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Historia corta • Lectura de 17 minutos

Carne y Roca

Por John O'Bryan

Una joven avergonzada de su poder. Un monolito al que le sobra curiosidad. ¿Un par dispar o la pareja perfecta?

Lore

—Una sombra se desvanece ante la luz—, se dijo a sí misma la chica.

Estas palabras eran un mantra, uno que utilizaba con regularidad para tranquilizarse cuando sentía que estaba perdiendo el control. Aunque sólo tenía trece años, ya era una experta en el uso de trucos como ese para aliviar los síntomas de su aflicción. Pero hoy las palabras eran inútiles. Hoy, la chica necesitaba estar a solas.

Se esforzó por contener las lágrimas, evitando el contacto visual con los transeúntes mientras caminaba rápidamente hacia las miradas escrutadoras de los centinelas en las puertas de la ciudad. Si la detenían, probablemente se derrumbaría y les confesaría todo. Al menos, todo habrá acabado, pensó.

Pero le prestaron poca atención cuando cruzó los arcos, hacia el campo abierto fuera de la ciudad.

Alejada de la carretera principal, la chica encontró un rincón silencioso en una ladera boscosa. En cuanto se aseguró de que no la verían, tomó un pañuelo limpio de su bolsillo, lo colocó sobre su rostro y lloró.

Las espesas lágrimas surgieron rápidamente, escurriéndose por sus mejillas. Si alguien hubiera visto a la chica así, probablemente no la reconocería. Toda la gente la conocía como la optimista de rostro fresco quien alegremente los saludaba con un "¡Buenos días!" y un "¡Qué gusto verte!" a diario, sin importar las circunstancias.

Su otro lado, el desagradable y claramente no demaciano, era un lado que la chica no compartía con nadie.

Mientras restañaba el flujo de lágrimas con su delgado paño de lino, su mente comenzó a tranquilizarse. Finalmente, se atrevió a recordar los eventos que le habían provocado las lágrimas. Estaba en la sala de lectura con sus compañeros de clase cuando su mirada empezó a merodear a través de una ventana abierta. La bandada de moscas de néctar de afuera eran mucho más interesantes que la monótona lección de tácticas de campo que impartía su instructor. Las moscas bailaban, no en unísono sino en un caos vivaz que era extrañamente hermoso. Disfrutaba de su movimiento y sentía una sensación de calor que colmaba su centro con una felicidad intensa.

El calor le era familiar. La mayoría del tiempo podía dominarlo, era capaz de llevarlo de vuelta a su interior como plumas que se hubieran caído de un colchón. Pero hoy el calor estaba... ardiendo, con vida propia. Lo sintió quemando sus dientes, amenazando con explotar hacia el mundo con un abanico de tonos iridiscentes, como solo había ocurrido en privado.

Por un instante, un delgado hilo de luz blanca surgió de la punta de sus dedos.

—¡No! ¡Nadie debe ver esto!—, pensó, deseando reprimir la luz.

Por primera vez en su vida, sintió que era demasiado. La chica tenía solo una oportunidad de salvarse. Necesitaba marcharse. Se puso de pie y juntó sus pertenencias.

—Luxanna—, dijo su instructor. —¿Estás...?—.

—Una sombra se desvanece ante la luz—, murmuró mientras huía de la habitación sin dar explicaciones. —Una sombra se desvanece ante la luz. Una sombra se desvanece ante la luz—.

Mientras se secaba los ojos en la serenidad del bosque, sus pies la alejaron más y más de la ciudad. Comenzó a analizar el costo del incidente. Los rumores acerca de una estudiante que se había marchado de la clase sin autorización se divulgarían rápidamente en toda la ciudadela. ¿Qué castigo recibiría por esa insubordinación?

Lo que fuera a ocurrir era mejor que la alternativa. Si se hubiera quedado, hubiera estallado, llenando el edificio completo de luz brillante y pura. Entonces, todos sabrían que ella era afectada por la magia.

