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Historia corta • Lectura de 32 minutos

De las Cenizas

Por Aaron Dembski-Bowden

No puedo hacerlo

Lore

—No puedo hacerlo—.

Las palabras tensaron la lengua de Kegan, casi chocando contra la barrera de sus dientes, pero él las forzó a salir de su boca.

—Maestro. No puedo hacerlo—.

La derrota le permitió recuperar el aliento. ¿Quién diría que el fracaso sería tan agotador? En ese momento, buscó una señal de empatía en los ojos del hombre mayor... para su desagrado, pudo verla ahí, tan clara como un cielo despejado.

Cuando el maestro de Kegan habló, lo hizo con la cadencia de tierras distantes. Su acento era muy distinto al que se acostumbraba escuchar en estos vientos del norte. —No es una cuestión de poder—, le dijo. —Es una cuestión de deber—.

El hombre mayor chasqueó sus dedos. Con un destello morado, el montón de ramas secas ardió en llamas; una hoguera había surgido en un instante de fuerza de voluntad.

Kegan le dio la espalda al fuego y escupió en la nieve. Eran palabras que había escuchado anteriormente, y eran igual de inservibles que siempre.

—Haces que parezca muy fácil—.

Su maestro se encogió de hombros, como si incluso esa acusación poco entusiasta hiciera que necesitara meditar por un momento su respuesta. —Tal vez sea simple. Pero no es fácil. Ambos conceptos no siempre significan lo mismo—.

—Pero debe haber otra forma...—, murmuró Kegan, tocando de forma inconsciente con las puntas de sus dedos las cicatrices de las quemaduras que tenía en su mejilla. Al tiempo que lo decía, se percató de que estaba creyendo en sus palabras. Tenía que ser verdad. No siempre sería así. No podía ser siempre así.

—¿Por qué?—, su maestro observó la luz en sus ojos con sincera curiosidad. —¿Por qué debe haber otra forma? ¿Porque sigues fracasando con esta?—,

Kegan gruñó. —Responder una pregunta con otra pregunta es una manera cobarde de hablar—.

Su maestro alzó su oscura ceja. —Y ahí está. La sabiduría de un bárbaro que aún no sabe leer ni contar más allá de los dedos de sus manos—.

La tensión se disipó cuando ambos compartieron una sombría sonrisa. Calentaron un poco de caldo y lo bebieron en tazas de marfil, mientras que la hoguera los fundió en un brillo parpadeante color ámbar. Sobre ellos, y sobre la tundra que constaba de cientos de kilómetros a su alrededor, el cielo se agitaba con la luz.

Kegan observó la actuación familiar del cielo; el resplandor traslúcido acariciaba a la luna y a las estrellas que lo formaban. A pesar del desprecio que sentía por estas tierras, había belleza a raudales para quienes sabían dónde buscarla.

A veces era tan simple como mirar hacia arriba.

—Los espíritus bailan salvajemente esta noche—, dijo.

Su maestro miró forzadamente al cielo. —¿La aurora? Esa no es obra de los espíritus, es tan solo la acción de los vientos solares en los tramos superiores de...—.

Kegan lo miró fijamente.

La voz de su maestro se apagó, y torpemente aclaró su garganta. —Olvídalo—.

El silencio regresó a acecharlos. Kegan sacó un cuchillo de su cinturón, disponiéndose a trabajar en un trozo de madera sin quemar. Comenzó a tallar con movimientos ligeros. Las mismas manos que habían provocado incendios y terminado con vidas ahora estaban enfocadas en un propósito mucho más pacífico.

De reojo, vio que el hechicero lo estaba observando.

—Quiero que respires—, dijo el hombre mayor.

La cuchilla seguía raspando la corteza. —Ahora mismo estoy respirando. Siempre estoy respirando—.

—Por favor—, dijo su maestro, a punto de perder la paciencia. —No seas tan obtuso—.

—¿Tan qué?——.

—Obtuso. Quiere decir... Bueno, no te preocupes por lo que significa. Quiero que inhales y retengas el aire lo más que puedas—.

—¿Por qué?—

Su maestro dejó escapar un suspiro.

—Bien—, Kegan accedió, tirando la rama al fuego y envainando una vez más su cuchillo con mango de hueso. —Bien, bien, bien—.

Inhaló profundamente, inflando los músculos de su pecho y sus hombros. Conteniendo el aire en silencio, observó a su maestro para saber qué tendría que hacer después.

—Tú no creas el aire que respiras—, le dijo el hechicero. —Lo atraes a tu interior, permitiendo que te sustente. Lo usas como tu cuerpo lo requiere y después lo liberas conforme exhalas. Nunca es tuyo. Eres solo un recipiente. Inhalas y después exhalas. Eres un conducto por el que el aire fluye—.

Kegan se preparó para liberar el aire, pero su maestro negó con la cabeza.

—No. Aún no. Siente el aire en tus pulmones, Kegan. Siente cómo empuja la jaula de tu cuerpo. Siente cómo se esfuerza por escapar—.

Las facciones del joven bárbaro comenzaron a enrojecerse. Sus ojos hicieron la pregunta que su boca no podía formular.

—No—, contestó el hechicero. Con su mano decolorada le hizo un gesto a Kegan. —Sigue conteniéndolo—.

Finalmente, cuando la resistencia de Kegan cedió, su actitud desafiante tomó el control, comprándole más tiempo. Y cuando esta comenzó a mermar, acompañada del dolor de su pecho palpitante, la cruda necedad tomó su lugar. Miró ferozmente a su maestro, estremeciéndose del esfuerzo, sabiendo que esto seguramente era una prueba... y que debía demostrar algo, sin saber exactamente qué.

El color gris comenzó a nublar su visión. Su pulso retumbaba como truenos en sus oídos. Todo ese tiempo su maestro solo lo observó, sin decir una palabra.

Finalmente, su respiración estalló hacia el frío ambiente del atardecer y Kegan se dobló, jadeando mientras se recuperaba. En ese momento, él era un lobo; un animal salvaje mostrando los dientes al mundo que lo rodeaba, amenazando a cualquiera que se atreviera a atacarlo en medio de su debilidad.

Su maestro también se percató de eso.

—Comenzaba a preguntarme si en verdad te dejarías desmayar—, murmuró.

Kegan sonrió y golpeó su pecho con su puño, demostrando en silencio cuán orgulloso estaba por el tiempo que había contenido el aire.

—Ahí está el problema—, observó el maestro, leyendo su postura. —Te dije que el aire no te pertenecía, y no obstante estás encantado por cuánto tiempo lograste mantenerlo dentro de ti. Lo mismo sucede con la magia. La quieres, creyendo que puedes poseerla. Te aferras a ella, olvidando que tan solo eres un conducto por el que esta fluye. La ahogas en tu corazón y en tus manos. Por ello, la magia se estrangula en ti, porque la ves como algo que debe atarse a tu voluntad. No es así, y nunca lo será. Es como el aire. Debes atraer lo que existe a tu alrededor, usarlo por un momento, y después liberarlo—.

Los dos... estudiante y maestro, bárbaro y hechicero... se volvieron a quedar en silencio. El viento aullaba a través de los cañones del sur, trayendo un sonido de lamento en la brisa.

Kegan miró al hombre mayor con recelo. —Entonces... ¿por qué no solo dijiste todo eso? ¿Por qué hiciste que contuviera la respiración?—

—Yo ya había dicho todo eso. Decenas de veces, de distintas maneras. Esperaba que añadir un elemento práctico a la lección te ayudara a comprender—.

Kegan aspiró y después miró hacia el fuego.

