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Historia corta • Lectura de 11 minutos

Confesiones de una Espada Rota: Parte 1

Por Ariel Lawrence

Tras los estragos de la guerra entre Noxus y Jonia, Riven es acusada de un crimen atroz.

Lore

El borde afilado del arado cortaba a través de la dura capa superior del suelo, dejando atrás la vulnerabilidad del invierno para abrir paso a los cielos primaverales. Riven caminó por el pequeño campo detrás de la herramienta impulsada por los bueyes, su atención estaba entre poder estabilizar las amplias asas y las palabras extranjeras que torpemente salían de su boca.

—Emai. Fair. Svasa. Anar—.

Cada paso inundaba el aire de un aroma arcilloso, propio de la tierra recién arada. Riven sostenía con fuerza la madera mientras caminaba. Durante los últimos días, las asas habían despertado callosidades inactivas y recuerdos fugaces.

Riven mordió su labio, intentando deshacerse del pensamiento para continuar con su labor pendiente. —Madre. Padre. Hermana. Hermano—.

El buey desnutrido sacudió una oreja conforme jalaba y el arado levantó pequeñas rocas. Estas golpearon a Riven, pero ella no les prestó atención. Traía puesta una camisa tejida cuyas mangas, sucias por la tierra, estaban enrolladas en forma de gruesas franjas. Los pantalones, que eran del mismo material, se habían teñido del amarillo oscuro del barro. Los dobladillos ahora serían demasiado cortos para el hombre para el que habían sido hechos, pero en ella apenas rozaban sus tobillos desnudos y la parte superior de sus sencillos zapatos llenos de lodo.

—Emai. Fair. Svasa. Anar—. Riven continuó el mantra, memorizando cada palabra. —Erzai, hijo. Dyeda...—

Sin disminuir el ritmo de su andar, con su manga retiró de su ceja un mechón de cabello empapado en sudor. Sus brazos eran musculosos y con facilidad podía sujetar el arado con una sola mano. El granjero había subido a la casa por el almuerzo y un poco de agua. El anciano le había dicho que podía parar y esperar en el umbral del bosque sombreado que rodeaba la región, pero Riven insistió en terminar.

Una brisa fresca humedeció la parte trasera de su cuello y ella miró a su alrededor. El imperio noxiano había intentado doblegar a Jonia bajo su voluntad. Como Jonia no se arrodilló, Noxus intentó destruirla. Riven continuó su andar meditativo detrás del arado. A pesar de la fuerza del imperio, la primavera llegaría a estas tierras. Había pasado más de un año desde que Noxus fue expulsado; y los matices grises y marrones de la lluvia y el barro por fin abrían paso a brotes de color verde. El aire mismo parecía contener nuevos comienzos. Esperanza. Riven suspiró mientras sus mechones de cabello rozaron su mentón.

—Dyeda. Hija—, comenzó a invocar nuevamente, decidida. Volvió a tomar las asas de madera con ambas manos. —Emai. Fair—.

—Se dice fa-ir—, dijo una voz proveniente de las sombras del bosque.

Riven se detuvo de golpe. Las asas del arado se tambalearon en sus manos y el raquítico buey fue jalado hacia atrás por las riendas de cuero. El arado se estrelló contra un gran terrón de tierra y su borde cortante produjo un sonido metálico al colisionar contra una piedra.

La voz no le pertenecía al anciano.

Riven intentó calmar su respiración, exhalando lentamente entre sus labios. Por el momento solo escuchaba una voz, pero podrían haber más tras ella. Peleó contra los años de entrenamiento que la instaban a tomar una postura defensiva. En cambio, se quedó quieta, mirando hacia el arado y la bestia que estaban ante ella. Riven se sentía demasiado ligera. Tomó con fuerza las asas de madera. Debería haber existido a su lado un gran peso que la anclara, que la fijara al suelo. Sin embargo, apenas podía sentir el pequeño cuchillo en su costado derecho. La pequeña y corta cuchilla era muy útil para cortar manzanas frescas y vegetación, pero no para mucho más.

—La palabra es fa-ir—.