Y sería el momento en que los anuladores vendrían.

Una o dos veces, la chica había visto a los anuladores en las calles con sus extraños instrumentos, erradicando a los practicantes de magia. En cuanto encontraban a las personas afectadas, las forzaban a reubicarse en los barrios bajos en las afueras del reino, para nunca formar parte de la gran sociedad tan conocida por la familia de Lux.

Esa era la peor parte, saber que su familia estaría avergonzada. Y su hermano... Oh, su hermano. Se estremeció al pensar en lo que diría Garen. La chica soñaba constantemente con vivir en otra parte del mundo, donde la gente con dones arcanos fuera venerada como héroes y celebrada por sus familias. Pero ella vivía en Demacia, donde la gente conocía el potencial destructivo de la magia, y la trataba como tal.

Mientras veía que su situación aumentaba en desesperanza, Lux se dio cuenta de que estaba parada a la vista del monumento de Galio. La gigantesca estatua había sido construida hace mucho tiempo como un estandarte de batalla para la milicia y la acompañaba a sus misiones en el exterior. Esculpido con petricita, Galio poseía propiedades que absorbían la magia y, con estas, se habían salvado muchas vidas de ataques de archimagos. Si uno creía en las leyendas, él incluso había cobrado vida en algunas ocasiones, cuando demasiado poder místico se había filtrado en su mortero. En ese momento, se encontraba inmóvil como una montaña, cubriendo la Carretera Memorial, alejado del tránsito de la carretera principal.

Lux se acercó cautelosamente a la estatua. Desde que era pequeña, había imaginado al viejo titán vigilando a aquellos que pasaban por debajo de él. Parecía que podía mirar a través de su alma, juzgándola.

—No tienes lugar aquí—, diría de forma acusadora.

Aunque sólo habló en su imaginación, la chica sabía que decía la verdad. Ella era diferente. Eso era indiscutible. Sus constantes sonrisas y exuberancia se destacaban ante la austeridad característica de Demacia.

Pero existía el brillo. Desde que ella podía recordar, Lux lo sentía ardiendo en su corazón, deseando surgir libremente. Cuando era pequeña, el brillo era débil y podía dominarlo con facilidad. Ahora, el poder era demasiado grande para permanecer escondido.

Abrumada por la culpa, Lux levantó la mirada hacia el Coloso.

—Bueno, ¡ya dilo!—, gritó.

Era poco característico de Lux, pero no había tenido un buen día y permitía que su alma se desahogara. Ella, aliviada, exhaló profundamente y de inmediato se sintió avergonzada por el arrebato. ¿En verdad acabo de gritarle a una estatua?, pensó asombrada y observó a su alrededor para asegurarse de que nadie la había visto. En determinadas épocas del año, esta vía estaba atestada con viajeros realizando peregrinaciones al Coloso, rindiendo homenaje al símbolo de la determinación de Demacia. Pero en ese momento, la Carretera Memorial estaba vacía.

Lux buscaba transeúntes cuando escuchó un estruendo pedregoso en el aire sobre ella. Levantó su cabeza, provenía de la parte superior del coloso. Era común que los pájaros volaran desde sus nidos hasta la coronilla de la estatua, pero no había sido un pájaro. Sonaba como una pesada vasija de barro siendo arrastrada por el empedrado.

Lux miró fijamente por un largo periodo de tiempo, pero nada se movió en la estatua. Tal vez era su mente de nuevo, trabajando por el trauma de los acontecimientos del día. Aun así, sus ojos permanecieron fijos en el Coloso, desafiando a lo que sea que se hubiera movido para que lo hiciera de nuevo.

Y entonces ocurrió: los ojos de la estatua se movieron. Los gigantescos orbes de piedra giraron físicamente sobre sus cuencas para encontrar a Lux debajo en el pasto.

El rostro de la chica se volvió blanco por un momento. Podía sentir a la enorme figura de piedra estudiándola. Esta vez, definitivamente no era su imaginación. Lux encontró sus piernas y corrió, alejándose de la estatua, tan rápido y tan lejos como pudo.