—Maestro. Últimamente algo ha estado acechando mi mente—.

El hechicero rio para sí y dio una palmada al pergamino que se encontraba enrollado y atado a su espalda. —No, Kegan. No dejaré que leas esto—.

El joven miembro de la tribu sonrió, a pesar de que su mirada carecía de alegría. —Eso no es lo que quería preguntar—, dijo. —¿Y si yo no soy un estudiante malo? ¿Y si en realidad solo eres un mal maestro?—

Su maestro miró fijamente las llamas, sus ojos cansados reflejaban la danza de la lumbre.—

A veces yo me pregunto lo mismo—, contestó.

Al día siguiente, ambos viajaron al norte y al oeste. No pasaría mucho tiempo antes de que la escasa tundra se congelara, dejándolos viajando por caminos de hielo inerte. Por el momento, sus botas crujían contra el inútil suelo rocoso, solo quebrantado por la maleza. Los pensamientos del hechicero eran igual de lúgubres que su entorno, pero Kegan se encontraba, como de costumbre, en un estado de perseverancia sin quejas, y sin alegría.

—El otro día dijiste algo—, dijo el bárbaro mientras caminaba junto a su maestro. —Algo que parecía ser una mentira—.

El hechicero giró ligeramente, sus facciones se ensombrecían por su capucha. —Yo soy muchas cosas—, dijo el hombre mayor —y no todas son virtudes. Pero no soy un mentiroso—.

Kegan gruñó lo que probablemente fue una disculpa. —Tal vez no fue una mentira. Sino... un cuento—.

El hechicero lo observaba mientras caminaban. —Continúa—.

—Ese lugar. Ese imperio. El reino que dijiste que fue destruido hace mucho tiempo—.

—¿Shurima? ¿Qué hay con ello?—

—Dijiste que yacía en tierras que nunca habían tenido hielo, ni sus fronteras—. Kegan sonrió como si estuviera compartiendo una broma. —No soy tan crédulo como piensas, maestro—.

La curiosidad del bárbaro sacó al hechicero de su desconsuelo. Pasó la carga de su mochila a su otro hombro, incapaz de ocultar la pequeña sonrisa que dibujaba su rostro.

—Eso no fue una mentira—. Dejó de caminar y giró para señalar hacia el sur. —Lejos, muy lejos, hacia el sur, a cientos de días de caminar y cruzar otro océano, ahí existe un lugar donde...—

¿Cómo es posible explicar el desierto a un hombre que solo conoce el invierno? se preguntó. ¿Cómo es posible describir la arena a un hombre que solo conoce el hielo?

—... un lugar donde la tierra es polvo caliente, y donde la nieve es completamente desconocida. El sol irradia sin piedad. Incluso la lluvia es inusual. Día tras día, la tierra tiene sed de ella—.

Kegan lo miró fijamente una vez más. Tenía esa mirada en sus pálidos ojos, la que reflejaba que no se atrevía a confiar en lo que le decían, por temor a que fuera algún truco que lo hiciera quedar como tonto. En el pasado, el hechicero había visto esa mirada en los ojos de muchos, tanto niños solitarios como adultos frágiles.

—Un lugar que nunca ha sentido el toque de Anivia—, murmuró Kegan. —Pero, ¿es tan grande el mundo como para que un hombre pueda caminar durante tanto tiempo y aun así no ver el fin?—

—Esa es la verdad. Hay lugares enteros en muchos lugares del mundo que no están congelados. Con el tiempo, aprenderás que hay pocos lugares tan fríos como el Fréljord—.

La conversación fue forzada durante el resto del día, y cuando establecieron su campamento, parecía que no quedaba nada más que decir. No obstante, el joven bárbaro perseveró. Dirigió la mirada a través de la hoguera hacia donde se encontraba su maestro, con las piernas cruzadas, sumergido en una taciturna introspección.

—¿No deberías estar enseñándome algo?—

El hechicero levantó una ceja. —¿Debería?—

Siempre tenía una expresión en la que parecía que su aprendiz lo interrumpía con su mera existencia. Llevaban juntos algunas semanas. Kegan comenzaba a acostumbrarse. El joven pasó sus manos por su cabello sucio, retirando de su rostro las baratijas de marfil de su madre. Murmuró algo que podría, con un poco de imaginación, parecer una afirmación.

Cuando el hechicero se negó a contestar, insistió aún más.

—Y, ¿llegaremos hoy a... donde sea que vamos?—

Su maestro lo consideró con detenimiento. —No. No llegaremos a nuestro destino hasta dentro de varias semanas—.

No parecía que el hechicero estuviera bromeando.

—Y he reflexionado más profundamente sobre las dificultades que tienes para controlar tus dones—, añadió rotundamente.

Kegan no sabía qué decir. Algunas veces el silencio era la única manera de evitar sonar ignorante o impaciente, así que se mantuvo sin hablar. Parecía funcionar, pues el hechicero continuó.

—Tienes talento, eso es cierto. La habilidad corre por tu sangre. Ahora, debes dejar de percibir la magia como una fuerza externa y antagónica. Necesita no ser utilizada, sino... encauzada. Te he observado. Cuando intentas blandirla, buscas forjarla a tu voluntad. Quieres control—.

Kegan comenzaba a frustrarse. —Pero así es como funciona la magia. Eso es lo que siempre hizo mi madre. Quería que hiciera algo y hacía que sucediera—.

El hechicero reprimió una mueca de irritación. —Tú no necesitas hacer que la magia suceda. La magia existe en el mundo. La materia de su creación está en todo lo que nos rodea. No necesitas empuñarla y hacer que actúe conforme tus necesidades. Lo único que puedes hacer es... alentarla. Dirigirla hacia el camino que preferirías que tomara—.

Mientras hablaba, movía sus manos como si diera forma a una esfera de arcilla. Un débil repicar resonó en el ambiente, manteniendo una nota perfecta y eterna. Energías nebulosas se escurrieron entre sus dedos, uniéndose unas con otras en latigazos lentos. Muchas de estas desprendieron tentáculos desde la esfera que rodearon sus decoloradas manos, de forma oscura e incandescente.

—Siempre existirán los que estudian magia con una intención estricta, determinando las maneras en las que uno puede ejercer su voluntad ante las fuerzas fundamentales. Y, a pesar de ser algo tan burdo, les funciona. Lentamente y con resultados limitados. Pero tú no necesitas comportarte tan toscamente, Kegan. Yo no estoy moldeando estas energías en una esfera. Simplemente las estoy alentando a moldear una. ¿Lo comprendes?—

—Lo veo—, admitió Kegan —pero eso no significa que lo comprenda—.

El hechicero asintió y en su rostro se dibujó una pequeña sonrisa. Por lo visto, su aprendiz había dicho algo que merecía la pena.

—Algunos hombres y mujeres, almas de férrea disciplina o imaginación limitada, codificarán la energía mágica que fluye entre los reinos. La manipularán y la someterán como les sea posible. Están mirando la luz del sol a través de una grieta en la pared, maravillándose por cómo se filtra en sus oscuras cámaras. En cambio, podrían salir al exterior y maravillarse por la cegadora luz del día—. Suspiró deliberadamente. —Tu madre era una de esas magas, Kegan. A través de rituales repetitivos y pociones tradicionales, ella incursionó en magia liviana. Pero lo único que hacía... lo único que cualquiera de ellos puede hacer con sus rituales, talismanes y libros de hechizos... es crear una barrera entre ellos y las fuerzas puras que hay en juego—.

Kegan observó la esfera hacer ondas y girar, sin estar vinculada en lo más mínimo al toque del hechicero, constantemente superponiéndose o amenazando con liberarse.

