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Historia corta

¿A Quién Conoce el Desierto?

Por Laurie Goulding

Shurima está muriendo. No creo que vuelva a surgir.

Lore

Shurima está muriendo. No creo que vuelva a surgir.

El vacío que se retuerce en los huesos de mi tierra natal es algo maligno e indescriptible. Se esparce. Es devorador. Su solo contacto es la muerte. Miles de muertes... miles, por miles, por miles. Probablemente alguna vez existieron algunos que podían enfrentarlo con la esperanza de prevalecer, pero ya no más.

Yo camino aquí, solo, en los lugares más oscuros debajo del mundo, y lo veo con mis propios ojos a través de los visores finamente manufacturados de mi casco. Lo que se ve no se puede ignorar, y lo que se sabe no se puede olvidar. Aquí no. Estoy cansado, verdaderamente agotado.

Aun así, sigo caminando.

Ya no puedo sentir el suelo debajo de mis pies, ni la roca que conforma los muros de las cavernas, aunque estos también me libran de los vientos entumecedores que se levantan desde las profundidades. Por ello estoy muy agradecido, ya que este es un escalofrío que va más allá de una noche desértica. Me he sentado en la eterna planicie del Sai Faraj, bajo la primera luna de invierno, y aun así jamás había experimentado algo como esto. Es el profundo frío del Vacío, el cual los ancestros (debido a su ignorancia) tal vez nombraron como su inframundo, y como la fuente de toda maldad del reino mortal.

Pienso que la verdad es aún peor. El mismo aire se siente incorrecto y antinatural, palpita con una luz oscura, púrpura y feroz, que genera dolor en la mente.

Y de las sombras que ni siquiera mis ojos pueden atravesar, ustedes provienen.

Tres. Cuatro. Tal vez cinco. Es difícil de decir. He enfrentado y asesinado a más de cien de su especie. Sus aullidos resuenan en la penumbra, pero no les tengo miedo, porque ya me arrebataron todo lo que tenía.

A mi esposa; mi amada. A mi hija; nuestra binsikhi, nuestra pequeña exploradora. Digo sus nombres, como siempre lo hago, para recordarme por qué peleo. Después, levanto mi guantelete.

A pesar de sus dientes, garras y su furia voraz, no pueden derrotarme. Acabaré con ustedes y los enviaré de vuelta al foso... o ustedes me enviarán al más allá, donde finalmente podré estar en paz. Estaré con ellas una vez más.

Sea cual sea el resultado, yo ganaré. No, no pueden derrotarme, shayatin, bestias del último infinito...

En mi otra mano, me aferro a la piedra con fuerza. Su magia exterior me mantuvo con vida todo este tiempo... el tiempo suficiente para ahondar en las profundidades de los páramos de la antigua Icathia. Mantiene tu corrupción al margen, aunque no puedo adivinar el costo que supone para mi carne y espíritu, pues esta pequeña baratija ahora vibra en sincronía con mi propio corazón. Ese ritmo temeroso no es el pulso de la vida, ni de la magia, ni de cualquier otra cosa íntegra, sino del olvido mismo. De eso estoy seguro.

Atrás, bestia. Atrás.

La Cuchilla Infernal sale disparada de la muñeca de mi guantelete, hacia el espacio entre nosotros.

Sí. Sí, conoces esta arma, ¿no es así? Todos ustedes la recuerdan.

Hace algunos instantes ansiabas mi carne, ahora muestras cautela. Ahora dudas. Te mueves en círculos. Los de tu tipo que tienen ojos no pueden desviarlos del filo brillante de la cuchilla. Incluso ustedes deben saber, o eso pienso, que esta cosa no fue hecha para manos mortales, ni almas mortales. Fue creada por magia astuta, por hombres que ya no eran hombres, y que hoy son nada. Me pregunto si también los recuerdas.

Chillas, siseas y pisoteas el terreno irregular. Sería sencillo imaginar que detestas a todos los seres vivientes... pero yo creo que no nos odias. No realmente. No conoces el odio.

