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Historia corta

Basura de Shurima

Por Amanda Jeffrey

Estaba caminando por esta pequeña plaza en el distrito de la biblioteca en Nashramae, muy polvorienta, con las baldosas más viejas que un imperio y, por lo general, bastante tranquila.

Lore

Estaba caminando por esta pequeña plaza en el distrito de la biblioteca en Nashramae, muy polvorienta, con las baldosas más viejas que un imperio y, por lo general, bastante tranquila. Acababa de hacer un buen negocio con esos tontos comerciantes humanos en el Gran Mercado. Me sentía bien. Les había dicho: —¡¿Que quieres cuánto por esa tetera?!— y —¡Con esa iconografía, eso definitivamente no es una auténtica maza de la época de los Ascendidos!—.

Pero un día entero entre los mortales era suficiente para mí. Si escuchaba una vez más el saludo —¡Que el agua y la sombra sean contigo!—, me iba a empezar a fastidiar.

En fin, estaba por llegar a mi puesto con mi carrito lleno de tesoros, pensando en lo grandioso que sería regresar a mi desguace, cuando ¡puuum! Me fui de espaldas.

Me incorporé de un salto, rodeado una vez más de mortales. Pero estos eran humanos más jóvenes, un grupo de ellos, y la mayoría se estaba riendo del chico escuálido que había chocado conmigo y con mi carrito. Trataba de levantarse y subirse a la peor pieza mecha que vi en mi vida: una tabla con ruedas; él no se reía. Seguía disculpándose.

—¡Lo siento, Obujan!—

—¿Te parece que puedo ser tu abuelo?—, respondí. Este chico no tenía mi sonrisa ganadora ni mis pómulos definidos. Sus orejas ni siquiera eran peludas, así que prácticamente no teníamos ningún parecido.

Como decía, los chicos que se reían tenían un líder: un niño desagradable que vestía una túnica noxiana que le quedaba grande y unas botas con casquillos de hierro. —¿Adónde crees que vas, cría de armadillo?—, preguntó.

Se me erizaron los pelos de la nuca hasta que me di cuenta de que le estaba hablando al niño escuálido. Aun así, ¡eso es bastante cruel! El líder no se detuvo allí y siguió molestando.

—Eres basura de Shurima, Anaktu. Eres feo y ni siquiera puedes caminar—. Señaló mi carrito roto. —El imperio no necesita cosas inútiles. Deberíamos tirarte con el resto de la basura en la pila de chatarra de este viejo—.

Ahora sí estaba furioso. Me salía vapor de las orejas. Me planté frente al bravucón, bueno, frente a sus rodillas, y lo encaré. —Oye, niño. Será mejor que te disculpes—.

Se rio con una mueca burlona. —No sabes con quién estás hablando, viejo. Soy Kesu Rance. ¡El hijo del gobernador Rance! ¡Vete o limpiaremos toda la basura de esta plaza!—

Por supuesto que me fui.

Ya mencioné mi puesto, ¿verdad? Es cerrado, pasa desapercibido y está lleno de chucherías demasiado buenas para vendérselas a los humanos. Es una fachada, una tapadera del lugar en el que aparece el portal de regreso a casa cuando logro poner las cosas juuuusto como deben estar.

Así que no estaba huyendo de este bravucón. Caminaba hacia mi puesto. No para escapar, claramente. Caminaba hacia una forma metálica particularmente grande, cubierta por una lona...

Mientras tanto, Kesu estaba tan ocupado pronunciando un monólogo para los inexperimentados matones de sus amigos sobre ser el futuro de Shurima, que ni notó mi presencia hasta que le tapé el sol desde la cabina del mecha bípedo más lindo de todos, mi adorado Tristy.

—Que la huida y la sombra sean contigo, Kesu—.

¡La cara que puso! ¡Parecía que lo hubiera arponeado arponeado!

No lo hice, por supuesto. Esa parte viene después.

Como soy un narrador imparcial, diré que Tristy tal vez sufrió una pequeñita falla en ese momento. Una nimiedad, en serio, pero en aras de contarles todo, digamos que hubo un desliz. Un momento de duda. Una interrupción.

Tristy y yo éramos la personificación de lo intimidante, pero ese problema estaba ocasionando que algunos de los chicos más grandes se volvieran atrevidos, ¡y una de ellos golpeó la pierna de mi mecha con un garrote! —Eres un viejo tonto con una pila de chatarra sucia. Solo eres uno contra todos nosotros—, dijo, señalando con su mano a casi una docena de mocosos armados y enojados.

¿Y quién aparece, todavía piloteando el peor mecha del mundo, sino el chico escuálido, Anaktu?

Mientras le hacía un mantenimiento percusivo al mecanismo de precisión de Tristy, noté que había agarrado de mi carrito la maza —cien por ciento auténtica— de la época de los Ascendidos. Tendría una conversación sobre la propiedad privada con mi —nieto— más tarde. Como sea.

