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Historia corta • Lectura de 5 minutos

Agua

Por Odin Shafer

Sivir sintió como si su garganta estuviera cubierta por una capa de vidrios rotos. Le ardía la piel agrietada de sus labios. No podía enfocar la vista. “Les di más tiempo del suficiente para avanzar”.

Lore

Sivir sintió como si su garganta estuviera cubierta por una capa de vidrios rotos. Le ardía la piel agrietada de sus labios. No podía enfocar la vista. Les di más tiempo del suficiente para avanzar.

Se inclinó para ver por el borde de la roca. La caravana aún estaba en el manantial y no mostraba señales de moverse.

¿Por qué tenían que ser kthaons?. De las numerosas tribus que la querían muerta, los kthaons eran famosos por su persistencia.

Volvió a recorrer la caravana con la mirada, en busca de cualquier indicio de que se dispusieran a salir del antiguo cauce para seguir su viaje. Sacudió los hombros, tratando de decidir si sus músculos estaban listos para hacer frente a media docena de hombres. Si quería tener alguna posibilidad, tendría que tomarlos por sorpresa.

Esa noxiana melindrosa logró derribarme....

Sacudió la cabeza para despejar su mente. No era momento de pensar en tales cosas. Ya comienzo a divagar por la falta de agua. ¿Por qué no traje más agua?.

En la ciudad no escaseaba. Por orden de una criatura ancestral ancestral, habían brotado enormes torrentes de sus estatuas. Me curó las heridas y me salvó la vida. Luego regresó para reconstruir los templos a su alrededor, mientras profería palabras extrañas en un antiguo dialecto al que ella apenas encontraba sentido. Hablaba solo en una ciudad muerta, poblada únicamente por las arenas. Tenía que salir de allí antes de que el hechicero volviera a sepultarlo todo bajo el polvo... o decidiera que estaba en deuda con él.

Al tragar saliva sintió una renovada agonía en la garganta. Volvió a mirar el manantial, un simple charco de agua marrón rodeado por la caravana.

Les di un día, reflexionó. O muero yo o mueren ellos. Por unas gotas de agua o unas monedas de oro. Así son las cosas en el desierto.

Aprestó el arma arma mientras echaba a correr hacia el primer guardia. ¿Tendría tiempo de alcanzarlo antes de que se diera vuelta? Calculó la distancia. Catorce zancadas. Doce. Diez. No debe hacer el menor ruido. Dos zancadas. Sivir saltó. La hoja atravesó limpiamente el cuello del hombre y se hundió en su hombro.

La sangre empezó a manar mientras Sivir caía sobre él. La inercia la llevó más allá de la hilera de rocas a la que el hombre estaba parado. Sivir lo agarró de los brazos. El guardia peleó por zafarse, como si se negara a aceptar que ya estaba muerto. La sangre de su último y agónico aliento roció a la joven. Este hombre no tenía por qué morir.

Volvió a acordarse de la hoja de Cassiopeia Cassiopeia. Esa zorra noxiana me clavó una daga en la espalda. Morí. Eso tendría que significar algo.

A lo lejos se escuchó un estruendo. ¿Caballos? ¿Un alud de arena? No era momento de preguntarse qué era aquello. Se arrastró sobre las duras piedras. El resto de la caravana no tardará mucho tiempo en notar la ausencia del guardia. Su siguiente objetivo avanzaba ya por la línea del cerro. Debía atacarlo antes de que se alejara de la saliente. No puedo fallar. Lanzó su arma.

La cuchilla alcanzó al segundo soldado y lo partió por la mitad. Se desvió hacia arriba y luego, al acercarse al cenit de su trayectoria, se ralentizó antes de cambiar de sentido. En el camino de regreso, le rebanó el cuello a un tercero. No habría tiempo para otro lanzamiento. La cuchilla completó su arco y descendió volando hacia el agua. Solo tenía que alcanzarla a tiempo. Había ejecutado la misma maniobra muchas otras veces. Tomaría el arma y mataría a los tres supervivientes de un solo movimiento.

