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Historia corta • Lectura de 6 minutos

Despierta un Héroe

Por John O'Bryan

Una pizca de magia es todo lo que se necesita para despertar al Coloso e invitarlo a destrozar todo. Acaba de obtener una.

Lore

La guerra se avecinaba y Galio Galio no podía hacer más que observar mientras los soldados de Demacia se preparaban. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que saboreó la magia. Había sido transportado desde el pedestal muchas veces, solo para volver sin tener la oportunidad de cobrar vida. Pero aunque su cuerpo permanecía inmóvil, su mente estaba siempre agitada.

Y anhelaba pelear.

Galio podía distinguir las hileras repletas de bárbaros del norte a la distancia. Incluso con sus sentidos entorpecidos durante su estado de ensueño, podía distinguir que sus filas eran descuidadas e indisciplinadas y se movían de aquí para allá con impaciencia, esperando a sus enemigos demacianos. Galio había escuchado conversaciones acerca de estos hombres salvajes muchas veces, dadas sus recientes conquistas. La atemorizada gente de la ciudad decía que los freljordianos no dejaban a nadie con vida y que colocaban las cabezas de sus enemigos en gigantescos colmillos de extrañas bestias...

Pero los bárbaros no le interesaban al coloso. Sus ojos habían encontrado un premio mucho mayor: una forma titánica que parecía casi tan alta como las montañas detrás de ella. Se movía ominosamente, con el agite de las olas de un tempestuoso mar, a la espera de que lo liberaran.

¿Qué es eso?, pensó Galio, lleno de esperanza. Espero que pelee.

Debajo de él, sus compañeros demacianos marchaban con precisa sincronización, recitando una cadencia, para alejar con sus cantos todos los pensamientos ajenos a la batalla. Entre ellos, se escuchaban seguros en su victoria, pero para Galio, quien había escuchado esa misma canción incontables veces, sus ritmos eran menos certeros, más dudosos.

—No están emocionados de luchar contra esta gran bestia. ¡Yo lo haré por ellos!—

Galio se sintió invadido por la necesidad de recoger a cada uno de estos hombres en sus brazos y decirles que todo iba a estar bien, que él se levantaría y perseguiría al ejército invasor entero hasta sus fronteras. Pero no podía. Sus brazos, piernas y garras estaban tan frías e inertes como la piedra de la que estaba hecho. Necesitaba un catalizador, una poderosa presencia mágica de algún tipo, para despertar de su sueño lúcido.

Espero que haya un mago, pensó, observando el horizonte. Lo más común es que no haya magos. Odio cuando no los hay.

Su preocupación creció mientras escuchaba los resoplidos de agotamiento de los bueyes que lo jalaban. En total eran algunas decenas y aun así tenían que ser cambiados por reemplazos frescos cada milla. Durante un breve momento, Galio pensó que tal vez se colapsarían y lo dejarían entre los arbustos exteriores de Demacia, mientras los humanos se llevaban toda la diversión.

Pero entonces, al fin, su carreta se detuvo en el borde del campo de batalla. Sabía que no habría diálogo, ni probabilidad de que el enemigo salvaje se rindiera. Galio podía escuchar el traqueteo de sus pequeños compañeros humanos chocando sus escudos para formar un sólido muro de acero. Pero sabía que fuera lo que sea la enorme bestia de los bárbaros, seguro atravesaría el fino armamento de Demacia.

Ambos lados se lanzaron al ataque, colisionando en un destello de extremidades y espadas. Galio escuchó afilados aceros chocando y certeras hachas encontrándose con escudos. Hombres de los dos ejércitos caían muertos en el barro. Valientes voces que Galio conocía bien lloraban como niños por sus madres.

El suave corazón del gigante de piedra comenzó a temblar. Pero no podía terminar con su parálisis.

De pronto, una cegadora descarga morada atravesó la batalla, lo que provocó que decenas de demacianos cayeran de rodillas. Entonces Galio lo sintió; esa sensación familiar en la punta de los dedos, como el sol del mediodía calentando el frío alabastro. Casi podía moverlos...

El destello apareció de nuevo, acabando con la vida de más heroicos soldados demacianos. Los sentidos de Galio cobraron vida con gran agudeza y revelaron el conflicto en todo su espanto. Los cuerpos de los hombres, con la armadura destrozada, estaban esparcidos en el campo, quebrantados de forma grotesca. Muchos bárbaros yacían asesinados en charcos de su propia sangre.

Y en la distancia, detrás de sus líneas, su cobarde hechicero estaba invocando un crepitante orbe entre sus manos, preparando su próximo ataque.

—Ahí está. Es la razón por la que desperté—, notó Galio, primero con gratitud, después con furia. —¡Lo aplastaré primero!—

Pero su atención se dirigió una vez más hacia la forma monstruosa en los confines del campo de batalla. Al fin podía verla con claridad: Una imponente y monstruosa criatura, cubierta por un pelaje grueso y apelmazado. Estaba luchando contra las cadenas de acero que lo contenían. Agitaba la cabeza ferozmente en un intento por liberarse del enorme y cegador antifaz que le cubría los ojos.

Galio sonrió. —Ese es un adversario digno de mis puños—.

