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Historia corta

Día Nevado

Por Michael Luo

La nieve cae toda la mañana, recubriendo la tierra con capas frescas de blancura. Uno por uno, los ligeros copos se escurren desde el cielo, primero de manera gentil, y después, rápidamente, al unísono. Pronto, el aullido de la tormenta amortigua todos los demás sonidos, salvo un barullo peculiar proveniente de una cueva cercana, en donde una sacudida naranja y azul salta de arriba a abajo, de izquierda a derecha.

Lore

La nieve cae toda la mañana, recubriendo la tierra con capas frescas de blancura. Uno por uno, los ligeros copos se escurren desde el cielo, primero de manera gentil, y después, rápidamente, al unísono. Pronto, el aullido de la tormenta amortigua todos los demás sonidos, salvo un barullo peculiar proveniente de una cueva cercana, en donde una sacudida naranja y azul salta de arriba a abajo, de izquierda a derecha.

Gnar se mueve afanosamente, enojado con el mundo. Ha estado dibujando sobre la nieve, bajo el resguardo de la roca y la piedra, pero nada parece ser lo que él imagina. Agarrando un búmeran de hueso casi del tamaño de su torso, el joven yordle maldice el suelo.

—¡Shubbanuffa!—, dice Gnar. Esto puede significar una de dos. O él cree que la nieve no está cooperando, o quiere un poco de leche dulce. Nadie lo sabe con certeza.

Con un salto y un brinquito, Gnar rueda de un boceto inacabado a otro, cada uno de ellos representando escenas similares. Ahí están, grupos de yordles despreocupados que viven felizmente entre las tribus del helado norte. En ocasiones, las bestias salvajes superan en altura a los suyos. En otras, es Gnar quien sobrepasa a todos los demás. Estas pequeñas diferencias no lo desconciertan. En cambio, sus grandes ojos se fijan en su búmeran, mientras su pata lo guía para trazar una gran forma con pinceladas largas y barridas.

—Onna legga—, murmura Gnar para sí. Esto quiere decir que no lo distraigan. En el pasado, otros confundían este enunciado con —Oga lagga—, que significa que le vendría muy bien un abrazo.

Tras colocar el búmeran en su boca para liberar sus patas, Gnar se inclina hacia abajo. Sus garras retiran molestas motas de suciedad. Su nariz olfatea el suelo, buscando cualquier rastro de plagas tramperas que se atrevan a desfigurar su trabajo. Satisfecho con los resultados, Gnar hace un salto mortal hacia atrás para tener una visión panorámica.

La nieve fresca traza la imagen de un monstruo de un solo ojo con tentáculos del tamaño de las montañas.

—¡Wabbo!—, se alegra Gnar al tiempo que su búmeran cae de su mandíbula. El monstruo es bastante aterrador, tal como él lo imaginó. Con un brazo, rebana un rebaño completo de elnüks. Con el otro, sostiene un grupo completo de elkyr, como si fueran varas.

—Ganaloo mo—, se queja Gnar. Tras una inspección más minuciosa, parece que sus elnük tienen demasiada similitud con los elkyr. Esto no está bien. Mientras se mueve para retocar su obra, se detiene. Sus largas orejas se tensan, su interior violeta se retuerce, alerta.

Unas pisadas se aproximan en cuatro puntos desde fuera de su cueva. Tal vez sea el monstruo, y tal vez haya venido a expresar su inconformidad con la manera en la que es retratado.

Agarrando su búmeran, Gnar se yergue en sus dos patas traseras. —¡Nakotak!—, proclama, listo para enfrentar a su rival una vez más. En realidad, está emocionado. Desde que se despertó de esa larga siesta, ha estado preguntándose adónde se llevó el monstruo a sus amigos. Por fin, está por obtener respuestas.

Pero lo que allana su cueva no ve con un solo ojo, sino con dos.

Y en vez de tentáculos, tiene piernas, robustas y fornidas. Toscas pieles recubren su cuerpo entero, formando una melena escarchada que corona su cabeza y espalda. Su rostro cicatrizado luce gastado y amargado, enmarcado por dos colmillos de marfil y un tieso hocico regordete.

