada con tantas patas me parece normal por lo regular, pero estos animalejos son otra cosa. Para empezar, son del tamaño de carretas pequeñas y se ven muy decididos a desgarrarnos pedazo a pedazo.

Se mueven escurridizamente hacia nosotros, cada uno de ellos sacude su gigantesca tenaza azul. Debo decir que se ven mucho más amenazadores cuando esa tenaza es lo suficientemente grande como para partir a un hombre por la mitad. Unos cuantos más emergen a la superficie del agua, haciendo ruido y chasqueando mientras corren hacia la cueva.

—¡Toma esto, bola de patas asquerosa!—, rujo y descargo ambos cañones contra el primer cangrejo que viene hacia nuestra dirección.

La explosión es ensordecedora y lanza hacia atrás al cangrejo gigante con una violencia satisfactoria. Veo un destello rojo y T. F. lanza una de sus cartas al centro de un cúmulo de ellos. Explota en llamas mágicas que consumen al grupo entero.

Recargo justo a tiempo para dispararle a otra de las bestias escurridizas: su gigantesca tenaza se hace añicos. Fragmentos de caparazón de cangrejo y carne húmeda salpican hacia afuera y el monstruo se tambalea. Mi segundo proyectil desintegra sus ojos y sus sonoras mandíbulas, y cae sobre su espalda. Los rebotes de Destino son como las coces de una maldita mula.

Un cangrejo trata de flanquear a T. F. y yo lo alerto. Se agacha, deslizándose bajo una tenaza quebradora y lanza otra carta. Golpea a la criatura con un destello dorado. El cangrejo se paraliza de inmediato, congelado en su sitio. Con una carga nueva, doy un paso hacia delante y de un disparo lo envío de vuelta al agua, transformado en pedacitos de crustáceo.

—¡Tenemos que salir de aquí!—, grito.

—¡No nos marcharemos sin la corona!—, me responde T. F., mientras esquiva una tenaza.

Me parece que quiere demostrar algo. La historia con T. F. es la siguiente: él suele huir tan pronto las cosas se complican, sin ningún reparo en dejarme para que yo me encargue de la situación. Pero ahora jura que ese ya no es su estilo, así que supongo que no le importa morir para demostrarlo. Bueno, eso es una estupidez. Un gesto admirable, pero estúpido.

—¡No nos servirá de nada si morimos!—, exclamo.

Disparo de nueva cuenta, pero uno de los malditos cangrejos toma a Destino entre su tenaza justo cuando jalo el gatillo. Pierdo mi puntería y le disparo directo al santuario abismal, que vuela en pedazos.

La bruja marina, quien debo añadir estuvo carcajeándose como un demonio todo este tiempo, chilla enfurecida.

Forcejeo con el cangrejo que sujeta con su tenaza a Destino. No la voy a soltar, pero el cangrejo tampoco muestra deseos de hacerlo.

Gruño. —Es mía, criatura asquerosa...—.

Un par de cartas se deslizan por el aire: cada una de ellas le rebana un ojo al cangrejo. Con eso por fin suelta a Destino y comienza a tambalearse ciegamente, chocando contra las paredes y con otros de esos bichos.

Le agradezco al asentir con la cabeza, pero T. F. no me está mirando. Sus ojos están concentrados en el santuario. Bueno, allí donde estaba el santuario. Ahora no es más que una pila de rocas. Pareciera haber estado hueco todo este tiempo y mi disparo fallido lo abrió por completo.

—Vaya, vaya...—, digo.

Parece que alguien fue enterrado ahí adentro. No son más que huesos secos ahora, que sobresalen de los escombros. También hay una corona deslustrada en su cráneo, una corona que brilla como el oro, con la forma de una serpiente siseante...

Miro a la bruja. Se ve muy molesta con este reciente giro en la trama. Mientras refunfuña, comienza a elevarse del suelo. Por un segundo me pregunto si me golpeé la cabeza más fuerte de lo que pensaba y tengo que parpadear varias veces para cerciorarme de que es verdad lo que estoy viendo.

Pero no me lo estoy imaginando. La bruja está flotando a poco menos de un metro del suelo.

—Hmm—, digo.

Con un gruñido, la bruja golpea con su báculo hacia nosotros y un hoyo se abre en el aire. Ahora, sé que nada de esto tiene sentido, pero es lo mejor que se me ocurre para describirlo. Primero, el hoyo es del tamaño de una bala de cañón, pero se expande veloz, como cuando se parte el casco de un barco. Un torrente de agua de mar helada sale través del hoyo y yo pierdo el equilibrio y caigo sobre mi rodilla.