Los bárbaros retiraron la cubierta del monstruo y revelaron un gruñón, mutilado hocico debajo de un par de brillantes ojos negros. Liberado de su antifaz, la criatura lanzó un temible rugido, como si se declarara a sí misma lista para devastar todo lo que estuviera a su alcance. Los adiestradores del monstruo liberaron un mecanismo que aflojó las cadenas y la criatura se lanzó contra la infantería enemiga. En un instante, asesinó a una docena de demacianos con solo un manotazo de su garra, que parecía un sable.

Galio estaba horrorizado. Aquellos eran hombres que él había resguardado desde que eran niños. Quería llorar por ellos, como había visto a los humanos hacerlo durante su luto. Pero no estaba diseñado para eso. Se concentró en su propósito y en la emoción de la pelea que aguardaba. Era una enorme y terrible bestia y no podía esperar a poner sus manos en ella. Podía sentir la vitalidad de la vida regresando a él.

—¡Sí! ¡Por fin!—

La sensación recorrió sus brazos, cabeza y piernas. Por primera vez en un siglo, podía moverse. Al otro lado del valle resonó un sonido, algo que nunca antes se había escuchado.

Era el sonido de la risa de un gigante de piedra.

Galio saltó a la batalla e hizo a un lado los motores de asedio construidos por los bárbaros. Amigos y enemigos, todos se detuvieron para mirar boquiabiertos al titán de piedra que estaba haciéndose paso por las líneas del frente. Como un monumento viviente, emergió de la multitud de soldados y se abalanzó al camino de la arrasadora criatura. —Hola, gran bestia—, dijo. —¿Qué tal si te destruyo?—

La criatura echó su poderosa cabeza hacia atrás y aulló, en señal de aceptar el desafío. Ambos titanes corrieron el uno hacia el otro, con tal fuerza que el suelo tembló. El monstruo estrelló su hombro contra la parte central de Galio y emitió un gemido de dolor intenso mientras caía al suelo, agarrándose la clavícula. Galio se mantuvo erguido encima de él, renuente a aplastar a un oponente postrado.

—Vamos, no hay porqué sentirse mal—, dijo Galio, haciendo señas con una mano. —Fue un buen intento. Ahora atácame de nuevo—.

El monstruo se puso en pie lentamente y recobró el destello furioso en su mirada. Golpeó a Galio con todo su poder, sus garras arrancaron un pedazo de su cabeza.

—Rompiste mi corona—, dijo el coloso, agradablemente sorprendido, alentado por la esperanza de una batalla competitiva. Atacó a la bestia con la parte posterior de su mano mano, como si fuera un garrote, usando cada parte de su estructura de piedra. El puño de petricita colisionó con la carne del monstruo y en el campo circundando resonó el tronido de huesos gigantescos.

El monstruo se tambaleó, gritando y balanceándose ciegamente, pero sin conectar con nada.

Galio tomó a la bestia gigante por la cintura con sus brazos de piedra y torció su torso, intentando quebrar su columna vertebral. Pero el monstruo giró, se soltó de su agarre y comenzó a cercarlo prudentemente antes de alejarse.

—¡Espera! ¡Nuestra batalla debe ser resuelta!— bramó el coloso. Comenzó a avanzar con pesadez tras la bestia, esperando que reconsiderara su decisión de huir.

Pero los débiles gemidos de sus compañeros demacianos llegaron hasta él con el viento. Sin darse cuenta, Galio había seguido al monstruo durante cientos de metros, alejándose del corazón de la batalla. Quería pelear contra la criatura, pero sus compañeros humanos lo necesitaban.

Mientras la abominación herida se alejaba, Galio le dio una última mirada melancólica. —Adiós, gran bestia—.

Se dio vuelta y regresó con sus compañeros. Más de la mitad de ellos estaban en el suelo agonizantes, torturados por espirales invisibles de poder. Sabía que era la misma magia que lo mantenía con vida.

El titán de piedra vio terror en los rostros de los soldados, antes de dirigirse hacia el malévolo hechicero una vez más. Galio comprendía lo que debía hacer y cuáles serían las consecuencias.

Saltó alto por los aires para derrumbarse derrumbarse sobre el mago, interrumpiendo su malvado encantamiento y aplastando al bárbaro contra la tierra. Los invasores restantes fueron derrotados, dejaron sus armas y huyeron en todas direcciones.

Cuando la magia del hechicero empezó a desvanecerse, Galio se sintió conflictuado. La fuerza que lo mantenía vivo estaba dejando su cuerpo. Había salvado un sinfín de vidas, pero estaba siendo arrastrado de nuevo al letargo.

No entendía por qué no tenía magia propia, como todas las cosas vivas debían tenerla. ¿Por qué había sido creado de esta manera? ¿Acaso esa había sido la intención de su creador? Mientras sentía el frío abrazo de la inercia regresando, se consoló pensando que la vida misma era mágica y que si Galio solo podía experimentarla brevemente, valía la pena.

Hasta el último día. Hasta el día en que llegaría a acabar con el último mago del mundo con sus inquebrantables puños y entonces el centinela de piedra de Demacia no volvería a despertar jamás.

Referencias

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