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Historia corta

Con Dientes

Por Graham McNeill

La leña era un bien preciado en el desierto, pero las ennegrecidas ruinas de Vekaura ofrecían una vasta variedad de madera carbonizada para lanzar a las fogatas.

Lore

La leña era un bien preciado en el desierto, pero las ennegrecidas ruinas de Vekaura ofrecían una vasta variedad de madera carbonizada para lanzar a las fogatas. La ciudad ya era una completa ruina cuando los Azotadores de las Arenas atravesaron los escombros de sus murallas; sus calles estaban vacías, y su gente, desaparecida.

Nadie sabía con certeza quién la había arrasado, pero los cautivos que capturaron en la vía del Mercado Central contaron grandilocuentes historias de antiguos dioses que en su ira habían quemado la ciudad hasta reducirla a cenizas y vidrio.

Raz Melena Sangrienta no les creía, en realidad.

En Shurima, las historias eran la moneda corriente de los oasis, el pago a cambio de compartir la fogata: eran seres vivientes que crecían y se deformaban cada vez que se contaban de nuevo. Ningún relato podía pasar de los labios a los oídos sin que el narrador agregara algún detalle macabro, alguna exageración que le permitiera apropiárselo.

Los dioses no recorren las arenas, solo los humanos y los monstruos.

Los Azotadores de las Arenas eran un poco de ambas cosas.

Eran una banda de guerreros sanguinarios y saqueadores que montaban gigantes lagartos y aterrorizaban los polvorientos caminos del Sai-Kahleek en busca de monedas, además de perseguir a los merodeadores Shakkal en el Valle de la Canción por mero divertimento. Cuando las temperaturas descendieron en el sur, Sai-Surtha, el Acechapresas de la banda, los condujo al cálido norte para asaltar caravanas que iban en búsqueda de la nueva capital erigida en el corazón del gran desierto.

Las caravanas estaban repletas de robustos comerciantes y sacerdotes, así como de desesperados y crédulos. Eran aquellos lo suficientemente necios como para creer que un antiguo emperador antiguo emperador se había levantado de su tumba para reclamar su imperio perdido, en vez de pensar que un terremoto había expuesto los restos de una ciudad enterrada.

Presas fáciles.

Las emboscadas eran la especialidad de los Azotadores de las Arenas, que emergían de las tormentas del desierto para atacar en un frenesí de mandíbulas crujientes y lanzas listas para atravesar. Quienes contraatacaban eran hechos trizas, y quienes se rendían se convertían en alimento para las hambrientas monturas.

Raz sonrió al ver cómo los lagartos amarrados mascaban y gruñían al filo de la fogata: eran bestias gigantes y reptilianas con mandíbulas repletas de dientes afilados y costados blindados con escamas curtidas por el sol. Sus barrigas rugosas colgaban hasta el suelo, endurecidas por la arena, y las colas azotaban la gruesa capa de polvo que cubría la ciudad maldita.

Los fantasmas deambulaban por todos lados entre las ruinas; los ecos de los muertos viajaban en el frío viento que soplaba a través de la piedra quebrada, y se dibujaban siluetas en las paredes como si fueran sombras pintadas.

Algo había sucedido aquí. Algo malo.

Sai-Surtha arrojó una viga astillada a la fogata principal. Las chispas ascendieron hacia el cielo nocturno, dando giros espiralados como luciérnagas ante el líder de la banda de saqueadores. Raz era fuerte, pero hasta a él le hubiera resultado difícil cargar ese tronco. Sin embargo, el vastaya con máscara de calavera levantó el pesado madero como si fuera una ramita; su enorme peso no era nada ante aquel físico sobrehumano.

Al ver las chispas titilar por un instante antes de desvanecerse en la oscuridad, Raz percibió un significado que no era capaz de asir.

—¿Por qué miras hacia arriba?—, preguntó Anukta, siguiendo la dirección de su mirada.

Las placas escamadas de su pesada armadura chocaban entre sí al moverse, y su cabeza, rapada excepto por un mohicano color carmesí, brillaba por el sudor. Los tatuajes del rostro de la chica relucían como huesos expuestos a la luz del fuego.

—Las chispas—, respondió él. —Arden luminosas y se desvanecen en la nada en un abrir y cerrar de ojos—.

—¿Y?—.

Raz se encogió de hombros. —No lo sé. Solo pensé que podría ser importante. Que podría significar algo—.

—¿Ahora resulta que eres un sabio? ¿Como Ngozi?—.

—No—, respondió Raz. —No como él. Pero las chispas viven, arden y desaparecen. Como nosotros. Como la vida. Somos chispas—.

Anukta rio, y los aros de marfil que llevaba en las orejas bailaron como si fueran lunas embriagadas. —Tienes razón, no eres para nada como Ngozi. Él era inteligente de verdad. Tú no eres más que un tonto ruidoso—.

Las facciones de Raz se enrojecieron de ira, y el semblante de Anukta mostraba que era consciente de que se había sobrepasado. Inclinó la cabeza y se hincó en una rodilla, con los brazos cruzados sobre el pecho y los pulgares torcidos hacia las palmas.

