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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Cuestión de Honor

Por Graham McNeill

El hombre al que Fiora iba a matar se llamaba Umberto y parecía muy seguro de sí mismo. Lo vio hablando con cuatro hombres, tan parecidos a él que debían de ser sus hermanos. Los cinco se conducían de un modo presuntuoso y arrogante, como si presentarse en el Salón de las Espadas para responder al desafío de Fiora hubiera sido un atentado a su dignidad.

Lore

El hombre al que Fiora Fiora iba a matar se llamaba Umberto y parecía muy seguro de sí mismo. Lo vio hablando con cuatro hombres, tan parecidos a él que debían de ser sus hermanos. Los cinco se conducían de un modo presuntuoso y arrogante, como si presentarse en el Salón de las Espadas para responder al desafío de Fiora hubiera sido un atentado a su dignidad.

El alba perforaba los alargados ventanales con lanzas de luz y sobre el pálido mármol tremolaban los reflejos de quienes habían acudido a presenciar el final de una vida. Se contaban por docenas, entre miembros de las dos casas, lacayos, curiosos y gente que, sencillamente, esperaba aplacar con un baño de sangre sus impíos apetitos.

—Mi señora—, dijo Ammdar, el segundo hermano de Fiora, mientras le ofrecía un estoque estoque de tamaño mediano sobre cuya hoja de acero azulado se movía la luz como si fuera de aceite. —¿Estás segura de esto?—

—Desde luego—, respondió ella. —¿No has oído las historias que se cuentan de Umberto y los fanfarrones de sus hermanos en la Commercia?—

—Sí—, reconoció Ammdar. —Pero ¿tan grave es el delito que debe pagarlo con la vida?—

—Si dejo que quede sin castigo una sola ofensa, otros creerán que son libres de dar rienda suelta a sus lenguas—, dijo su hermana.

Ammdar asintió y retrocedió un paso.

—Entonces haz lo que tengas que hacer—.

Fiora se adelantó moviendo los hombros en círculos y cortó un par de veces el aire con la espada, señal de que el duelo iba a comenzar. Umberto se volvió al notar que uno de sus hermanos le daba un pequeño codazo y Fiora, enfurecida, notó que le clavaba una mirada de avidez por debajo del cuello. Su adversario desenvainó su propia arma, un largo y hermoso sable de caballería demaciana con gavilanes dorados y un zafiro en el interior del pomo. El arma de un vanidoso, nada apropiada para un duelo.

Umberto adoptó la posición y realizó idénticos movimientos a los de ella. Se inclinó y le guiñó un ojo. Fiora sintió que se le tensaba la mandíbula, pero se tragó su desagrado. Un duelo no era lugar para las emociones. Nublaba el juicio y había provocado la muerte de numerosos espadachines ante adversarios menores.

Comenzaron a desplazarse en círculos el uno alrededor del otro, con los movimientos coreográficos de dos bailarines en las primeras notas de un vals. El objeto de esta rutina era garantizar que los participantes en el duelo fueran conscientes de la trascendencia de lo que iban a hacer.

Los rituales del duelo eran importantes. Al igual que el Paso Rítmico, existían para que la gente civilizada pudiera preservar una ilusión de urbanidad al matar. Fiora sabía que eran leyes buenas, leyes justas, pero eso no cambiaba el hecho de que se disponía a acabar con la vida del hombre que tenía enfrente. Y como creía en esas leyes, tenía que hacer su oferta.

—Buen señor, soy Fiora, de la Casa Laurent—, dijo.

—Ahórrate eso para tu sepulturero—, repuso Umberto.

Ignorando el pueril intento de hacerla enfurecer, Fiora continuó:

—Ha llegado a mis oídos que usted atacó el buen nombre de la Casa Laurent de manera injusta y deshonrosa, propagando maliciosas falsedades en relación con la legitimidad de mi linaje. Por tanto, es mi derecho retarlo a duelo para lavar con su sangre el honor de mi casa—.

—Ya lo sé—, dijo Umberto, a beneficio del público. —Estoy aquí, ¿no?—

—Ha venido usted a morir—, le prometió Fiora. —Salvo que decida abstenerse de pelear y darme satisfacción por su ofensa—.

—¿Y cómo podría dar tal satisfacción a mi señora?—, preguntó Umberto.

—Habida cuenta de la naturaleza de la ofensa, dejando que le corten la oreja derecha—.

—¿Cómo? ¿Estás loca, mujer?—

—Es eso o la muerte—, respondió Fiora con la misma tranquilidad que si estuvieran hablando del tiempo. —Ya sabe cómo va a terminar el duelo. Ceder no tiene nada de vergonzoso—.

—Por supuesto que sí—, dijo Umberto, y al oírlo, Fiora se dio cuenta de que se creía capaz de vencerla. Como todos los demás, la subestimaba.

—Aquí todos conocen mi destreza con el acero, así que la elección es suya: vivir llevando la herida como una señal de honor... o ser pasto de los cuervos mañana por la mañana—.

Fiora levantó la hoja.

—Pero elija ya—.

La rabia de Umberto por lo que percibía como arrogancia de su contrincante se sobrepuso a su miedo y se abalanzó sobre ella buscando su corazón con la espada. Pero Fiora, que se había percatado del ataque antes de que lo ejecutara, dio un pequeño giro hacia la izquierda y dejó que la hoja mordiera solo el aire. Hecho esto, con un movimiento preciso, levantó y bajó en diagonal la suya. La multitud contuvo el aliento, sobrecogida por el brochazo de sangre sobre la piedra y la chocante brevedad del duelo.

Fiora se volvió mientras la espada de Umberto rebotaba con estrépito sobre los adoquines de granito. El hombre cayó de rodillas y luego quedó en cuclillas, con las manos aferradas a la herida de la garganta, por la que manaba copiosamente la sangre.

Fiora lo saludó con una reverencia, pero la muerte ya había empezado a nublar sus ojos. No disfrutaba matando así, pero el muy necio apenas le había dejado alternativa. Los hermanos de Umberto acudieron a recoger el cadáver y Fiora pudo percibir su asombro.

—¿Cuántos van con ese?—, preguntó Ammdar al acercarse para recoger la espada. —¿Quince? ¿Veinte?—

—Treinta—, respondió Fiora. —O quizás más. Ya no los distingo—.

—Habrá más—, le prometió su hermano.

—Que así sea—, replicó ella. —Cada muerte restaura un poco el honor de la familia. Cada muerte es un paso hacia la redención—.

—¿La redención de quién?—, preguntó Ammdar.

Pero Fiora no respondió.

Referencias

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