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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Codicia y Lágrimas

Por Anthony Reynolds Lenné

—Los dioses estaban furiosos e hicieron estremecer a la tierra. Con grietas, la desgarraron —dijo el viejo Khaldun, con el rostro curtido iluminado por la luz de la fogata—. Fue a una de esas fisuras en la que un joven se aventuró. Encontró una apertura, la entrada a una tumba, oculta por el Chacal quién sabe desde hace cuánto tiempo. El hombre tenía hijos qué alimentar y una esposa a la cual satisfacer, y, por ello, se emprendió atraído por la oportunidad.

Lore

—Los dioses estaban furiosos e hicieron estremecer a la tierra. Con grietas, la desgarraron —dijo el viejo Khaldun, con el rostro curtido iluminado por la luz de la fogata—. Fue a una de esas fisuras en la que un joven se aventuró. Encontró una apertura, la entrada a una tumba, oculta por el Chacal quién sabe desde hace cuánto tiempo. El hombre tenía hijos qué alimentar y una esposa a la cual satisfacer, y, por ello, se emprendió atraído por la oportunidad.

Adultos y niños por igual se acercaron para oír las palabras del anciano cuentacuentos. Todos estaban cansados... habían viajado todo el día, y el sol de Shurima había sido implacable... pero los cuentos de Khaldun eran un raro lujo. Apretaron sus capas alrededor de sus hombros para resguardarse del frío nocturno y se inclinaron para escuchar:

El aire al interior de la tumba era frío, un verdadero alivio para el calor abrasador del exterior. El joven encendió una antorcha. Su luz hizo bailar a las sombras frente a él. Avanzó con cuidado, atento a cualquier trampa. Era pobre, pero no tonto.

Los muros del interior eran de suave obsidiana y estaban tallados con escrituras e imágenes ancestrales. No podía leerlas, porque era un hombre simple, pero había estudiado las imágenes.

Pudo ver a un niño príncipe, sentado de piernas cruzadas sobre un disco solar y con una sonrisa en el rostro, que era transportado por un equipo de siervos. Cientos de riquezas y cofres estaban apilados frente a él. Eran las ofrendas de sometidos emisarios con raras vestimentas.

Luego vio otros tallados, también del príncipe sonriente, pero esta vez caminando entre su pueblo. Tenían las cabezas inclinadas contra el suelo. Unos elegantes rayos de luz surgían de la corona del muchacho.

Ante una de estas imágenes, había una pequeña estatua dorada. Sola valía más de lo que el joven pudiera imaginar ganar en diez vidas. El hombre la tomó y la metió en su morral.

No tenía intención de quedarse por mucho tiempo. Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que otros llegaran a husmear el lugar. Y no quería estar allí cuando llegasen. La codicia convierte en tonto hasta al mejor de los hombres, y él sabía que los otros serían capaces de derramar su sangre por esa estatua de oro... y por las otras riquezas que de seguro había más adelante. Sin embargo, la avaricia no era uno de los defectos del joven. No veía la necesidad de seguir adentrándose. Que otros reclamaran el resto de los tesoros escondidos allí.

El joven observó una última imagen antes de salir de la tumba. Representaba al pequeño príncipe muerto, recostado en un féretro. Los más cercanos lloraban... Pero, detrás de ellos, las personas celebraban. ¿Habían amado a su príncipe, o este habría sido un tirano? No había forma de saberlo.

Y, de repente, lo escuchó: un sonido en medio de las sombras que le puso la piel de gallina.

Miró a su alrededor, con los ojos bien abiertos y la antorcha enfrente. Nada.

—¿Quién anda ahí?—, preguntó. Solo respondió el silencio.

El joven sacudió su cabeza. —Fue solo el viento, tonto —pensó—. Nada más que el viento—.

Pero volvió a escucharlo, con más claridad esta vez. Un niño lloraba en la oscuridad, en lo profundo de la tumba.

Si lo hubiese escuchado en otra parte, su instinto paternal lo habría impulsado a seguir el sonido. ¿Pero aquí, en la oscuridad de una tumba funeraria?

Quería escapar... pero no lo hizo. El llanto conmovió su corazón. Estaba colmado de miseria y dolor.

¿Era posible que existiese otra entrada a la tumba? ¿Habría bajado este niño y se habría perdido?

Con la antorcha en alto, el joven avanzó. El llanto continuaba, que hacía eco en la penumbra.