—Perdóname, Raz Melena Sangrienta—, dijo, a sabiendas de que, al ser el segundo al mando de Sai-Surtha, él podría hacer que la arrojaran a las sanguinarias fauces de la manada de lagartos.

O, peor aún, a las de Ma'kara, la terrible montura de Sai-Surtha.

El lagarto era una bestia colosal de doce metros de largo y cubierta de filosas escamas desde la cola hasta sus tres cabezas enormes. Sus fauces abiertas eran tan grandes como para engullir un caballo entero, y estaban repletas de dientes afilados manchados por la sangre oxidada.

—Estamos en la víspera de una cacería—, dijo Raz. —En una noche así, solo muere la carne de la ruta. No me obligues a cambiar esa costumbre—.

Anukta asintió y se levantó, para luego dirigirse hacia donde estaban los últimos cautivos, amontonados entre los restos derruidos de un depósito de granos. Los habían apresado en las rutas de las dunas del norte provenientes de Kenethet; eran hombres y mujeres que, según decían, iban a peregrinar al sur para ver al nuevo emperador. Cuatro de ellos ya habían sido devorados por los lagartos, y los cinco que quedaban se veían escuálidos, no serían más que un bocado para las bestias. Bueno, en realidad, solo cuatro tenían ese aspecto. El quinto era un hombre mayor, con piel de habitante citadino, todos los dientes en su lugar y una silueta que, pensó Raz, era indicio de que nunca había pasado hambre en su vida.

—Ese—, dijo, y Anukta lo arrastró hasta sus pies. Su rostro estaba pálido del terror, y Raz vio que a nadie de los demás cautivos parecía preocuparle que se lo llevaran.

—Por favor, no me maten—, dijo el hombre, con el débil acento de las costas norteñas. —Tengo dinero. Puedo darles mucho dinero. ¡Por favor, por los dioses, no me echen a las bestias!—.

—Estás muy bien alimentado para ser un peregrino—, dijo Raz, tocando con un dedo el amplio estómago del hombre.

—¿Un peregrino? No, no, yo... Soy...—.

Anukta apoyó la punta de su lanza en la espalda del hombre. —¿Eres qué? ¡Dilo ya, infeliz!—.

—Soy Ordan Stilava, sumo patriarca del templo Melierax de Bel'zhun—, respondió el hombre con la respiración entrecortada. —Les daré lo que quieran. Pero no me maten, por favor, se los imploro—.

—Así que un sacerdote, ¿eh?—, dijo Raz y se inclinó sobre él, deleitándose con el aroma a terror que exudaba el hombre. —Me han dicho que los sacerdotes son piadosos servidores de los dioses. Personas dignas de admirar. No pareces ser alguien admirable, Ordan Stilava—.

—Mátalo—, dijo una de las cautivas restantes. —Y hazlo lento—.

Raz se encogió de hombros. —Parece que tampoco le agradas mucho a tus compañeros—.

—¡Es un cerdo asqueroso que tomó nuestro dinero y dijo que nos llevaría al sur, con Azir!—, vociferó la mujer. —Se dio un festín mientras nosotros estábamos hambrientos. Cuando le rogamos que nos diera comida, sus guardias nos golpearon. Otro día más y nos hubiera dejado morir de hambre en el Sai—.

Raz se arrodilló junto a la mujer; su complexión era lobuna, su piel era del color del crepúsculo y había fuego en su mirada.

—¿Y quién eres tú?—.

—Dalia, orgullosa hija de la arena y el sol—.

—Que el agua y la sombra sean contigo, Dalia—, dijo Raz. —Muéstrame tus palmas—.

Extendió las manos atadas por las muñecas con gruesas cuerdas.

Él deslizó las puntas de los dedos por las protuberancias endurecidas de sus palmas y a los costados del pulgar.

—Tú tampoco eres una peregrina—, dijo Raz. —Estos son callos de blandir la espada—.

La mujer retiró las manos.

—¿Qué eras? ¿Guardia de caravanas, ladrona de tumbas, mercenaria?—.

—He sido todo eso en su momento—.

Raz señaló detrás suyo con el pulgar. —¿Crees que deberíamos lanzar a este hombre a los lagartos?—.

—Sí. Primero los pies—.

Raz se rio y sacó su cuchillo de hoja de hueso, que talló a partir de uno de los dientes astillados de Khesu. Su lagarto no era ni de cerca tan grande como Ma'kara y solo tenía una cabeza, pero sus dientes eran igual de largos y afilados.

—Esta me agrada—, le dijo a Anukta, mientras cortaba las ataduras de Dalia con el lado serrado de su cuchilla. —Ven—.

Dalia se puso de pie y Raz se volvió para llevarse a Ordan Stilava, que protestaba.

—Haz lo que dice y tal vez vivas—, dijo Anukta con una sonrisa torcida.