Más tarde, Lux entró por el arco de alabastro de la mansión de su familia. Había caminado muchos kilómetros durante todo el día, por toda la ciudad, esperando que sus padres estuvieran dormidos cuando regresara a casa. Pero una persona no lo estaba.

Su madre, Augatha estaba sentada en un sillón en la esquina del gran vestíbulo, mirando furiosamente hacia la puerta con gran expectativa.

—Sabes qué hora es?—, le reclamó.

Lux no respondió. Sabía que era más de media noche, mucho más allá de la hora en la que su familia solía irse a dormir.

—La escuela ha decidido no expulsarte—, dijo Augatha. —No fue un desastre sencillo de solucionar—.

Lux quería romper en llanto, pero no había hecho otra cosa durante todo el día y ya no le quedaban lágrimas. “Casi lo vieron—, dijo ella.

—Eso pensé. Está empeorando, ¿verdad?—.

—Qué debo hacer? —, preguntó Lux, exhausta por la preocupación.

—Lo que debemos—, contestó su madre. Ya no tienes control sobre eso. Al final, alguien saldrá herido—.

Lux había escuchado de hombres muriendo en batalla a manos de hechiceros, cuerpos derretidos más allá de poder reconocerlos y almas divididas en dos. Se sentía miserable sabiendo que poseía un poder que podía ser usado para tal destrucción. Quería odiarse a sí misma, pero se encontraba adormilada a causa del constante torrente de emociones que había experimentado durante el día.

—Conseguí la ayuda de un profesional—, dijo Augatha.

El estómago de Lux dio un vuelco. Solo había una profesión que lidiaba con su afección. —Un anulador?—, preguntó ella, falta de aliento.

—Es un amigo. Alguien a quien debí haber llamado hace mucho tiempo—, añadió Augatha. —Puedes confiar en que será discreto—.

Lux asintió. Ella sabía que la vergüenza era inminente. Incluso si el hombre no le decía a nadie, como le aseguraba su madre, él lo sabría.

Y las curas... no quería siquiera pensar en eso.

—Él vendrá para evaluarte por la mañana—, dijo Augatha mientras subía las escaleras hacia su habitación. —Este será nuestro secreto—.

Sus palabras no eran ningún consuelo. Lux no era siquiera una mujer aún y su vida ya estaba terminada. Solo quería retirarse al piso de arriba para entrar en un profundo letargo que enterrara todos sus problemas en la oscuridad, pero sabía que sus problemas particulares no desaparecerían con la noche. La luz seguiría creciendo en su interior, amenazando con surgir nuevamente en cualquier momento. El anulador llegaría por la mañana para llevar a cabo algún terrible tratamiento. Lux había escuchado rumores, horribles rumores de petricita triturada para ser tomada en pociones seguida de episodios de un dolor insoportable. Era cierto que la chica quería deshacerse de su aflicción, pero no quería experimentar eso.

Acaso no hay otra manera?, se preguntó.

¡Claro!

La idea llegó a su cabeza como un relámpago. En un instante, empezó a sentirse llena de temor y esperanza, insegura de que el plan que acababa de pensar pudiera funcionar, pero sabiendo que era algo que debía intentar.

Bajo la profunda noche, Lux desesperadamente rememoró sus pasos, atravesando el arco de alabastro, cruzando la avenida y escabulléndose de los guardias en las puertas. En el sur, encontró la Carretera Memorial y la siguió por kilómetros para llegar al lugar de descanso de Galio. Su corazón galopaba dentro de su pecho.

—Hola?—, preguntó la chica estremeciéndose, sin estar segura de querer una respuesta.

Lux se acercó al pedestal donde el Coloso permanecía de pie, completamente solo en la serena noche. Puso su mano cuidadosamente sobre los cimientos fríos de petricita. —Me pregunto a qué sabrá. Apuesto a que es muy amargo—, pensó. Supuso que lo averiguaría pronto si su plan no funcionaba.