—Este es el secreto, joven bárbaro—.

Sus miradas se cruzaron en ese instante; burda y humana contra resplandeciente y... lo que fuera el hechicero en realidad.

—Estoy escuchando—, dijo Kegan, con menor intensidad de lo que pretendía. No quería parecer ignorante ni atemorizado, mucho menos porque sabía que encajaba con ambas descripciones.

—La magia quiere ser usada—, dijo el hechicero. —Está en todo lo que nos rodea, emanando desde los primeros fragmentos de la creación. Quiere ser blandida. Y ese es el verdadero desafío del camino que ambos recorremos. Cuando te percatas de lo que la magia quiere, cuán ansiosa es... Bueno, entonces la dificultad deja de ser cómo comenzar a blandirla. La dificultad es saber cuándo detenerse—.

El hechicero abrió sus manos, empujando con delicadeza la esfera de fuerzas en cascada hacia su aprendiz. El bárbaro tendió la mano con precaución para recibirla, pero esta se reventó en el instante en que sus dedos hicieron contacto con su superficie. Los rastros de neblina se diluyeron hasta desaparecer. El repiqueteo comenzó a disminuir hasta que se convirtió en silencio.

—Ya aprenderás—, prometió el hechicero. —La paciencia y la humildad son las lecciones más difíciles, pero serán las únicas que siempre necesitarás—.

Kegan asintió, aunque no enseguida, y con un dejo de duda.

Esa noche, el hechicero no concilió el sueño. Se mantuvo despierto, cubierto con una cobija de pieles, observando la aurora ondulante que atravesaba el cielo nocturno. Al otro lado del fuego ardiente, el bárbaro roncaba.

Sin duda, estaba soñando los sueños de los aliviados, pensó el hechicero.

No. Eso fue injusto. Kegan era un salvaje, cierto, pero era un joven proveniente de una tierra de miseria infinita. El Fréljord engendraba almas cuyo instinto siempre estaba enfocado en la supervivencia por sobre todas las cosas. Bestias con pieles duras como el hierro y colmillos del tamaño de lanzas acechaban las tierras. Los invasores de aldeas rivales derramaban sangre por todas las costas heladas. Su invierno había durado cientos de eternidades. Esta gente había crecido en un lugar donde la escritura y el talento artístico eran considerados lujos, donde la lectura de libros era un mito inconcebible, y donde las leyendas se transmitían por generaciones en relatos murmurados por ancianos fatigados y chamanes de tribus.

Y Kegan, gracias a su contundente necedad, estaba lejos de ser un aliviado.

¿Acaso es un error traerlo conmigo? ¿Fue acaso un momento de piedad? ¿Un momento de debilidad?

No parecía existir una respuesta a tal cuestionamiento.

Podría haberlo dejado... En cuanto el pensamiento surgió, lo demás apareció de súbito, con una rapidez traicionera. Y él no sería el primero al que abandono...

El hechicero alzó la vista a través de la bruma de calor que resplandecía sobre el fuego evanescente, y miró al bárbaro dormir. El labio del joven hombre se retorció, con un reflejo correspondiente en sus dedos.

—Debería preguntarme qué es lo que sueñas, Kegan Rodhe—, susurró el hechicero. —¿Cuáles son los fantasmas de recuerdos lejanos que vienen a acecharte?—Todas las noches, en sus sueños, Kegan recorría los caminos de su pasado. Antes de conocer al hechicero, había estado exiliado, deambulando por su cuenta en las heladas inmensidades, calentado solo por su impetuosa renuencia a morir.

¿Y antes de eso? Un alborotador. Un chamán fracasado. El hijo de una madre distanciada.

Seguía siendo muy joven para cualquier estándar que existiera más allá del Fréljord, con apenas diecinueve inviernos soportando el frío en sus huesos. Había tenido una vida dura, acompañado de su ingenio y del filo de su cuchillo, con cierto renombre y una buena cuota de indignidad.

Noche tras noche, en sus sueños, se encontraba harapiento, deambulando perdido en la aullante tormenta blanca, muriendo de frío lentamente. Él era un sanador que escarbaba por las rocas sueltas en la lluvia, en búsqueda de destellos de color que dejaran ver hierbas extrañas en medio de la maleza. Era un chico agazapado en la cueva de su madre; ese lugar era un santuario para huir del resto del mundo, pero jamás de su mirada, cargada con recelo.

Y noche tras noche, en sus sueños, los Dominios de Rygann volvían a arder.

Tenía siete años cuando conoció la verdad detrás de su sangre. Su madre se agachó ante él, tomando su rostro en sus manos, observando los rasguños y los moretones que marcaban su piel. Sintió una inquietante pizca de sorpresa, ya que ella casi nunca lo tocaba.

—¿Quién te hizo esto?—, preguntó, y cuando él estaba intentando tomar aliento para responderle, ella habló diciendo las palabras que él ya estaba muy acostumbrado a escuchar. —¿Qué fue lo que hiciste? ¿Qué hiciste mal para merecer este castigo?—

Ella se alejó antes de que él pudiera contestar.

Se estremeció como consecuencia de sus manos sobre su piel, su falta de costumbre al contacto, temiendo y atesorando el momento de cercanía incómoda. —Solo estaba luchando, madre. En la aldea, todos los chicos lo hacen. Y las chicas también—.

Ella lo observó con una mirada escéptica. —Tú no obtuviste esas marcas por luchar, Kegan—, murmuró ella. —No soy tonta—.

—Hubo una pelea después de jugar a luchar—. Él limpió su nariz con su manga harapienta, frotando una costra reciente. —A algunos de los chicos no les agradó mi victoria. Se enojaron—.

Su madre era una mujer delgada, frágil, en un lugar que devoraba a los débiles. Había envejecido antes de tiempo, víctima de tristezas inefables y del aislamiento que le habían provocado sus talentos. Incluso solo teniendo siete años, Kegan sabía todo eso.

Era un chico perceptivo. Esa era la ventaja de tener una madre hechicera.

Al levantar la vista, la vio enmarcada por la boca de la cueva a la que llamaban hogar y pudo percibir cierta suavidad en sus ojos, tan inusual como el momento previo en el que había tocado su rostro. Pensó que tal vez ella se arrodillaría ante él para abrazarlo. Aquel simple pensamiento le aterraba tanto como lo anhelaba.

En cambio, ella volteó la mirada.

—¿Qué te he dicho de hacer enojar a los otros niños? Harás nuestras vidas aún más difíciles si la aldea te odia, Kegan—.

—Pero ellos empezaron—.

Ella se detuvo, dio media vuelta y bajó la mirada hacia él. Su expresión era tan lúgubre y fría como sus ojos. La mirada joven de ojos verdes, como ella mencionaba con frecuencia que había sido la de su padre, se encontró con la de su madre.

—Y tú lo empezaste todas las otras ocasiones. Tu temperamento, Kegan...—

—No fue así—, mintió el chico. —Por lo menos no todas las veces—.

Su madre se adentró en la cueva, agachándose a un costado de la hoguera, revolviendo el caldo aguado de grasa de elnük hervida; el platillo que sería la cena durante las próximas tres noches. —Hay magia fluyendo en nuestra sangre. En nuestros huesos. En nuestro aliento. Debemos ser cuidadosos, más que las otras personas—.

—Pero...—

—No causes problemas en la aldea. Nos permiten vivir aquí a regañadientes. El viejo Rygann fue bueno con nosotros y permitió que nos quedemos aquí—.