Los lagartos lo vieron venir y los rugidos de sus gargantas se intensificaron al descubrir que les traía más carne. Tiraban de sus riendas de cadena; cuanto más fuerza hacían, unas puntas direccionadas hacia adentro se enterraban cada vez más en la piel suave de sus gargantas. Khesu lo vio y abrió bien grandes las fauces, a la espera de ser alimentado.

—Pronto, amigo mío—, dijo Raz. —Pronto—.

La madera de Vekaura ardía con el resplandor rojo sangre del atardecer del desierto, un buen presagio para la cabalgata del día siguiente. Su luz iluminaba al resto de los Azotadores de las Arenas, veintitrés guerreros apostados sobre escombros amontonados, bloques de piedra y bancos traídos de las ruinas para formar una arena improvisada alrededor de la fogata. Ataviados con telas ligeras, pieles y armaduras de escamas de lagarto cocidas, hicieron un banquete con el botín de su último saqueo: carne salada de skallashi y un fuerte licor de leche fermentada de Eka'Sul.

Armados con sus sables tulwar corvos y sus lanzas de hojas de diente, eran hombres y mujeres cuyos nombres eran el terror de las caravanas que serpenteaban a través de los caminos polvorientos del Sai. Años de saqueos y matanzas en los climas más extremos los habían vuelto duros y despiadados, caprichosos y jactanciosos, y nadie más entre ellos que Sai-Surtha.

El Acechapresas estaba sentado en un trono de bloques apilados convertidos en vidrio por un calor inconmensurable. Un vastaya del este, el líder guerrero era medio cuerpo más alto que Raz y tenía una contextura colosal, una cabeza leonina con aspecto de roca y el cuerpo cubierto de una musculatura desbordante. Su melena era larga y gruesa, y en cada una de sus trenzas colgaban entretejidos talismanes y cuerdas de acero que, según decía, eran mágicos.

Los ojos dorados y rasgados de Sai-Surtha se entrecerraron al ver que Raz se aproximaba.

—¿Qué me traes, Raz Melena Sangrienta?—, preguntó el Acechapresas.

—¡Carne fresca!—, gritó Raz mientras arrebataba de las manos de Anukta a Ordan Stilava. —Un alma rica en engaños y llena de arrogancia—.

—Tal y como le gusta a Ma'kara—, respondió Sai-Surtha, mientras extendía la mano y acariciaba con sus garras la cabeza más cercana de su montura. El lagarto gruñó y siseó, abriendo por completo sus tres fauces. Raz vio trozos de carne podrida entre los colmillos amarillentos de la bestia, así como sus gargantas rosadas resplandecientes a la luz de la fogata. Sus muchos ojos, como pozos de brea, brillaban hambrientos. La bestia ya había devorado la mayor parte del grupo de cautivos, pero su apetito no tenía fin.

Ma'kara era un depredador alfa y el resto de las bestias debían esperar hasta que saciara su hambre.

Raz empujó a Ordan Stilava al círculo de combate junto al fuego. Sus límites estaban señalados con cráneos, y la arena en su interior era roja y pegajosa. Ordan Stilava cayó estrepitosamente y se arrodilló ante Sai-Surtha juntando sus ensangrentadas manos como en una plegaria.

—¡Por favor, poderoso señor, no me mate!—, gimoteó.

Los Azotadores de las Arenas rieron y Ma'kara se tensó hacia adelante, ansioso por destripar aquel generoso pedazo de carne. Sai-Surtha dio un brusco tirón con las riendas de cadena para que retrocediera, pero el hambre de la bestia y su deseo de engullir al patriarca permanecían intactos.

—Diviértenos un poco con él, Raz Melena Sangrienta—, ordenó Sai-Surtha. —¡Haz que nos entretenga!—.

Ordan Stilava intentó levantarse, pero Raz lo pateó en la espalda. El guerrero levantó sus brazos en alto y giró lentamente con una gran sonrisa en el rostro.

—¡Hermanos y hermanas!—, vociferó. —Nuestro botín del desierto casi se agota. ¡Es hora de salir a cazar!—.

Los vítores reverberaron a través de las paredes derruidas de la ciudad. Puños y lanzas se alzaron en el aire, acompañados por los bramidos de los lagartos.

—¡Las caravanas del este y del norte surcan los caminos polvorientos en búsqueda de agua y sombra!—, bramó, pavoneándose alrededor del círculo. —¿Pero qué encontrarán?—.

—¡La muerte!—, clamaron los Azotadores de las Arenas.

Raz llevó una mano hasta su oreja en señal de escucha y se inclinó hacia adelante.

—¿Qué?—.

—¡La muerte!—.

—¡Otra vez!—, exigió Raz.

¡La muerte! ¡La muerte! ¡La muerte!—.

Raz sonrió y levantó una mano para que guardaran silencio. La quietud se impuso en todo Vekaura, rota solamente por el crujir de la leña ardiente y los agitados sollozos de Ordan Stilava.

—Así es—, exclamó. —La muerte vendrá por ellos, así como vendrá por todos nosotros. Pero antes de que el Chacal nos lleve a las Tierras Sin Sol, derramaremos la sangre de nuestros enemigos y tomaremos lo que alguna vez fue suyo. El mundo exige fortaleza y castiga la debilidad, ¡así que les ofrezco esta sangre a todos ustedes!—.

