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Historia corta • Lectura de 9 minutos

Confesiones de una Espada Rota: Parte 3

Por Ariel Lawrence

El juicio concluye, y Riven debe enfrentar finalmente los horrores de su pasado.

Lore

La sala de consejo que había permanecido quieta como una tumba volvió a la vida. Los sacerdotes guerreros armados, atraídos por la conmoción, atravesaron las puertas, empujando a los aldeanos que solo trataban de escapar de la peligrosa magia que se había conjurado sobre ellos.

La juez con nariz de halcón encontró su base y azotó su esfera de madera contra la mesa.

—En esta sala se reestablecerá el orden—, exigió.

Una vez más, el recinto guardó silencio. Se enderezaron las bancas volteadas. La multitud tomó asiento. El forastero encapuchado rascó su nariz marcada y avanzó para examinar la nueva quemadura a la altura del pecho, que ennegrecía los muros de la sala de consejo. Un sacerdote guerrero se acercó tímidamente al arma mágica.

Entre las patas rotas de la mesa estaba la espada y su funda. Un brillo verdusco de energía centelleaba alrededor de las piezas rotas. El sacerdote guerrero se inclinó y tomó la empuñadura, usó sus dos manos al sentir el verdadero peso de la espada. A pesar de la fractura, el arma mantenía su forma.

—¡Aparta esa cosa embrujada!—, gritó alguien entre la multitud. El sacerdote deslizó el arma de vuelta en su funda una vez que más sacerdotes se acercaron para removerla.

—Yo lo asesiné—, repitió Riven. La voz era y no era la suya. Era el pasado hablando a través de ella. Miró los rostros de la sala. Con la memoria restaurada, una vez más estaba despierta en una esquina oscura de su historia.

—Riven—, dijo la jueza.

La atención de Riven pasó de la espada a la jueza.

—¿Te das cuenta de lo que estás confesando?—, le preguntó.

Riven asintió.

—¿Por qué lo hiciste?—.

—No lo recuerdo—. Sus palabras eran lo único que tenía para dar. Como sus manos estaban atadas, Riven no podía limpiarse las lágrimas silenciosas que corrían por su mandíbula.

La jueza la miró profusamente, esperando a que se revelara algo más, pero al ver que no sería así, llamó al alguacil.

—Riven, permanecerás encadenada en esta sala hasta el amanecer, para que así todos los que necesiten hablar contigo para hacer las paces puedan hacerlo antes de que seas sentenciada—.

Riven miró las cadenas de su muñeca.

—Los otros magistrados y yo consultaremos los pergaminos y a los maestros para encontrar un castigo apropiado para tu crimen—.

Los aldeanos se fueron en silencio. Los últimos en irse fueron la pareja de ancianos. Riven se dio cuenta de esto porque escuchó a Shava susurrarle, con su voz campirana, al viejo, aunque la emoción tornó difusas las palabras. Cuando escuchó que sus ancianos pies habían atravesado el umbral, Riven alzó la mirada. El recinto se vació de los vivos; los únicos que quedaban eran los fantasmas de su pasado.

El aire de la medianoche era frío y claro. La luna llena sostenía un helado anillo en lo alto del oscuro cielo. La luz se filtró a través de las puertas aún abiertas de la sala, pero no logró alcanzar las sombras que mantenían a Riven al fondo del recinto. Nadie de la multitud entró durante el día para hacer las paces. Los sacerdotes guerreros se habían llevado la espada, pero en realidad era la marca puntiaguda de madera quemada que rodeaba el salón la que mantenía a los aldeanos alejados de la sala de consejo. Algunos habían ido a la puerta abierta, otros llevaron más fruta podrida, pero finalmente Riven se quedó sola con sus pensamientos. Por fin el sueño había llegado, pero era ligero e intermitente, el sueño de alguien que sabía que la madrugada venidera podría ser la última. Cuando escuchó unos pasos acercándose en las horas oscuras previas al amanecer, se despertó al instante.

Riven abrió los ojos.

—O-pa—, dijo. —¿Qué estás haciendo aquí?—.