—Bueno, dicen que tú corriges la magia—, dijo Lux. —Así que, arréglame. Quiero ser una demaciana—.

Levantó su mirada hacia el Coloso. Estaba tan inerte y firme como las formas de vida de Demacia. Ni siquiera los murciélagos estaban revoloteando sobre él. Lo que había escuchado antes, lo que creyó haber visto: era algo que había imaginado, después de todo. Quitó su mano del pedestal, reflexionando a dónde más podría acudir.

—Pequeña niña humana—, dijo una estruendosa voz sobre ella.

La cabeza de Lux volteó hacia arriba para ver a la estatua inclinando su gigantesca cabeza hacia abajo. Su mente se aceleró. Lo sabe. Y no va a arreglarte. Va a aplastarte como a un insecto.

—Puedes... ¿rascar mi pie?—, preguntó el Coloso.

Galio miró asombrado a la chica que huía de él, su pequeña cabeza chillaba palabras que no podía comprender. Aunque la había observado durante años, no sabía que podía moverse tan rápido, ni tan escandalosamente.

Desde que la chica era muy pequeña, Galio la había visto cuando la familia pasaba por ahí durante sus viajes anuales. La estudiaba con fascinación, esforzándose por seguirla con la mirada mientras que ella entraba y salía de su campo de visión. Después, a la mitad de sus juegos, ella recordaba repentinamente que él estaba ahí, así que se escondía tímidamente detrás de la falda de su madre. Cuando el Coloso estaba inactivo, todo parecía moverse con una borrosa distorsión. El mundo era opaco, las personas no eran más que destellos ante sus ojos.

Pero incluso entonces, Galio podía sentir algo profundamente especial en la chica. Era un brillo, pero no solo una luminiscencia visual. El tiempo corría más lento con ella y la neblina se disipaba mientras algo extraño se movía dentro de su forma rocosa.

Al principio era pequeño. Cuando la chica era una bebé, Galio podía sentir su extraño calor cosquillando sus dedos. En su segunda visita, Galio podía sentir el brillo tirando de su pierna entera. Cuando ella tenía diez años, el calor de la chica era tan fuerte que Galio podía sentirla acercándose a kilómetros de distancia, y crecía vertiginosamente con la anticipación de su visita.

Ahora, aquí estaba de nuevo, aunque no era día regular de visita. Su poder quemaba de forma tan intensa que se había propagado como un fuego incontrolado a través de sus frías entrañas. ¡Lo había traído a la vida!

Ahora que Galio estaba despierto, veía su resplandor con asombrosa claridad. Ella brillaba como todas las estrellas en los cielos.

Y se estaba yendo, de nuevo.

Con cada paso de la chica, Galio sentía que su vida se evaporaba, regresándolo a su estado frío e inmóvil. Si regresaba a ser inerte, nunca conocería a la chica. Tenía que seguirla.

Sus altas piernas retumbaron del pedestal rápidamente alcanzado a la chica con su enorme andar. Sus ojos se abrieron mientras giraba hacia el gigantesco Coloso. Un haz de luz concentrado salió disparado de los dedos de la chica hacia la pierna de Galio. El extraño sentimiento en su interior se intensificó tanto que pensó que probablemente explotaría, esparciendo pedazos de él por toda Demacia.

Pero Galio no se rompió. En vez de eso, se tornó más cálido y más lleno de vida. Se agachó y, delicadamente, recogió a la chica con sus manos. Ella se cubrió el rostro para protegerse de algún daño inminente.

El Coloso comenzó a reír, como un niño jugando en una fuente.

—Pequeña persona de cabeza dorada—, rugió. —Eres graciosa. Por favor, no te vayas—.

La chica se sobrepuso lentamente a la conmoción y respondió: —Yo... No puedo. Tú me estás sujetando—.

Percibiendo su ofensa, Galio cuidadosamente puso a la chica de vuelta en el suelo.