Se oyó un clamor cuando Raz cruzó la arena hasta donde se encontraba Ordan Stilava y cortó la cuerda que ataba sus muñecas.

El hombre agradeció entre sollozos, pero la sonrisa se le borró de la cara cuando Raz puso el cuchillo serrado en sus manos.

—¿Qué? Yo no...—.

—Eres libre de marcharte—, dijo Raz.

—¿Libre?—, preguntó Stilava, con un repentino brillo de esperanza en sus ojos. —¿De verdad?—.

—Te doy mi palabra. Lo único que tienes que hacer es salir del círculo y te dejaré ir—.

Raz sonrió al notar que Stilava había comprendido lo que le estaba ofreciendo. Retrocedió, extendió sus brazos hacia los costados y le dio la espalda al tembloroso cautivo.

Consciente de que jamás tendría otra oportunidad, Stilava corrió hacia Raz con la daga en alto.

En el último instante, Raz esquivó la cuchilla, giró sobre sí y propinó un puñetazo en la cara de Stilava. El hombre cayó como una bestia paralizada y la daga se resbaló de sus manos.

—Arriba—, dijo Raz, pateando la cuchilla sobre la arena hacia él.

—Por favor—, imploró Stilava, ignorando el arma. —Me dijiste que era libre—. Su rostro estaba humedecido por las lágrimas y mucosidades, y un hilo de sangre se escurría desde la nariz rota hasta los labios.

Raz puso de pie a Stilava y colocó el cuchillo entre sus manos una vez más. Se inclinó y le susurró: —Estos son tus últimos momentos en este mundo. Los dioses te están mirando. ¿Es así como quieres encontrarte con ellos? ¿Cubierto de lágrimas y de mocos? ¡Demuéstrales que vales algo y tal vez se apiaden de tu alma!—.

La mirada de Stilava se llenó de odio y Raz saltó hacia atrás cuando el sacerdote trató de clavarle el cuchillo en el abdomen.

Enseguida asestó otra estocada, dirigida hacia la garganta. Raz desvió el golpe con las manos y se apartó de Stilava, que lanzaba salvajes cuchillazos como un maniático. El hombre carecía de habilidad con el arma; era evidente que nunca antes había usado un cuchillo, excepto para cortar trozos de fina carne en su plato.

—¡Muy bien!—, se mofó Raz, esquivando entre risas los torpes ataques. —¡Vamos, destrípame!—.

Detrás de Stilava, Raz vio cómo Khesu levantaba la cabeza y notó que el constante rumor de la garganta de la bestia había crecido hasta convertirse en algo completamente distinto. Bloqueó una estocada alta con su antebrazo acorazado y le propinó a Stilava un golpe de gancho en el estómago.

El hombre se dobló por la cintura, sin aire, pero esta vez no dejó caer el cuchillo.

Raz miró de reojo a Sai-Surtha y se encontró con el Acechapresas de pie, con la vista fija en las puertas de la ciudad. Raz volvió a girar y vio algo moverse entre las sombras más allá de la luz de la fogata. Un brillo dorado titilaba en la oscuridad, y aunque la forma parecía moverse como una persona, era demasiado grande como para ser un humano.

Luego, algo se desplazó por el aire formando un arco.

Raz siguió el objeto con la vista mientras cruzaba por encima de ellos, hasta que aterrizó al costado de la fogata.

Los guerreros alrededor del círculo gritaron alarmados y tomaron sus armas, mientras que los lagartos, tras olfatear el aroma de la sangre, tiraron de sus ataduras frenéticamente.

Raz abrió la boca sorprendido al reconocer al guerrero al que le había encomendado vigilar la puerta oeste de la ciudad. Uksem Partecorazones.

O, más bien, la mitad de él.

Uksem yacía en medio de un charco de sangre que se expandía rápidamente, pues una cantidad descomunal brotaba de donde su cuerpo había sido partido en dos de un mordisco. Asombrosamente, sus ojos parpadeaban y sus manos rasguñaban la arena, como si no aceptara estar muerto.

Raz dio un paso en dirección a Uksem, pero un repentino dolor en su costado le hizo soltar un grito.

¡Ordan Stilava!

Distraído, Raz se había convertido en un blanco fácil, pero fue un ataque pobre, mal dirigido y sin la fuerza suficiente. En lugar de atravesar un órgano vital, le hizo un corte en la piel de la cadera.

Raz giró para ver al hombre retroceder torpemente hasta traspasar los límites del círculo, con una sonrisa salvaje en el rostro y el cuchillo de Raz en las manos.

—¡Soy libre!—, dijo Stilava. —Salí del círculo. ¡Debes dejarme ir! ¡Lo prometiste!—.

Raz sacudió su cabeza. No tenía tiempo para tonterías. No en este momento.

—Khesu. Mátalo—.

