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Historia corta • Lectura de 4 minutos

Alzado

Por Anthony Reynolds Lenné

Azir caminaba sobre los dorados adoquines del Camino del Emperador. Las inmensas estatuas de los primeros señores de Shurima —sus antepasados— lo contemplaban.

Lore

Azir Azir caminaba sobre los dorados adoquines del Camino del Emperador. Las inmensas estatuas de los primeros señores de Shurima —sus antepasados— lo contemplaban.

La luz suave y umbría del primer amanecer envolvía la ciudad. Las estrellas más grandes seguían brillando en el cielo, aunque la salida del sol no tardaría en enmascarar su luz. El firmamento nocturno no era como Azir lo recordaba. Las estrellas y las constelaciones no estaban en su sitio. Habían pasado milenios.

A cada paso que daba, la gruesa vara imperial repicaba con una solitaria nota, cuyo eco resonaba entre las vacías calles de la capital.

La última vez que recorriese aquel camino, una guardia de honor de 10 000 guerreros de élite lo seguía y los gritos de aliento de la multitud habían sacudido la ciudad. Iba a ser su gran momento de gloria… y se lo habían arrebatado.

Ahora era solo una ciudad de fantasmas. ¿Qué había sido de su pueblo?

Con un gesto autoritario, ordenó a las arenas que había junto al camino que se alzaran y formaran estatuas vivientes. Era una visión del pasado, los ecos de Shurima dotados de forma.

Las figuras de arena miraban hacia delante, hacia el inmenso disco solar disco solar que flotaba sobre el Estrado de la Ascensión, a media legua de distancia. Seguía allí, proclamando la gloria y el poder del imperio de Azir aunque no quedara nadie para verlo. La hija de Shurima que lo había despertado, última última custodia de su linaje, había desaparecido. La sintió en el desierto. Estaban unidos por la sangre.

Mientras seguía avanzando por el Camino del Emperador, las réplicas de arena de sus súbditos señalaron el disco solar y sus expresiones de dicha se transformaron en muecas de terror. Sus bocas se abrieron en mudos gritos. Se volvieron y echaron a correr, atropellándose y tropezando unas con otras. Azir asistió a los últimos instantes de su pueblo sumido en un silencio desesperado.

Una oleada de energía invisible los aniquiló y los redujo a polvo, arrastrado por el viento. ¿Qué había salido mal en el ritual de Ascensión para que se desencadenase aquella catástrofe?

Azir afianzó su determinación. Su paso se tornó más decidido. Al llegar a la base de la Escalera de la Ascensión comenzó a subir los peldaños de cinco en cinco.

Solo sus soldados de más confianza, los sacerdotes y los miembros de la familia real podían poner el pie en la Escalera. El camino estaba jalonado por réplicas de arena de sus súbditos más fieles, cuyos rostros alzados, encogidos en una mueca, sollozaban en silencio antes de que también a ellos se los llevara el viento.

Azir echó a correr con inhumana celeridad mientras sus garras, hundidas en la piedra, dejaban surcos allí donde se posaban. A ambos lados se alzaban figuras de arena que se destruían a su paso.

Llegó a la cima. Allí estaba el último grupo de testigos: sus sirvientes personales, sus consejeros y los sumos sacerdotes. Su familia.

Azir cayó de rodillas. Su familia, recreada con perfecto y desgarrador detalle, se encontraba frente a él. Su esposa, encinta. Su tímida hija, cogida a la mano de su madre. Su espigado hijo, ya a las puertas de la edad adulta.

Horrorizado, Azir vio cómo cambiaban sus rostros. Aunque sabía lo que iba a suceder, no fue capaz de apartar la mirada. Su hija ocultó el rostro entre los pliegues del vestido de su esposa. Su hijo echó mano a la espada mientras profería un grito de desafío. Su esposa… abrió los ojos de par en par, llena de pesar y desesperación.

Una fuerza invisible los convirtió en polvo.

Era demasiado, pero ni una sola lágrima acudió a los ojos de Azir. Su forma Ascendida le había privado para siempre de esta sencilla demostración de pesar. Con el corazón apesadumbrado, se obligó a ponerse en pie. La pregunta seguía siendo cómo había logrado sobrevivir su linaje linaje, pues sin duda así era.

El eco final aguardaba.

Avanzó hasta encontrarse a un paso del estrado y contempló la escena, recreada para él por las arenas.

Se vio a sí mismo en forma mortal, elevado en el aire bajo el disco solar, con los brazos abiertos de par en par y la espalda arqueada. Recordó aquel momento. El poder lo atravesó, imbuyó su ser y lo inundó de fuerza divina.

Una nueva figura se formó en la arena. Su consejero más próximo, su mago, Xerath Xerath.

Su amigo musitó una palabra. Azir se vio estallar en mil pedazos, como si estuviera hecho de cristal, y transformarse en infinitos granos de arena.

—Xerath —dijo con un hilo de voz.

La expresión del traidor era insondable, pero Azir no pudo ver otra cosa que la cara de un asesino.

¿De dónde procedía tanto odio? Azir nunca había reparado en su existencia.

La imagen de arena de Xerath se elevó en el aire mientras el disco solar canalizaba las energías hacia su ser. La guardia de élite del emperador se abalanzó sobre él, pero ya era demasiado tarde.

Un brutal estallido de poder disolvió el último instante de Shurima. Azir quedó solo entre los ecos agonizantes de su pasado.

Eso era lo que había destruido a su pueblo.

Se volvió al mismo tiempo que, sobre él, los primeros rayos del nuevo día recaían sobre el disco solar. Había visto suficiente. La imagen de arena del transformado Xerath se desmoronó a su espalda.

Los rayos del sol se reflejaban sobre la inmaculada armadura dorada de Azir. En aquel instante, supo que el traidor aún vivía. Sintió la esencia del mago en el mismo aire que respiraba.

Levantó una mano y un ejército ejército de guerreros de élite se alzó de las arenas, al pie de la Escalinata de la Ascensión.

—Xerath —dijo con voz teñida de rabia—. Tus crímenes no quedarán sin castigo.

Referencias

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