Pero al correr se dio cuenta de que le pesaban los pies y sus doloridos pulmones parecían incapaces de absorber el aire que necesitaban. Treinta zancadas. Tenía que cubrir esta distancia antes de que el cadáver del segundo muerto tocara el suelo. Veinte. Los músculos de sus piernas tenían calambres y se negaban a obedecer sus órdenes. Quince. Se dio cuenta de que se desviaba y trastabillaba. No. Aún no.

Entonces, antes de lo que había estimado, el cuerpo del segundo hombre completó su caída e impactó las rocas. Era imposible no escuchar el estruendo.

Un error era suficiente. Los kthaons eran gente del desierto. Los guardias restantes desenfundaron sus armas antes de que Sivir pudiera dar otro paso.

La cruz cayó al agua, entre los hombres y ella. A cinco zancadas de ellos. A diez de ella.

Puedo hacerlo. Todos los reflejos de su cuerpo la instaban a seguir adelante. Pero lo que hizo fue resbalar hasta detenerse bruscamente.

No traje agua suficiente. Esperé mucho tiempo para atacar. Calculé mal las distancias. Yo no cometo este tipo de errores. ¿Por qué?. Otra parte de su mente respondió. Recordó el instante después de que la daga de Cassiopeia perforó su espalda. No la sentía. Lo que sintió fue un peso repentino e inesperado, que le arrebató el aliento y pareció comprimirle los pulmones.

—Maté a tres de ustedes antes de que me escucharan —tosió Sivir.

—No tienes tu arma —respondió el más grande de los kthaons.

—No quería que su sangre salpicara el agua —mintió ella.

Los tres hombres intercambiaron miradas. Me reconocieron.

—Hace un año, maté a su jefe y a dos docenas de sus mejores hombres, a cambio de un pequeño saco de oro. Fue un precio muy bajo por sus vidas. —Miró a los tres hombres a los ojos. Estaban alejándose del agua, en un intento de rodearla.

—Todo el oro que gané por matar a su jefe y a sus hermanos —continuó— lo perdí en las mesas de juego en una sola noche.

—Vengaremos sus muertes y tu ofensa —respondió el más grande.

—No debí matarlos —repuso Sivir—. No por esa cantidad. No me hagan matarlos por unos cuantos sorbos de agua.

El líder de los kthaons, nervioso, agarró el arma con más fuerza.

—Puedo llegar a mi arma antes de que tengan tiempo de actuar —añadió Sivir—. Y si tengo que correr a por ella, ustedes morirán. —Señaló el charco de agua turbia—. Sus vidas valen más que eso.

—Entonces, moriremos con honor —afirmó el más grande de los tres, aunque sus camaradas no parecían tan seguros.

—¿Me hizo falta el arma para matar a los veinte hombres a los que quieren vengar? —les advirtió Sivir—. Ustedes son muy pocos.

Los tres hombres titubearon. Conocían la reputación de Sivir. Los otros dos se llevaron al más grande a rastras hasta sus cabalgaduras y luego montaron.

Sivir se aproximó al agua.

—Volveremos con nuestros hermanos para vengarnos.

—Muchos lo han intentado —dijo ella—. Ninguno lo ha conseguido.

Sivir empujó su lengua adolorida hacia la parte posterior de la boca, desesperada por encontrar alivio. Hasta la última gota de su ser deseaba arrodillarse frente al agua y beber. Debo esperar a que atraviesen esa duna que se ve a la distancia.

Mientras los hombres se alejaban a galope, el extraño trueno volvió a sonar. Era estruendoso y se hacía más fuerte por momentos. Eso no son caballos ni arenas movedizas. Sivir se volvió hacia su origen y vio que un muro de aguas azuladas de casi un metro de altura avanzaba por el antiguo lecho del río. El agua de la ciudad.

En el instante antes de que la embistiera el torrente, sintió la masa de aire fresco y húmedo que la precedía. Su presencia la sorprendió tanto como un beso inesperado.

La primera ola casi la dejó de rodillas. El impacto se sintió muy frío, pero a medida que envolvía su cintura y sus piernas, se tornó agradablemente refrescante. Sivir se quedó allí, en el agua, dejando que esta la abrazara. Pudo sentir cómo las dolorosas arenas del desierto se alejaban mientras su cabello flotaba en el agua, liviano y libre.

Estuve muerta. Debo hacer que eso signifique algo.

Referencias

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