Ordan Stilava se dio la vuelta justo a tiempo para ver al lagarto gigante acercarse con sus afiladas fauces abiertas de par en par. Se cerraron de un golpe y el sumo patriarca desapareció. Solo sus huellas en la arena y un rastro de sangre en el aire quedaron como indicios de su reciente presencia.

Raz apartó al hombre de su mente al ver que la sombra avanzaba hacia la fogata desde los límites de la ciudad. Le costaba respirar.

Los dioses no recorren las arenas, solo los humanos y los monstruos...

Qué equivocado había estado... rotunda y totalmente equivocado.

Caminaba Caminaba erguido, como un humano, pero las similitudes se acababan ahí.

Incluso encorvado era media cabeza más alto que Sai-Surtha, y arrastraba una gruesa cola detrás.

Portaba una armadura polvorienta de oro opaco y bronce oxidado.

Los ojos eran de un color amarillento y el rugoso pellejo tenía una mezcla de verde y ocre.

La sangre se escurría como hilos rojizos entre sus dientes afilados.

Llevaba su poderosa cabeza gacha, y su hocico de cocodrilo olfateaba en busca de carne fresca.

Raz conocía a esa criatura. Había visto su imagen tallada en las paredes de un templo hundido y la había hecho grabar en la hoja de su propia lanza.

Había escuchado pronunciar su nombre entre susurros en los oasis.

Los makhru, declamadores errantes y sin ojos que, según se decía, podían hablar con los espíritus de los antiguos, contaban historias aleccionadoras sobre las andanzas de este dios para prevenir a la gente de su agresividad desenfrenada.

—El heraldo de Azir...—, dijo Anukta, con la cabeza en alto en señal de asombro.

—Renekton...—, profirió Dalia.

El gigante giró la cabeza hacia ella al escuchar su nombre y desenfundó una inmensa cuchilla curva que llevaba a la espalda. Un arma así podría partir a un skallashi en dos.

—¿Dónde... está... él...?—, inquirió el dios.

Su voz era rasposa y seca, producto de una eternidad de gritos.

A pesar del absoluto poder que la presencia del dios emanaba, Dalia permaneció erguida, desafiante ante su inimaginable poder.

Por el contrario, los lagartos apoyaron sus vientres en la arena, la mirada baja en señal de sumisión, al tiempo que acallaban el rumor de sus gargantas. Incluso Ma'kara bajó su cuerpo de tres cabezas hasta el suelo, algo que Raz nunca pensó contemplar.

Olvidó el dolor de su costado mientras se resistía a caer postrado como ellos, con un asombro reverencial. Sus labios se retorcieron en una expresión de desprecio al ver arrodillados a los Azotadores de las Arenas que se habían reunido alrededor del círculo.

La sumisión era para los débiles; el respeto se ganaba con sangre.

La criatura avanzó, ignorando la presencia de los guerreros. Solo cuando Sai-Surtha se levantó de su trono se dignó a levantar la cabeza y reconocer su existencia.

—Soy Sai-Surtha, Acechapresas de los Azotadores de las Arenas—, dijo el vastaya, mientras desataba un escudo escamado de la montura de Ma'kara. —¿Cómo te atreves a entrar en mi ciudad y matar sangre de mi sangre?—.

Renekton miró las ruinas a su alrededor y parpadeó, como si viera la devastación por primera vez.

—¿Esta es tu ciudad?—, preguntó.

—Por esta noche lo es—, respondió Sai-Surtha desenfundando su falcata, una espada casi igual a la del dios, y dio un paso hacia el círculo de batalla.

—Entonces debes saber dónde está—, dijo Renekton, y se sumó a Sai-Surtha en el círculo, como si fuera un ritual prestablecido. —¡Los gobernantes deben saberlo todo, verlo todo! A todos los mentirosos que murmuran. Palabras edulcoradas y falsedades. Yo las oí. Nadie me escuchó. Nadie escucha a Renekton...—.

Raz retrocedió para reunirse con Anukta y Dalia lejos del alcance del círculo de guerreros. Las palabras de Renekton no tenían sentido, y no tenía ningún interés en permanecer más cerca de lo necesario de esos gigantes.

—¿A quién buscas?—, preguntó Sai-Surtha, haciendo girar la falcata en su mano.

—¡Al traidor!—, bramó Renekton, provocando un espasmo en los músculos tensionados del cuello. —¡A mi desleal hermano! Dime dónde está o conocerás la agonía—.

La risa de Sai-Surtha hizo eco en las murallas derruidas de Vekaura. El Acechapresas era un ser de apetitos colosales que conseguía sus placeres ahí donde los encontrara. Raz lo vio estudiar el físico de Renekton; con su mirada de cazador buscaba vulnerabilidades y flaquezas.

—¿El Chacal?—, preguntó Sai-Surtha. —¿Nasus?—.

Renekton se estremeció al escuchar el nombre de su legendario hermano; el solo hecho de oírlo parecía provocarle un gran dolor. Poseído por una locura inescrutable, soltó la cuchilla curva y presionó su frente con una de sus manos con garras.

