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Historia corta • Lectura de 6 minutos

Canción de Cuna

Por Matthew Dunn

Había sido un día tan largo como una semana.

Lore

Había sido un día tan largo como una semana.

Para Ekko Ekko, tanto metafórica como literalmente, todo había salido mal y le había tomado una eternidad dejar las cosas en su sitio. Para empezar, Ajuna casi muere intentando escalar el Hambre Antigua. El joven estaba tan desesperado por ser como Ekko que se subió a la torre del reloj en el centro del sumidero antes de que nadie pudiera detenerlo. Fue el primer salto complicado el que casi acaba con el chico. Menos mal que Ekko había activado su Pulsar-Z Pulsar-Z. Dieciocho veces tuvo que oír el grito desgarrador del chico precipitándose hacia su muerte antes de descubrir cómo y dónde detener la caída y salvar su vida.

Después, mientras buscaba tecnología en un depósito de chatarra vinculado al clan Ferro, una banda especialmente agresiva de vigilnautas lo rodeó. Eran enormes y estaban cubiertos de mejoras que convertían lo feo en horrible. Ekko se sorprendió de su velocidad, pero no tanto de que dispararan a matar. A los piltillos y sus refuerzos no les importan las vidas de los merodeadores de alcantarillas como él. Una suerte que su Pulsar-Z existía para sacarlo de encuentros aparentemente inevitables como aquel. Tras una docena de retrocesos, cambió de estrategia y sacó su último juguete: el Gravitador de Destellos Gravitador de Destellos. Se supone que debía estallar en una luz cegadora y atraer todo lo que no estuviera sujeto hacia su centro.

Pero el Gravitador de Destellos no funcionó. Bueno, al menos no como esperaba. Explotó. Y ahí fue cuando las cosas se pusieron interesantes. A diferencia de la mayoría de los experimentos de Ekko que habían hecho explosión, la detonación mágica azulada se detuvo a mitad del estallido. Columnas de energía nebulosa azul se dispersaron desde el epicentro. Trozos de la metralla del disco giraron lentamente en una trayectoria que, si hubiera tenido una velocidad normal de explosión, habría sido mortal. Incluso el destello cegador esférico estaba inmovilizado en el espacio.

Y entonces todo se volvió aún más interesante. La explosión implosionó y se reconvirtió en el minúsculo Gravitador de Destellos, retrocedió hacia atrás en dirección a Ekko y se detuvo en su mano, frío como el viento.

—Genial—, pensó Ekko. Rebobinó el momento para poder lanzárselo a los vigilnautas varias veces más. Con fines científicos, por supuesto.

Cuando por fin Ekko llegó a su casa, su cuerpo estaba agotado, pero su mente estaba despierta. El apartamento era funcional: escasos muebles y poco aparatoso. La habitación de Ekko era un rinconcito separado con una cortina y lleno de libros desechados, restos de tecnología rescatada y escondites para el Pulsar-Z y el Gravitador de Destellos. Hoy era uno de esos días raros en el que sus padres llegarían temprano a casa, y él tenía algo que decirles.

—Mamá, papá—, practicaba mirando su reflejo, que le devolvía la mirada desde la superficie cilíndrica y brillante del Pulsar-Z. —No voy a solicitar el ingreso a ninguno de esos clanes de clase alta ni a ninguna escuela arrogante piltilla. Me quedaré aquí con ustedes y con mis amigos. Nunca le daré la espalda a Zaun—.

Las palabras rebosaban de la confianza que le proporcionaba el hecho de estar solo en un apartamento vacío, donde los únicos que podían responderle eran su reflejo y las paredes. Y esa respuesta era el silencio.

Oyó el tintineo de las llaves, amortiguado por la puerta delantera. Sin perder ni un segundo, Ekko metió su Pulsar-Z debajo de la mesa y la tapó con una tela negra. No quería que se preocupasen por sus escapadas con un dispositivo hextech inestable que manipulaba el tiempo.

La puerta se abrió y los padres de Ekko volvieron por primera vez esa noche. Parecían desconocidos ante los ojos de su propio hijo; desde que los había visto juntos por última vez unas semanas atrás, su trabajo los había envejecido aún más. Su rutina era predecible. Llegaban a casa reventados, traían una comida exigua comprada con el sueldo del día y guardaban el resto del dinero para impuestos y sobornos. Luego se quedaban dormidos en la silla, con el mentón descansando sobre el pecho, hasta que Ekko les quitaba las botas y los ayudaba a meterse en la cama.

Las bolsas que tenían bajo los ojos pesaban lo suficiente para mantener sus cabezas agachadas. Su madre tenía bajo el brazo un paquetito envuelto en papel, atado con cuerda en los extremos.

—Hola, mi pequeño genio—, dijo su madre, gastando una energía que no podía permitirse en un intento de articular estas palabras. No obstante, su expresión al ver a su hijo sentado en la mesa, esperándolos, era algo que no se podía fingir.

—Hola, mamá. Hola, papá—, hacía muchísimo tiempo que no se sentaban en la mesa en familia. Se reprochó a sí mismo en silencio no haber dicho nada significativo.