Adentro del hoyo también hay movimiento, un ojo amarillo gigantesco aparece; su iris se contrae bruscamente mientras mira a través del hueco. Es idéntico al ojo del pulpo que está aferrado a la cabeza de la bruja, solo que este es cien, no, mil veces más grande. Presiento que es algo que está en las profundidades, en el fondo de los océanos más oscuros, pero aquí está, mirándonos con su ojo como si fuéramos carnada en la punta de la caña.

De repente, el ojo desaparece y es reemplazado por dos tentáculos gigantes que se precipitan a través del hoyo. Disparo con ambos cañones y le vuelo uno de sus tentáculos. Rueda por el suelo de la caverna y salpica sangre azul tras su paso mientras se azota y se retuerce. El otro envuelve a un cangrejo gigante, lo levanta con facilidad y lo lleva consigo hacia el interior del hoyo.

La vieja bruja de mar flota en el sitio en el que estaba, con una sonrisa maquiavélica. Parece contenta de quedarse quieta y ver cómo su bestia termina con nosotros.

—¡Ve por la maldita corona!—, grito mientras me pongo de pie y me tambaleo con un par de cartuchos nuevos.

Una vez más, el ojo amarillo se apresura a espiar desde el hoyo. Mira a T. F., pero yo grito y agito mis brazos hasta que su pupila gigantesca se centra en mí.

Un tentáculo sale disparado y me envuelve. Casi me rompe las costillas al sujetarme y elevarme por el aire. Trata de jalarme hacia el hoyo, pero antes de que me arrastre y me lleve a quién sabe dónde, consigo apuntarle con Destino en el ojo.

Creo que hay algún tipo de inteligencia detrás de ese ojo, mucho más de la que uno podría esperar de un viejo monstruo de mar. Observa a Destino e intuye lo que sucederá, puesto que el ojo se retira veloz. Pero no lo suficiente. Destino ruge, escupe fuego y azufre y puedo escuchar y sentir el gran bramido de dolor de la bestia.

Me deja caer abruptamente al suelo. El agua continúa entrando en la caverna, provoca mi tropiezo antes de azotarme contra la pared. Por suerte, aún tengo a Destino conmigo: no tengo ganas de regresar a Piltóver para que me hagan una nueva, pero es probable que se haya mojado un poco durante mi pequeño chapuzón.

Me reincorporo farfullando. Siento como si me hubiera tragado la mitad del agua de la Bahía de Aguasturbias. Veo cómo T. F. le quita la corona al esqueleto y asiente rápidamente hacia mi dirección.

—Ahora sí—, dice.

Me pongo de pie rápidamente. Pareciera que, al menos por un momento, la bestia detrás del hoyo se ha retirado, pero el agua sigue saliendo de allí. Llega hasta las rodillas y las chucherías y los escombros flotan por todos lados. Los pocos cangrejos gigantes que siguen aquí están deambulando por todas partes, confundidos ante lo que sucede.

El prisionero de la bruja despierta. Subió a lo alto de una roca y mira hacia todos lados, aterrado. No lo culpo. Sigue encadenado, lo cual no es ideal mientras el agua sigue subiendo.

Apunto con Destino hacia la cadena y jalo el gatillo. Lo menos que puedo hacer es darle una mano al muchacho para que intente salvarse, pero nada sucede. Parece que el agua la averió.

—Lo lamento, amigo—, digo mientras me encojo de hombros.

La bruja ve a T. F. con la corona y sisea con furia. Comienza a flotar hacia nosotros; sus dedos de los pies se arrastran por la salmuera helada.

T. F. me lanza la corona y yo la atrapo con torpeza.

—¡¿Por qué me la das?!—, tengo que gritar para que mi voz se escuche sobre el clamor del agua.

—¡Pensé que no querrías perderla de vista!—, me grita de vuelta. —¡Que no confiarías en mí si me voy con ella!—.

Lo pienso por medio segundo. Debo admitir que estoy algo sorprendido e impresionado. Si T. F. continúa con este comportamiento, tendré que cambiar mi opinión sobre él.

Sin embargo, ahora la bruja tiene toda su atención en mí y parece que está pronunciando una maldición. Como dije, no soy supersticioso, pero tampoco soy estúpido. Lanzo la corona de vuelta a T. F.

—¡Confío en ti!—, le grito. —¡Más o menos!—.

