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Historia corta

A Sala Llena

Por Daniel Couts

Zaun y Piltóver se cantan uno al otro.

Lore

Zaun Crest icon.png Zaun y Piltover Crest icon.png Piltóver se cantan uno al otro. Los estribillos están plagados de heridas antiguas, injusticia y dolor. Creo que solo yo puedo oírlo, pero todos lo sentimos, un tarareo detrás del día a día que lleva a los zaunitas y a los piltovianos a un desacuerdo estridente.

que pueden cantar juntos. Lo he escuchado. Al menos algunos fragmentos, esporádicamente; pequeños acordes que hacen que mi corazón vibre ante la posibilidad. Y una vez fue una ola hermosa y aplastante de armonía y esperanza. Fue el momento en el que oí a mi cristal hextech por primera vez.

La voz entonó miles de himnos a la vez. Cada uno era una piedrita en una avalancha, imposible de comprender fuera de unas cuantas notas aisladas. La voz podía oírme, y yo me moría por seguir escuchando, pero volvió a convertirse en un tarareo confuso en cuanto Zaun y Piltóver terminaron su sinfonía.

Aquí en el Entresuelo, donde me oculto en la oscuridad detrás del escenario, ese dueto debería escucharse con claridad. La cima de Zaun; el fondo de Piltóver. La Calima persiste y ensucia el bronce trabajado de Piltóver. Las quimolámparas zaunitas esparcen los colores de los cristales piltovianos por las calles empedradas de Zaun, cuidadosamente creadas con herramientas de Piltóver.

Y los habitantes de ambas ciudades se abren paso, formando esa eufórica canción que solo yo puedo oír. Los zaunitas surgen desde abajo con mil instrumentos diferentes que rasguean con un entusiasmo desafinado. Los niños se provocan y se burlan entre sí, mientras que los mayores los escoltan, buscando un momento de paz. Los piltovianos marchan desde arriba en olas bramantes, curiosos, listos y orgullosos. Usan el elevador, o las escaleras y rampas que conectan el lugar con el Malecón más arriba, el mellizo piltoviano elegante del Entresuelo. Ríen y bromean, señalando con admiración el encanto de nuestro teatro al aire libre improvisado.

Al principio, es emocionante. Estoy tan feliz de que todos estén aquí. Cierro los ojos y afino con mi cristal, rogándole que hable de nuevo.

Pero el cristal emite ese mismo canto, un tarareo distante, una presencia que está ahí y a la vez no lo está. Hasta eso se desvanece y se hace murmullo cuando las canciones chocan, y el dueto se transforma en duelo. La risa piltoviana se transforma en una incomodidad irónica. Los gritos zaunitas se acallan para dar paso a gruñidos de indignación. Además, casi como si lo hubieran planeado, la multitud se organiza en dos mitades perfectas.

Esto es lo que significa vivir en Zaun y en Piltóver. El Entresuelo es un lugar de reunión, de eso no hay duda, pero no es un lugar de unión. Solo existe porque las ciudades tienen que tocarse en algún punto. Observo cómo uno de los piltovianos se tropieza y casi cruza ese espacio perfecto, pero dos de sus amigos lo sujetan y lo devuelven a la seguridad del rebaño.

¡Agh! ¡Todos están aquí por la misma razón! ¿Por qué no pueden relajarse por, no sé, un segundo y tan solo relacionarse con los demás?

¿Por qué siempre pienso que eso cambiará? Solo soy una persona. Tan solo Seraphine. ¿La que, por años, apenas y podía salir de su casa? ¿Cómo se supone que les haga entender que todo puede ser diferente? ¿Por qué creo que puedo hacerlo?

¿Por qué alguna vez pensé que podía hacerlo?

Las luces se encienden, y el impacto me hace darme cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Siento un escalofrío por mis antebrazos, y sujeto el micrófono con una mano temblorosa. Miro al público. Hay algunos vítores, pero casi todos están concentrados en no romper la línea que los separa del otro lado. Respiro.

Una nota familiar y pura de música del alma resuena en mí proveniente de la multitud piltoviana. Echo un vistazo y veo la sonrisa cansada de Schala, brillando para mí desde una multitud que desaparece por un momento mientras me dejo cautivar por su canción. Durante sus visitas a la tienda de mis padres, Schala me contaba sobre su tesis, y me leía pasajes enteros con el mismo entusiasmo que un padre dispuesto leería un libro de cuentos. Me contaba lo que había cambiado desde la última vez que la universidad se la había rechazado. —La séptima vez es la vencida—, me dijo la última vez que hablamos. Pero, incluso en ese entonces, podía escuchar la duda detrás de su optimismo. Seis rechazos y aún así ella miraba hacia adelante. Pero lo hacía en una nube de dudas: ¿tal vez debería estar haciendo otra cosa con su vida?

Su inseguridad anida en la mía, y la próxima inhalación llega con más facilidad.

