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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Despues, Dientes

Por Matthew Dunn

Mazier está tendida sobre los tablones rotos. Las olas chapotean en las piedras que están debajo. Su latido decreciente bombea sangre hacia el agua. Sin parpadear, mira fijamente los hogares pobres que se yerguen frente a ella, y aún más allá, a las estrellas.

Lore

Mazier está tendida sobre los tablones rotos. Las olas chapotean en las piedras que están debajo. Su latido decreciente bombea sangre hacia el agua. Sin parpadear, mira fijamente los hogares pobres que se yerguen frente a ella, y aún más allá, a las estrellas.

Pyke estudia su rostro una vez más. Los ojos muertos de Mazier son una puñalada en su mente.

Un navío de jaulls. Cuatro capitanes con velas desgarradas. Olas del tamaño de montañas.

Cabello largo en el viento de alta mar. Decenas de rostros en cubierta. Observando. Ojos azules. Los ojos azules de Mazier, abiertos con incredulidad.

Después, dientes.

No las perlas blancas de Mazier. Dientes pegajosos del tamaño de espadas. Atravesando el navío. Se va la luz. El cierre. En la boca del jaull. Cuerda salvavidas. Corte.

La lengua era muy resbaladiza. Los ojos arden por el sudor. Los dedos no encuentran de dónde sujetarse. Ir al agua abierta. Nadar, nadar...

Los dientes del jaull se cierran herméticamente. Después viene el dolor. Después viene la oscuridad.

El barco se ha ido. Al igual que los ojos.

Los ojos de Mazier.

Una marinera capaz. Sí. Ella estuvo ahí. Ella cortó mi cuerda salvavidas.

Pyke empuja el cuerpo con su bota, con los ojos fijos hacia abajo todo el tiempo. Él la empuja hasta que ella alcanza el borde del muelle. Una patada más y Mazier está flotando. Los tiburones son rápidos para darse un festín. Rodeando. Mordiendo. El océano nunca pierde tiempo.

Las gaviotas chillan, sus alaridos quedan atrapados en el viento, y Pyke encuentra a Mazier, la marinera capaz, en la lista. La tinta roja tacha su nombre del pergamino.

El último nombre de la lista de la tripulación del Terror.

Eso era todo. No había más nombres, solo muchas cruces rojas. ¿De dónde saqué toda esa tinta...?

Un sentimiento carcome a Pyke. Inquieto, perturbado, insatisfecho. Bilis revolviéndose en su estómago. No puede terminar ahí. Había demasiados de ellos en las cubiertas. Tal vez tomó la lista equivocada. Tal vez ni siquiera tiene importancia.

Ellos me dejaron morir. Fueron muchas manos. Muchas veces.

Otro sonido. No eran gaviotas. No eran olas. No eran dientes cerrándose. No era la voz detrás de su mente gritando —¡No has terminado!— una y otra vez. No era la música que recordaba de la ciudad del nado, hace tantos años atrás.

Era un sonido nuevo. Un sonido real. Un sonido de aquí y ahora.

Pyke mira con su ojo vivo, y ve cómo las escaleras de madera se estremecen bajo unas botas pesadas. Un hombre fornido camina hacia las embarcaciones amarradas que se balancean.

Se detiene al ver toda la sangre. Su mano desaparece dentro de su abrigo para extraer un fusil de chispa, manteniendo el cañón del arma cerca de su pecho. Preparado para apuntar y disparar. Como un idiota sanguinario.

Pyke da un paso hacia la luz de la luna. El hombre parece que vio a un fantasma. La piel alrededor de su boca se tensa más que el monedero de un banquero del muelle. Abre completamente sus ojos temblorosos, como una medusa, como aguas tranquilas encontrándose con la brisa.

—¿Quién está ahí?—, grita.

Ven a averiguarlo.

El fusil de chispa apunta a la cabeza de Pyke. Después vienen el destello y el disparo. El disparo es certero, pero solo rompe madera, pues Pyke ya no está en donde estaba.

Está en la neblina.

Se desmorona, convirtiéndose en sal y en gotas de agua... un hombre sutil para una niebla sutil. Escucha que lo llaman —fantasma—. Tienen la razón a medias.

El hombre fornido recarga su arma. El sudor recorre su arrugada ceja.

En esos valiosos segundos, Pyke está rodeándolo, estando a medias, entre el aire mismo, analizándolo. Esos ojos temerosos de color marrón inmundo. Su barba blanca y alborotada. La papada flácida, la nariz torcida, los labios agrietados y la forma en que sus orejas están destrozadas por incontables peleas en tabernas sucias.

Luce como un capitán.

El hombre huele a dulce e irritante temor. Ese antiguo terror del bueno que te hace temblar.

Huele como un capitán.

Pyke necesita asegurarse. Adquiere una forma... siempre fue un hombre grande, pero ahora con el ojo siniestro y reluciente que le obsequió el mar, se siente aún más grande. Dime tu nombre, ruge.

El hombre no esperaba que alguien se apareciera detrás de él. Nadie espera que eso ocurra. Tal vez en las fantasías, las pesadillas o en los relatos que cuentan en los bares. Pero en realidad, a todo el mundo se le detiene el corazón y cae de bruces al suelo; y este fornido capitán no es la excepción. Se tropieza con sus propias botas, y cae rodando por las escaleras como un saco de víveres enlatados.

Pyke avanza lentamente. Un galeón noxiano está anclado en el muelle. ¿Embarcación de comercio o embarcación de traidores? ¿Hay alguna diferencia? Él opina que no.

Tienes hasta que llegue al final de las escaleras para decirme lo que quiero saber.

El hombre resuella, su viento impactó directamente en las velas de alguien más. Jadea. Un pez en la tierra. Manos regordetas estirándose.

Te recuerdo...

Escalón.

Los nudillos blancos se aferran a la cubierta...

Escalón.

El hombre intenta ponerse de pie, pero su rodilla se dobla hacia el lado incorrecto.

Escalón.

Estuviste mirando.

Escalón. Una rata de embarcadero se acerca escabulléndose. La hora de la cena está próxima.

Estuviste sonriendo.

Escupe. Las lágrimas empiezan a correr. —Por, por favor... No sé de qué estás hablando...—

Escalón.

Nombre. Ahora.

—¡Beke! Beke Nidd!—

Pyke se detiene para consultar la lista, a un paso del último escalón. Todas las marcas rojas. Todos los nombres tachados.

Ahí. Beke Nidd. Guardiamarina.

Sin tachar. Claro como el agua. El papel debió estar mal doblado.

Beke Nidd. Sí, te recuerdo. Estabas ahí.

—¡No te había visto nunca! Es mi primera noche en Aguastur...—

La gente no puede mentir con una navaja de barbero clavada en la mejilla. No pueden rogar ni intercambiar datos que no tienen.

La navaja es una buena herramienta. Hecha de hueso de tiburón templado. Más afilada que el acero. Es muy penetrante, se engancha en huesos y carne. Forcejear solo hace que se enganche más, como Beke se está dando cuenta. Sus ojos reflejan el gran miedo que siente.

Esos ojos apuñalan la mente de Pyke.

El recuerdo se alza como una ola, y él se abre para dejar que la corriente fluya, ahogando las balbuceadas súplicas de Beke.

Un navío de jaulls. Cuatro capitanes con velas desgarradas. Olas del tamaño de montañas.

Barba alborotada en el viento de alta mar. Decenas de rostros en cubierta. Observando. Ojos de color marrón inmundo. Los ojos marrón inmundo de Beke Nidd, abiertos con incredulidad.

Después, dientes.

Referencias

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