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Historia corta

Cercenamiento

Por Michael Yichao

El chico corrió como un rayo, lleno de terror.

Lore

El chico corrió como un rayo, lleno de terror.

Bajo la luz plateada de una luna menguante, la oscuridad se cernía sobre él y solo la luz tenue de las estrellas brillaba a través de la noche brumosa. Las siluetas de los árboles destellaban a su paso. La linterna en la mano del chico parpadeó y chisporroteó, a punto de apagarse. Pero no le tenía miedo a la oscuridad.

Sino a aquello que lo perseguía en la oscuridad.

El chico ya lo había sentido una vez: un frío repentino en el aire estival, un terror reptante que se aferraba a su corazón. Eran sensaciones que había desestimado como síntomas de la hora tardía y una noche larga. En cualquier otra ocasión, se habría reprochado a sí mismo por complacer a su imaginación. Tenía trece años: ya estaba grande para asustarse de sombras repentinas y espíritus inofensivos.

Pero este espíritu tenía brillantes ojos azules que miraban directamente a su alma. La sombra había susurrado su nombre.

El chico se arriesgó a mirar hacia atrás para ver si todavía lo estaba siguiendo... y se estrelló contra algo. Cayó de espaldas y el golpe le sacó el aire de los pulmones. La linterna cayó a su lado y su luz débil se agitó sin control. En un segundo, pasó de la sorpresa y el dolor al miedo cuando vio a la figura cernirse sobre él.

Un hombre hombre, alto y ágil, estaba de pie con el torso desnudo, impávido ante la inusual noche fría. De la cintura para abajo, su túnica holgada se inflaba con el viento, desgastada por el uso. Llevaba alrededor de la cintura un elaborado cinturón de cuerdas trenzadas del que colgaban máscaras extrañas, rostros monstruosos atrapados en alabastro. Llevaba los brazos cubiertos de vendajes y en cada mano empuñaba una espada: una de acero templado que brillaba a la luz de la luna, y otra que desprendía un inquietante destello rojo.

Pero fue el rostro del hombre lo que petrificó al chico.

Esos gélidos ojos azules miraban a través de una máscara que irradiaba el mismo destello rojo que la espada del hombre. La máscara le envolvía el rostro, casi devorando su ceño fruncido.

—¡A-atrás!—, graznó el chico.

—No soy yo a quien debes temer—, dijo el hombre con un gruñido débil y los ojos fijos en un punto detrás de él.

La confusión inundó el rostro del chico mientras seguía la mirada del hombre. Lo que vio lo hizo desplomarse en el suelo.

Una forma difusa se desplazaba en la niebla. Si el extraño no lo hubiera señalado, el chico no habría sido capaz de verlo. La niebla se transformó en grandes ojos con pupilas alargadas, y el bosquejo de un cuerpo enorme tomó forma apartando la niebla a su alrededor para dejar un espacio en negativo. El chico entrecerró los ojos. Algo más resplandecía en la noche nebulosa... ¿Dientes?

Jamás había visto algo así, mas le resultaba familiar. Como si lo conociera. Lo atraía, lo obligaba a acercarse. Dio un tembloroso paso hacia delante.

Algo frío le perforó el pecho.

El chico miró hacia abajo, conmocionado, ante la punta de la espada roja brillante. Su menté se aceleró y respiró entrecortadamente debido al pánico que sentía; esperaba dolor y sangre, pero no sintió nada. En cambio, un extraño entumecimiento se extendió por su cuerpo. Por detrás, escuchó al hombre mascullar por lo bajo, y un sello extraño apareció en el aire enfrente de ellos, como si lo hubieran pintado con un pincel invisible. Una palabra —¿o un nombre?— que no conocía.

—¿Qué...?—.

El hombre lo ignoró. —Mi espada conoce tu verdadero nombre, azakana—.

El chico sintió que la espada salía de su cuerpo y cayó de rodillas, jadeando. Se llevó las manos al pecho... pero no había ningún pinchazo ni herida. Extrañamente, el chico se sintió más liviano, como si se hubiera sacado un peso de encima. Levantó la vista y se encontró con una pared de dientes.

La criatura arremetió contra él.