—¡No está solo!—, gritó Anaktu.

¡Pero Kesu solo se rio e intentó patearlo! El pequeñito giró en su tabla rodante, balanceó la maza por debajo de la otra pierna de Kesu y ¡kabum! El bravucón cayó al suelo.

Con un grito, Anaktu se abalanzó sobre el resto del grupo. También los sorprendió, porque, en cuestión de segundos, tenía a dos de los más corpulentos acorralados en una esquina. Una pena que no haya visto venir a Kesu desde atrás con la manija que arrancó de mi carrito, listo para golpearlo.

Pero Anaktu tampoco estaba solo.

Tristy volvió a la vida y ¡bam! Crucé la plaza a toda velocidad. Derrapamos hasta detenernos, levantando una polvareda. Apreté el gatillo.

¡Zas!

¿Recuerdan que mencioné un arpón? Sí, lancé un arpón electrificado arpón electrificado que dio en esa manija de carrito a mitad de camino. ¡Me gustaría ver a cualquier otro yordle demostrar una puntería tan precisa como esa!

¿Y Kesu? Cayó sobre el polvo. Anaktu escuchó la conmoción y giró sobre sí mismo. Tenía una gran sonrisa en su rostro.

—¡Obujan!—

—Sí, sí, ven aquí—, dije, mientras estiraba la mano para ayudarlo a subir a la cabina de Tristy. —La vista es mejor—.

—¡No tienes que repetírmelo!—, algo así dijo, un comentario genial en estas circunstancias.

Luego Tristy hizo pum, pum y zas, zas, zas, y dejé que Anaktu activara el escupellamas, pero solo para asustar a los niños más grandes. En fin, Tristy y yo estuvimos geniales y supongo que Anaktu no estuvo mal para ser un mortal. Pronto, los bravucones se marcharon.

—Esto va a estar movido—, le dije a Anaktu con una sonrisa. De repente, todo tembló y el cielo se llenó de cohetes.

Los bravucones habían llegado al arco de salida de la plaza, cuando bum, bum, bum, los cohetes se precipitaron al suelo, flameaban y zigzagueaban por todos lados, impidiéndoles escapar.

Allí estaban, atrapados entre la pared de fuego del Equilibrador Equilibrador y el mejor piloto mecha de Runaterra. Estaba a punto de exigir esa disculpa, cuando Anaktu se bajó y se dirigió hacia Kesu.

—¿Por qué eres tan malo?—, le preguntó.

Kesu balbuceó algo sobre su nuevo padre noxiano y cómo quería impresionarlo. Era muy aburrido, realmente.

Los cohetes petardearon y se extinguieron, y los otros bravucones huyeron, dejando atrás a Kesu. Él también empezó a retroceder.

—¡Un momento!—, grité, con el arpón listo. —¿Qué hay de mi disculpa?—

Al quitarme la capucha, se dio cuenta de que no era un simple viejo, porque abrió grande los ojos. Se arrodilló sobre el polvo y comenzó a hablar.

—Maestro yordle, lamento haberlo amenazado...—

Pero lo detuve ahí mismo.

—¿Crees que me importan las amenazas? ¡Ja! Inténtalo de nuevo—.

—Lamento haber peleado...—

Pero volví a interrumpirlo.

—No. Estoy listo para la segunda ronda si no te disculpas por el motivo correcto—.

—No debería haber sido tan malo con Anaktu...—

—¡Le faltaste el respeto a la chatarra!—, grité. —La chatarra no es basura. ¡Es potencial puro! La gente tonta no reconoce su valor, pero con imaginación, trabajo duro y amor, ¡puedes convertir un pedazo de chatarra en la mejor pieza mecha que un yordle puede soñar! Y otras cosas también—.

Kesu estaba claramente anonadado con mi lógica porque se quedó sin palabras. Cuando fue capaz de hablar, lo intentó una vez más.

—Eh… ¿Lo siento…?—

—¡Gracias!—

Por fin obtuve la disculpa que la chatarra se merecía.

Anaktu ayudó a Kesu a levantarse de la tierra. Entrelazaron los brazos y derramaron algunas lágrimas, o algo así, pero yo ya estaba cansado de los mortales, así que Tristy y yo dimos media vuelta para volver a casa.

—Obujan, ¡tu maza! Seguro la necesitas—. Anaktu se acercó para entregármela.

Quién lo diría, un mortal que respeta la chatarra.

—Quédatela—, le dije. Digo, ¿cuál es el punto de tener nietos si no puedes malcriarlos?


Trivia

  • La madre y el padrastro de Kesu son respectivamente la institutriz y la gobernadora de Nashramae, que se mencionaron previamente en el libro Realms of Runeterra.

Referencias

 v · e