—No pronuncies su nombre—, advirtió Renekton con voz gruesa, rasposa y seca, amenazante como una tormenta de arena que se aproxima. —Estuvo aquí, lo sé. El rastro mágico de los Ascendidos se extiende por todo este lugar, pero no va más allá. Aquí combatieron mi hermano y aquel que susurraba en la oscuridad. Las arenas del desierto me llamaron y el murmullo de los vientos me habló de su venida. ¡Ahora dime dónde está, o muere!—.

—¿Y si tuviera ese conocimiento, qué me darías a cambio?—.

—Nada en absoluto, pero quizás no te descuartice—.

Sai-Surtha negó con la cabeza, dio un giro de noventa grados, alzó la falcata sobre su hombro derecho y extendió el escudo ante él.

Renekton rio, su risa era terrible y melancólica.

—¿Te crees capaz de resistir mi poder? Soy un Ascendido. ¡Un dios para los de tu clase!—.

—Siempre quise matar a un dios—, dijo el Acechapresas, blandiendo una espada con sellos rúnicos grabados y de la que colgaban amuletos tomados de los muertos. —Y si tiene que ser uno perturbado y consumido, que así sea—. Con su espada golpeó su armadura carmesí intenso y dijo: —Tomé esta espada de una tumba en la Llanura sin Fin, y esta armadura del esqueleto de un antiguo guerrero. Era de tu tamaño. Te mataré con las armas de los de tu tipo—.

Renekton rugió de furia y se abalanzó hacia Sai-Surtha. Azotó su cuchilla curva contra el escudo del Acechapresas, del que se desprendieron escamas astilladas.

La respuesta de Sai-Surtha igualó la furia de su ataque. Renekton se tropezó y el Acechapresas ensartó su falcata entre sus costillas, de donde brotó sangre negra como el petróleo. Renekton devolvió el golpe, estrellándose contra el escudo otra vez.

—¡Niegas mi venganza mientras te refugias en estas ruinas hechas por él!—, rugió.

Otro golpe. Renekton se tambaleó, luego giró, y agachó la cabeza. Mantuvo la distancia.

Raz percibió una señal de respeto en la mirada del dios.

Esperaba despacharlo sin dificultad, pero Sai-Surtha era un guerrero de enorme fuerza y habilidad, con armas y una armadura a la altura de las de Renekton. Los Azotadores de las Arenas ya no estaban arrodillados, sino que agitaban sus armas y coreaban el nombre de su líder guerrero.

Sai-Surtha embistió con su escudo dentado sobre el hombro y el rostro de Renekton. Renekton lo rechazó y saltó hacia un costado, con más agilidad de la esperable en una criatura de su tamaño. Lanzó un coletazo, pero Sai-Surtha lo esquivó y aprovechó la oportunidad. Rompió la guardia de Renekton con el escudo, lo rodeó con los brazos y lo lanzó a lo largo del círculo de batalla.

Renekton cayó sobre el fuego y rodó. Las llamas ennegrecieron su pellejo y unas brasas volaron en la oscuridad de la noche. Sacudió su cabeza de cocodrilo y escupió; la sangre se escurría por sus colmillos.

—¡Sabes dónde está!—, rugió Renekton. —Puedo ver su mirada artera a través de tus ojos. ¡Dímelo!—.

Sai-Surtha lo embistió una vez más y consiguió desprender un trozo de la armadura dorada del costado de Renekton. En vez de retroceder, Renekton se levantó y arremetió contra Sai-Surtha con una rápida seguidilla de cortes. El Acechapresas bloqueó el primero, pero el segundo y el tercero alcanzaron su peluda piel. Las espadas de los luchadores se encontraron en el aire, chirriando en una danza letal de plata y bronce.

Renekton giró hacia la izquierda. Sai-Surtha, hacia la derecha. Ambos estaban ensangrentados y agotados.

El Acechapresas atacó primero con un corte bajo hacia el tobillo de su rival; Renekton lo bloqueó para luego girar y lanzar una estocada punzante que desprendió esquirlas de las placas doradas de las hombreras de Sai-Surtha.

—Las leyendas dicen que eres un poderoso dios de la guerra—, dijo Sai-Surtha entre jadeos. —Cuentan que tomaste esa cuchilla de las manos de un rey muerto de Icathia. Y de cómo quebraste su empuñadura, al igual que su ejército—. Sai-Surtha sacudió la cabeza. —Qué bajo has caído, cuán perdido estás—.

Renekton gruñó y cargó contra él. Sai-Surtha detuvo el primer ataque con su escudo y resistió el segundo con su falcata. Bloqueó un tercero, y esquivó el cuarto al deslizarse con un chirrido de acero antiguo que lanzó chispas de jade.

Entonces, un mordisco brutal desgarró el hombro de Sai-Surtha, y el Acechapresas azotó hacia atrás la cabeza aullando de dolor. Un coletazo hizo brotar sangre de su pecho. Ambos guerreros retrocedieron, sangrando de sus múltiples heridas.