El instinto movió la boca de Kegan antes de que tuviera tiempo de pensar. —Vivimos en una cueva, en las rocas, muy lejos de la aldea—, dijo él. —Deberías dejar de sanarlos si son tan malos con nosotros. Deberíamos marcharnos—.

—No sabes lo que estás diciendo, Kegan. Yo los curo porque tengo el poder de hacerlo, y vivimos aquí porque tenemos que hacerlo—. Ella asintió hacia la ladera, donde los árboles estaban teñidos de negro por la oscuridad y con destellos plateados por la luna. —Moriríamos ahí afuera, donde los bosques se convierten en hielo y nieve, y se extienden hasta el fin del mundo. Deja que digan lo que quieran decir. No provoques más problemas. No provoques a la magia que fluye en tu sangre—.

Pero el chico permaneció de pie en el borde de la cueva. —Si dicen cosas malas sobre mí o me agreden... me defenderé. No soy cobarde como tú—.

Esta noche quedaría grabada en su memoria para siempre por lo que ocurrió después. Por primera vez, él no hizo una reverencia con la cabeza ni prometió obedecerla. Por el contrario, cerró sus pequeños puños y entrecerró los ojos.

En el silencio que surgió entre madre e hijo, él esperaba una bofetada (uno de sus débiles azotes contra su mejilla que, de algún modo, conseguiría arder por una hora o más) o tal vez más llantos de su parte. Su madre lloró mucho, en silencio y a solas, muy tarde en la noche, creyendo que él estaba durmiendo.

Pero esta vez, había algo nuevo en su mirada. Algo temeroso.

—Eres hijo de tu padre—. Ella hablaba de forma calmada y mesurada, pero de algún modo, su significado era lo peor. —Sus ojos, siempre observándome. Su crimen, siempre ahí para recordármelo. Y ahora sus palabras, su rencor, arrojados en mi rostro—.

El chico levantó la mirada, sobrecogido por su rabia infantil. —¿Es por eso que me odias?—

Ella dudó antes de contestar, y eso significó mucho más que lo hubiera hecho cualquier respuesta. Fue esa duda lo que nunca pudo olvidar, incluso años después, cuando sus huesos delgados fueron reducidos a cenizas y polvo en una hoguera funeraria.

Él tenía trece años cuando vio por primera vez a Zvanna. Llegó a los Dominios de Rygann acompañada de dos decenas más de personas, los sobrevivientes de un clan nómada que había mermado en las tierras salvajes durante el transcurso de una generación. En lugar de saquear como lo habían hecho muchos otros, se establecieron en los Dominios, trayendo consigo sangre fresca, enseñanzas prácticas y lanzas para la gente de la boyante aldea pesquera.

Kegan la conoció un día en la penumbra de la puesta del sol. Él estaba recogiendo brezo y hierbas en las montañas sureñas, arrancando las espinas de los tallos antes de guardarlos en su bolso de piel de ciervo. Cuando la tarea se desempeñaba correctamente, tomaba mucho tiempo, y los dedos de Kegan tenían cientos de pinchazos por su celeridad.

En un instante alzó la vista y allí estaba ella.

Dejó de trabajar. Se puso de pie, quitando la suciedad de sus manos lastimadas, sin saber cómo era que la curiosidad y la sorpresa lucían como recelo en sus rasgos finos. Tú serías apuesto, dijo su madre en una ocasión, si pudieras dejar de mirar al mundo como si quisieras vengarte de él.

—¿Quién eres?—, preguntó él.

Ella se sobresaltó por la pregunta, la cual incluso para los propios oídos del joven había sonado abrupta.

—Quiero decir, eres una de los recién llegados. Eso lo sé. ¿Cómo te llamas? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Estás perdida?—

Las preguntas bombardearon a la chica. Ella era mayor que él, aunque solo por un año o dos. Esbelta, de ojos grandes, prácticamente hundiéndose en sus pesadas pieles, lo miró fijamente mientras le habló. Tenía la voz de un ratón.

—¿Eres el hijo de la sanadora?—

Él sonrió, mostrando todos sus dientes y nada de humor. Por primera vez en años sintió el dolor de saber que hablaban mal de él en la aldea. Había alguien nuevo en su mundo, y era alguien que ya había escuchado cientos de cosas oscuras sobre él.

—Kegan—, contestó. Tragó saliva e intentó suavizar sus palabras. —Sí, soy el hijo de la sanadora—, añadió, asintiendo con la cabeza. —¿Tú quién eres?—

—Zvanna. ¿Puedes venir? Mi padre está enfermo—.

El corazón de Kegan se hundió. Se vio a sí mismo reduciendo el registro de su voz, como si ella fuera una bestia pastando a la que no quería ahuyentar.

—No soy un sanador. No como mi madre—. La confesión le provocó la misma sensación que un diente recién arrancado. —Yo solo soy su ayudante—.

—Ella está en camino a la aldea—, dijo la chica. —Me pidió que te encontrara. Tienes las hierbas que necesita—.

Kegan maldijo mientras colocaba la bolsa en su lugar. Fijó su mirada hacia donde ella se encontraba, moviéndose ligeramente por el oscuro pedregal. —Iré ahora mismo. ¿Quién es tu padre? ¿Qué le ocurre?—

—Es un fabricante de velas—, contestó Zvanna, guiando el camino hacia los Dominios. —No puede comer ni beber. Le duele el estómago—.

—Mi madre sabrá qué hacer—. Kegan habló con seguridad absoluta mientras la seguía por la colina, descendiendo hacia la aldea. Por dentro, sentía una puñalada cada vez que ella lo miraba, y se preguntaba qué le habrían dicho los otros niños de la aldea.

No tendría que preguntárselo por mucho tiempo. Ella hablaba con gentileza, sin emitir juicio alguno.

—El Viejo Rygann dijo que eres hijo de un invasor. El bastardo de un saqueador—.

Las tinieblas comenzaban a envolverlos ante la puesta del sol. Kegan no mostró ninguna emoción. —El Viejo Rygann dijo la verdad—.

—¿Eso en verdad te convierte en mala suerte, Como dicen las leyendas?—

—Depende de las leyendas en las que creas...— Kegan consideró que era una respuesta lo suficientemente ingeniosa, pero ella se la devolvió un momento después.

—¿En qué leyendas crees tú?—, preguntó, mirando por encima de su hombro. Sus miradas se cruzaron en el crepúsculo, y él sintió la fuerza de su gentil contemplación como un hacha en sus entrañas.

En ninguna, pensó. Todas reflejan el miedo que tienen los hombres y mujeres tontos, el temor ante la magia verdadera.

—No lo sé—, contestó.

Ella no tenía respuesta a eso. Aunque sí tenía otra pregunta para el chico.

—Si tu madre es una sanadora, ¿por qué no lo eres tú también?—

Porque conmigo no funciona la magia, casi dijo en voz alta, pero pensó mejor su respuesta. —Porque yo quiero ser un guerrero—.

Zvanna le llevaba la delantera, dando pasos ligeros en las rocas heladas. —Pero aquí no hay guerreros. Solo cazadores—.

—Sí. Pero yo quiero ser un guerrero—.

—La gente necesita más a los sanadores que a los guerreros—, señaló ella.

—¿Ah, sí?—, Kegan escupió hacia la maleza. —Entonces, ¿por qué los chamanes no tienen amigos?—

Él conocía esa respuesta. La había escuchado muchas veces. La gente me tiene miedo, decía siempre su madre.

Pero Zvanna tenía una respuesta distinta.

—Si tú ayudas a mi padre, yo seré tu amiga—.