—Lo siento. Normalmente no conozco a pequeñas niñas humanas. Sólo despierto para aplastar cosas—, le explicó. —¿Tienes cosas para aplastar? ¿Cosas grandes?—.

—No—, dijo la chica humildemente.

—Entonces hay que encontrar algo para aplastar—. Caminó unos pocos pasos retumbantes, se volvió y descubrió que la chica no lo estaba siguiendo. —¿No vendrás, chica humana?—

—No—, contestó ella, incluso más temblorosa, sin saber si la respuesta molestaría al gigante. —Estoy intentando no hacerme notar ahora mismo—.

—Oh. Discúlpame, chica humana—.

—Bueno. Voy a irme ahora—, dijo Lux en lo que ella pensó que era su manera de despedirse. —Fue un gusto conocerte—.

Galio se fue justo detrás de ella. —Te estás alejando de tu ciudad—, añadió él. —Adónde vas?—

—No lo sé—, respondió ella. —A algún lugar a donde pertenezca—.

El Coloso inclinó la cabeza hacia ella. —Eres una demaciana. Perteneces a Demacia—.

Por primera vez, la chica vio empatía en el gigante y sintió que podía abrirse.

—No lo entenderías. Tú eres un símbolo de este reino. Yo solo...— Lux buscó una palabra que expresara todo sin decir mucho. —Yo estoy mal—, dijo ella finalmente.

—¿Mal?? No puedes estar mal. Me diste vida—, expresó retumbantemente Galio, bajando su cabeza de piedra a su nivel.

—Ese es el problema—, dijo la chica. —Tú no deberías estarte moviendo. La única razón por la que te estás moviendo soy yo—.

Galio reaccionó estupefacto en silencio por un momento, después explotó con una alegre epifanía.

—Eres una maga!—, vociferó.

—¡Shhh! ¡Por favor, guarda silencio!—, le rogó la chica. —La gente te escuchará—.

—¡Yo aplasto a los magos!—, él proclamó. Y luego añadió rápidamente: —Pero no a ti. Tú me agradas. Eres el primer mago que me agrada—.

El miedo de Luxanna comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en irritación. —Escucha. Aunque todo esto sea maravilloso y milagroso, realmente preferiría que me dejaras sola. Además, la gente empezará a notar que no estás—.

—No me importa—, insistió Galio. —¡Deja que lo noten!—

—¡No!—, dijo Lux, rechazando el pensamiento. —Por favor, regresa a donde perteneces—.

Galio se detuvo a reflexionar, después sonrió en cuanto recordó algo entretenido. —Hazme de nuevo esa cosa. ¡Con tu maravillosa luz de estrella!—, dijo él, demasiado fuerte para la comodidad de Lux.

—¡Shhh! ¡Deja de gritar!—, le rogó. ¿Te refieres a mi aflicción?—

—Sí—, respondió Galio con un tono de voz un poco más bajo.

—Lo siento. No puedo hacerlo siempre. Y no debo hacerlo. Debes irte—, insistió ella.

—No me puedo ir. Si te dejo, dormiré. Y cuando despierte, te habrás ido, pequeña niña—.

Lux hizo una pausa. Aunque estaba irritada por el agotamiento, se conmovió mucho con las palabras del gigante.

—Si puedo hacerlo de nuevo, ¿prometes irte?—, le preguntó.

El Coloso pensó por un momento y después aceptó la propuesta.

—Bien—, contestó a la chica. —Lo intentaré—.

Ella apretó sus manos contra su cuerpo y las empujó hacia adelante, dirigiéndolas hacia Galio. Para su decepción, solo una pequeña chispa de luz destelló de sus dedos. Lo intentó una y otra vez, obteniendo menos resultados en cada intento.

—Debo de estar cansada—, notó ella.

—Descansa—, sugirió Galio. —Entonces, cuando estés renovada, puedes darme tu magia—.

