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Historia corta • Lectura de 14 minutos

Confesiones de una Espada Rota: Parte 2

Por Ariel Lawrence

Riven es acusada del asesinato del maestro de Yasuo. En el juicio, se presenta evidencia nueva: una espada rota.

Lore

El cielo nublado se había despejado desde la entrada de los magistrados. Cuando las enormes puertas al fondo de la sala se abrieron nuevamente, Riven vio cómo el recinto repleto de aldeanos se había dividido por un rayo deslumbrante de luz de día. Caminó por el umbral de la sala, su movimiento empujaba el aire inmóvil del recinto como si se liberara una respiración contenida.

Las puertas se cerraron tras ella. Dos sacerdotes guerreros la escoltaron por el largo pasillo que dividía al gentío. Una vez más, la sala de consejo se iluminó con el turbio resplandor de los tragaluces enroscados y las linternas cilíndricas que colgaban del techo esculpido. Observó cómo Shava Konte tragó saliva bruscamente cuando pasó junto a ella.

Sabía lo que habían visto. A una mujer, con el cabello blanco enmarañado con paja por haber dormido en una celda de piedra. A una extraña. A una enemiga. A una hija de Noxus.

La fatiga envolvía los huesos de Riven, tal como lo hacía el lodo de la granja que aún ensuciaba su ropa. Su alma se sentía rígida y deforme, pero cuando Riven vio al anciano sentado en el banco, enderezó un poco su postura.

Vio a los tres jueces sentados en el estrado, frente a ella. El más severo, sentado en el medio, le indicó que tomara asiento en lugar de permanecer de pie encadenada.

Riven rechazó la silla de madera, tallada con magia. Reconoció al alguacil como el jinete líder que había estado en el campo de los ancianos. Sus delgados labios se fruncieron, formando la misma sonrisa arrogante.

—Como prefieras, tú te lo haces más difícil—.

El alguacil se sentó en la silla con un aire de satisfacción. El juez del centro amonestó al alguacil con la mirada y después se dirigió a Riven.

—Sé que no eres de este lugar. Aquí, el dialecto es complicado. Hablaré la lengua común para que podamos entendernos mejor—.

Como la mayoría de los noxianos, Riven había aprendido lo suficiente de la lengua común de Jonia para dar órdenes, pero, como la tierra misma, el acento de cada aldea tenía una personalidad única, nutrido por sus habitantes. Ella asintió hacia el juez y aguardó.

—¿Cómo te llamas?—.

—Riven—, contestó. Su voz estaba ronca, ahogada en su garganta.

—Tráiganle agua—.

El alguacil se puso de pie, tomó un poco de agua y se la entregó. Riven miró el recipiente, pero no lo tomó.

—Solo es agua, niña—, dijo el juez que estaba sentado a un lado del juez del centro, y se inclinó sobre la mesa. —¿Qué? ¿Temes que te envenenemos?—.

Riven negó con la cabeza, rechazando el ofrecimiento. Aclaró su garganta, determinada a hablar sin mayor asistencia. El alguacil frunció los labios y bebió un gran trago, el agua escurría por las comisuras de su boca. Mostró sus dientes en una mueca de desprecio hacia ella.

—Has sido convocada ante este consejo—, interrumpió la jueza, recuperando la atención de Riven hacia las tres figuras en túnicas y a la multitud reunida en el recinto. —Porque deseamos saber lo que tengas que decir—.

—¿No estoy siendo sentenciada?—.

La jueza ocultó su sorpresa.

—No tengo claro cómo se ejecuta la justicia en el lugar del que provienes, pero aquí creemos que la justicia se cumple primero mediante la comprensión y el esclarecimiento—. La jueza se dirigió a Riven como si fuera tan solo una niña. —Creemos que tienes conocimiento sobre un suceso que es de vital importancia para esta comunidad. Si ese conocimiento revela un crimen, entonces podrías ser sentenciada y castigada en consecuencia—.

Riven dirigió su mirada desde la jueza hasta Asa, y de regreso. La justicia en Noxus solía decidirse en combate. Si uno tenía suerte, se definía con celeridad y con la afilada punta de un arma. Riven miró a la jueza con recelo. —¿Qué es lo que desean saber?—.