Él tenía dieciséis cuando le rompió la mandíbula a Erach. Dieciséis años y ya tenía el tamaño y los músculos de un hombre. Dieciséis años y ya estaba acostumbrado a demostrar con los puños que tenía la razón. Su madre le advirtió al respecto una y otra vez, y ahora Zvanna lo hacía también.

—Tu temperamento, Kegan...—, solía decir de la misma manera que su madre.

En su año dieciséis, la celebración del solsticio era un asunto clamoroso, un festejo más ruidoso y brilloso que de costumbre, con la llegada de una caravana de comerciantes y tres músicos de cuerdas del Vacío de Valar, lejos hacia el suroeste. Juramentos se realizaban en las costas y promesas de amor eterno se expresaban apasionada, insensata y frecuentemente. Guerreros jóvenes danzaban en el fuego para impresionar a las lugareñas solteras que observaban desde los costados. Se rompían y se reparaban corazones, surgían y desaparecían rencores. Peleas estallaban por matrimonios, por propiedades, por cuestiones de honor. El abundante alcohol complementaba la atmósfera de fiesta.

Muchos arrepentimientos llegaban con el blanco amanecer del invierno, cuando la claridad de la nieve regresaba acompañada de resacas evanescentes.

Pero la pelea entre Kegan y Erach fue como ninguna otra.

Bañado en sudor por la danza en el fuego, Kegan buscó a Zvanna en la costa. ¿Lo había visto bailar? ¿Había visto cómo había dejado a los otros jóvenes de la aldea jadeando, incapaces de seguir sus salvajes saltos?

Su madre era una delgada aparición en su abrigo de piel de foca. Su cabello era harapiento, con los colgantes y talismanes de huesos atados en los mechones sucios que se encontraban en sus mejillas. Ella tomó su muñeca. El solsticio era una de las pocas noches en que madre e hijo eran tolerados en la aldea, y ambos habían asistido.

—¿Dónde está Zvanna?—, le preguntó.

—Kegan—, le advirtió su madre, sosteniendo su muñeca. —Quiero que mantengas la calma—.

El calor de las flamas y el sudor de su piel habían desaparecido. Su sangre estaba helada. Sus huesos eran hielo.

—¿Dónde está Zvanna?—, preguntó nuevamente, esta vez con un gruñido.

Su madre comenzó a explicar, pero no había necesidad de que lo hiciera. De alguna forma, él lo sabía. Tal vez solo era un destello de intuición en medio del despertar de su temperamento. O tal vez era (como el hechicero más tarde le explicaría) un centelleo de agudeza proveniente de sus dones mágicos latentes.

Cualquiera que fuera la verdad, él apartó a su madre. Bajó hacia las olas, donde se encontraban las jóvenes parejas con sus familias, llenos de coronas y guirnaldas de flores invernales, haciendo juramentos de permanecer fieles y amorosos por el resto de sus vidas.

Los murmullos se alzaron conforme él se acercaba. Él los ignoró. También surgieron objeciones mientras él se abría paso entre la multitud, y también las ignoró.

Aún no era demasiado tarde. Eso era lo único que importaba. Aún quedaba tiempo.

—¡Zvanna!—

Todas las miradas se posaron en él, aunque la mirada de ella era la única relevante. Kegan vio cómo la alegría abandonó los ojos de la joven en cuanto reconoció su rostro. La corona de capullos blancos de invierno no concordaba con su cabello negro. Él quería arrancarla de su cabeza.

El joven que se encontraba a su lado se paró frente a ella de manera protectora, pero Zvanna lo tranquilizó y lo hizo a un lado, para confrontar ella misma a Kegan.

—No hagas esto, Kegan. Mi padre lo arregló. Y si hubiera querido, me habría rehusado. Por favor, no hagas esto. No ahora—.

—Pero tú eres mía—.

Él le extendió la mano. Ella no fue lo suficientemente rápida para retirar la suya... o tal vez sabía que si lo intentaba, provocaría su enojo aún más.

—Yo no te pertenezco—, le dijo suavemente. Permanecieron en el centro de la multitud, como si fueran ellos los que estaban por unirse para siempre ante los ojos de los dioses. —No le pertenezco a nadie. Pero aceptaré comprometerme con Malvir—.

Kegan podría haber lidiado con eso, si eso hubiera sido todo. La vergüenza no significaba nada para él. ¿Qué podía significar una humillación pasajera y adolescente para alguien que la había padecido durante casi toda su vida? Él podría haberse marchado en ese instante o incluso (contra todos sus deseos y oraciones) podría haber permanecido entre la multitud y camuflarse entre la risa, los vítores y las bendiciones.

Él lo hubiera hecho por ella. No le hubiera sido fácil, no, pero lo hubiera hecho de buena gana. Lo que fuera por Zvanna.

Ya estaba soltando su mano mientras preparaba una sonrisa falsa y tomaba aliento para disculparse, cuando una mano golpeó su hombro.

—Déjala en paz, chico—.

La voz del Viejo Rygann resonó entre el silencio. Este era un hombre que, además de ser el fundador de la aldea, parecía que había sido anciano incluso cuando el mundo aún era joven. Tenía al menos setenta años de edad, probablemente cercano a cumplir ochenta y, aunque no era su mano la que sujetaba a Kegan, dirigía a los hombres que rodeaban al hijo de la sanadora.

—Vete de aquí, bastardo del saqueador, antes de que nos traigas aún más miseria—.

La mano intentó llevárselo, pero Kegan permaneció firme. Él ya no era un niño. Tenía la fuerza de un hombre.

—No me toques—, dijo, apretando los dientes. La expresión de su rostro provocó que Zvanna se alejara. Otras manos se unieron a la primera, alejándolo de ella, haciendo que se tropezara.

Y, al igual que siempre, el instinto estaba ahí para atraparlo. Se dio la vuelta, rugió y golpeó al hombre más cercano que lo intentaba alejar.

El padre de Zvanna cayó como una marioneta sin huesos, con la mandíbula destrozada.

Kegan se alejó. Algunos en la multitud le gritaron y otros lo insultaron, pero ninguno se atrevió a entrometerse en su camino ni a ir tras él. Eso lo satisfacía. Incluso lo reivindicaba.

Palmeó el contorno de sus ojos camino a casa, rehusándose a llorar, y desagradablemente aliviado por el dulce dolor de sus nudillos palpitantes.

Kegan tenía diecinueve años cuando quemó a su madre en la hoguera funeraria y esparció sus cenizas la mañana siguiente por toda la colina con vista hacia los Dominios de Rygann. Sabía que tendría que soportar la carga solo, a pesar de todo lo que había hecho su madre por la aldea. A pesar de todo lo que le temían, la habían necesitado y valorado.

Y ahí estaba él, arrojando sus restos hacia los vientos glaciales, diciendo una oración a la Hermana Foca, solamente acompañado por sus propios pensamientos.

Imaginó a los habitantes de la aldea; si reconocían la muerte de su madre era por egoísmo, pensando únicamente en su propio sufrimiento. Estarían preocupados por no tener un sanador. Después de todo, no podían contar con que su hijo se hiciera cargo. La cadena hereditaria se había roto cuando su padre invasor lo había engendrado, derramando infortunio en la sangre de un hechicero.

Ahora mismo, todos ellos estarían gimiendo sus inútiles sentimientos sobre su madre, tal vez incluso se estarían intentando convencer de que algunas palabras amables demasiado tardías los eximirían de la culpa y la responsabilidad de cómo la habían tratado mientras vivía. Era aún más probable que estuvieran festejando discretamente porque una sombra había abandonado sus vidas.

Animales de superstición, todos ellos.