El anciano se agachó junto a ella y desenrolló un trapo lleno de herramientas. Riven se percató de que esos instrumentos de metal eran los mismos que él usaba para arreglar la larga cuchilla del arado.

—¿Qué parece que estoy haciendo, niña?—. La silueta de la luna profundizaba el borde arrugado de su cara, pero la oscuridad de las sombras presentes en el lugar en el que los dos estaban sentados no lo tocó de la manera en que Riven hubiera pensado.

—Eres terca en tu deseo por morir—, la reprendió. —Así no encontrarás el equilibrio—.

Se puso a trabajar en los grilletes de las muñecas y tobillos de Riven. Contrario a lo que su mente le decía, Riven no lo apartó ni le dijo que se fuera a casa. Su corazón egoísta no se lo permitía. Si el anciano era la última persona con la que se sentaría en su vida, Riven quería prolongar ese momento todo lo que fuera posible. Estuvo sentada así por unos minutos, hasta que escuchó pasos sobre la grava, afuera de la sala. Riven miró a Asa. Él sonreía, agitaba las esposas abiertas ante sus ojos como si fueran un juguete infantil.

—O-pa. Rápido. Debes esconderte. Alguien viene—. El tono de voz de Riven fue repentino y afilado, y no dejó ningún espacio para discusiones. El anciano se arrastró a una esquina oscura para esperar en las sombras. Riven inclinó su cabeza de nuevo, en la practicada postura del dormir. Dejó que su cabello cubriera su rostro, pero mantuvo los ojos abiertos.

Un fuerte viento sopló a través de los árboles y se enroscó en los postes de las grandes puertas de la sala. Ahí, enmarcado por un rayo de luna, el contorno de un hombre se detuvo en el umbral.

El forastero retiró el manto de su rostro y lo dejó caer sobre sus hombros, lo que reveló claramente su espada y su espaldera de metal. Como los otros, se detuvo en la puerta. Pero, a diferencia de los aldeanos, entró. Sus pies no emitían sonido alguno contra el suelo de piedra. Cuando estuvo a una espada de distancia de Riven, se detuvo.

Tomó de su espalda una funda de cuero con una tosca escritura rúnica grabada en ella. La lanzó estrepitosamente a los pies de Riven.

—¿Qué pesa más, Riven?—, le preguntó. —¿Tu espada o tu pasado?—.

Era evidente que el forastero sabía que Riven no estaba durmiendo, por lo que ella no siguió pretendiéndolo. Lo miró. A pesar de que su cara se reducía a una sombra gris, podía vislumbrarse la cicatriz en su nariz.

—¿Quién eres?—, preguntó ella.

—Otra espada rota—, contestó. —Estás lista para admitir la culpa. Es por ello que te admiro—.

Riven vio cómo un dejo de emoción atravesaba su rostro.

—Hay más sobre la historia de tu espada—, continuó. —¿Deseas saber la verdad de lo que sucedió?—.

—Yo lo maté. Él murió por mi culpa. Todos murieron por mi culpa—, replicó Riven. No estaba segura de poder cargar con más pena.

—Levanta tu arma—.

Riven se sentó. Podía escuchar el suave lamento de frustración del hombre.

—Levántate y enfrenta a tu pasado—, dijo el hombre. Su voz no dejó ni un espacio para discutir.

Una ráfaga de viento comenzó a intensificarse, arremolinándose en la habitación, derribando las bancas y empujando a Riven sobre sus pies. El instinto y la memoria muscular guiaron el brazo de la joven. Cuando Riven encaró al forastero, la espada envainada estaba en su mano.

—Yo le pedí que la destruyera—, dijo ella.

—¿En serio?—, la voz del hombre tenía un tono burlón.

La pregunta del forastero fue cortante y llegó hasta lo más profundo de los recuerdos de Riven. Se estremeció por una visión que no lograba recordar por completo. El Maestro Souma había hablado con una voz muy calmada. El aire en la sala de meditación era denso por los pensamientos y por el aroma del incienso. El Maestro Souma no la había juzgado, ni a su carga.

Riven miraba al forastero ante ella. Sentía una enorme angustia en su corazón que inundaba todo su cuerpo hasta que llegó a sus manos. Tensó sus dedos alrededor de la empuñadura y sacó la espada rúnica de su funda.