Renekton sonrió, mostrando sus dientes teñidos con la sangre de Sai-Surtha. —Lo único que te mantiene vivo son magias robadas. Sin ellas, ya estarías muerto—.

—Y aun así, sigo en pie—, dijo Sai-Surtha, haciendo una reverencia burlesca.

Renekton cambió su cuchilla curva de mano en mano, para luego tomarla con ambas y asestar un ataque por lo alto a Sai-Surtha. El Acechapresas detuvo la cuchilla con el escudo, pero cayó de rodillas por la fuerza del golpe.

Entonces rodó por el costado de Renekton y le hizo un corte en el muslo.

El dios se alejó trastabillando y con la sangre deslizándose por la pierna.

Desde fuera del círculo, Raz deseó que Sai-Surtha acabara con la lucha, que se levantara para asestar el golpe mortal.

Los luchadores se aproximaron nuevamente y sus armas chocaron como las campanas de un funeral. El escudo de Sai-Surtha estaba hecho pedazos y la armadura de Renekton colgaba de él como jirones de oro. Renekton lanzó un ataque frontal y la punta de su antigua cuchilla hizo un corte hondo en la mejilla de Sai-Surtha.

El líder de los Azotadores de las Arenas escupió unos dientes y fracturó las costillas de Renekton con un espadazo a dos manos.

Renekton estaba asombrado por su ferocidad, y por un dolor que, probablemente, ninguno de los de su tipo había sentido desde hacía siglos. Se tambaleó y sus ojos amarillentos se nublaron mientras revivía recuerdos punzantes y visiones de triunfos y muertes que hacía tiempo las arenas de la historia habían cubierto.

—¡Por favor!—, bramó Renekton. —¡Hermano! ¡Es muy fuerte! ¡Debe hacerse!—.

Las palabras no tenían sentido, pero, al percibir una oportunidad, Sai-Surtha buscó la garganta de Renekton. La cuchilla curva se elevó para desviarlo; demasiado tarde, demasiado lenta. La falcata cortó el rostro de Renekton de la mandíbula hasta la sien. Gruñó de dolor y revoleó su cuchilla descontroladamente.

Fue un ataque torpe, pero traspasó la armadura y laceró el costado de Sai-Surtha.

Sin acobardarse por la herida, el vastaya respondió dando un espadazo que dejó la muñeca de Renekton colgando de los tendones.

Renekton apartó su cabeza hacia atrás y lanzó un rugido cuando Sai-Surtha lo trajo hacia sí y traspasó su espada entera a través de su corazón.

Los Azotadores de las Arenas vitorearon y Raz levantó los brazos en señal de triunfo.

Los dos luchadores permanecieron en pie por un momento, como abrazados; la punta de la falcata de Sai-Surtha sobresalía a través de la espina dorsal de Renekton. Torrentes de sangre negra brotaban de la herida con un sonido siseaste, mientras la arena del suelo se convertía en vidrio.

Renekton apoyó su mejilla cortada en el hombro de Sai-Surtha.

—Lo único que tenías que hacer era decirme dónde está mi hermano—, dijo. —Pero ahora ya es demasiado tarde—.

—¿Demasiado tarde para qué?—, preguntó Sai-Surtha, extrayendo su espada y dando un paso atrás.

—Para que vivas—, respondió Renekton.

Un pálido resplandor esmeralda emanó del dios y traspasó su carne como rayos de una luz abrasadora. La arena del círculo se elevó en el aire y rodeó a Renekton en remolinos de polvo mientras este se erguía por completo.

Ya no era la figura encorvada que había entrado a Vekaura, y Raz pudo ver la verdadera cara del antiguo dios cuando su forma se llenó de magia antaño olvidada y sus dimensiones se engrandecieron con el poder del mismísimo sol. Sus heridas se curaron y su piel se volvió a formar sin cicatriz alguna, radiante de vitalidad. La sangre que brotaba de sus escamas desprendidas se tornó de negro a rojo intenso antes de separarse de su cuerpo y formar gotas flotantes de rubí. Su mano, colgando del hilo de tendones, se fusionaba de nuevo con el hueso mientras la armadura rota de oro y bronce fluía como una lujosa cera para rearmarse y devolver su lustre.

Sus ojos, antes amarillentos y opacos, ahora resplandecían como si fueran estrellas recién nacidas, llenas de claridad donde antes había ofuscación y locura. Todos los guerreros a su alrededor volvieron a arrodillarse en expectante súplica. Incluso Raz, que no se arrodillaba ante ningún humano, no se avergonzaba de inclinarse ante un ser semejante.

Podía sentir el poder que había forjado a esta criatura en ondas abrasadoras.

Este era un ser que demandaba reverencia, un dios guerrero de tal potencia que su majestuosidad no podía ser capturada por ninguna leyenda.

La falcata se deslizó del puño de Sai-Surtha, inútil ante el imponente monstruo.

Renekton extendió su mano restaurada y alzó a Sai-Surtha del suelo por el cuello como si fuera un cachorro.