Solo tres de ellos salieron de la aldea, y no fue para despedirse. Zvanna se acercó a él después de que la solitaria ceremonia terminó, pero su hijo (quien tenía el cabello negro igual al de su madre) se rehusó a aproximarse a Kegan. El niño, de casi tres años de edad, permaneció al costado de su padre, a unos metros de distancia.

—El pequeño me tiene miedo—, observó Kegan sin rencor.

Zvanna dudó, tal como alguna vez lo había hecho su madre, confirmando lo que él pensaba. —Ha escuchado algunas historias—, admitió ella.

—Seguro que sí—. Intentó mantener un tono neutral. —¿Qué es lo que quieres?—

Ella lo besó en la mejilla. —Siento mucho tu pérdida, Kegan. Era un alma gentil—.

Gentil no era una palabra con la que él relacionara a su madre, pero ahora no era el momento para discutir. —Sí—, contestó. —Lo era. Pero, ¿qué fue lo que en verdad viniste a decir? Alguna vez fuimos amigos. Sé cuándo hay algo que no me estás diciendo—.

Ella no sonrió al responder. —El Viejo Rygann... va a pedirte que te marches—.

Kegan se rascó la barbilla. Estaba demasiado agotado para sentir algo, mucho menos sorprenderse. No necesitaba preguntar por qué Rygann había tomado esa decisión. Aún quedaba una sombra oscureciendo los bordes de la aldea. Una última sombra que por fin se desvanecería.

—Así que ahora que su madre está muerta, el hombre de mala suerte no puede acechar las cercanías—, escupió en la tierra cubierta de ceniza. —Al menos ella era útil, ¿no es así? Ella era la que poseía magia—.

—Lo siento, Kegan—.

Por un breve instante, estando juntos en la colina, las cosas eran tal como habían sido unos años atrás. Ella absorbía el enojo incandescente de su corazón solo con estar cerca, y él inhalaba el frío aire, desafiando las ansias de extenderle una mano.

—Deberías irte—, murmuró él, y asintió hacia Malvir y el niño pequeño. —Tu familia te espera—.

—¿Adónde irás?—, preguntó ella. Se cubrió aún más con las pieles que la rodeaban. —¿Qué harás?—

Las palabras de su madre resonaron a través de los años. —Moriríamos ahí afuera, donde los bosques se convierten en hielo y nieve, y se extienden hasta el fin del mundo.

—Encontraré a mi padre—, contestó él.

Ella lo miró, angustiada. Él podía ver las dudas en su mirada y, aún peor, temor. Temor de que él pudiera estar hablando en serio.

—No quieres hacerlo, Kegan. Ni siquiera conoces al pueblo de tu padre, de dónde provienen... no sabes nada. ¿Cómo esperas encontrarlo?—

—Al menos lo intentaré—.

Kegan resistió las ganas de volver a escupir. Incluso una ambición imposible era mejor que un no sé qué haré, Zvanna. Probablemente moriré solo en el hielo.

Ella estaba tomando aliento para discutir con él, incluso después de todos estos años donde solo había existido silencio entre los dos, pero él la silenció negando con la cabeza. —Iré a verte antes de marcharme. En ese momento hablaremos. Bajaré a la aldea mañana para conseguir suministros. Los necesitaré para mi viaje—.

Zvanna dudó una vez más, y él lo supo. Kegan lo sabía como si sus ancestros espirituales se lo hubieran susurrado a través del viento.

—El Viejo Rygann lo prohibió—, suspiró. Él no estaba formulando una pregunta ni intentaba adivinar algo. —No tengo permitido estar en los Dominios. Ni siquiera para obtener suministros antes de marcharme—.

Ella colocó una pequeña mochila contra su pecho, y eso lo confirmó. Él podía adivinar lo que habría dentro: comida deshidratada y las escasas provisiones de las que su joven familia podía prescindir. La ferocidad de la inusual gratitud que sintió lo hizo estremecerse, y casi... casi aceptó el regalo.

Pero se lo devolvió.

—Estaré bien—, prometió. —No te preocupes por mí. Yo estaré bien—.

Esa noche, fue a los Dominios de Rygann por su cuenta.

Empacó suministros necesarios para una semana, tomó una lanza de marfil y entretejió en su cabello los talismanes de hueso de su madre. Al igual que ella, lucía como un chamán mendigo, a pesar de que llevaba consigo la carga de un guerrero y se movía con la elegancia de un cazador.

Aún faltaban tres horas para el amanecer. Ahí, en el momento más tranquilo de la noche, Kegan avanzó con exagerado cuidado, trasladándose entre las cabañas de las familias que los habían rechazado a él y a su madre durante su corta y dura vida. No tenía sentimientos maliciosos hacia ellos, ya no... el antiguo enojo se había reducido a unas brasas, aún vivas, pero contenidas, consumiéndose lentamente. Si había un sentimiento que lo invadía era una profunda y agotadora sensación de lástima. Ellos eran simples. Eran esclavos de sus errores de juicio.

No, su verdadero odio estaba reservado para una alma en específico.

La casa del Viejo Rygann se erguía orgullosamente en el corazón de la aldea. Kegan se aproximó, evitando las miradas de indiferencia de los vigilantes, permaneciendo en las sombras que provocaba la luna descendiente. Ellos tenían una monótona labor y la realizaban con la informalidad que uno imaginaría. ¿Por qué esperarían que surgieran problemas de la tundra o del océano? Después de todo, hacía mucho que ningún invasor llegaba a los Dominios de Rygann.

Kegan ingresó sigilosamente.

El Viejo Rygann se despertó y encontró una sombra agazapada a los pies de su cama. En los ojos claros de la sombra se reflejaban destellos de la luz de luna y en las manos de la sombra había un cuchillo de marfil, una daga ritualista portada por última vez por Krezia Rodhe, la bruja que había muerto unos días antes. Era un cuchillo que, según decían, se había usado para sacrificios de sangre.

La sombra sonrió y habló en una voz baja, grave y salvaje.

—Anciano, si emites un solo sonido sin mi permiso, morirás—.

En la bruma hambrienta de luz, Rygann aparentaba tener cien años de edad. Sus fosas nasales se irritaron por el hedor del aceite del farol y por el condimento animal que desprendía el sudor del intruso. Indefenso, asintió con obediencia.

La sombra se acercó y el rostro de Kegan, el bastardo del saqueador, sonrió maliciosa y fríamente desde la oscuridad.

—Te voy a decir algo, anciano. Y me vas a escuchar por el simple hecho de que eso te permitirá vivir un poco más—.

La daga, esculpida del diente de un drüvask, centelló en la penumbra. Kegan colocó la punta, tallada para perforar, en la flácida garganta del hombre.

—Asiente si me entiendes—.

Rygann asintió, pertinentemente en silencio.

—Bien—. Kegan mantuvo el cuchillo en posición. Su mirada estaba inundada de odio, sus dientes casi temblaban por la fuerza de su enojo. Era una criatura al borde de la barbarie, contenida solo por sus estropeados pedazos de humanidad.

Rygann tragó saliva con fuerza, sin decir una sola palabra. Él también temblaba, aunque por razones muy distintas.

—Tú asesinaste a mi madre—, gruñó Kegan. —No fue la enfermedad lo que consumió su interior. Fuiste tú. La asesinaste, día tras día, con tu desconfianza e ingratitud. La asesinaste al exiliarla hacia la fría comodidad de esa cueva. La asesinaste al desterrarla por los caprichos de tus estúpidas supersticiones—.

El cuchillo estaba apoyado en la mejilla del anciano, preparado para cortar la carne.