El odio es el fuego que ardió en los corazones inmortales de los dioses guerreros cuando vieron a tu especie propagándose en el mundo. El odio fue lo que los puso en contra tuya, una y otra vez, aunque sabían que prácticamente sería su perdición...

Sí, el arma te recuerda. Recuerda cómo acabar contigo.

Fue Horok quien dio el primer golpe contundente contra tus maestros. El grande y poderoso Horok, de los Huéspedes Ascendidos, cuyo nombre vivirá para siempre. Él es el descubridor de los Caminos Ocultos, y El Que Sigue Después. Fue Horok el primero en atreverse a enfrentarte aquí abajo, en la oscuridad, lejos de la luz del sol que le había otorgado su fuerza. Fue Horok quien enterró la Cuchilla Infernal en el despreciable corazón del Vacío.

Y fue Horok quien le mostró a sus hermanos y hermanas cómo derrotar al abismo.

No soy ningún héroe Ascendido de Shurima, ningún dios guerrero que deba ser recordado en las grandes salas de ese imperio arruinado. Tan solo soy un hombre. Soy un padre en duelo, y un hijo de los sai en mi propio tiempo. Del polvo vine y al polvo regresaré dentro de poco.

Pero aún no. Por ahora, camino al igual que lo hizo alguna vez Horok, y lo hago con su hoja extendida...

El más cercano de ustedes se abalanza. Su caparazón con cuernos y sus garras afiladas rozan mi costado mientras giro para alejarme, y mi respiración jadeante fluye a través de los conductos de mi máscara. Por un momento estoy ciego, atrapado dentro de este precario traje blindado que yo mismo inventé.

Después, elevo bruscamente la Cuchilla Infernal, atravesando lo que en cualquier otra criatura sería conocido como cuello.

El cuerpo sinuoso se desploma y siento el dolor del hambre del arma en mi brazo, en la acidez en la parte posterior de mi lengua, como el sabor después de proferir un grito. ¿Quién será el siguiente? ¿Quién de ustedes hará el intento?

El desierto conoce a Horok. Su nombre vivirá por siempre. Ni cuando lo traicionó el tirano Ne'Zuk, ni en su muerte, nadie reclamaría el guantelete con la cuchilla de la muñeca de Horok. Aunque los dioses guerreros habían caído, no podían negar la posibilidad de que las aberraciones acecharan las tierras una vez más, en un futuro incierto, y esta gran arma debería estar lista.

Esta es mi tierra. Hay grandes horrores transitando por aquí, a la vista, y eso es algo que no puedo permitir. Hundiré esta cuchilla en la nada escalofriante debajo de Shurima, tal como lo he hecho decenas de veces ya.

¿Fue el destino? No. Nada tan noble como el destino. Creo que estaba predestinado, que yo sabría dónde podría encontrar esta cosa. Hace muchos años, conduje a los buscadores de tesoros echnebi al mausoleo de Horok, en los bancos del Kahleek... en ese entonces yo solo buscaba su oro piltoviano para poder proveer a mi familia. Con gusto ayudé a abrir la tumba que había permanecido sellada durante miles de años. La Cuchilla Infernal no era el premio que los echnebi buscaban, pero de cualquier forma la consideraron valiosa.

Algunos miembros de las tribus me llamaron mercenario. Otros me llamaron traidor. Lo único que sé es que, en los extraños días desde entonces, el mausoleo de Horok fue completamente consumido por el enemigo. Si no hubiera sido por esos buscadores de tesoros y por la recompensa que me pagaron, esta arma ahora mismo estaría perdida. Al igual que mi gente. Al igual que mi familia.

A diferencia de ellos, cuando llegó el momento, la cuchilla era algo que yo podría volver a hallar.

Kas sai a dyn. ¿A quién conoce el desierto?

El desierto no te conoce, bestia. No eres bienvenida aquí. Estás perdida en estas antiguas tierras de dioses y hombres.

Pero el desierto conoce mi nombre, pues ese es mi nombre.

Ni una sola vez he perdido el camino. Sé exactamente en dónde estoy y cuántos pasos más bastarían para alcanzar la perdición de todas las cosas. Responderé por mis acciones y por mis omisiones.

Y los desafiaré hasta el final.

Referencias

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