El portavoz se reveló en el borde del campo, donde las tierras de cultivo se encontraban con los tupidos pinos ámbar.

—Hay una pausa en el medio—, dijo el hombre, dando un paso hacia adelante. Retiró de su cara un salvaje mechón de cabello oscuro. Un manto tejido envolvía sus hombros. Riven notó que no cubría completamente la hombrera de metal de su hombro izquierdo, ni la espada desenvainada a su costado. Provenía de la clase guerrera, pero no servía a ninguna casa o distrito en específico. Era un trotamundos.

Peligroso, decidió Riven.

—Fa-ir—, pronunció él nuevamente.

Riven no contestó, no por la falta de palabras sino por el acento que sabía que tendrían. Movió el arado, colocándolo entre ella y el elocuente forastero. Recogió un mechón de cabello detrás de su oreja y se agachó para examinar el filo del arado, fingiendo interés en la roca contra la que este había colisionado. Diseñado para cortar césped y arcilla, su filo sería más útil que el cuchillo que Riven traía consigo. Había observado cómo el anciano lo había fijado a la tranca de madera esa mañana, así que sabía cómo liberarlo.

—No recuerdo haberte visto en la aldea la última vez que vine, pero estuve ausente durante mucho tiempo—, dijo el hombre. Su voz proyectaba la ruda indiferencia que se obtiene durante un largo deambular por caminos.

Riven se rehusaba a llenar el silencio entre ellos. El zumbido incesante de los insectos se volvió más estruendoso.

—Me enteré de que están convocando a los magistrados para escuchar nueva evidencia del caso de la muerte del Maestro Souma—, continuó el hombre.

Riven lo ignoró y le dio una palmada al paciente animal. Sus dedos recorrieron las riendas de cuero como lo haría alguien que está familiarizado con los ornamentos de caballos y de animales de granja, ahuyentando un mosquito de los grandes y oscuros ojos del buey.

—Por otra parte, si eres nueva en la aldea, tal vez sepas muy poco del asesinato—.

Levantó la mirada al escuchar sus palabras, mirando fijamente al forastero, con la inocente bestia entre los dos. Una cicatriz recorría la curvatura de la nariz del hombre. Riven se preguntó si la persona que había dejado esa marca seguiría con vida. En la mirada del forastero había temple, pero debajo de este, curiosidad. Riven sintió el suelo estremecerse debajo de las suelas de sus delgados zapatos de cuero. Había un sonido similar al de los truenos, pero el cielo estaba despejado.

—Alguien viene—, dijo el hombre sonriendo.

Riven miró sobre su hombro hacia la colina que llevaba a la granja del anciano. Seis jinetes armados llegaron a la cima e hicieron una formación en el pequeño campo escardado.

—Ahí está—, dijo uno de ellos. Su acento era tosco y Riven tuvo dificultad para analizar los matices del lenguaje que había estado intentando aprender.

—Pero... ¿Está sola?—, preguntó otro de los hombres, mirando de reojo por las sombras de los árboles.

Una rápida brisa envolvió al arado y a Riven, deslizándose de vuelta hacia las sombras del bosque. Riven miró hacia donde había estado el forastero, pero se había ido, y los jinetes que se aproximaban le dejaban poco tiempo para cuestionamientos.

—Tal vez viste un fantasma—, dijo el líder, riéndose de su hombre. —Alguien a quien eliminó intentando vengarse—.

Los jinetes pusieron a sus caballos a trote, rodeando a Riven y aplastando las zanjas uniformes que había arado esa mañana. El líder llevaba un paquete rígido envuelto en tela en la parte trasera de su montura. Los ojos de Riven siguieron a ese caballo conforme los demás se movían a su alrededor; sus cascos compactaban de nuevo la tierra suelta, transformándola en arcilla fría y dura.

La mujer miró una última vez el filo del arado. Dos de los jinetes traían consigo ballestas. La derribarían mucho antes de siquiera alcanzar a uno de ellos. Sus dedos ansiaban tocar el arma potencial, pero su mente les imploraba mantenerse inmóviles.