—Mmm—, pensó Lux, reflexionando la sugerencia. —No puedo deshacerme de ti y no tengo adonde ir. Supongo que puedo descansar un poco—.

Lux comenzó a tentar el suelo en búsqueda de un trozo cómodo de pasto. En cuanto encontró un lugar adecuado, se recostó y se envolvió con su abrigo.

—Bueno, ahora dormiré—, dijo bostezando. —Tú deberías de hacer lo mismo—.

—No. Yo duermo demasiado—, contestó Galio.

—¿Puedes entonces...? No lo sé, ¿permanecer inmóvil por un rato?—

—No funciono de esa manera—, respondió el Coloso.

—Entonces, quédate quieto y pretende que no estás vivo—.

—Sí. Solo me quedaré aquí parado y te observaré descansar, chica humana—, dijo Galio.

—Por favor, no—, insistió Lux. —No puedo dormir si me estás observando. ¿Podrías... voltearte?—.

Galio cumplió el deseo de la chica, alejándose de ella hacia las distantes luces de la capital de Demacia. No era tan interesante como la chica, pero sería suficiente.

Haciendo lo posible con la poca privacidad que tenía, Lux cerró los ojos e intentó conciliar el sueño.

En cuanto estuvo segura de que Galio no se voltearía, silenciosamente se puso de pie y se escabulló hacia la noche.

Luxanna caminó rápidamente, sabiendo que lo primero que debía hacer era alejarse lo más que pudiera del Coloso. Si no lo hacía, su magia seguiría potenciándolo y él, seguramente, iría a buscarla. En la mañana, todas las patrullas del reino estarían buscando a la perdida chica Guardia de la Corona que había desaparecido durante la noche. Seguramente notarían al caminante monumento nacional siguiéndola y sabrían que la chica sería la fuente mágica que lo habría despertado.

Las piernas adoloridas de Lux se apresuraron. Solo tenía una vaga idea de sus alrededores. Era difícil hallar algún punto de referencia en esta oscura hora de la noche. Lo único que sabía con seguridad era que los Bosques Nube estaban cerca, sus frondosos árboles rojizos formaban el paisaje de la ciudad hacia el sur. Sería el lugar ideal para esconderse de los grupos de búsqueda y un buen lugar para encontrar comida para el desayuno. Podría atravesar el bosque en el lapso de dos días y encontrar refugio en una de las aldeas madereras de Vaskasian, donde difícilmente la gente la reconocería. No era un plan brillante, de ningún modo, pero era lo mejor que tenía.

Lux podía divisar los principios del bosque, sus árboles en progresión de altura como una pirámide, con los más altos al centro. Mientras cruzaba el umbral del bosque, hizo una pausa para lamentarse por lo que estaba abandonando. Extrañaría a su hermano Garen y a su amado corcel Fuego de Estrella, incluso a su madre, pero así tenían que ser las cosas.

Una sombra se desvanece ante la luz, se aseguró a sí misma y se adentró en la oscuridad de los densos bosques de hojas perennes.

Después de una hora de abrirse camino a través de las espinosas y resinosas ramas del bosque, Lux empezó a dudar del plan. Su estómago estaba rugiendo y toda la confianza que tenía en encontrar un camino despejado en los árboles se había desvanecido con la luna brillante tras las nubes. A su alrededor podía escuchar los resoplidos y crujidos de los animales nocturnos, los cuales la ponían nerviosa.

Solo un poco de luz, pensó. Seguramente solo un poco no hará daño, aquí fuera.

Comenzó a conjurar un orbe luminiscente entre sus manos. Por un instante, un destello de luz bailó en la punta de sus dedos, causando un alboroto audible en las criaturas que la rodeaban. Pero la luz se apagó tan repentinamente como apareció, regresando todo a la oscuridad. Lux miró los contornos de sus manos, inspeccionándolos para encontrar algún defecto. Se preguntaba qué podría haber impedido que ella hiciera lo que había hecho antes de forma tan sencilla y espontánea.