Una cámara más amplia apareció ante él, con un suelo negro y muy reflejante. En su interior, destellaban artefactos dorados y muros ataviados de joyas. Con cuidado, entró a la habitación.

Retrocedió rápidamente cuando su talón sintió unas ondas que se extendían por el suelo. Agua. El suelo no era de obsidiana reflejante... estaba cubierto de agua.

Se arrodilló y tomó un sorbo para refrescarse. Lo escupió de inmediato. ¡Era agua salada! ¡Allí, en medio de Shurima, a miles de leguas del océano más cercano!

El joven volvió a escuchar al niño llorando, ahora más cerca.

Sostuvo la antorcha y el joven observó una silueta al filo de la luz. Parecía ser el niño, sentado de espaldas al joven.

Con cuidado, entró a la sala. El agua del suelo no era profunda. Los cabellos de su nuca se le pusieron de punta, y el terror le invadió el pecho, pero, aun así, siguió avanzando.

—¿Estás perdido?—, preguntó, mientras daba un paso más. —¿Cómo llegaste aquí?—

La figura ensombrecida no se movió... pero sí habló.

—Yo... No lo recuerdo—, dijo. El sonido nadó alrededor del joven mientras hacía eco en las paredes. El niño habló en un dialecto antiguo. Sus palabras eran extrañas... pero comprensibles. —No recuerdo quién soy.—

—Calma, niño—, dijo el hombre. —Todo estará bien—.

Dio otro paso hacia adelante, y la figura ya se veía claramente frente a él. Abrió grandes los ojos.

Lo que había ante él era una estatua de oro tallada en ónix, y nada más que eso. No era la fuente del llanto, ni de la voz del niño.

Fue entonces, cuando una pequeña mano seca lo agarró.

El más pequeño de la audiencia soltó un grito ahogado con los ojos muy abiertos. Los otros niños rieron con una falsa carcajada. El viejo Khaldun sonrió y un diente de oro destellaba a la luz de la fogata. Luego, prosiguió.

El joven miró hacia abajo. El cadáver envuelto en lino del pequeño príncipe estaba de pie frente al hombre. Una luz tenue y fantasmal emanaba de las cavidades oculares del niño, aunque todo su rostro estaba cubierto con vendas funerarias. El niño cadáver tomó la mano del joven.

—¿Serás mi amigo?—, preguntó el niño con la voz tapada por las vendas.

El joven se dio un paso atrás y se liberó de la mano del niño. El joven miró su mano aterrorizado. Su mano se estaba secando; se volvía negra y marchita. El toque necrótico comenzó a avanzar por su brazo.

Dio media vuelta y huyó. Con la prisa y el terror, tiró su antorcha al suelo. Siseó mientras caía en el lago de lágrimas y la oscuridad se extendía. Aun así, lograba ver la luz del día adelante. Corrió hacia ella, se abalanzó desesperado, aunque la muerte seguía avanzando por su brazo en dirección a su corazón.

En cualquier momento, esperaba sentir la mano del niño fantasma detrás de él... pero eso no ocurrió. Después unos instantes que le parecieron una eternidad, salió abruptamente de la oscuridad hacia el calor del desierto una vez más.

—Lo siento—, resonó una lúgubre voz desde la penumbra a sus espaldas. —No fue mi intención.—

—Y así fue como se descubrió la tumba de Amumu —dijo el viejo Khaldun—. Y el niño fantasmal salió al mundo.

—¡Pero todos saben que no es real! —gritó uno de los niños, el más grande, luego de un momento de silencio.

—¡Amumu es real! —dijo el más pequeño. —¡Deambula por la tierra buscando a un amigo!

—Es real, pero no es un niño —dijo otro. —¡Es un yordle!

Khaldun rio, y se puso de pie con la ayuda de su nudoso bastón.

—Soy viejo, y debemos hacer un largo viaje por la mañana —dijo—. Ya es tarde y debemos dormir.

Su audiencia comenzó a dispersarse mientras sonreían y hablaban entre ellos con voces familiares... pero una niña no se movió. Miraba a Khaldun sin pestañear.

—Abuelo —dijo—. ¿Cómo perdiste tu brazo?

El viejo Khaldun miró la manga vacía amarrada a la altura de su hombro y sonrió a la niña.

—Buenas noches, pequeña —dijo mientras le guiñaba un ojo.

Referencias

 v · e
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