La jueza se inclinó hacia atrás. —¿De dónde eres, Riven?—.

—No tengo un lugar de origen—.

La mirada entrecerrada de la jueza le indicó que sus palabras habían sido tomadas como un desafío. La magistrada con rostro de halcón hizo una pausa, controlando su respuesta. —Debes haber nacido en algún lugar—.

—En una granja en Trevale—. Riven miró al anciano. —Noxus—, admitió.

La sala de consejo, que había permanecido en un silencio sepulcral para escuchar a la prisionera, inhaló colectivamente.

—Ya veo—, continuó la jueza. —Y a ese lugar ya no lo llamas hogar—.

—Cuando tu hogar trata de matarte, ¿es aún tu hogar?—.

—¿Entonces fuiste desterrada—.

—Eso implicaría que deseo regresar—, dijo Riven.

—¿Y no es así?—.

—Noxus ya no es lo que alguna vez fue—. La impaciencia aumentó en la voz de Riven. —¿Podemos proseguir?—.

—Que así sea—, dijo la jueza con tal calma que irritó a Riven aún más que los grilletes en sus muñecas. —Tú viniste con la flota noxiana, ¿cierto?—.

—Eso supongo—.

—¿No lo sabes?—, la jueza parecía confundida.

—No lo recuerdo—, dijo Riven. Se volvió a la multitud por un instante, tratando de cruzar miradas de reojo con Shava. La anciana le había preguntado algo similar. Riven negó con la cabeza. —¿Acaso importa? Hubo una batalla. Muchos murieron. Eso es todo lo que sé—.

El doloroso recuerdo de la guerra que latía entre la multitud revivió en las palabras de Riven. Se empujaron entre sí, sus hombros chocando unos con otros y gritando mientras trataban de ponerse todos de pie al mismo tiempo.

Alguien arremetió contra ella. —¡Basura noxiana! ¡Mi hijo murió por tu culpa!—.

Un mohoso canistel voló por los aires y golpeó el cuello de Riven. El jugo fermentado y su pulpa resbalaron por la parte de atrás de su camisa. El olor a podrido impregnó el ambiente, pero Riven no permitiría que el aroma de la muerte la transportara a ese lejano momento. Cerró los ojos y dejó que su respiración saliera de entre sus labios partidos.

Con eso, la multitud estalló. Riven sabía cómo se interpretaba eso: que no sintió nada por lo que le había sucedido a esta gente. —Por favor—, murmuró para sí, sin saber si estaba implorando que se detuvieran, o si los estaba alentando para que dejaran salir su rabia apenas contenida.

A cambio, más frutas podridas explotaron contra el suelo de piedra. Una de ellas golpeó a Riven en la corva. Se tambaleó y batalló por no perder el equilibrio con sus manos atadas.

La jueza se levantó y dejó ver su tamaño real, sobresaliendo entre los aldeanos sentados y Riven. Su túnica de magistrada resplandeció al azotar la esfera de castaño contra su base. Las bancas de madera debajo de la multitud se torcieron, gimieron y flexionaron según la voluntad de la magistrada.

—¡Exijo orden en la sala!—.

Los aldeanos regañados guardaron silencio.

—Sí, Riven, el consejo recuerda aquel tiempo—, continuó la jueza con más recato. —Muchos jonios... y noxianos... fallecieron. ¿Y tú?—.

Esa era una pregunta que acechaba a Riven. ¿Por qué ella había sido perdonada, cuando otros no? No podía ofrecer una respuesta satisfactoria. —Parece ser que no—, dijo en voz baja.

—Sin duda—. La jueza sonrió con frialdad.

Riven sabía que ninguna palabra que saliera de su boca podría tranquilizar a la multitud desconsolada. Les debía la verdad, pero ni siquiera eso le pertenecía. Sus recuerdos de esa época estaban rotos. Inclinó su cabeza.

—No lo recuerdo—, dijo Riven.

La jueza no detuvo el interrogatorio. Riven supo en ese momento que detenerlo solo daría paso a más interrupciones por la rabia que hervía en el recinto.

—¿Cuánto tiempo has estado en estas tierras?—.

—No lo recuerdo—.

—¿Cómo llegaste a esta aldea?—.

—No lo recuerdo—.