Sus músculos se tensaron rápidamente. Su cuerpo, que había sido entrenado durante mucho tiempo para pelear, no cedería tan fácil ante la calma. Un ensordecedor torrente de sangre comenzó a palpitar en sus oídos. Morirás, rugía, pero ellos también.

Los dedos de Riven se estiraron para alcanzar el filo del arado.

—¡Déjenla en paz!—. La voz de la esposa del granjero era sonora a fuerza de gritarles a las vacas descarriadas, así que se dejó escuchar por todo el campo, interrumpiendo el impulso autodestructivo de Riven. —Asa, apresúrate. Debes hacer algo—.

Cuando el granjero y su esposa bordearon la montaña, los jinetes cesaron de rodear en círculos a Riven. Riven mordió con fuerza el interior de su mejilla. El dolor agudo la hacía enfocase, sofocando la necesidad de pelear. No derramaría sangre jonia en su campo.

—Les dije que se quedaran en casa hasta que hubiéramos terminado—, les dijo el líder.

El anciano, Asa, se abrió paso cojeando por la tierra irregular. —Ella no ha hecho nada malo. Fui yo quien lo trajo—, dijo el hombre mientras señalaba el paquete envuelto. —Yo me hago responsable—.

—Maestro Konte. O-pa—, dijo el líder. Una sonrisa condescendiente emergió de las comisuras de sus delgados labios. —Sabes qué es ella. Ha hecho demasiado daño. Si por mí fuera, la eliminaría ahora mismo—, miró a Riven y arrugó la nariz en señal de disgusto. —Por desgracia, anciano, podrás contar tu versión en la audiencia—.

Mientras el líder hablaba, los pies de Riven se hundieron en la tierra húmeda, que la sujetó por un momento. La sensación de sentirse inmersa y atrapada la abrumaba. Su pulso se aceleró y el sudor frío se deslizó entre sus hombros mientras forcejeaba para liberarse. Su mente estaba envuelta por un tiempo distinto, por un campo diferente. Allí, los caballos resoplaban y sus cascos pisoteaban el barro empapado de sangre.

Riven cerró los ojos antes de que más terribles recuerdos la enterraran. Inhaló profundamente. Una lluvia primaveral inunda este suelo, no la muerte, se dijo a sí misma. Cuando abra mis ojos, solo estarán los vivos.

Cuando abrió los ojos, la tierra era un campo recién trabajado, y no una tumba abierta. El líder de los jinetes desmontó y se acercó a ella. En sus manos sostenía un par de grilletes, espirales de metal jonio mucho más hermosos que cualquier cosa con que pudieran encadenar a los criminales en su tierra natal.

—No puedes escapar de tu pasado, cerda noxiana—, dijo el líder con un dejo de victoria silenciosa.

Riven dirigió la mirada del filo del arado a la pareja de ancianos. Las líneas de sus rostros cargaban ya con mucho dolor. Ella no les causaría más. No podía hacerlo. Riven intentó aferrarse a esa imagen: los dos reclinándose, uno hacia el otro, sujetándose mutuamente. Era un momento de frágil rebeldía, antes de que supieran que algo les sería arrebatado. Cuando el anciano limpió con su manga su mejilla húmeda, ella miró hacia otro lado.

Riven entregó sus muñecas al líder de los jinetes. Se encontró con su sonrisa arrogante y su fría mirada, y dejó que el acero se cerrara sobre su piel.

—No te preocupes, dyeda—, dijo la esposa del granjero. Riven podía distinguir un aire de tensa esperanza en su voz. Era mucha, demasiada esperanza. El viento se llevó las palabras y el aroma de la tierra recién trabajada, sin reparar en que se llevaran a Riven, cada vez más lejos. —Dyeda—, susurró. —Les diremos quién eres—.

—Dyeda—, Riven respondió con un susurro. —Hija—.

Durante los dos días siguientes a que la chica se entregara, Shava Konte no pudo hacer mucho, salvo ayudar a su esposo a reparar lentamente los surcos pisoteados y a labrar el campo. Era una tarea más sencilla gracias al trabajo de la chica; no obstante, si sus hijos aún vivieran, sería una tarea que ni ella ni Asa tendrían que hacer jamás.