Miro de nuevo a la bruja. Detrás de ella, el gran ojo amarillo se vuelve a asomar a través del hoyo. Me satisface ver una violenta marca roja donde Destino le dio.

T. F. lanza un trío de cartas, cada una deja un rastro de fuego mágico a su paso, pero la bruja desdeña el ataque. Una fuerza invisible las derriba y no llegan a darle a su objetivo. Se aproxima y flota más cerca.

Sonríe con su boca sin dientes y deja expuestas sus encías podridas. Al parecer cree que nos tiene acorralados.

—¡Vete, sal de aquí!—, le grito a T. F. mientras balanceo a Destino sobre mis hombros. No hay tiempo para envolverla y protegerla del agua. Si salgo vivo de esta, tendré que darle mantenimiento.

—Nos vemos del otro lado—, dice T. F. mientras me guiña el ojo. También le creo. ¿Quién lo hubiera dicho?

—¡Acaba con ellos, ahora!—, grita la bruja.

Nos apunta con el báculo y el monstruo gigantesco sale a nuestro encuentro, esforzándose por empujarse fuera del hoyo. Una masa de tentáculos sale para alcanzarnos.

Es hora de irnos. T. F. comienza a hacer lo suyo, las cartas bailan y él se concentra en facilitar su ruta de salida. Después, tanto él como la corona se esfuman.

Mi turno. Corro y salto hacia el estanque oscuro mientras los tentáculos latiguean hacia mí. De verdad espero que esto esté conectado al túnel a través del que entré; si no es así, aquel salto heroico se convertirá en ridículo.

Caigo en el agua, me sumerjo y comienzo a nadar. No veo absolutamente nada, pero no hay tiempo para tomar precauciones. Si me estrello contra una pared, que así sea. Por ahora, ese es el menor de mis problemas.

Por suerte, confirmo mi corazonada. A ciegas, nado por debajo de una roca oscura y emerjo del otro lado. De vuelta a la primera caverna. Puedo escuchar cómo la bruja del mar lanza un alarido rabioso; sus lamentos retumban a través de la cueva. En cualquier momento, espero que unos tentáculos gigantescos se deslicen hasta donde estoy y me lleven de vuelta.

Inhalo profundo y me vuelvo a sumergir.

Emerjo con una bocanada. Debió ser más sencillo, puesto que ya sabía por dónde ir, pero casi me muero.

Unas manos me toman y me sacan hacia la superficie. Después de maldecir y gruñir, tanto T. F. como yo saltamos adentro del bote, Intrépida.

—¿Por qué eres tan pesado?—, se queja.

—¿Por qué eres tan enclenque?—, le respondo.

No tengo idea de si la bruja del mar y sus mascotas nos perseguirán, pero no nos vamos a quedar para averiguarlo. Tomo los remos y la embarcación comienza a moverse.

Hay un barco esperándonos, un poco más allá de las quiebraquillas. Es un pulcro y veloz barco de vela: la Emperatriz Ascendida. Es de mal gusto: su cubierta está tapizada con hojas de oro y el mascarón es una mujer con cabeza de gato, posiblemente sea la emperatriz que le da su nombre.

—Creo que el príncipe está ansioso por obtener su premio, ¿verdad?—, dice T. F., mientras el barco se aproxima hacia nosotros.

—Eso parece—.

En cuestión de minutos, la Emperatriz está a nuestro costado. Nos lanzan una red y después de trepar a lo más alto, unas manos ansiosas nos reciben a bordo.

El príncipe y su tripulación están allí para saludarnos. El príncipe es un tipo raro, siempre lo ha sido. Dice ser descendiente de los antiguos gobernantes de las dunas de Shurima y siempre está bailoteando con la cara pintada de dorado. Sin embargo, siempre paga muy bien.

—¿La tienen?—, nos pregunta el príncipe. Está muy ansioso, a punto de relamerse los labios dorados.

—¿Tienes nuestro pago?—, le pregunto.

Un par de bolsas repletas de krakens de oro caen a nuestros pies. Me inclino para revisarlas. Tienen el peso correcto. Como dije, el príncipe siempre paga bien.

T. F. le entrega la corona y el príncipe la toma en un gesto reverencial. —La Corona Abismal—, suspira. La mira por un buen rato y después la coloca sobre su cabeza lisa y dorada.

Una gran sonrisa se dibuja en su rostro. Al mirarnos, asiente en agradecimiento y se encamina hacia la cubierta de la proa. Sube a la proa y se asoma hacia el océano abierto. Alza sus brazos lo más arriba posible.