—¿Has estado aquí antes?—.

—Yo...—, Riven dudó, pero no podía recordar el momento que le proporcionaría una respuesta concisa. —No puedo recordarlo—.

—¿Conociste al Maestro Souma?—.

El nombre despertó algo dentro de ella. El recuerdo de un recuerdo, confuso y nítido al mismo tiempo, la atravesó. El enojo inundaba el lugar vacío donde alguna vez vivió su pasado. Había sido traicionada. Ella había traicionado.

—¡No puedo recordarlo!—, gritó Riven con frustración, los grilletes en sus muñecas se sacudieron.

—La guerra acaba con muchas cosas—, dijo la jueza, intentando calmar las cosas. —Algunas no las podemos ver—.

Bajo esta aclaración, perdió un poco de fuerza la pelea de Riven. —No puedo recordarlo—, dijo, más tranquila que antes.

La jueza asintió. —Hay otras personas que tal vez puedan decir lo que tú no logras recordar—.

Riven miró al anciano desplazarse lentamente al banco de los testigos dispuesto frente a los jueces. Los dedos del anciano temblaron al acomodar algunos vellos descarriados de sus pobladas cejas.

—Asa Konte—, dijo la jueza pacientemente. —O-pa, gracias por compartir su conocimiento con nosotros el día de hoy—.

El anciano asintió.

—¿Conoce a esta mujer a la que llaman Riven?—, preguntó la jueza.

—Sí—, contestó el anciano. —Acudió a nosotros al inicio de la temporada de lluvias pasada—.

—¿A nosotros?—.

—A mí y a mi esposa, Shava—.

La jueza levantó la mirada hacia la señora Konte, quien se encontraba incómoda en la banca, al frente de la sala. La jueza señaló a Riven.

—¿Ella acudió a ustedes?—.

—Bueno, la encontré en nuestro campo—, dijo el anciano con timidez. —Un becerro se había escapado durante la noche. Al amanecer, fui a buscarlo. En su lugar, la encontré a ella—.

Murmullos de sorpresa y desconcierto surgieron una vez más de la muchedumbre.

—¡Espía!—.

—¡Vendrán más!—.

—¡Debemos protegernos!—.

La jueza colocó una mano en la pesada esfera de madera frente a ella. El recinto guardó silencio. —¿Qué quería ella, Maestro Konte?—.

El anciano tocó de nuevo sus cejas y observó a Riven. Su mirada suplicaba ser perdonado.

—Quería morir, magistrada—, dijo suavemente.

La jueza se inclinó hacia delante.

—La temporada de lluvias estaba comenzando—, continuó Asa. —Estaba empapada, era un saco de huesos febriles, unidos solo por lodo y necios músculos noxianos—.

—¿Sabía que era noxiana?—.

—Traía consigo un arma, un cuchillo, y la funda estaba grabada con las marcas de la lengua de su padre. Ningún jonio portaría un arma así—.

La jueza frunció los labios. —Maestro Konte, ¿perdió a algún ser querido durante la invasión?—.

—Sí, magistrada—, contestó el anciano. Observó a su esposa. —Dos hijos—.

—¿Qué hizo con la mujer?—.

El anciano inhaló profundamente.

—La llevé a casa con Shava—, dijo.

Los murmullos en el recinto se avivaron nuevamente, cuestionando la indulgencia del hombre por acoger a un enemigo que había sido tan despiadado. Los rostros dentro de la sala reflejaban las historias de sus pérdidas. Nadie en su comunidad había salido ileso del conflicto. El anciano levantó la cabeza y giró hacia la multitud, desafiando la dureza en sus corazones.

—Mis hijos... Mis chicos... El cielo limpió sus huesos hace ya mucho tiempo. ¿Acaso a quienes perdimos les gustaría que nos enterráramos de dolor a su lado?—.

Riven miró cómo el anciano y su esposa compartían una mirada cómplice. Los ojos de Shava estaban llenos de lágrimas.

—No estábamos listos para dejarlos ir, pero...—. La voz del hombre se quebró. —Pero no nos hace ningún bien quedarnos en el pasado cuando aún hay vida por delante—.