—¿Qué haces aquí?—, preguntó Riven.

La espada rota emanaba poder. La luz cegadora proyectaba sus sombras en los muros.

—Escuché que querías morir—. El forastero sonrió.

Los fantasmas que la atormentaban habían regresado por completo y Riven los golpeó salvajemente. La espada del hombre bloqueó la tristeza y la furia. Eso la enardeció y la devolvió al presente. Bailaron en círculos. El aire zumbaba y crujía con cada ataque y bloqueo.

—Vine por el asesino de mi maestro—. Respiraba agitado a través de sus apretados dientes. —Vine a matarte—.

Riven se rio, con lágrimas en los ojos. —Entonces, hazlo—.

El guerrero de viento bajó su espada y comenzó a manipular el propio aire que los envolvía. La magia llegaba a puntos álgidos y el hombre concentraba toda la energía en la espada rúnica. Los hechizos noxianos dentro del arma vibraron, los fragmentos rotos se separaron por un instante y liberaron el trozo del extremo.

La energía colapsó y el trozo se desprendió, dirigiéndose hacia el rincón sombrío donde estaba Asa. El pequeño fragmento de muerte estaba a punto de enterrarse en la garganta del anciano. El recuerdo del incienso inundó la nariz de Riven y se encontró de vuelta en la sala de meditación del Maestro Souma.

—¡No!—, gritó ella. Riven dejó caer su espada, incapaz de impedir lo que ya había ocurrido.

Justo cuando la esquirla estaba por enterrarse en la piel desgastada del anciano, se detuvo, y permaneció en su lugar por una corriente de aire. El hombre con la cicatriz en la nariz dejó escapar un suspiro de tensión y el pequeño fragmento de la espada rota de Riven cayó sin causar daño en el suelo de piedra.

—Tiene suerte de que su respiración sea tan fuerte, Maestro Konte—, dijo el forastero, casi sin aliento en sus palabras.

Riven corrió hacia el anciano y lo abrazó. Miró sobre su hombro hacia el forastero. Una brisa aún agitaba su cabello cuando se limpió una gota de sudor con la parte trasera de su mano libre.

—Eso es verdad—. El forastero se unió a ellos y tomó la esquirla de la espada. Riven observó cómo parte de su enojo se convirtió en comprensión. —Tú mataste al Maestro Souma, pero no lo asesinaste—.

—Lo siento. Lo siento mucho—. Estaba viviendo el momento que tanto había buscado. Habló rápida y abruptamente. Estaba temblando y se aferraba al anciano.

—Vine a él. Le rogué...—. Riven forcejeó para pronunciar cada palabra mientras las emociones la abrumaban. —Le rogué que me ayudara. A romper esto. A romperme—.

—El Maestro Souma intentó destruir tu espada—, dijo el hombre de la cicatriz. Su voz se volvió más gruesa. —Pero no podemos destruir nuestro pasado, Riven—.

Riven sabía lo que era enfrentarse a recuerdos que no podían regresar a la vida, pero que tampoco permanecerían muertos. Pudo ver que el forastero traía sus propios fantasmas. Los torbellinos de aire cesaron a su alrededor mientras suspiraba con pesar.

—El Maestro Souma era mi responsabilidad. Si hubiera estado ahí... esa noche... podría haberlo protegido. No era tu intención matarlo—. Riven observó, sabiendo que ambos eran guerreros, cómo el hombre alojó nuevamente la carga de sus propios demonios invisibles sobre sus hombros. La miró fijamente. —Al final, yo tengo la culpa de su muerte—.

—¿Yasuo?—. El anciano miró más de cerca al hombre y agitó su nudoso dedo. —Has demostrado un gran honor al admitir la verdad sobre este acontecimiento—.

—Mi honor se desvaneció hace mucho tiempo, O-pa—. Riven vio en Yasuo su propia resistencia ante una oferta de esperanza y de redención. El hombre con el cabello salvaje negó con la cabeza ante el indulto del anciano. —Un error al que le han seguido muchos desde entonces. Ese es mi castigo—.