Gnar piensa que es una criatura muy extraña.

El gigantesco jabalí drüvask entra con dificultad al lugar, contemplando únicamente la comodidad que brinda la piedra que está por encima. Sus resoplidos son profundos y dejan un hilo de vaho que niebla el aire frío. Las pezuñas de la bestia sacuden el suelo, agitando la nieve como si fueran chorros de leche. Después de unos cuantos pasos pesados, las obras de arte de Gnar se arruinan.

—¡Raag! ¡Wap!—,

El búmeran de Gnar golpea al jabalí justo entre los ojos. La aturdida bestia sacude su cabeza, parpadeando rápidamente mientras emite un furioso gruñido. Gnar jadea frenéticamente, blandiendo su preciada arma por los aires, lo suficientemente alto como para que el jabalí pueda identificar la fuente de su dolor.

Como rayos y truenos, la cueva explota dos veces con rugidos de rabia.

A tropezones, sale el jabalí y un enorme yordle. Tras crecer a un tamaño aun mayor que el de su enemigo, Gnar aporrea al intruso con sus enormes puños. Su ira alimenta cada puñetazo, propinando golpe tras golpe en la piel gruesa del jabalí.

La pelea parece terminar tan pronto como comenzó, hasta que la bestia salvaje logra, de algún modo, clavar sus pezuñas bajo el pecho de Gnar para patearlo y alejarlo. El descomunal yordle cae a un costado de su cueva y un montón de nieve se levanta mientras aterriza. Con su espalda espinosa expuesta y su cabeza dando vueltas, Gnar escucha resuellos y resoplidos repetidas veces, así como el traqueteo de esas mismas pezuñas taurinas raspando cada vez más rápido la tierra invernal.

La tormenta gime, con mayor fuerza que antes, como si el Fréljord se estuviera preparando para la pérdida de uno de los suyos.

—¡GNAR!—, brama el yordle gigante, esquivando con un salto la embestida del jabalí. En un instante, golpea con sus voluminosos brazos la parte trasera de la bestia, lanzándola hacia delante y estrellándola contra el rocoso muro de entrada de la cueva.

Un chillido atrofiado perfora el viento. Las rocas congeladas se desmoronan sobre el jabalí, quien ahora yace quieto.

Gnar camina con dificultad hacia la bestia, su respiración es breve y agitada. Le da un empujón a su cuerpo flácido con su pie. Ya no hay resistencia.

Concluye que se quedó dormido, pero se queda perplejo al ver que lo hace con los ojos abiertos. Curiosamente, la nieve alrededor del jabalí se torna rojo profundo. Todo esto parece demasiado extraño y, aun así, no es la primera vez que despierta el interés de Gnar.

Su memoria titila con imágenes similares. Antes de la larga siesta, veía a diferentes tribus gritándose tonterías mientras se lanzaban palos puntiagudos entre ellos. Su juego parecía tanto emocionante como agotador, y Gnar los veía hasta que uno de los dos lados se cansaba y dormía sobre la nieve roja. Seguramente estaban terriblemente cansados, tal como este extraño y colmilludo yordle.

Pensar en esos días pasados hacía que Gnar guardara silencio. Recuerda despertarse de una larga siesta, creyendo que el mundo le quitó todo aquello que conocía. Su respiración se ralentiza, sus hombros se desploman, sus pies se encogen, hasta el punto en el que le cuesta trabajo creer que está parado sobre sus propias huellas de tan solo unos segundos antes.

El pequeño yordle se lanza hacia el interior de su cueva para recuperar su búmeran, al que abraza con toda su fuerza. Es lo único que no lo abandonó después de la larga siesta.

Por un momento, Gnar mira al jabalí. Descansa a la intemperie sin emitir un solo suspiro. Tras colocar suavemente su búmeran sobre el suelo, se escabulle de nuevo hacia la tormenta.

La nevasca se dispara. A Gnar no le molesta, pero tal vez a la bestia que dormita sí. Con sus pequeñas patas, junta toda la nieve que puede y, con cuidado, la coloca sobre el jabalí.

Después de todo, está durmiendo y necesita una manta.

Referencias

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