Shava se mordió el labio inferior y se enderezó, desafiando a aquellos que, sentados cerca de ella, se atrevieran a juzgar la decisión que habían tomado. Asa evitó las miradas de la multitud. Se sentó en dirección a la magistrada; el banco crujía debajo de él.

—Fueron tantas las muertes que no podía soportar la idea de una más—, explicó. —La aseamos y le ofrecimos lo que teníamos en señal de paz—.

La jueza asintió sin demostrar emoción alguna. Riven observó cómo la jueza analizó los pantalones y la camisa de Riven, mentalmente desenrollando las mangas y dobladillos. Sabía lo que la jueza se imaginaba porque ella misma lo había pensado muchas veces desde que la anciana le había ofrecido las prendas. Eran propias de un hombre joven, más alto que ella por una cabeza... Tal vez era un hombre con la sonrisa de Shava o la bondadosa mirada de Asa.

Para Riven, ese era un constante recordatorio de su propia debilidad. Había pasado tantos años viviendo (o muriendo) por la fuerza de Noxus, y Riven había aceptado su frágil oferta de esperanza, había permitido que la vistieran y había querido formar parte de lo que pudo haber sido una familia.

—Cuando recobró fuerzas, ella quiso trabajar en el campo—, siguió hablando el hombre. —Mi esposa y yo somos viejos. Aceptamos la ayuda—.

—¿Usted y su esposa no temieron por sus vidas?—.

—La chica no quiere tener nada que ver con Noxus. Odia a Noxus—.

—¿Eso les dijo?—.

—No—, contestó el hombre. —No dijo nada sobre su pasado. Shava le preguntó alguna vez y ella no contestó. Vimos que eso la lastimaba, así que no volvimos a preguntar—.

—Si no dijo nada, entonces, ¿cómo infiere sus sentimientos acerca de su lugar de origen?—.

El Maestro Konte secó sus viejos ojos. Riven vio su rostro afligido, como si no le correspondiera a él contestar. Habló con rapidez, con una abrupta conciencia de la audiencia que lo rodeaba.

—Por los sueños febriles, magistrada—, dijo. —La noche que llegó a nosotros. Algo que le pertenecía, algo que le era de suma importancia, se había roto. Por eso, ella gritaba en contra de Noxus—.

—¿Sabe a lo que se refería?—.

—Eso creo, magistrada—. El anciano asintió lentamente. —La empuñadura de su arma estaba unida a la funda. Hace cuatro días, la vi deshacer los cordones. Vi que la espada estaba rota—.

Riven pensó que solo la había visto el gato gordo en el establo. Algunos comentarios despectivos sobre la calidad de las armas noxianas se esparcieron como apretones de manos entre la multitud.

—¿Y qué fue lo que hizo con ese conocimiento, Maestro Konte?—.

—Llevé la espada al templo—.

La jueza ladeó su cabeza hacia un costado, su nariz rapaz apuntaba hacia el anciano. —¿Con qué fin?—.

—Esperaba que los sacerdotes fueran capaces de enmendarla. Si la espada estaba completa, tal vez se liberaría de algunos de los fantasmas que la atormentan—. A pesar de que la multitud estalló contra él, el anciano miró a Riven y a las cadenas que ataban sus manos. —Tal vez conseguiría un poco de paz en el presente—.

—Gracias, Maestro Konte, por compartir su conocimiento con el consejo—, dijo la jueza, mirando fríamente a la congregación para exigir silencio. —Su declaración ha terminado—.

Miró el pergamino desenrollado y luego de vuelta al alguacil.

—Traigan el arma—.

Riven miró cómo dos sacerdotes del templo cargaban una gran bandeja de madera, envuelta con tela lavanda, colocada con delicadeza sobre la mesa frente a los jueces del consejo. Un sacerdote guerrero dio un paso hacia adelante, su alto rango era evidente por los estriados pliegues de su hombrera de madera y de su coraza.

—Enséñanos—, dijo la jueza.

El sacerdote guerrero retiró la tela lavanda, revelando un arma y una funda, ambas aún de mayor tamaño que un escudo oblongo. La funda estaba grabada por los fuertes golpes de los noxianos con ángulos y cortes difíciles en contraste evidente con la escritura fluida de Jonia. Pero fue la espada la que captó el interés de los jueces. Una espada tan pesada y gruesa que parecía capaz de romper el brazo bien entrenado de un sacerdote del templo al levantarla, por no hablar de la delgada muñeca de la chica encadenada frente a ellos. De hecho, cuando Riven vio el arma por primera vez, pensó exactamente lo mismo.