Su padre irradiaba orgullo. Luego hizo un gesto de burla mientras pasaba los dedos por la cresta de su hijo. Ekko no conseguía recordar una época en la que su padre no pareciese tan mayor, antes del pelo ralo y de las profundas arrugas en la frente.

—Te dije que te cortaras el pelo—, dijo su padre. —Hará que llames demasiado la atención en las academias de Piltóver—. La Atarazana es el único sitio al que puedes ir así. Aceptan a cualquiera. Y tú no eres cualquiera. ¿Cómo van las solicitudes? —

Había llegado el momento. Ekko sintió que las palabras que había practicado luchaban para salir de su garganta. La esperanza en los ojos de su padre lo detuvo.

Su madre llenó ese momento de silencio antes que Ekko.

—Tenemos algo para ti—, dijo, poniendo el paquete marrón encima de la mesa. Se arrimaron a la mesa para mirar de cerca mientras Ekko tomaba el paquete y desataba el cordel, enderezaba las dos cuerdas y las colocaba junto a él. Desenvolvió el papel sin rasgarlo. En el centro había un trozo pequeño de pan con la corteza recubierta de miel y nueces confitadas. El pastel era de Elline. Hacía los mejores dulces de toda Zaun, y cobraba un buen dinero por ellos. Ekko y sus amigos solían robar sus postres a la gente rica que pagaba, sin pestañear siquiera, aquel precio desorbitado.

Ekko alzó la cabeza rápidamente para ver la reacción de sus padres. Sus ojos brillaban de felicidad. —Esto es demasiado—, expresó. Necesitamos carne y comida de verdad, no dulces.

—Nunca nos olvidaríamos de tu cumpleaños—, contestó su padre con una risa. —Aunque parece que tú sí.—

Ekko había perdido la noción del tiempo y no sabía qué día era en realidad. Aun así, el regalo era excesivo. Sobre todo porque él estaba a punto de hacer trizas sus esperanzas. La culpa le hizo un nudo en la garganta. —El casero se va a poner furioso si volvemos a retrasarnos con el alquiler. —

—Deja que nosotros nos encarguemos de eso.— —Te mereces algo bueno—, dijo su madre. Vamos, no pasa nada por cenar pastel una vez al año.

—¿Qué van a cenar ustedes?

—Yo no tengo hambre—, le contestó ella.

—Yo comí en el trabajo—, mintió su padre. Queso y un poco de carne de Piltóver. Comida de calidad.—

Vieron cómo Ekko probaba un trocito del pastel. Era dulce y esponjoso, y las migajas se le quedaban pegadas en los dedos. Estaba delicioso; el sabor se le quedaba en la boca. Ekko fue a dividir el pastel en tres trozos, pero su madre meneó la cabeza. Su voz suave canturreó la alegre melodía del cumpleaños feliz y él supo que no se comerían el pastel. Sus padres se lo habían regalado.

Su padre se habría unido a la canción si no se hubiera ya quedado dormido, desplomado en la silla con la barbilla sobre el pecho. Ekko dirigió la mirada hacia su madre: sus ojos se entrecerraban a medida que el sueño la invadía.

Ekko consideró por poco tiempo un futuro viviendo en la Atarazana con un sueldo con el que apenas se sobrevive para el beneficio de otra ciudad, la gloria de otros. No pudo soportar la idea. Recordó fragmentos de conversaciones que había escuchado a lo largo de su infancia, los sueños susurrados de sus padres acerca de invenciones y el ingreso en los clanes. Ideas en las que depositaban sus esperanzas de cambiar el mundo y contribuir a un futuro no escrito por el nacimiento de su hijo. Ekko sabía que lo veían como su única esperanza. Pero él adoraba la vida en Zaun. Si hacía lo que sus padres deseaban, ¿quién cuidaría de ellos y de sus amigos?

No podía arruinar sus sueños. No esa noche, el día de su cumpleaños. Quizá mañana.

Ekko no siguió comiendo después del primer bocado. En lugar de eso, preparó su Pulsar-Z Pulsar-Z. Su hogar se deshizo en remolinos turbulentos de polvo de colores. El ajetreo diario se sumió en un silencio absoluto. El momento se fragmentó y lo rodeó en un vórtice de luz.

Cuando los fragmentos del futuro se unieron para formar el pasado, los padres de Ekko llegarían por segunda vez esa noche. Seguida de una tercera, una cuarta, una quinta, una sexta y muchas otras veces.

Cada una de las veces que volvió, Ekko no cambió ni una sola cosa: la luz en los ojos de su madre, la sonrisa orgullosa de su padre mientras se quedaba dormido. Pero Ekko luchó contra el sueño para aferrarse para siempre a esos momentos robados, hasta que, por fin, dejó que la suave voz de su madre y la calidez de su pequeño apartamento lo sumieran en un profundo sueño.

Había sido un día tan largo como una semana.

Canción de Cuna
(por el artista empleado de Riot Katherine 'Suqling' Su)

Referencias

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