—Es el Coloso—, se percató. —Debe serlo—.

De pronto, se volvió consciente del murmullo de las voces del bosque. Pasos lentos, determinados y susurros. Estaban...

Un brazo rodeó la garganta de Lux, conteniéndola. Podía sentir la presencia de al menos otros dos hombres en sus costados.

—¿Adónde se dirige esta noche, señorita?—, preguntó uno de los hombres.

Lux balbuceó, sin realmente formular una respuesta. El hombre que la contenía tensó su agarre.

—Deberías de estar en los suburbios de anulación, ¿verdad?—, él dijo.

—No...— Lux jadeó, el brazo del hombre la tomó firmemente debajo de su mentón. —Yo no soy...—

—No somos tontos, señorita—, dijo el tercer hombre. —Vamos, hay que llevarte de regreso—.

Lux forcejeó para liberar sus brazos mientras los hombres intentaban atarlos con una cuerda gruesa. Ella se concentró, pero aun así no podía invocar la magia que alguna vez había sido en apariencia suya. Logró liberar una mano para atacar a uno de los hombres directamente en la mandíbula y escuchó las ramitas del suelo crujir mientras el sujeto caía. Los otros dos hombres descendieron furiosamente sobre ella.

—No debiste hacer eso—, dijo uno de ellos con el ceño fruncido. —Realmente no debiste hacer eso—.

El hombre comenzó a tensar sus ataduras. Estaban probando un punto, al halar los nudos tan fuerte y dolorosamente como podían, cuando el suelo comenzó a vibrar con una sorda y estruendosa cadencia. Los hombres hicieron una pausa aterrorizados, buscando la fuente del ruido mientras, lentamente, incrementaba en frecuencia y en volumen.

Temblaba como si fuera un terremoto, solo que dividido en estables retumbos rítmicos... como pisadas gigantescas.

Y se estaban acercando.

—¿Qué es eso?—, preguntó un hombre, demasiado asustado como para moverse.

El suelo se estremeció aún más y a su vibración se unió el crujir de grandes árboles que estaban siendo destrozados. Fuera lo que fuese, estaba en el bosque y casi sobre ellos.

—Es... Es...—

Todos levantaron la vista para ver al monstruoso Galio, quien daba zancadas hacia ellos, dejando un camino de árboles rojizos caídos a su paso. Los hombres corrieron, solo logrando conseguir dar unos cuantos pasos entre los árboles antes de que una gigantesca mano de petricita los tomara, llevándolos hacia lo alto en el aire. Galio miró furioso con un ojo enorme al montón de carne tembloroso que sostenía en su mano.

—¿Es momento de pelear?—, dijo el Coloso con una sonrisa. —¡Los destrozaré!—

Abrió su apretado puño y levantó la otra mano para aplastar a los hombres entre sus palmas.

—¡No! —, dijo una diminuta voz. —¡Por favor, detente!—

El Coloso encontró a Lux en el suelo, golpeando sus tobillos con sus brazos atados.

—¡No está bien!—, gritó ella.

Confundido, Galio bajó a los hombres y los liberó. Lux escuchó las rápidas pisadas de los hombres, quienes corrían lejos de ella con el apremio de un alce perseguido. Mientras se libraba de sus ataduras, miró al Coloso.

—Me di la vuelta y te habías ido, chica humana—, dijo él. —¿Por qué estás en los árboles?—.

—No... no lo sé—, dijo Luxanna.

Galio se recostó en la ladera, observando las estrellas junto con la diminuta chica de cabeza dorada con la que había hecho un lazo de amistad. Ninguno de los dos habló, salvo un suspiro ocasional, no los jadeos estresantes que Lux había conocido antes. Estos eran los sonidos de dos seres que habían encontrado una profunda satisfacción en la compañía del otro.

—Usualmente no estoy despierto por tanto tiempo—, dijo el Coloso.

—Yo tampoco—, contestó la chica con un enorme bostezo.