—Y ahora, me estás matando a mí—, añadió Kegan con suavidad. —No era suficiente que me avergonzaras por el pecado de la sangre de mi padre, ni maldecirme por ser un augurio de mala suerte. No era suficiente expulsar a un niño fuera de tu preciosa aldea, una y otra vez, y no enseñarme más que a odiar a los demás. Ahora, mientras las brasas de la hoguera funeraria de mi madre siguen calientes, tú quieres condenarme a deambular por una tierra desolada para que muera—.

Y la daga desapareció.

El intruso salió de la cama, alejándose hacia la parte trasera de la habitación. La sonrisa de Kegan se transformó en una mueca, apenas iluminada por la sellada linterna que sostenía la mesa del aposento.

—Eso es todo lo que quería decir. Quiero que reflexiones sobre esas palabras cuando me haya ido. Quiero que pienses en el chico que ayudaste a criar al arrojarlo a él y a su madre al frío—.

Rygann no sabía qué responder, o si el hijo de la sanadora deseaba una respuesta. Permaneció en silencio en una oportuna combinación de sabiduría y miedo, inhalando el aroma aceitoso y mundano que invadió la habitación.

Kegan destapó la linterna, y un repentino brillo ámbar se extendió por el aposento. Manchas de humedad resinosa llenaron las baldosas, los muros, las estanterías e incluso las sábanas. El intruso había hecho un gran trabajo...en silencio... antes de despertar a su presa.

—E... espera—, tartamudeó el anciano, víctima de pánico y falto de aire. —Espera...—

—No puedo, tengo un viaje que hacer—, dijo Kegan, casi conversando —y debería calentar un poco mis manos antes de marcharme. Adiós, Rygann—.

—¡Espera! ¡Por favor!—

Pero Kegan no esperó. Mientras se alejaba hacia la puerta, lanzó la linterna como un regalo de despedida. Se estrelló contra las duras baldosas de la habitación.

El mundo se incendió y Kegan se rio a pesar de que algunas llamas alcanzaron su propia carne.

El fuego es como un ser viviente, rapaz y voraz. Tiene hambre propia, caprichos propios y, al igual que el destino, un infame sentido del humor. Saltaba en grandes lengüetazos, como chispas transportadas por los vientos despiadados del Fréljord, y bailaba cerca del techo. Todo lo que tocaba era devorado en instantes.

Kegan fue hacia el norte, dirigiéndose hacia las boscosas tierras bajas, ciego a la devastación que se levantaba a su paso. Tenía asuntos más urgentes que esperar a ver si el salón del Viejo Rygann ardería hasta quedar en cenizas. Tenía que ocuparse de su rostro carcomido por las llamas; un grito ardiente de dolor cubriendo el extremo izquierdo de sus facciones, aliviado solo al presionar su carne contra la tierra nevada.

Se preguntó (y no era la primera vez) si tal vez habría algo de cierto en los rumores del mal augurio en su sangre.

Para cuando alcanzó llegar a un terreno más elevado, al menos lo suficiente para poder mirar hacia atrás y ser testigo de los resultados de su trabajo, el sol comenzaba a surgir sobre el océano y el fuego se había reducido a una nube de humo denso, rizándose en la clemencia de los vientos matutinos. Sostuvo un puñado de hielo contra su mejilla quemada, esperando ver la cabaña de Rygann como un oscuro y carbonizado corazón en el centro de la aldea.

Lo que en realidad vio detuvo su respiración. Mudo ante el horror, traumatizado por su imprudencia, y tambaleándose incómodo en el camino, el invasor se puso en marcha para regresar al escenario de su traición.

Al principio, nadie se percató de que estaba ahí. Los sobrevivientes deambulaban entre las calcinadas estructuras de sus hogares, donde todo lo que poseían se había perdido. Él solo era una silueta más en la neblina de humo, un rostro herido más entre los sobrevivientes.

Encontró a Zvanna afuera de los restos carbonizados de su cabaña. La habían recostado sobre el suelo, junto con su hijo y su esposo. Los tres permanecían quietos y en silencio debajo una manta cubierta de hollín. Kegan se arrodilló junto a ellos durante un largo tiempo, su mente carecía de pensamientos, y su cuerpo carecía de fuerza. Tal vez había llorado. No estaba seguro, ni en ese momento, ni después, aunque sentía el escozor de la sal sobre su mejilla herida.

En el tiempo que estuvo a su lado, solo podía recordar dos cosas con certeza. La primera eran los rostros de la familia cuando levantó la manta para asegurarse de que eran ellos. Cuando obtuvo su respuesta, volvió a cubrirlos.

La segunda estaba descansando en sus manos desnudas sobre la sucia cubierta, rogando que la magia de su madre funcionara a través de él. Al intentar blandir sus supuestos dones, no consiguió nada distinto.

Ellos seguían muertos. Permaneció destrozado.

Poco tiempo después, como era de esperarse, los demás fueron por él. Kegan se quedó de rodillas junto a Zvanna mientras ellos lo insultaban y culpaban, mientras se lamentaban por sus maleficios y por ser de mal augurio, y maldijeron el día en que nació. Kegan dejó que lo inundaran con insultos. No era nada comparado con el vacío que habitaba en su pecho ni con el dolor ácido de su rostro.

Los sobrevivientes no tenían idea. Lo culpaban por una superstición lastimera, porque no tenían a nadie a quien culpar, sin saber el verdadero daño que les había ocasionado. Culparon a su sangre, cuando en realidad debieron culpar sus acciones.

Kegan dejó la devastada aldea sin mirar hacia atrás. Tal como lo había planeado, se adentró en las tierras salvajes, aunque el sentimiento de euforia que había tenido hacía unas horas no era más que cenizas en su boca.

Durante las semanas siguientes, solo deambuló. Kegan viajó hacia el interior, siguiendo los rastros de los animales de caza y los senderos de los comerciantes, sin tener un destino en mente, y sin saber la ubicación de las distintas aldeas. Los únicos lugares que conocía bien eran claros aislados y laderas de montañas con hierbas aprovechables que su madre había usado en sus brebajes medicinales. Incluso el Vacío de Valar, la aldea más cercana, estaba a cientos de kilómetros de distancia, y había una alta probabilidad de que fuera el nuevo hogar de sobrevivientes de los Dominios de Rygann. Aunque Kegan lograra encontrar la manera de llegar, dudaba que lo recibieran cálidamente. Era más probable que fuera una bienvenida mortal.

Cazaba cada vez que tenía la oportunidad, a pesar de que carecía de las habilidades necesarias de un cazador. En una ocasión, se atiborró del cadáver de un conejo a medio cocinar, pero todo terminó siendo un desastre cuando su estómago decidió rebelarse horas más tarde.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en un mes y más, mientras que los cielos permanecieron oscuros y el clima empeoró. No vio a ningún miembro de ninguna tribu. No vio señales de ninguna aldea cercana. Pasaba horas aturdido por la nieve, y otras, en un trance de locura gélida. Día tras día no percibió nada más que la gélida indiferencia de su lugar natal... al Fréljord parecía no importarle si vivía o moría por su corriente aulladora. Ningún otro lugar del mundo enseñaba una lección tan brutal sobre la insignificancia de un hombre.

La suerte, o tal vez un cambio cruel en su destino, lo llevó a una cueva formada con la misma roca del santuario de su madre. Demacrado, debilitado por la exposición y herido por su propio incendio, Kegan Rodhe se acostó sobre las frías rocas, sintiendo cómo su piel se congelaba. Se acostaría ahí y esperaría a que la última tormenta de nieve se extinguiera, o se acostaría ahí y esperaría a que él mismo se extinguiera. Lo que ocurriera primero.