En la fría mañana del tribunal, la pareja de ancianos sabía que les tomaría más tiempo a sus viejos huesos recorrer el lago camino hacia el centro, por lo que salieron antes del amanecer para llegar a la sala del consejo de la aldea.

—Ellos saben que es noxiana—.

—Te preocupas demasiado—, dijo Shava, chasqueando la lengua por si acaso. Al percatarse de que su tono de voz era más apto para calmar a los pollos que a su marido, le sonrió de forma esperanzadora.

—Noxiana. Es lo único que necesitan para declararla culpable—. Asa ahogó su pensamiento en el manto de lana que envolvía su cuello.

Shava, quien había pasado una gran parte de su vida persuadiendo a los tercos animales hacia el establo del carnicero, se detuvo en seco y se dio la vuelta para encarar a su esposo.

—Ellos no la conocen como nosotros—, dijo, clavando uno de sus dedos en el pecho de Asa, exasperada y desesperada. —Es por eso que tienes que hablar a su favor, viejo sinvergüenza—.

Asa conocía a su esposa, por lo que sabía que ningún argumento adicional la haría cambiar de parecer. Así que asintió gentilmente. Shava se aclaró la garganta en señal de desaprobación y volvió a emprender el camino, marchando en silencio hacia el centro de la aldea. La sala del consejo estaba llenándose. Al ver a la multitud, se apresuró hacia los espacios estrechos entre las bancas de la sala, para encontrar un asiento tan cercano al frente como le fuera posible... y bruscamente se tropezó sobre la pierna de un hombre que dormía.

Mientras que la mujer solo profirió un débil aullido al caer, el hombre que dormía dejó escapar un gemido. Como un relámpago, su mano se impulsó hacia delante y, con una fuerza de acero, agarró a la mujer del brazo antes de que cayera contra el suelo de piedra.

—Fíjese donde pisa, O-ma—, dijo el forastero respetuosamente. El alcohol se notaba en su aliento, pero no arrastraba ninguna palabra. Retiró su mano en cuanto la anciana se puso de pie.

La anciana miró por encima del hombro a su inesperado salvador, estrechando los ojos. Bajo su escrutinio, el hombre se adentró en las sombras del manto que cubría sus hombros y rostro; la marca de una cicatriz que atravesaba su nariz desapareció en la oscuridad.

—La sala del consejo no es lugar para recuperarse de una noche de juerga, joven—. Shava acomodó su atuendo, con un evidente desdén en la punta de su mentón. —La vida de una mujer se decidirá hoy. Márchate antes de que te pidan reconocer tus malas acciones ante los magistrados—.

—Shava—. El anciano había llegado hasta su esposa y colocó una mano sobre su hombro. —Debes mantener tu temperamento bajo control si queremos ser de ayuda el día de hoy. Él no quiso hacerte daño. Déjalo en paz—.

El forastero encapuchado levantó dos dedos como súplica de paz, pero mantuvo su rostro oculto. —Vas directo el corazón del asunto, O-ma—, dijo con un dejo de humor en su voz.

Shava siguió avanzando, portando su indignación como un regalo delicado. El anciano inclinó su cabeza al pasar.

—No la juzgues por la primera impresión, chico. Está preocupada por la posibilidad de que un alma inocente sea declarada culpable antes de que se conozca la verdad—.

El hombre encapuchado gruñó como señal de aprobación mientras el anciano avanzaba. —En eso coincidimos, O-pa—.

El anciano le devolvió la mirada al escuchar las extrañas y susurradas palabras. El asiento estaba vacío, excepto por una tenue brisa que agitó las vestiduras de una pareja que se encontraba cerca, enfrascada en una conversación. El forastero encapuchado se había alejado a las sombras de la sala de consejo.