Otra canción se une a la melodía, esta vez desde la multitud zaunita. Dirijo la vista hacia allí y veo a Roland, todo un artista de la platería. El sonido de la música fue lo que me atrajo a su pequeño taller por primera vez. Había apilado cajas y suministros en un lado del taller para hacer lugar para que un grupo de niños usara la otra mitad en lo que parecía ser el ensayo de una banda. Dijo que el alboroto lo ayudaba a concentrarse, y que necesitaba más el sonido que el espacio. Dijo también que le vendría bien acostumbrarse a un espacio más pequeño por si su próximo diseño no se vendía.

La canción de Roland se mezcla con la de Schala en mi cabeza: una, tambores y metal y grava; la otra, viento y cuernos y voces murmurantes. No podían ser más diferentes, pero algo hacía que todo funcionara de alguna manera. Una canción llena de inseguridad; la otra, de miedo al futuro.

Pero había algo más. Un compás fuerte, retumbante e infinito que evita que las canciones derrapen en notas singulares y moribundas. Ambas canciones tienen el mismo compás. Schala ama su trabajo, y Roland el suyo.

Su determinación se encuentra con la mía y la saca de la oscuridad.

La próxima inhalación es dulce.

No necesito resolver todo. No estoy aquí para eso. Ellos tampoco, y eso está bien. Escucho en busca del cristal, y su ritmo constante crece y retumba, confuso, pero presente. Quiero alcanzarlo y solo conozco una manera.

Cierro los ojos y dejo que las canciones de Schala y Roland me inunden. Imagino sus dificultades. Schala mordiendo su lápiz hasta que sus ojos se agrandan en una epifanía y escribe la conclusión perfecta para su tesis. Roland, con un ojo cerrado, dándole cuidadosamente los últimos retoques a un marco de plata adornado, para luego alejarse con una sonrisa y un suspiro al saber que quedó perfecto. Pequeñas explosiones se deslizan por mis hombros, suben por mi nuca hasta mi cabeza, y la música envuelve todo mi cuerpo en llamas.

Canto.

Tal vez nuestras voces sean silenciosas por separado. Quizás la mía lo sea. Pero yo no soy silenciosa. Nosotros no somos silenciosos. No me guardo nada, porque sé que ellos tampoco lo hacen. El pánico, el miedo, la inseguridad. Todo lo vuelco en una canción, de a montones, tanto que quiero llorar. Nuestras canciones son gotas de lluvia en un cristal. La canción de Schala se arremolina con la mía, y nos convertimos en un pequeño arroyo. Nos encontramos con Roland, que está feliz de quedar atrapado en nuestro movimiento. Juntos, encontramos a la multitud, cada gota uniéndose con otra y otra y otra, hasta que somos una marea de música y sentimiento.

Esa marea se vuelve más y más fuerte mientras la multitud, silenciosa excepto por la oleada de sus almas, se abre a la música. En otro momento, me habría perdido en esta tormenta de sonido. Pero tengo a Roland y a Schala, y me tengo a mí misma, y sentimos lo que ellos sienten. Ellos saben lo que nos impulsa, lo que me impulsa. Estoy tan agradecida. Me aseguraré de que lo sepan también. Impulso ese sentimiento hasta una sola nota, y, en ese momento, sé que la música que estamos haciendo podría perforar el cielo.

La canción termina y abro los ojos para mirar a la multitud. Una única entidad me recibe, estridente, aclamadora y desbordante, y se acerca al escenario. Ni un adoquín a la vista. Mis musas se encontraron en el medio de la multitud, y ya no puedo distinguir un lado del otro.

El Entresuelo es un lugar hermoso. Conseguí la mejor mesa del lugar, en una pequeña esquina oculta donde un cliente con suerte puede sentarse en secreto silencio, sorber una taza de té caliente y mirar el mundo pasar.

Mi espectáculo terminó hace algunas campanadas, pero la multitud permaneció, conversando y riendo entre sí. Los comerciantes locales aprovecharon la oportunidad, y abrieron las tiendas y sacaron mesas y sillas a la calle. Mi escenario, apagado y puesto a un costado, se convirtió en un patio de juegos improvisado, donde los niños piltovianos y zaunitas se desafían entre sí a hacer travesuras. Siento la carga en el aire, la emoción y el asombro, y ese sentimiento etéreo que te invade cuando no quieres que el día termine.

Me recuesto, coloco ambas manos alrededor de mi taza humeante, cierro los ojos y sonrío. Entre todos hacen una música maravillosa. Piltóver y Zaun continúan en su dueto, al menos un poco más.

Una voz conocida resuena en mí, distante pero urgente. Mi alma se eleva mientras mi corazón empieza a acelerarse. No sé lo que escucharé, si nos entenderemos esta vez o por cuánto tiempo. Solo sé que necesita ser oído.

Su canción se eleva en una oleada orquestal, y me preparo para la avalancha. Tiene mucho por cantar, y solo yo la oigo.

Pero nunca dejaré de intentar escuchar.

Referencias

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