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Historia corta

Adaptación

Por Ian St. Martin

Ser un exiliado es equivalente a que te borren de la historia.

Lore

Ser un exiliado es equivalente a que te borren de la historia.

No es que te hayan olvidado. Jamás exististe. Cada latido de tu corazón no es digno de ser considerado. Hasta los esclavos portan cadenas que revelan su valor. Incluso a los muertos los lloran.

Yo soy nada para los Kiilash que me dieron vida. El nombre Rengar Rengar ya no evoca el rostro de uno de los suyos, el hijo del cacique Ponjaf. Me desterraron tanto de sus corazones como de sus hogares.

No hay retorno de ese destino.

O al menos eso me dijeron. El tiempo y la sangre pueden cambiar las cosas.

Mi corazón aún late, por lo que regresé a ellos con trofeos recolectados en la senda del cazador. En silencio, me llevaron ante la mirada de mi padre. Me ofreció regresar a la tribu, donde pronunciarían mi nombre y recordarían mi rostro, donde volverían a considerar el latido de mi corazón.

Y nombró el precio de semejante indulgencia.

Debo rastrear una sombra. Una esquirla afilada de una noche sin luna. Una abominación.

Regresa de la jungla con su cabeza cabeza y ya no vivirás en el exilio.

Me camuflo entre los árboles. Escucho, olfateo, siento. Analizo las huellas de miles de criaturas, grandes y pequeñas. Este procedimiento proviene del instinto, afinado por las frías enseñanzas del humano que encontró a un paria y lo guio en la senda de la caza. Aún llevo conmigo el cuchillo que Markon me dio.

Busco la aberración aberración que vive aquí, incapaz de pertenecer.

Retiré de mi abrigo los trofeos trofeos que suelen colgar de él y repiquetear, los dejé en mi campamento. Solo cuento con mi cuchillo, la capa de grasa que aplaca mi pelaje y el latido lento y moderado del corazón de un cazador en mi pecho.

No hay nada entre la vida rebosante de la selva tropical... hasta que aparece algo. Su presencia es tenue pero evidente, deslizándose por mis sentidos. Su enfermiza y dulce familiaridad me detiene por un momento mientras lo asimilo. Todo en su existencia está mal de todas las maneras posibles. Es repulsivo. Un enemigo de la vida, en formas que no puedo describir. Desafía todo lo que hay alrededor.

Comienza la verdadera cacería. Sigo el rastro.

Serpenteo a su alrededor, sin tocarlo. Soporto el hedor de la aberración, hasta que los sonidos del derramamiento de sangre me premian.

Algo está muriendo. A través de los árboles, más adelante. Y no atraviesa la mejor muerte.

Una parvada de dagarracos selváticos. A pesar de no ser depredadores alfa, son animales peligrosos y rara vez se convierten en presas. O su atacante está desesperado del hambre o le resulta indiferente su letalidad.

Muestro los dientes en una sonrisa. Puede que sea un desafío al fin y al cabo.

La peste de la aberración es abrumadora. Se aferra a los manojos de plumaje brillante y sangriento regados por el suelo del bosque. Trepo un gran tronco rugoso, mis garras me llevan silenciosamente hasta la copa del árbol. Me agacho entre las sombras de su follaje, probando la humedad del aire, entrecerrando mis ojos, buscando a mi presa.

Es veloz. Esa es un arma que ha refinado hasta la perfección. Solo percibo ciertos atisbos mientras corre a toda velocidad de un lado a otro, fulminando a sus víctimas y preparándose para el agasajo.

La promesa de los trofeos no incentiva su cacería. Presiento un hambre superior en sus movimientos, algo que va más allá de su necesidad primaria de supervivencia.

Cuando muere el último dagarraco, la aberración reduce su velocidad. A pesar de ello, nunca se queda quieta. Salta y se desliza a través de la tierra como si fuera humo. Ahora puedo verla con mayor claridad. Su avistamiento lastima mi cerebro.

Es como un insecto, pero no del todo. Sus partes no tienen sentido entre sí. Extremidades, carnosidades, caparazones y garras garras que no pueden pertenecer a la misma criatura, todo ello cubierto de un reluciente esqueleto exterior de un color negro violáceo, como fruta podrida. El aire y la luz se retuercen a su alrededor. No quieren tocarlo tampoco.