—¿Cómo pasan el tiempo juntas las personas cuando no hay una batalla? ¿Debemos de tener una conversación?—

—No. Esto es agradable—, dijo la chica. —Me siento... tranquila—.

Galio frunció el ceño. Había algo distinto en la chica. Algo faltaba. Ella ya no brillaba como las estrellas.

—¿Por qué estás triste? Me curaste—, dijo Lux. —Mientras estés cerca de mí, puedo regresar a casa y ser normal—.

Galio no se alegró ni levantó la mirada. La chica continuó su pensamiento.

—Quiero decir, tal vez puedo venir a visitarte todos los días para mantener mi aflicción lejos...—

—No—, dijo el titán, volviéndose finalmente hacia ella.

—¿Por qué no?—, preguntó Lux.

—Joven chica humana, tú eres especial. Mucho antes de lo que puedes recordar, yo había sentido tu don. Por mucho tiempo, lo quise cerca de mí. Pero ahora veo... —Pero te da vida—.

—Pero te da vida—.

Galio reflexionó sobre sus palabras, pero solo por un momento. Su mente estaba decidida.

—Para mí, la vida es muy valiosa—, dijo él. —Pero tu don lo es todo. Nunca lo pierdas—.

Se levantó y, gentilmente, puso a la chica sobre su hombro. Juntos, comenzaron a regresar hacia la ciudad para enfrentar lo que los esperaba.

El sol comenzaba a salir por el horizonte cuando Lux regresó a la mansión de su familia. Fuera de los muros de la ciudad, Galio estaba regresando a su inmovilidad sobre su pedestal en la Carretera Memorial, dejando a Lux enfrentar sus problemas sola.

Una sombra se desvanece ante la luz, pensó, y abrió el cerrojo de su puerta frontal.

Entró a la casa y encontró a su madre sentada en el salón con un hombre calvo de mediana edad, quien tenía un portafolio de exóticas tinturas medicinales sobre su regazo.

—Luxanna, qué bueno que decidiste regresar a casa—, dijo Augatha, apretando los dientes.

Lux observó con recelo al hombre en el sillón.

—Este es el hombre del que te hablé—, susurró su madre. —El que arreglará tu... problema—.

Lux se sintió mareada, como si su espíritu dejara su cuerpo para observar lo que ella estaba por decir.

—¿Sabes qué, madre?—, respondió, su voz temblaba con las palabras que ansiaba decir. —Yo no quiero ver a este hombre. De hecho, me gustaría que lo echaras—.

El anulador se veía ofendido. Se puso de pie y ubicó su bolsa sobre su hombro.

—No, quédate—, rogó Augatha. La madre arrinconó a Lux y comenzó a hablar autoritariamente. —No sabes lo que estás diciendo. Este hombre ha arriesgado todo para ayudarte. Es la única forma en la que serás una demaciana. ¿Acaso te olvidas de tu aflic...—

—¡No tengo una aflicción!—, gritó Lux. —¡Soy hermosa y valiosa, y un día se lo probaré a este reino! Y si alguien tiene un problema conmigo, tengo un amigo muy grande con el que pueden hablar—.

Subió las escaleras hacia su habitación, dejando a su madre a solas con el anulador.

Mientras Lux se dejaba caer en su cama, exhaló profunda y tranquilamente. Por primera vez en años, su mente estaba tan tranquila como un estanque en verano. La luz que alguna vez había explotado de forma espontánea seguía ahí, pero podía sentir su principio y su final, sabiendo que algún día podría dominarla.

Mientras conciliaba el sueño, se dio cuenta de que su mantra siempre había estado equivocado. Ninguna luz podría matar sombras jamás.

Una sombra prospera con la luz, pensó. Sonaba un poco mejor.

Lux and Galio (by Riot Employed Artist Yuka Soemy)

Trivia

Para una mirada detallada, vea Carne y Roca.
  • Por Demacia sirve como el segundo evento principal para reintroducir a Demacia en el nuevo canon.

Media

Referencias

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