Ahora, en vez de una espada sólida, el arma estaba fracturada en piezas enfurecidas, como si garras monstruosas hubieran arañado y atravesado la carne metálica. Las cinco piezas más grandes habrían sido letales por sí mismas, pero al estar dispuestas en tela jonia, igual de rotas, eran aterradoras.

La jueza miró a Riven. —Esta arma te pertenece—.

Riven asintió con la cabeza.

—Supongo que, al estar dividida en tantos fragmentos, es un poco difícil blandirla—, se dijo la jueza a sí misma.

Surgieron risitas de la multitud.

El sacerdote guerrero intervino, incómodo. —Esta espada está hechizada, magistrada. Los noxianos pusieron magia dentro de la espada—. Se escuchaba un gran disgusto en su voz.

Riven no sabía si la jueza estaba escuchando al sacerdote, pues solo asentía, distraída. Su mirada analizaba el arma, hasta llegar al lugar que Riven sabía que encontraría: el espacio vacío que tanto se había esforzado en llenar. La nariz de halcón de la jueza se frunció.

—Le falta una pieza—.

Un joven adepto del templo se aceró nerviosamente ante la sala de consejo.

—Adepto, ¿es esta el arma que el Maestro Konte presentó al templo?—, preguntó la jueza principal.

—Sí, magistrada—.

—¿Fuiste tú quien alertó a esta corte?—.

—Sí, magistrada—.

—¿Cómo sabías que esta arma sería de nuestro interés?—.

Riven observó cómo el adepto se limpiaba las manos en las largas mangas de su túnica. Estaba pálido, al borde del desmayo, o de vomitar en el suelo de piedra.

—¿Adepto?—, insistió la jueza.

—Soy un lavador de huesos, magistrada—. Las palabras salieron del joven. Sus manos colgaban como cera de velas derretida. —De los maestros. Una vez que sus cuerpos son abandonados, yo los tomo y los preparo—.

—Estoy familiarizada con las labores de un lavador de huesos, adepto. ¿Por qué esta arma te concierne?—.

—La espada es la misma—.

Un momento de confusión pasó por el rostro de la jueza. El mismo aturdimiento invadió a la muchedumbre, pasando de persona en persona, con miradas de perplejidad. Sin embargo, Riven sintió una oleada de inquietud reptar sobre su piel.

—Me refiero a que cuando preparé los huesos del Maestro Souma, después de su tiempo, para el templo—. La explicación irregular del adepto provocaba que muchos empezaran a perderse. En vez de continuar, sacó de un pliegue de su túnica una pequeña bolsa de seda y comenzó a deshacer los apretados nudos con sus largos dedos. Sacó de la bolsa un fragmento de metal y lo levantó. —Este metal, magistrada. Es el mismo de la espada rota—.

El adepto abandonó su lugar y se acercó a la jueza. Ella tomó el fragmento de la mano estirada del hombre y lo giró entre sus dedos. Incluso a la distancia, el metal parecía similar al de la espada rota.

Riven se atragantó con su propia respiración. Ahí estaba la pieza de su pasado que había buscado y que había perdido la esperanza de encontrar jamás. Ahora, todo estaba a punto de tomar forma, iluminando un rincón oscuro y olvidado de su mente. La culpa que Riven tenía y que enterró profundamente comenzó a salir a la luz. Riven se armó de valor sabiendo lo que ocurriría.

—¿Dónde encontraste esto?—, preguntó la jueza.

El adepto aclaró su garganta. —En los huesos del cuello del Maestro Souma—.

La sala del consejo se quedó sin aliento.

—¿Y no lo trajiste antes?—. Los ojos de la jueza se entrecerraron al concentrarse en su objetivo.

—Lo hice—, dijo el adepto, intentando desesperadamente mirar hacia cualquier dirección que no fuera el sacerdote guerrero que se paró junto a la espada rota de Riven. —Pero mi maestro dijo que no era nada—.