Pero, esa noche, conoció al hombre que terminaría siendo su maestro. Su maestro.

La figura surgió de la tormenta, abriéndose paso con dificultad, con los hombros encorvados y la cabeza baja. Su barba estaba enmarañada y grisácea, no por su edad, sino por las mordeduras de los vientos helados. Debajo de su capucha estaban sus facciones demacradas, y sus ojos brillaban con una iridiscencia inusual. Lo más extraño de todo era la piel del hombre, jaspeada y tatuada; bajo la luz de la tormenta, con cada relámpago, su carne parecía tornarse azul.

Más tarde, bajo la luz de la hoguera, era más evidente que se tornaba violeta.

Como suele suceder con los encuentros decididos por el destino, era muy decepcionante para ser un cuento cantado por un bardo o una epopeya antigua. No se hicieron declaraciones crípticas ni se juraron pactos de vinculación. El recién llegado solo se había parado en la boca de la cueva, fijando su mirada con sospecha en el desastre humano que yacía frente a él.

—Qué...—, murmuró el hechicero —¿qué tenemos aquí?—

Kegan recobraba y perdía la conciencia, al igual que sus sentidos. Finalmente, cuando pudo formar palabras, acusó al hombre mayor de ser un espíritu o una ilusión.

Como respuesta, el hechicero se agachó junto a él y le ofreció una mano.

Al tocarlo, su calor se propagó por Kegan en un cosquilleo apresurado de... vida. Aunque no era el ardor de una llama, el alivio que trajo consigo fue tan abrumador que casi lo quiebra.

—No soy ni un fantasma ni un ser ficticio—, dijo el recién llegado. —Mi nombre es Ryze. Y tú, querida criatura desdichada... ¿quién eres?—

Kegan despertó mucho después del alba, retirando el polvo de sus ojos. No le sorprendió ver que su maestro ya estaba despierto, sentado con las piernas cruzadas y con los ojos cerrados. El bárbaro sabía que estaba meditando, pero no podía comprender el objetivo de sentarse inmóvil durante una hora al día. ¿Qué se suponía que lograría? Era como una suspensión entre estar dormido y despierto, sin ningún propósito evidente...

—Buenos días—, dijo el hechicero, sin abrir los ojos. —No dormiste bien—, añadió. Y muy a menudo, era una afirmación, no una pregunta.

Kegan vació una de sus fosas nasales sobre las cenizas de la hoguera y gruñó. —¿Por qué tengo la sensación de que me observas, aun cuando tienes los ojos cerrados?—

—Porque cuando estás cerca de los demás, te pones nervioso. Hace que dudes de sus intenciones—.

Kegan volvió a gruñir. —No tiene nada de malo tener un poco de recelo—.

Ryze se rio, inmóvil en su posición de meditación.

La piel de Kegan se erizó. —¿Qué es tan divertido?—

—Algunas veces puedo escucharme a mí mismo en tus palabras. La forma en la que consideras la desconfianza como una virtud me resulta familiar. No puedo culparte, tomando en cuenta todo lo que has vivido—.

Kegan lo miró fijamente. ¿Acaso puede leer mi mente? ¿Puede ver mis sueños...?

El hechicero no tuvo ninguna reacción. Ni un solo movimiento.

El joven bárbaro se elevó, estirándose para deshacerse de la inflamación nocturna con un crujido de sus huesos. —Mmm. ¿Quieres que caliente lo que queda de caldo para el desayuno?—

—Qué amable de tu parte, Kegan. ¿Harás una fogata o usarás tus dones?—

La pregunta tenía una intención evidente, con dejos de condescendencia, y Kegan no tuvo que esforzarse para evitar morder el anzuelo. —Una fogata. Probaré con la magia más tarde—.

Otra risa. Otra exasperante risa. —Como prefieras—, contestó Ryze.

Kegan se tomó algo de tiempo para encontrar la madera suficiente para la fogata. Su mente estaba nublada con ecos resonando con las conversaciones que habían tenido las últimas semanas. Algo estaba fastidiando sus pensamientos, algo que provocaba escozor en las cicatrices de las quemaduras de su rostro. No fue hasta que regresó a su campamento provisional y dejó la pila de ramas rotas, que se percató de lo que era.

—Maestro—.

El hechicero no se movió, pero el aire pareció cambiar en su entorno. De alguna forma, se había vuelto más afilado... tal vez más frío y estaba cargado con una fuerza invisible.

—¿Sí?—

Kegan aclaró su garganta en un esfuerzo por encontrar la manera correcta de expresarse. —Cuando ayer hablaste de magia, mencionaste... mencionaste la materia de la creación—.

Ryze permaneció inmóvil, excepto por sus labios oscurecidos por magia. —Sí, así fue. Continúa—.

Kegan inhaló profundamente, luchando contra la inmensidad de lo que intentaba decir. —Bueno. El agua proviene de la lluvia, del hielo y del mar. El fuego proviene de las chispas, de la yesca, o de los rayos impactando contra los bosques. Y los árboles que conforman el bosque provienen de semillas—.

—Hasta cierto punto, todo eso es correcto. Y muy poético para estas horas de la mañana. ¿Cuál es la conclusión de esta tesis?—

—¿De esta qué?—

El hombre mayor sonrió, sin crueldad. —¿Qué intentas decir, Kegan?—

—Que todo proviene de algún lugar. Todo tiene un... nacimiento. Un origen. ¿Es igual con la magia? ¿Tiene algún origen en el mundo?—

Ryze no contestó de inmediato. Ante los ojos de Kegan, su quietud parecía de pronto reflejar una restricción en vez de serenidad.

—Esa es una pregunta inteligente, amigo mío. Hay pureza en tu forma barbárica de pensar y te felicito por esa línea de pensamiento. Pero no es una discusión que tú y yo estemos preparados para tener—.

El bárbaro apretó los dientes, dejando a un lado su temperamento. Por fin había preguntado algo que valía la pena contestar, y su maestro se lo negaba. —Pero estaba pensando... Si controlaras la lluvia, podrías hacer nuevos ríos. Y si tuvieras mil semillas, podrías plantar un bosque nuevo. Si tienes hierro, puedes forjar un hacha. ¿Qué pasaría si pudieras controlar la fuente de la magia? No necesitarías guiarla o lanzarla. Tú podrías controlarla, después de todo—.

Ryze abrió los ojos.

Su mirada era más fría que cualquier viento freljordiano. Había misericordia en esos ojos, y también admiración, pero debajo de ambos elementos había un dejo enfermizo y penetrante de miedo.

Tienes miedo, pensó Kegan, y su piel se estremeció solo de pensarlo.

No sabía por qué. No podía adivinar qué había en sus palabras que inspiraba ese frío y enérgico terror en el alma de su maestro. Pero Kegan sabía exactamente cómo se veía el miedo en las miradas de los demás. Lo había visto durante toda su vida.

—Aún no—, murmuró Ryze. —Cuando estés preparado, hablaremos de esto. Pero aún no—.

Kegan Rodhe asintió, aceptando sin comprender, intrigado por la inquietud en la mirada de su maestro. Después de todo, el miedo era una debilidad, y las debilidades debían enfrentarse.

Y conquistarse.

Trivia

Para una mirada detallada, ver De las Cenizas.
  • Este cuento se filtró el 17 de julio de 2018 junto con El Estanque de las Ilusiones, 8 días antes.
  • De las Cenizas sirve como el primer evento principal para reintroducir a Brand en el nuevo canon.

Referencias

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