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Historia corta • Lectura de 2 minutos

Arboles que Ocultan el Bosque

Por Matthew Dunn

La batalla se desplegaba frente a ellos como un festín. Tan abundante y deliciosa vida... ¡tantas criaturas que terminar, tantas criaturas que cazar! El Lobo caminaba con lentitud por la nieve mientras la Oveja bailaba ágilmente entre las puntas de las lanzas y los filos de las espadas, sin que el rojo de la matanza mancillara siquiera su pelaje blancuzco.

Lore

La batalla se desplegaba frente a ellos como un festín. Tan abundante y deliciosa vida... ¡tantas criaturas que terminar, tantas criaturas que cazar! El Wolf's Mask profileicon.png Lobo caminaba con lentitud por la nieve mientras la Lamb's Mask profileicon.png Oveja bailaba ágilmente entre las puntas de las lanzas y los filos de las espadas, sin que el rojo de la matanza mancillara siquiera su pelaje blancuzco.

—Hay valor y dolor aquí, Lobo. Muchos aceptarán de buen grado su final—, dijo mientras sacaba el arco y dejaba volar su veloz inexorabilidad.

Un soldado exhaló su último y desgarrado aliento bajo el hacha que había destrozado su escudo. Una flecha flecha blanca, resplandeciente y etérea sobresalía de su pecho.

—El valor me aburre—, rezongó el gran lobo negro mientras seguía avanzando por la nieve. —Tengo hambre y quiero cazar—.

—Paciencia—, le susurró ella al oído. Y tan pronto hubieron salido las palabras de su boca, el Lobo tensó los cuartos delanteros y pegó la cabeza al suelo.

—Huelo temor—, dijo temblando de emoción.

Al otro extremo del enlodado campo de nieve, un escudero —demasiado joven para guerrear, pero armado igualmente— vio que los Kindred había dejaban su marca marca en todos cuantos luchaban en el valle.

—Quiero a aquella criatura tierna. ¿Nos puede ver, Oveja?—

—Sí, pero debe elegir. Alimentar al Lobo o abrazarme a mí—.

La batalla volvió su rostro de acero hacia el escudero. El joven vio que la turbulenta marejada de valor y desesperación caía sobre él. Sería su último amanecer. En aquel instante tomó su decisión. No partiría voluntariamente. Correría hasta su último aliento.

El Lobo lanzó una dentellada al aire y restregó el hocico en la nieve como un cachorro.

—Sí, querido Lobo—. El eco de la voz de la Oveja resonó como una hilera de campanillas. —Comienza tu cacería—.

Con esto y un aullido que resonó por todo el valle, el Lobo se precipitó por las laderas en pos del joven. Su cuerpo sombrío voló sobre los restos de los que acababan de caer y sobre sus superfluas y destrozadas armas.

El escudero dio la vuelta y echo a correr en dirección a los bosques hasta que los gruesos y negros troncos pasaron por delante de él. Pero no se detuvo, a pesar de la quemazón del aire gélido que le inflamaba los pulmones. Se volvió de nuevo en busca de su cazador, pero no pudo ver otra cosa que árboles cada vez más oscuros. Las sombras se cernieron a su alrededor y de repente se dio cuenta de que no había forma de escapar. El negro cuerpo del Lobo estaba por todas partes. La cacería había terminado. El Lobo enterró sus afilados colmillos colmillos en la garganta del escudero y le arrancó la vida a palpitantes tajadas.

El Lobo se solazó con los gritos del muchacho y el crujido de sus huesos. La Oveja, que lo había seguido hasta allí, rio al ver su deleite. El Lobo se volvió, y con una voz que era más gruñido que palabras articuladas, le preguntó:

—¿Esto es música, Oveja?—

—Eres tú—, respondió ella.

—Más—, dijo el Lobo mientras se relamía con las últimas gotas de la vida del muchacho. —Quiero cazar más, Ovejita—.

—Siempre habrá más—, susurró ella. —Hasta el día en que solo queden los Kindred Kindred—.

—¿Y entonces huirás tú de mí?—

La Oveja se volvió de nuevo hacia la batalla. —Yo nunca huiría de ti, mi querido Lobo—.

Referencias

 v · e
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