Shava eligió un sitio para sentarse, delante de la multitud reunida. Los espirales de la banca de madera debían ser cómodos; los habían forjado tejedores de madera para promover el equilibrio y las discusiones armónicas del deber civil, pero la anciana no lograba encontrar una posición cómoda. Miró a su esposo, sentado pacientemente en un banco chirriante, esperando a ser llamado. A un lado de Asa, un alguacil se puso de pie y se limpió los dientes con un trocito de madera. La anciana reconoció al alguacil de nombre Melker, el líder de los jinetes que habían ido por Riven. Lo fulminó con la mirada, pero Melker no se dio cuenta. Él miraba las puertas que se encontraban en la parte trasera de la sala. Cuando se abrieron y cerraron detrás de tres figuras en túnicas oscuras, se incorporó rápidamente, apartando el pedacito de madera de su boca. Los magistrados, con las suaves y largas túnicas cayendo detrás de ellos conforme tomaban su lugar en la mesa principal, observaron a la multitud que se encontraba en el recinto. El barullo que resonaba en la sala se transformó en un gran silencio. Una de los tres, una mujer alta y delgada con una nariz semejante a la de un halcón, se puso de pie con solemnidad. —Este tribunal fue llamado para escuchar nuevas declaraciones sobre la muerte del Maestro Souma—.

Un zumbido de murmullos, como cientos de langostas, comenzó a crecer entre la gran multitud. Algunos habían escuchado sobre la nueva evidencia de la que hablaba la jueza, pero la mayoría se había reunido por el rumor de que había un noxiano entre ellos. No obstante, los rumores no cambiaban lo que ellos sabían: la muerte del Maestro Souma no era ningún misterio. La técnica del viento, la magia que recorrió su sala de meditación, era evidencia suficiente. Solo una persona, además del mismo Maestro Souma, podría haber ejecutado tal maniobra.

Una herida, que apenas cicatrizaba, se abrió. El hervidero de gente se fusionó en un momento de dolor colectivo. Si el maestro no hubiera caído, se gritaban entre ellos, la aldea no habría sufrido esas enormes bajas. Poco después del asesinato, la mitad del batallón noxiano había asesinado a muchos en su camino a Navori. Muchos hijos e hijas habían muerto en el enfrentamiento, un enfrentamiento que se hundió en angustia y desequilibrio por la muerte de Souma. Aún peor, la aldea había culpado a uno de los suyos.

Entre el murmullo, se distinguió una voz clara.

—Ya sabemos quién asesinó al Maestro Souma—, dijo Shava, hablando entre sus curtidos labios. —Fue ese traidor, Yasuo—.

La multitud asintió y voces de consenso se escucharon en la muchedumbre.

—¿Quién conocía la técnica del viento del Maestro Souma? ¡Yasuo!—, añadió Shava. —Y ahora, Yone no ha regresado de la búsqueda de su hermano imperdonable. Seguramente, ese cobarde también es responsable de eso—.

El barullo en la multitud volvió a crecer, esta vez pidiendo la cabeza de Yasuo. Shava se sentó con mayor tranquilidad en la banca, satisfecha de que la interrogante de la culpa se hubiera redirigido hacia la persona indicada.

La jueza de nariz de halcón provenía de una reconocida familia de tejedores de madera, aclamados por ser capaces de enderezar y desenredar los peores nudos. Levantó una esfera perfecta de madera de castaño y la golpeó con fuerza contra un soporte negro azabache. El fuerte sonido hizo callar a la multitud y el orden regresó a la sala.

—Esta corte está en búsqueda del conocimiento y esclarecimiento de los hechos de la muerte del Maestro Souma—, dijo la jueza. —¿Desea interponerse en el camino del esclarecimiento, señora...?—.

La anciana miró a su esposo y sintió cómo subía el calor a sus mejillas. —Konte. Shava Konte—, dijo con menos valentía. Bajó su cabeza. El anciano en el banco la observó y secó el brillo de sudor de su calva cabeza.

—Como decía, estamos aquí para escuchar nuevas evidencias—. La jueza halcón observó la muchedumbre en busca de cualquier nudo necio y asintió hacia el alguacil Melker. —Háganla pasar—.

Referencias

 v · e
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