La declaración fue interrumpida por el desplazamiento de la grava. Una mujer con nariz de halcón entró a la sala del consejo. Caminó cuidadosamente por el recinto, inspeccionando el daño de la pelea entre los dos guerreros rotos. Un tintineo metálico acompañaba sus pasos. La jueza bajó el ritmo cuando se aceró a Riven y al anciano. Riven reconoció un lazo de cuero que colgaba con las llaves de sus grilletes. Cuando la magistrada estuvo de cara a cara con el forastero, se detuvo.

—Asumir la responsabilidad es el primer paso de la expiación, Yasuo—, dijo con calma.

—¿Y el segundo?—. Había un dejo de desesperación en las palabras de Yasuo.

Mantuvo la mirada a la magistrada. El recinto permaneció inmóvil, conteniendo la respiración.

La silenciosa voz de la jueza era estruendosa en la sala del consejo vacía. —Perdonarte a ti mismo—.

Riven miró al guerrero más de cerca. Él no podía pronunciar las palabras que lo liberarían de su dolor. Riven había querido morir durante mucho tiempo, pero ahora, viendo a Yasuo en su propia lucha interna, sabía que lo más difícil que podría hacer era vivir, y hacerlo a sabiendas de lo que había hecho. Yasuo la miró. ¿Se quedaría y enfrentaría su pasado?

El hombre que cargaba el peso del viento se dio la vuelta y se alejó de la sala del consejo, perdiéndose en la noche. Riven se aferró con fuerza a las manos desgastadas del anciano.

El amanecer era un poco frío, pero había una capa gruesa en el manto de las nubes que sugería que el día se tornaría cálido y húmedo. Cuando el sacerdote guerrero y la jueza con rostro de halcón fueron por Riven, con la cinta de cuero en mano, la jueza levantó una de sus estilizadas cejas ante la ordenada pila de cadenas en el suelo. Riven se puso de pie y salió de la sala para hacer frente a su futuro.

Los otros magistrados habían reunido a los aldeanos que esperaban en la plaza, afuera del recinto. Riven supuso que ninguno de ellos deseaba estar confinado con ella ni con su espada rúnica. Una fría brisa agitó las trenzas del cabello de la jueza.

—Tras examinar la evidencia y consultar con los maestros, la mujer noxiana responderá por sus crímenes—, comenzó la jueza.

A Riven le irritó la inclusión de su tierra de origen. Vio cómo Shava y Asa se sujetaban entre sí.

—Aunque es fácil de ejecutar, una sentencia de muerte no mantiene al mundo en equilibrio—, continuó la magistrada. —Sirve muy poco para reparar la destrucción que provoca un crimen en una comunidad—.

La gente de la aldea asintió en un solemne consenso. Riven analizó sus rostros y notó un patrón de todos los que faltaban: padres y madres para los jóvenes, hijos e hijas para los mayores.

—En cambio, este consejo busca una sentencia más severa y duradera—, prosiguió la jueza. —Nos aseguraremos de que Riven, la exiliada, enmiende lo que ha roto—.

La jueza dirigió su nariz de halcón hacia Riven.

—El castigo será una ardua labor—, anunció la jueza. —Comenzando por los campos del maestro y la señora Konte—.

Un murmullo surgió de la multitud.

—Esta corte también se encargará de que Riven repare la sala del consejo. Y de todos aquellos cuyos hogares y familias sufrieron durante la invasión noxiana—.

La jueza miró a Riven, expectante. —¿Acatarás esta decisión?—.

Todos los ojos estaban sobre Riven. Un nuevo sentimiento inundó su garganta. Miró a su alrededor. Los fantasmas que llevaba no desaparecieron con la declaración. Riven vio cómo se mezclaban libremente entre los vivos. Eso la sorprendió. Aceptó las visiones. Les demostraría que era digna del regalo que le habían ofrecido.

—Sí—. Apenas reconoció su propia voz, repuesta.

La pareja de ancianos avanzó, abrazando a Riven. Riven se abandonó en sus brazos, abrazándolos como ellos la abrazaron.

—Dyeda—, murmuró Shava entre los mechones de cabello blanco de Riven.

—Hija—, le susurró de vuelta.

Referencias

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