La jueza no tuvo ningún problema en mirar fijamente al sacerdote guerrero.

—Acércate—, le ordenó. Le dio el fragmento de metal mutilado al sacerdote guerrero. —Colócalo con el resto—.

El sacerdote guerrero miró al adepto, pero acató las órdenes que recibió. Se acercó a la espada de Riven y, en el último momento, se dirigió a la jueza. —Magistrada, hay magia oscura en esta arma. No sabemos qué revelará este fragmento—.

—Procede—. Las palabras de la jueza no dejaban lugar a discusión.

El sacerdote guerrero dio de nuevo la vuelta. Todos los ojos de la sala del consejo vieron cuando tomó el fragmento de metal golpeado y lo colocó muy cerca de la punta de la espada rota.

El arma no reaccionó.

La jueza dejó escapar un pequeño suspiro. Sin embargo, Riven no apartaba la vista del anciano y de su esposa. Sabía que su esperanza solo duraría un momento más. Había sido débil al aceptarla, al creer que había algo en este mundo para alguien tan roto como ella. Su alivio ante su fugaz inocencia fue lo más doloroso de todo. Dolía porque Riven supo en ese momento que la buena concepción que tenían sobre ella era una mentira. La verdad sobre su pasado era más filosa y más dolorosa que cualquier cuchilla.

Riven escuchó a la espada zumbar. —Por favor—, dijo. Forcejeó para ser escuchada entre el revuelo del recinto. Forcejeó contra sus ataduras. —Por favor, deben escuchar—.

La vibración incrementó. Además de escucharse, podía sentirse. Los aldeanos entraron en pánico, empujándose y arremetiendo contra los demás. La jueza se puso de pie rápidamente, sus brazos se estiraron hacia la mesa de madera en la que estaba la espada rota. El borde de la mesa comenzó a crecer y a enroscarse, de la madera brotaron nuevas extremidades verdes sobre el arma, pero Riven sabía que esa magia no sería suficiente.

—¡Al suelo, todos!—. Gritó Riven, pero el sonido de la espada era más estruendoso que su voz, que todas las voces, conforme el arma alcanzaba un punto álgido.

Después, en un instante, el poder explotó en una descarga de energía rúnica y madera fragmentada. Una ráfaga de viento derribó al suelo a todos los que estaban de pie.

Desde el suelo, los rostros de la multitud se enfocaron en Riven.

Los labios de ella estaban fríos y sus mejillas sonrojadas. Los fantasmas de su mente, todos los recuerdos que había enterrado, estaban llenos de vida y aparecían uno a uno ante ella. Eran granjeros jonios, hijos e hijas, la gente de esta aldea que no se arrodillaba ante Noxus. La estaban mirando. Acechándola. Conocían su culpa. Ellos también eran sus guerreros, sus hermanos y hermanas de armas. Se habrían sacrificado por voluntad propia por la gloria del imperio, pero ella les falló. Los había guiado bajo el estandarte de Noxus, un estandarte que les había prometido un hogar y un propósito. Al final, fueron traicionados y abandonados. Todos ellos eliminados por el enfermo veneno de la guerra.

Ahora, estos fantasmas estaban de pie entre los vivos, y los espectadores del recinto habían sido derribados por el poder de la espada. Los aldeanos lentamente se pusieron de pie, aunque Riven seguía en aquel valle de hace tanto tiempo. No podía respirar. La muerte sofocaba su nariz y garganta. No, esto no es real, se dijo a sí misma. Miró a Asa y a Shava, y ellos la miraron también. Dos sombras se pararon cerca de ellos. Una, con los ojos del anciano y otra, con la boca de Shava. La pareja de ancianos se sujetaron entre sí, se estabilizaron y se pusieron de pie, ajenos al pasado mortífero que los rodeaba.

—Dyeda—, dijo la anciana.

Ante eso, Riven no podía contener más su culpa y vergüenza.

—Yo lo hice—. Las palabras salieron de la boca de Riven con un enorme vacío. Aceptaría su destino a manos de esas personas. Dejaría que la juzgaran y respondería por sus crímenes.

—Yo asesiné a su Maestro—, les dijo, sin aliento. Su áspera confesión llenó el recinto. —Los asesiné a todos—.

Referencias

 v · e
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