—Pequeño mortal—, dijo Renekton, y su eco reverberó en los muros derruidos de la ciudad. —Soy un Ascendido. Aplasté ejércitos y destruí ciudades, sellé sus puertas y las condené al fuego. Reduje el mundo a un páramo incontables eras atrás, ¿y tú pensaste que podías enfrentarte a mí?—.

Con un despectivo ademán de muñeca, Renekton lanzó el cuerpo de Sai-Surtha hacia Ma'kara. Las cabezas del enorme lagarto se irguieron y sus fauces se abrieron y cerraron de golpe.

Raz se estremeció al oír el sonido de los huesos crujientes y la carne triturada mientras las tres cabezas reducían a jirones a su antiguo amo.

Renekton se inclinó para tomar la falcata del Acechapresas, que, a pesar de su colosal tamaño, parecía una espada de juguete entre sus manos.

—¿Quién reclama esta espada ahora?—.

Raz sintió cómo todas las miradas de los Azotadores de las Arenas se posaban sobre él al ser el segundo al mando de Sai-Surtha. Sintió que se le helaba la sangre y su cuerpo languidecía, como si una grasa fría hubiera obstruido sus venas. Dejó escapar un suspiro tembloroso, consciente de que tomar la falcata significaría la muerte.

Se puso de pie y dio un paso hacia adelante; sus sueños de convertirse algún día en el líder de los Azotadores de las Arenas tenían un nuevo sabor amargo.

—Sai-Surtha murió por tu mano—, dijo. —La espada es tuya. Ahora eres el Acechapresas de los Azotadores de las Arenas—.

—Mi época de comandar bandas de guerreros terminó hace tiempo—, contestó Renekton, y Raz creyó ver una profunda melancolía resplandecer en el fuego de su mirada. —No quiero un ejército, ni un cortejo de seguidores mientras busco el rastro de mi hermano más allá de estas murallas. Harían bien en estar lejos de estas tierras cuando lo encuentre—.

El dios guerrero arrojó la falcata de Sai-Surtha a Raz. Se clavó de punta en la arena, con un ligero movimiento.

—Tu líder—, dijo Renekton, saliendo del círculo y aproximándose a él. —¿Sabía algo sobre mi hermano o murió por nada?—.

—No sé qué es lo que sabía—, respondió Raz, para luego retirar la espada de la arena y extenderla en señal de desafío.

—¿Qué haces?—, preguntó Renekton.

—Si vas a matarme, entonces daré un espectáculo que no olvidarás fácilmente—, contestó Raz. —Si quieres mi alma, haré que te la ganes—.

Renekton rio y sacudió su poderosa cabeza.

—No eres nada para mí—, dijo. —Busco el corazón de un dios. Solo te lancé la espada como signo de tu ascenso a... ¿cómo lo llamaste? Acechapresas, eso es. Tú ahora eres el Acechapresas—.

Raz bajó la espada y vio en su hoja el reflejo de los guerreros reunidos a su alrededor.

No podía esperar un mejor signo de favor que la palabra de un dios.

—Poderoso Renekton—, dijo una voz, y al voltearse Raz vio a Dalia ponerse de pie junto a Anukta. —En nuestro camino al sur, el hombre que nos esclavizó habló de una orden de escribas que estaba en la búsqueda de una biblioteca enterrada. Se dice que está escondida en los acantilados más allá de Zirima. No sé si hay alguna verdad en esto, pero si las historias de tu ilustrado hermano son ciertas, tal vez también esté buscando ese lugar...—.

Renekton suspiró y su mirada se perdió en lontananza, sumergida en amargos recuerdos.

—El conocimiento siempre fue su pasión—, dijo. —Alguna vez, casi nos enfrentamos por mi deseo de destruir la gran biblioteca de una ciudad enemiga...—.

Renekton dio la vuelta y regresó a las sombras por el camino por donde había llegado.

Mientras la oscuridad engullía al antiguo ser, este parecía regresar de su colosal y majestuosa forma divina al estado de bestia errante, encorvada y triste, perdida en la locura, con el que había llegado a Vekaura.

Ya sin Renekton a la vista, Raz se volvió hacia Dalia y Anukta.

—¿Quieres vivir?—, le preguntó a Dalia, mientras se inclinaba para recuperar su cuchillo de hoja de diente del suelo ensangrentado en donde Ordan Stilava había sido devorado.

—Sí—, respondió.

Raz le entregó el arma y señaló con la cabeza la silueta sibilante y reptiliana de Khesu.

—Lo hice con uno de sus dientes—, dijo. —Si se deja montar por ti, serás parte de nuestro grupo—.

La mujer asintió y Raz se complació al advertir su falta de temor.

—¿Y qué montarás tú?—, preguntó Anukta.

Raz colgó a su espalda con un lazo de cuero la falcata de Sai-Surtha.

Fijó su mirada en la cabeza central de Ma'kara y sacudió sus hombros. Jirones de carne colgaban de los dientes serrados de la criatura mientras esta miraba con hostilidad cómo se aproximaba.

—Bueno, podemos hacerlo por las buenas o por las malas...—, dijo Raz.

Referencias

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