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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Caravana Norte

Por Rayla Heide

Con un movimiento de navaja, Ojan esculpió una curva en el palo fierro. Con solo ocho años de edad, aún tenía que practicar mucho como artesano; aquel bloque de madera apenas comenzaba a parecerse a algo redondo y con picos.

Lore

Con un movimiento de navaja, Ojan esculpió una curva en el palo fierro. Con solo ocho años de edad, aún tenía que practicar mucho como artesano; aquel bloque de madera apenas comenzaba a parecerse a algo redondo y con picos picos.

Su hermana, Zyama, se inclinó desde su litera e hizo una mueca.

—¿Qué es eso? ¿Caca de rhoksha? —preguntó—. Nadie va a querer comprarlo.

—¡No es caca, es un dios grande y temible, con su armadura y todo! Y no es para vender. Nos traerá suerte.

—Somos comerciantes, hermanito —respondió ella—. Aquí se vende todo.

La caravana traqueteaba al avanzar por las dunas. Iba cargada hasta arriba con jarras de especias, dejando justo el espacio suficiente para las estrechas literas de la familia.

—¡Algo nos persigue desde el sur! —gritó la madre de Ojan desde fuera. Ojan la oyó apresurar a los camellos con el látigo.

Zyama se asomó por la ventana y miró a través de su posesión más preciada, un catalejo ornamentado.

—¡Son kmiros! Voy a preparar las flechas —dijo—. Seguramente vienen por tu caca de rhoksha.

Ojan ocupó su lugar en la ventana. Vio cómo cientos de escarabajos grandes como perros los perseguían en tropel por las dunas.

Zyama volvió con un arco y un carcaj repleto de coloridas flechas. Abatió a uno de los escarabajos de un flechazo, pero eso no ralentizó al enjambre persecutor.

—¿Cuántas flechas tenemos? —preguntó Ojan.

—Unas cuarenta—, respondió Zyama tras echar un vistazo al interior del carcaj. Frunció el ceño.

La voz de su madre les llegó desde la parte delantera: —Tendremos que dejarlos atrás. ¡Agárrense fuerte!

Con un par de latigazos más, la caravana aceleró el paso, y Ojan cayó al suelo.

Zyama disparó otra flecha hacia el enjambre, y esta vez perforó a dos. Las criaturas cayeron, pero otras ocuparon su lugar.

—¡Aceite! ¡En el armario de la izquierda! —gritó su madre.

Ojan se alejó un momento y volvió con un frasco lleno de aceite para lámparas y un montón de trapos. Empapó uno de los trapos con el aceite, y después lo envolvió en la punta de una flecha. Luego la prendió y se la pasó con cuidado a Zyama, y esta la disparó contra un grupo de escarabajos. Al ser alcanzados, gritaron mientras las llamas los consumían. Ojan sonrió.

El dúo siguió bombardeando a la horda con flechas ardientes tan rápido como Ojan podía envolver las flechas. El aire olía a quitina quemada. La caravana siguió acelerando, y comenzaron a dejarlos atrás. Casi estaban a salvo.

A Ojan se le encogió el estómago. Los kmiros extendieron sus brillantes alas y alzaron el vuelo como una gran nube negra.

Ojan se agachó instintivamente al oír el ruido repentino en el techo. Se repitió más veces, y las placas de madera crujieron por el peso de aquellos grandes insectos.

—¡Agárrense! —dijo su madre, y giró bruscamente hacia la izquierda. Los escarabajos cayeron del techo, pero el ruido discordante proveniente del techo indicó a Ojan que otros insectos se habían instalado ahí.

Unas tenazas se abrieron paso por el techo, y un escarabajo enorme cayó al interior de la caravana. Zyama sacó una daga y se la clavó, pero la hoja no pudo perforar el duro caparazón. Entonces apartó a Ojan y enarboló la hoja entre ellos en un intento desesperado de mantener el bicho a raya.

Más kmiros cayeron del malogrado techo con las pinzas y las mandíbulas listas para trocear. Ojan se ocultó bajo la litera y golpeó desesperadamente a los insectos que lo arañaban. Se sacó del bolsillo la figura redonda de madera.

—Por favor, Rammus Rammus —susurró—. ¡Ayúdanos!

Con la llegada de aún más escarabajos, la caravana dio una sacudida. Se tambaleaba de un lado a otro como un navío en mala mar. Entonces el mundo dio la vuelta; la caravana volcó por completo y patinó por la arena.

El polvo le nubló la vista a Ojan y se protegió de los objetos que caían. Al golpearse contra la pared, las orejas le pitaron y un zumbido invadió su cabeza. Pasado un momento, una mano lo agarró por el brazo. Era su madre, que lo sacaba de los escombros. Le costó mantener los ojos abiertos ante la intensa luz del sol.

La familia se apiñó cerca de los restos de la caravana, tosiendo por culpa del polvo, y los kmiros se fueron acercando. Un escarabajo cargó hacia ellos, y la madre de Ojan le clavó un cuchillo en la mandíbula. Después ensartó a otro que intentaba morder a su hija e hizo que vertiera sus entrañas amarillentas en la arena. Otro escarabajo saltó de la caravana y cayó detrás de ellos. Cuando agarró uno de los pies de Zyama con sus garras, esta gritó.

Los escarabajos se detuvieron de golpe. Se agazaparon contra el suelo y movieron las antenas. Ojan oyó un zumbido distante. Dirigió la vista al horizonte, y vio que una nube de arena se acercaba a ellos. La familia alzó las armas, lista para afrontar la nueva amenaza.

Del torbellino de polvo y arena apareció una figura de caparazón redondo que aplastó al escarabajo más cercano con una fuerza terrible y lo convirtió en pulpa.

Después salió disparado disparado y comenzó a aplastar bestias a diestra y siniestra. Por mucho que los escarabajos trataran de alcanzarla con sus pinzas afiladas, aquella cosa era imparable. No tardó en eliminar al último de los kmiros.

Cuando el polvo se comenzó a asentar, Ojan vio la armadura con picos y la figura redonda.

—¿Acaso es...? —preguntó Zyama.

—¡Rammus! —gritó Ojan. Bajó la colina corriendo para conocer a su héroe.

El caparazón de la criatura tenía un diseño intricado de escamas en espiral, y sus garras eran afiladas como cuchillos. Masticó con calma una de las patas peludas de un escarabajo, y un líquido goteó de su boca.

Ojan y Zyama lo contemplaron boquiabiertos.

Su madre se acercó al Armadurillo y le dedicó una sentida reverencia.

—Nos has salvado —dijo—. Te damos las gracias.

Rammus siguió mascando la pata de kmiro. Pasaron varios minutos.

Rodó hacia el interior de la caravana en ruinas y salió de entre los restos con el ídolo de madera del Armadurillo. La similitud no era perfecta, pero sí discernible.

—Eres tú —dijo Ojan—. Puedes quedártelo.

Rammus se puso la figura en la boca y, de un bocado, la partió en dos. Tras dar un par de pasos, escupió las piezas en la arena. Zyama reprimió la risa.

—Hmm —dijo Rammus.

Arrancó otra pata a un escarabajo muerto y se alejó con ella.

La familia contempló cómo se alejaba hacia el horizonte.

Ojan se apresuró en recuperar las piezas rotas de la estatua. Las guardó en su bolsillo e hizo una reverencia.

—Nos traerá suerte —dijo.

Referencias

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