Se escuchó un estruendo de acero. El extraño enmascarado estaba de pie delante de él, bloqueando los pálidos colmillos gigantes de la criatura con sus espadas. No... no era el hombre, sino un espíritu borroso con su forma. El chico miró hacia atrás, donde el propio hombre estaba de pie, con los ojos cerrados como si estuviera meditando. Un escalofrió recorrió la espalda del chico cuando el frío del aire se le metió en los huesos y, con cada movimiento de lucha del monstruo y del hombre, sentía que su alma se sacudía y tambaleaba; su propia existencia ejercía una fuerza palpable sobre él. El chico estaba conmocionado.

¿Qué es él?

El espíritu del espadachín empujó a la criatura y luego explotó en mil volutas de humo que envolvieron al chico mientras regresaban al cuerpo del extraño. La horrible criatura rugió llena de furia. Al entrecerrar los ojos, el chico pudo ver otras partes de la bestia a través de la niebla: pelaje enmarañado, garras, un torso enorme..., pero cuando quería enfocarse en el cuerpo entero, algunas partes se desdibujaban.

¿Te atreves a negarme lo que ya es mío? Una extraña voz rasposa reverberaba en la mente del chico y se mezclaba con los gruñidos estruendosos del monstruo. El chico me pertenece.

El estómago del chico se estremeció. ¿Puede hablar?

—Nada en este reino te pertenece—, dijo el hombre, sin inmutarse. —¡Tiembla Taan Ko'au!—.

Aunque las palabras no tenían sentido para el chico, escucharlas le puso los pelos de punta. La frase tuvo mucho más efecto en la criatura, que emitió un grito estremecedor. Retorció sus músculos sinuosos entre dientes pálidos y garras. Cuatro ojos escarlatas se centraron en su rostro horrendo, echando chispas por encima de un torso enorme con pelaje gris que brillaba vívidamente; volutas efímeras que se convertían en carne y hueso.

—Y así te nombro—, dijo el hombre con la máscara rota. —Y así te revelas—.

Un aullido provocador hizo temblar el suelo. El hombre cambió de postura, agachándose mientras empuñaba ambas espadas.

—Y así morirás—.

La bestia cargó contra él, pero el extraño arremetió tan rápido que el chico casi no lo vio. Las espadas brillaron a la luz de la luna, una con un destello plateado, la otra dejando un rastro rojo como la sangre. De la criatura brotó icor mientras caía al suelo.

—Duerme, azakana. Te has liberado de la carne—. El hombre caminó hacia delante y enterró ambas cuchillas en la criatura. La bestia rugió y luego jadeó.

El chico observó cómo su cuerpo se disipaba en una niebla arremolinada, su rostro monstruoso se contorneaba en diferentes expresiones mientras se encogía y endurecía, adoptando una apariencia casi humana, para finalmente tomar la forma de... una máscara. Sus ojos se ensancharon al reconocerlo. Aunque todavía tenía los cuatro ojos del monstruo en una expresión distorsionada y exagerada, parecía casi lúgubre... y extrañamente se parecía a su propio rostro.

Con una sacudida, la máscara flotó hacia la mano extendida del hombre. Con un movimiento fluido, envainó la espada y ató la máscara a su cinturón, junto a las demás. Luego, giró para irse.

—¿Qué eres?—, preguntó el chico.

—Alguna vez supe la respuesta a esa pregunta. Pero ahora...—. El extraño hizo una pausa. Contempló al chico con una mirada de acero.

Una pregunta pugnaba por salir de los labios del chico. —Esa cosa... ¿era yo?—.

—Solo era una pesadilla supurante que se alimentaba de tu dolor. Pero ya no te define—.

El chico se mordió el labio. —Es mi culpa. Soy débil... Nunca soy lo suficientemente bueno. Mi padre tenía razón—.

Sin hacer ruido, el hombre giró para acercarse y el chico retrocedió casi por instinto. La expresión del extraño se suavizó un poco.

—Aquellos que amamos suelen ser los que más nos lastiman—. El hombre sacó la máscara del cinturón para examinarla. —La desesperanza devora nuestra voz, se disfraza de verdad y afirma saber quiénes somos. Pero solo nos muestra una versión retorcida de nosotros—.

Volteó la máscara y la sostuvo en alto para que el chico pudiera verla. Parecía pequeña, frágil... Sin dientes.

—Atraviesa sus mentiras para encontrar tu verdad—. El hombre esbozó una débil sonrisa. —Estarás bien, Andu—.

Con esas palabras, el extraño se dio vuelta y se alejó, dejando al chico solo en el oscuro bosque.

Referencias

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