—¡Elévense!—, grita con todo su ser. —¡Escuchen mis órdenes, habitantes de las profundidades! ¡Emerjan y vengan a mí!—.

La tripulación del príncipe observa expectante. T. F. y yo nos miramos, para después señalar con la cabeza hacia Intrépida.

Yo no esperaba que la corona fuera a funcionar (y una parte de mí incluso sabía que sería mejor que no estuviéramos allí cuando se corroborara mi sospecha), pero después de todo lo que había visto esta noche, no descartaba la posibilidad de que algo pudiera pasar. Si era así, bueno, esa era incluso una mejor razón para estar tan lejos como fuera posible. Además, a aquella vieja bruja de mar seguramente no le gustará que alguien se meta con su propiedad.

Aun así, es una gran sorpresa cuando la criatura más grande que he visto en mi vida aparece a unos treinta metros a estribor de la Emperatriz Ascendida.

T. F. y yo ya estamos a media legua de distancia, dirigiéndonos frenéticamente hacia el puerto, pero incluso desde aquí, el tamaño de esa cosa es casi imposible de dimensionar.

—Eh—, gruño.

T. F. no puede ni eso. Está de pie, su miedo a caer al agua repentinamente ha desaparecido, boquiabierto ante el distante monstruo marino.

Apenas logro distinguir la diminuta figura del príncipe, parado en la cubierta de la Emperatriz Ascendida, con los brazos aún elevados hacia el cielo.

La bestia sigue levantándose. Podría confundirse con una isla pequeña, aunque, para ser justos, no hay tantas islas con carnadas brillantes sobre sus cabezas, ni tienen dientes del tamaño de la quilla de un barco, ni grandes masas de tentáculos enroscados, ni ojos pálidos y mortíferos del tamaño de la luna.

Casi con pereza, la gigantesca bestia se estira y envuelve a la Emperatriz Ascendida entre sus tentáculos. El barco de velas se ladea, los cañones y la tripulación caen al agua. Aún puedo ver al príncipe, aferrándose a la cubierta de la proa. Después, las inmensas y distendidas mandíbulas del monstruo se cierran y parten por la mitad a la embarcación y la engullen entera, junto con el príncipe.

Todo termina en cuestión de segundos. Antes de que la Quinta campana resuene, no quedan restos de la Emperatriz Ascendida ni de la gran bestia, desaparecida bajo la superficie.

—Eh—, digo de nuevo. Creo que ninguno de los dos esperábamos eso.

Después de un rato, vuelvo a remar. No fue sino hasta que llegamos al Muelle Blanco y que pisamos tierra firme que pudimos decir algo.

—Bueno, eso fue en verdad... sorprendente—, digo.

—Sí que lo fue—.

—¿Crees que la bruja del mar vendrá por nosotros?—.

—Eso creo—.

Gruño y los dos permanecemos de pie en silencio, mirando a lo largo de la bahía.

—¿Tomamos algo?—, dice por fin T. F.

De pronto recuerdo esos krakens de más que me embolsé en la caverna de la bruja. Tal vez no sea mala idea deshacerme de ellos cuanto antes.

—Tomemos algo—, asiento. —Yo invito—.

Sarah Fortune Sarah Fortune se recuesta y coloca las botas sobre la mesa. Sorbe un trago de una copa decorada y aparenta una actitud casual, aunque en uno de los bolsillos de su abrigo sujeta un cañón de mano cargado.

Un verdadero tesoro de monedas antiguas, artefactos y gemas preciosas se apilan frente a ella, sobre la mesa. A pesar de estar cubiertos por moho, percebes y algas secas, es más que suficiente para comprar la mitad de las Flotillas del Matadero. Sin embargo, Sarah Fortune aparenta no estar impresionada. No hay necesidad de parecer muy entusiasmada.

—Así que, a cambio de mi hombre y este botín—, dice, gesticulando lánguidamente frente al tesoro —¿qué es lo que tú quieres exactamente?—.

La bruja del mar la mira con sus ojos blancos y lechosos. Por el contrario, el ojo dorado de la criatura pegada a su cabeza parpadea.

—Dos ratas, como promesa para las bestias de lo profundo—, sisea la bruja. —Si los encuentras y me los entregas, esto y mucho más será tuyo—.

Trivia

Destino y Suerte es la precuela de Doble Encrucijada.

Referencias

 v · e
Advertisement