Ahora lo entiendo todo. La aberración también lleva consigo la marca del exilio. Estoy listo para enviarla de regreso a la asquerosidad que la engendró.

Con el ligero cuchillo de Markon en mano, salto de las ramas.

No emito ningún sonido cuando aterrizo detrás de la criatura. No le presta atención a mi acercamiento. Sé cómo moverme sin ser visto ni escuchado, hasta alcanzar esos momentos dulces y llenos de adrenalina después de asestar un golpe mortal. Me convertí en un depredador alfa por adaptación, por instinto... y en este momento mi instinto me grita que algo no anda bien.

La duda me salva de compartir el mismo destino que los dagarracos. Apenas veo la garra que troza el aire del lugar que yo hubiera ocupado. La aberración sabía que yo estaba ahí. Si no me hubiera detenido, habría terminado conmigo.

Todo había sido demasiado limpio. Demasiado fácil. Debí haberme dado cuenta antes. La promesa de Ponjaf me cegó, la confianza se deterioró en arrogancia, exponiéndome.

Unos ruidos escurridizos emergen de la garganta del monstruo. Tiene salpicaduras de icor en sus mandíbulas. Hay movimiento en su espalda, como si algo se presionara contra su caparazón. Sisea, emite un ruido que no puedo discernir si es de dolor o placer, mientras que brota de sí un par de nuevas extremidades, las cuales se extienden en unas alas horrendas y chorreantes. Al darse cuenta de que represento una amenaza, se adapta. Se niega a convertirse en presa.

Arremeto.

Demasiado lento. El contraataque de la criatura manda volando el cuchillo de Markon por los aires. De manera tonta y condicionada por los sentimientos, mi vista lo sigue por un instante. El error le abre el paso a la aberración para atacar.

Otra garra afilada se mueve rápidamente. Un dolor punzante y caliente. Un rugido entre mis oídos.

Retrocedo. La sangre resbala por mi rostro.

Me muevo rápidamente para ganar distancia, parpadeando para limpiar la sangre de mis ojos. La visión de mi ojo derecho se vuelve borrosa. La del izquierdo permanece en las tinieblas. El rugido no se va.

Me toco la mejilla. Me doy cuenta de lo que se llevó la bestia.

Aleteando para despojarse de los últimos dejos de baba repugnante, la aberración alza el vuelo para estar encima de mí. Muestra sus colmillos, su mueca puede ser desafiante o solo una cruel sonrisa; alza mi ojo izquierdo para que yo pueda verlo. Lentamente, lleva el globo ocular ensangrentado hacia sus colmillos y lo arroja a su garganta.

Mi ira se incrementa. Aprieto los puños, frotando el ojo que me queda.

La profanación. El desplazamiento simbólico que crea esta criatura nauseabunda al arrebatarme el papel de cazador. Ya no siento ningún dolor. Solo furia.

Me abalanzo hacia la bestia. No necesito un cuchillo. Tengo las garras con las que nací y el gruñido triunfal que aprendí por mi cuenta. No seré derrotado.

Chocamos.

La danza roja de la violencia parece interminable. Alternamos los ataques. La abominación es la helada oscuridad. Yo soy el centro de un sol vengativo. Nos enfrentamos una y otra vez; el resto del mundo no importa.

Finalmente, cuando cae la noche, mi enemigo huye.

¿O acaso así es como quiero verlo? Tal vez aprendió todo lo que necesita de mí y su instinto lo guía hacia desafíos mayores. El agotamiento se apodera de mí. Me derrumbo, lleno de heridas sangrantes y un nuevo y terrible sentido de conexión con este monstruo. Un vínculo forjado en el momento en el que comió mi carne.

Los Kiilash se refieren a la aberración como Kha'Zix Kha'Zix.

En su lengua ancestral significa "te enfrentas a ti mismo".

En efecto, la criatura cambiaba mientras peleábamos: crecía y se retorcía. Iba siempre hacia delante hasta encontrar su límite, en donde yo volvía a mirar hacia mí mismo, hacia mi pasado y hacia la tribu en la que nací, para convocar la furia de mi exilio.

Esto no era suficiente. Tal y como eso se ha adaptado, yo debo hacerlo ahora.

Es mi presa y no escapará.

Referencias

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